Puertas al campo

El campo ya tiene límites, los caminos ya tienen puerta, y puerta que se cierra herméticamente al paso de cualquier ciudadano.

En dos o tres décadas se ha invertido, casi completamente, la situación de nuestro campo. Hasta hace tres décadas cualquier persona podía pasar por casi todos los caminos, y los podía transitar libremente. Los habitantes de los pueblos solían conocer bastante bien los alrededores y cercanías de su localidad, los rincones de las sierras, los ríos y arroyos, los caseríos y cortijos... Sin embargo, en la actualidad la situación ha cambiado radicalmente, al menos en algunas provincias españolas, entre ellas la de Ciudad Real: el campo ya se encuentra vetado al conocimiento y al disfrute, los caminos están cerrados al paso, el paisaje ya está degradado con las alambradas.

Este escenario es cada vez más abundante y notorio. Cada año se cierran al paso nuevos caminos; cada año se invaden nuevas vías pecuarias; cada año se instalan más kilómetros de alambradas; cada año, en resumen, se reduce aún más el entorno, y se reduce nuestro espacio vital.

Pero... ¿cómo es posible que esto ocurra?, ¿quiénes son los responsables?, ¿quiénes ganan con ello? La respuesta no está en el viento, sino en los despachos oficiales. Esta situación la inician los terratenientes -y también algunos pequeños propietarios-, pero la consienten -cuando no son directamente cómplices- los ayuntamientos, las diputaciones y los gobiernos regionales. Ante la avaricia y las fechorías de los propietarios, se sitúa la dejadez de las administraciones públicas, con unas autoridades incapaces de cumplir con sus obligaciones e incompetentes en la tarea de proteger el patrimonio de todos.