¿Por qué perdemos la biodiversidad?

Sobre la pérdida de especies, sus causas y soluciones.

Alejandro González, Comisión de Biodiversidad de Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 88.

Existen acuerdos internacionales para evitar la pérdida de especies. Pero el modelo capitalista, y sus reglas de producción y consumo, junto al cambio climático, hacen que la pérdida de biodiversidad sea cada vez mayor.

No faltan advertencias desde la ciencia de que en la etapa actual de crisis ambiental, la diversidad biológica es la dimensión de los sistemas de la Tierra donde los límites asumibles para alterarla están más sobrepasados [1].

Tampoco caben dudas empíricas para reconocer que en el periodo actual se está produciendo la última gran extinción masiva de especies [2], que en este caso está provocada no por cambios en los sistemas físicos sino por la acción depredadora del ser humano.

Las señales claras de alarma y el consenso y actitudes sociales en apoyo a los esfuerzos conservacionistas han permitido alcanzar grandes acuerdos internacionales. Estos han sido negociados en el seno del Convenio de Diversidad Biológica de Naciones Unidas (como el Protocolo de Nagoya sobre los beneficios de los recursos naturales y las Metas de Aichi) junto al objetivo de detener la destrucción de la biodiversidad en 2020.

Aichi recoge 20 objetivos que abarcan la totalidad de los aspectos relacionados con la conservación como: áreas protegidas, erradicación de especies invasoras, concienciación social o biodiversidad de especies domesticadas.

A pesar de contar con un buen acuerdo internacional, algo que no ocurre en otras dimensiones tan vitales como el cambio climático, los objetivos no se están logrando, y la biodiversidad sigue sin contar con suficiente atención social, mediática y política y tampoco con apoyo económico. Por si fuera poco, existe una absoluta falta de control de qué indicadores medibles se pueden usar, cómo trasladarlos a escala nacional y cómo obtener los datos para los indicadores.

Pero, ¿por qué es tan importante el cumplimiento de estas metas? Esencialmente, porque recogen las recomendaciones elaboradas por Naciones Unidas en sus informes periódicos sobre el estado de las especies y ecosistemas, y porque dispone de dos objetivos estratégicos para erradicar los factores que ocasionan su extinción. Por una parte, se alude a las causas directas que operan sobre ecosistemas y especies. Por otra, se reconoce la existencia de “causas subyacentes. Es decir, de aquellos factores que alimentan a las causas directas, y que son más complejas de identificar y analizar, y que de hecho no se asumieron a nivel internacional hasta 2010.

Causas de la pérdida de biodiversidad

Las causas directas son fácilmente identificables como factores intuitivos y conocidos, como las especies invasoras, la persecución directa o la sobreexplotación de las especies, de las que podríamos poner tantísimos ejemplos.

También figuran aquí el cambio climático, que obliga a las especies a adaptarse o migrar en busca de áreas donde se den las condiciones donde poder vivir; pero también la contaminación y alteración, fragmentación y destrucción de hábitats.

Más alarmante aún es el hecho de que los impulsores de la extinción de especies actúen de manera múltiple y se retroalimenten, como por ejemplo cuando pensamos en la eutrofización (contaminación) de aguas en presencia de especies acuáticas invasoras.

Evidentemente, estas causas no son espontáneas sino que tienen detrás un impulsor indirecto. Así, se han identificado cuatro fuentes que alimentan estos factores: el modelo económico de producción y consumo, la presión demográfica, factores científicos y tecnológicos y la falta de valores relacionados con la biodiversidad. Estas variables están fuertemente arraigadas en la sociedad y son más difíciles de afrontar.

Consecuencias del sistema de producción y consumo

El sistema de producción, consumo y comercio internacional, y el nexo con el crecimiento demográfico, desvela consecuencias tan evidentes como las que se enumeran a continuación. En primer lugar, el modelo capitalista que demanda una espiral de consumo se constituye como un depredador de tierra, agua y recursos naturales. Requerimos de minería, explotación forestal o agua para cubrir todas las necesidades, reales o no, de una población creciente. La consecuencia directa es el acaparamiento de hábitats naturales, ríos, bosques o montañas.

Pero también, el comercio internacional es responsable de la rápida expansión de especies invasoras para los cuales no se ha ejercido ni control ni prevención. No haber cerrado el círculo de la producción y el consumo es responsable de la contaminación como causa directa de la extinción de especies.
Son hechos reconocidos, como la contaminación de los ríos, los mares cubiertos de plásticos, la degradación de la calidad del aire por efecto de las fábricas…

La contaminación, parece ser, no ha aparecido sola. Por su parte, una población creciente, pero sobre todo si es más consumista (cosa que no ocurre en todo el globo por igual) no sólo demanda más a la tierra sino que las poblaciones en sí mismas pueden llegar a ser grandes depredadoras de ecosistemas. Como ocurre en nuestra costa o en las grandes ciudades asentadas desde antaño sobre importantes hábitats.

Finalmente, las necesidades adquiridas de desarrollo de infraestructuras de transporte lineal, forzadas por el sistema capitalista, son un factor fundamental de fragmentación del hábitat.

En segundo lugar, el cambio climático como máxima amenaza actual a la biodiversidad sigue exactamente la misma lógica: una necesidad de producción infinita que demanda, por un lado, la quema de combustibles fósiles para la producción y el transporte, y por otro, destruye sumideros de carbono como los bosques y fuerza a los suelos a liberar carbono como consecuencia de la agricultura intensiva. Se trata, en definitiva, de la huella ecológica de la especie humana.

Falta de valores éticos y ambientales

Los valores humanos tienen consecuencias, quizás, ligeramente menos evidentes sobre la biodiversidad, pero resultan igualmente fundamentales. Partiendo de que como sociedad no hemos asumido su importancia, no ya para nuestro bienestar sino para nuestra propia supervivencia, se puede profundizar en cómo esto afecta a las especies.

Así, la falta de valores éticos ambientales fomenta la persecución directa de especies, ya sea en actividades como la caza, pero también la “gestión” o control de especies. Lo que está pasando con el lobo en este estado es un buen ejemplo de ello. No sólo debido al deseo de acabar con la especie sino también a la falta de comprensión del papel que juegan los grandes depredadores en los ecosistemas. Esta falta de integración de la diversidad biológica en los sistemas de valores tiene implicaciones más allá de las especies individualmente sino para la naturaleza en su totalidad.

Naciones Unidas identifica tres consecuencias directas en ese sentido: la pervivencia de subsidios perjudiciales para el medio ambiente (que pueden ser de muy diverso origen y complejidad como los subsidios a los combustibles fósiles, a la caza, la gestión pesquera o la Política Agraria Común), la falta de integración de la biodiversidad en la toma de decisiones públicas, (industria, turismo, transporte, urbanismo, actividades recreativas o educación…), o la controvertida y peligrosa consideración del “capital natural” en la economía y las finanzas.

Las soluciones

Identificar y hablar de las causas subyacentes de la destrucción de especies y ecosistemas permite diferenciar dos niveles de soluciones para la más acuciante de las dimensiones de la crisis ambiental. Solucionar las causas directas significa ahora, simplemente, poner un mero parche a la extinción de especies en la mayoría de los casos; permaneceremos en el campo erradicando especies invasoras en tanto que no introduzcamos medidas reales de prevención de nuevas especies Y si no detenemos el cambio climático, solamente podremos esperar que las especies se adapten ellas solas o recordarlas como fósiles vivientes en zoológicos o jardines botánicos.

Como mucho, podremos asistir a algunas de ellas en una migración siguiendo las condiciones ambientales idóneas, algo que no suele ser posible [3]. La consecuencia directa es que los casos de ‘éxito’ de preservación de especies amenazadas empiezan a ser casos de prácticas de conservación ex situ con el agravante de perderse el papel que una especie cumple en un ecosistema [4].

Seguiremos invirtiendo recursos en perseguir el furtivismo si no los invertimos en educación, y en restauración de ecosistemas si nuestro sistema económico se empeña en explotarlos. Es por eso que es tan importante el reconocimiento internacional y los objetivos de cortar de raíz con las causas subyacentes. El plan de Aichi recoge en su primer objetivo estratégico cuatro metas específicas dedicadas a ello pretende en primer lugar aumentar la conciencia social sobre la importancia de la conservación de la biodiversidad.

En el año de la firma del acuerdo, 2010, se declaró además el Decenio de la Diversidad Biológica, un periodo de especial énfasis en la sensibilización sobre el tema. Además se plantearon como metas la erradicación de los subsidios perjudiciales de cualquier índole, la integración de la biodiversidad en las decisiones políticas, y finalmente la inclusión del capital natural en el sistema económico.

El informe publicado en 2014 Perspectiva Global de la Biodiversidad 4 [5] advierte sin embargo de que estamos muy lejos de cumplir con las metas planteadas. Estamos a mitad del periodo de cumplimiento de los objetivos en los que apenas se ha avanzado, y en la siguiente cumbre celebrada en Corea en 2014 únicamente se instaba a los países a redoblar los esfuerzos.

España es un buen ejemplo. Aunque resulta evidente el retroceso ambiental que venimos sufriendo en las dos últimas legislaturas con la aprobación de leyes como la de Parques Nacionales o la ruina de las energías renovables, un examen detallado del cumplimiento de las metas de Aichi una por una, permite obtener detalles reveladores.

Ecologistas en Acción está realizando exámenes periódicos a las políticas públicas regionales y estatales en materia de biodiversidad, suspendiendo irremediablemente: ni las áreas protegidas ni las especies amenazadas cuentan con planes de gestión en una proporción aceptable, se incumple la Directiva Hábitat, mala calidad del aire, falta de políticas climáticas o reducción drástica de los presupuestos.

En relación a las causas subyacentes, el panorama es el mismo: la ciudadanía valora la biodiversidad, pero apenas la conoce, ni tampoco contamos prácticamente con planes sectoriales de la biodiversidad en otros ámbitos, más allá del turístico. El Decenio de la Diversidad Biológica de Naciones Unidas se inició acompañado de una campaña institucional con sus consiguientes recursos educativos que en España están completamente ausentes salvo por iniciativas de las organizaciones ecologistas. Se sigue a la espera de una valoración de las subvenciones perjudiciales para la biodiversidad que lleva durante años ya sin ver la luz, y las únicas valoraciones económicas de la biodiversidad toman la peligrosa senda de comprar la naturaleza para poder compensar acciones perjudiciales para el medio ambiente.

Resulta llamativo que siendo la destrucción de especies y medio natural el límite ambiental más sobrepasado por encima de unos límites seguros, la solución esté tan cerca. Es paradójico que la mayor parte de la exigua inversión de la que disponemos para disponer de soluciones parciales para conservar las especies cuando en realidad simplemente tenemos que mirar más allá y pensar en nuestro consumismo y nuestras actitudes para que la biosfera tome otro camino.


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