El debate de los biocarburantes: un apoyo matizado

El aluvión de proyectos de plantas de biodiesel (14 en Andalucía) y la presencia en algunas gasolineras coincide con el debate reabierto del fin de la era del petróleo y la posibilidad o no de encontrar alternativas que lo reemplacen. Al mismo tiempo, voces críticas argumentan que analizando el ciclo de vida de los biocarburantes, estos se revelan como insostenibles, al requerir una enorme cantidad de productos químicos y arrastrar todos los males de la agricultura intensiva.

Sin embargo, las ventajas de los biocarburantes, biodiesel y bioetanol, son indiscutibles: el biodiesel reduce las emisiones de partículas y monóxido de carbono, evita la contaminación por hidrocarburos aromáticos y óxidos de azufre, ofreciendo mayor rendimiento al motor. Las plantas de biodiesel, no obstante, son auténticas instalaciones industriales, que requieren del acopio de materia prima (aceites de girasol, soja, colza y palma), para hacerla reaccionar con metanol y obtener el biodiesel como carburante y glicerina como subproducto. En todo este proceso se necesita incorporar una serie de reactivos y de catalizadores (sosa, ácidos,...) y se producen emisiones procedentes de este proceso de refino, en un proceso que se llama transesterificación.

Los ésteres de metil de ácidos grasos, que es el nombre técnico del biodiesel, presentan un balance neto de CO2 igual a cero, porque este gas emitido en su combustión es el mismo que fijó la planta de procedencia al realizar la fotosíntesis. En este sentido, los biocarburantes se convierten en un valioso aliado para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero, con el CO2 a la cabeza. Bien es verdad, sin embargo, que otros gases de efecto invernadero (GEI) sí van asociados a los cultivos agrícolas, como es el caso del gas metano y del óxido nitroso.

El compromiso del Plan de Energía Renovable español de alcanzar en 2010 un 5,8% de carburantes de origen vegetal, está suponiendo una fuerte aceleración para introducir el biodiesel en las gasolineras. Empresas líderes en energías renovables se están aliando con las petroquímicas para sacar adelante plantas de biodiesel: es el caso de Abengoa y Acciona, aliadas respectivamente con Cepsa y Repsol.

La instalación de una planta de biodiesel con una capacidad de 5.000 toneladas al año representaría evitar la emisión de:

  • 160 toneladas de CO2
  • 27 toneladas de CO
  • 3 toneladas de partículas
  • 7,7 toneladas de hidrocarburos.

El único inconveniente en cuanto a la contaminación atmosférica sería el incremento en las emisiones de los óxidos de nitrógeno.

Pero mucho mejor que utilizar aceites vegetales vírgenes es reciclar aceites de fritura usados; es el caso de la planta Albabio en Nijar (Almería), que producirá anualmente 6.000 toneladas de biodiesel y la planta de Ekosur en Peligros (Granada) que también procesará aceites vegetales usados.

En la actualidad, los cultivos energéticos cuentan con una prima anual de 45 € por hectárea. Además, los gravámenes que pesan sobre los combustibles fósiles (53% para la gasolina y 45% para el gasóleo) están exentos para los biocarburantes. Si además contemplamos un panorama de abandono de tierras de cultivo, instado por la Política Agrícola Común (PAC), que ha provocado en el último año el abandono o cambio de cultivo en España de más de 500.000 hectáreas, la perspectiva de introducir cultivos energéticos en estas tierras abocadas al abandono debe ser apoyada. Cuando esta política lamentable de desligar o desacoplar los pagos de la producción agrícola llegue al absurdo de pagar el 100% a los agricultores cesantes (en la actualidad es del 75%), la necesidad de ofrecer futuro y renta a la población rural es imperiosa.

Los cálculos de la producción de biocombustibles en España hablan de una producción de 2 millones de toneladas equivalentes de petróleo (tep) de las cuales 750.000 toneladas serían de bioetanol y 1.250.000 de biodiesel. De esta última cantidad, los cálculos del Plan de Energías Renovables reparten un millón de aceites vegetales puros y el resto de aceites usados. En el caso del bioetanol, la remolacha puede ser la mejor salida para mantener este cultivo después de la última reforma europea. En el año 2006 el cultivo de materias primas para biocombustibles fue de 223.000 hectáreas en España, sembradas sobre todo en Castilla la Mancha y Castilla León. Que muchos proyectos de biodiesel se instalen en puertos marítimos es una mala señal, indicativa de que van a recurrir a importaciones de aceites vegetales en masa.

¿Qué requisitos deberíamos exigir a los cultivos agrícolas energéticos?

El primero que no compitan con cultivos alimentarios básicos. Es prioritario ofrecer una buena alimentación a la humanidad por encima de las ventajas del desplazamiento con carburantes limpios. Tampoco es aceptable que destruyan zonas forestales valiosas, nunca un cultivo energético debe suponer la pérdida de una sola hectárea de bosque. Además la promoción de este tipo de cultivos debe suponer un precedente para no repetir todos los errores de la agricultura intensiva actual: uso abusivo de suelo, empleo masivo de pesticidas y fertilizantes, despilfarro de agua, etc.

En este sentido, las primas y ayudas a estos cultivos deberán reflejar este criterio de manera progresiva, es decir, deberán ser mayores cuanto menor sea la utilización de técnicas y productos propios de la agricultura intensiva. Es una gran ocasión para poner en marcha proyectos de cultivos energéticos basados en la agricultura de conservación o incluso de agricultura ecológica. Por último, el empleo de organismos genéticamente modificados debería estar totalmente erradicado.

Si además investigamos otras materias primas como pueden ser el cardo o el fitoplancton, los biocarburantes pueden representar un factor de I+D muy importante. España es ya un país líder en energía eólica y solar; la oportunidad de que pase algo parecido con los biocombustibles está a la vuelta de la esquina. Sólo hace falta determinación, iniciativa y evitar errores. Tan negativo es la promoción de los biocarburantes sin cautela ninguna y al servicio descarado del beneficio económico, como negarles el pan y la sal en función de que no son “sostenibles”.

Los análisis del ciclo de vida (ACV) de estos productos nos intentan demostrar su carácter insostenible e ineficiente, pero estas valoraciones son muy discutibles. El ACV es un proceso que evalúa las cargas ambientales asociadas a un producto, identificando y cuantificando el uso de materia y de energía y los impactos al entorno. Si repetimos lo peor de la agricultura actual está claro que pondríamos en juego cultivos antiecológicos, pero hay otra forma de hacer las cosas, evitando los intercambios desiguales, asegurando la sostenibilidad y poniendo en juego otras alternativas simultáneas de energías renovables, de ahorro y de eficiencia. No queremos que la que salga ganando sea la agroindustria ni la agricultura volcada a al exportación, sino que los cultivos energéticos sean un factor de fijación de rentas agrarias y de población que viva en y del campo.

Mientras estas premisas se ponen en práctica, ¿qué tal si la Administración pregona con el ejemplo, obligando a que toda su flota de vehículos se mueva con biocarburantes? Y también todos lo autobuses urbanos, lo cual descongestionaría un poco nuestros maltrechos pulmones.

Para evitar engaños, no estaría de más una certificación que garantizara la correcta implantación de estos cultivos, como ha empezado a hacer la Mesa por un Aceite Sostenible, en la que está Adena y la Asociación de Productores de Energías Renovables. También se precisa de un completa información para el usuario, de forma que sepa la procedencia y el porcentaje del combustible limpio que está introduciendo en su depósito; no es lo mismo un aditivo que se extrae del bioetanol, como es el ETBE, que una mezcla con gasolina, que un carburante 100% vegetal. Al consumidor ha de dársele toda la información para que su conducta sea lo más favorable para el medio ambiente posible.

Daniel López Marijuán, Ecologistas en Acción de Andalucía