Mi pueblo está enladrillado...

Al calor de las manifestaciones por una vivienda digna, de los casos de corrupción destapados y los aún encubiertos, de las probables subidas de los tipos de interés, de los proyectos urbanizadores que eventualmente convierten en hormigón cualquier lugar por muchos recuerdos que atesore... al calor de estos y otros escenarios, la cuestión de la vivienda se ha configurado como una de las piezas clave en el puzzle que conforma la economía de nuestra sociedad.

Sólo nos falta que la Real Academia de la Lengua cambie el significado del término vivienda (no ya el de hogar) por otro más apropiado al sino de los tiempos. Por ejemplo, “recinto cerrado hecho en el mejor de los casos de ladrillos, que se obtiene mediante pago en dinero negro, amistad influyente o hipoteca a 50 años, cuya función es mantener cerrado o deshabitado, pues se permanece lejos por motivos laborales durante la mayor parte del disfrute del mismo. Se utiliza para, una vez transcurrido un periodo lo más corto posible, venderlo por una cantidad sensiblemente superior al precio de adquisición, empleando dicho importe en repetir esta acción adquiriendo, en este caso, un recinto mayor”. ¿Exagerado? Creo que más de una persona comparte esta nueva definición. Convendría llamar a las cosas por su nombre.

Si nos fijamos un poco en nuestro paisaje más cercano, vemos cómo esta pandemia nos acecha. Lo primero que vemos en nuestros pueblos cuando vamos acercándonos a ellos es un bosque de grúas que prometen el desarrollo de nuestras comarcas en forma de chalés “adobados” de centros comerciales, de urbanizaciones de lujo (¿es “eso” un lujo?). Nuestros políticos en el mejor de los casos miopes, en el peor, cómplices, evidencian una falta absoluta de ideas sobre cuál es el futuro de sus poblaciones. Dejan hacer y deshacer a constructoras para que sean ellas las que configuren cómo será el estilo de vida de las personas que allí vivimos. Ellas marcan la directriz y ellos actúan como voceros de esta nueva forma de hacer dinero fácil tildándolo de “progreso” y denostando a quien no opina lo mismo.

Los precios de solares e inmuebles han aumentado irracionalmente por la intervención en el mercado de especuladores; los agricultores han ido abandonando esta ocupación por las políticas de dejación a las que se les ha sometido, induciéndolos a trabajar en la construcción y siendo ahora los primeros en defender la fiebre constructora que vivimos y de la que viven. Los jóvenes y precarios no tan jóvenes “no van a tener una vivienda en su puta vida” como reza el lema de las últimas manifestaciones, por la imposibilidad de acceso, o la barbaridad que supone que entre el 60 y 70% de los ingresos (según fuentes) se destine a la compra de vivienda. El paisaje urbano se modifica a bocados, relegando construcciones tradicionales e históricas y apostando por viviendas adocenadas, uniformadas e ineficientes ambientalmente. La necesidad de transporte hacia los centros urbanos nos aboca al uso masivo del coche con las implicaciones sociales y ambientales que ello tiene. Los espacios humanos de relación, de vecindad, de simple conversación o de juegos infantiles tienden a desaparecer.

Nuestras comarcas no son ajenas a toda esta problemática. En Castilla-La Mancha están en construcción o en proyecto un número de viviendas que equivale a, aproximadamente, un 60% de las existentes y la pregunta es ¿para qué, si la población apenas si crece? La Ley del Suelo aprobada durante la mayoría absoluta del PP en el 98 y la paupérrima concreción del Gobierno regional han facilitado, por no decir animado, a que todas nuestras tierras se conviertan en posibles terrenos donde edificar. Acostumbrados a pelotazos tan grandes que hasta “el tomate” se hace eco, podemos adivinar si los reinos del quijote, los campos de golf, los poceros, las pachecas, cuidarán de las Zonas de Especial Protección de Aves sobre las que se asientan, de los acuíferos que son patrimonio de todos, de las gentes a las que empujan hacia la precariedad... Me parece que no. Pero hasta que nuestros dirigentes no se escindan de este mal llamado “progreso” y la población deje de participar en este circo en su cuota de decisiones, tendremos las consecuencias de las que todos nos quejamos.