El engaño del libre comercio en la agricultura

Las consecuencias prácticas de las políticas de la OMC son devastadoras.

Isabel Bermejo, Ecologistas en Acción de Cantabria. Revista El Ecologista nº 38.

Las actuales políticas neoliberales dan prioridad al comercio internacional y no a la alimentación de los pueblos. Así, han acentuado el hambre, han provocado en todo el mundo una enorme crisis rural y la ruina de millones de campesinos, a menudo forzados a emigrar en unas condiciones infrahumanas, han incrementado la industrialización de la agricultura, imponiendo unos precios por debajo de los costes de producción y, finalmente, están poniendo en peligro el patrimonio natural, genético y cultural, además de la salud de los pueblos.

La introducción de la agricultura en los tratados de libre comercio en 1994 ha conducido a una feroz reconversión del campo, arruinando a millones de agricultores en todo el mundo y trasladando el control de la alimentación mundial a las grandes transnacionales agroquímicas y de alimentación, algunas de ellas con un notorio historial de agresiones al medio ambiente y falta de respeto por la salud humana. En línea con el proceso globalizador de otros sectores, y a pesar de que en la actualidad solamente el 10% de la producción agraria se vende en los mercados mundiales (el restante 90% se destina al consumo interno) [1], en los años 90 el objetivo de la política agraria cambió radicalmente en casi todo el mundo.

Si antes primaba el abastecimiento de las necesidades regionales de alimentos, la prioridad es ahora competir en los mercados mundiales. La obsesiva preocupación por la exportación –en el caso de EE UU y de la Unión Europea (UE) supuestamente para colocar excedentes; en casi todo el mundo empobrecido para poder pagar la carga injusta de la deuda externa– ha llevado a una trágica caída de los precios agrarios mundiales. Si en las décadas anteriores los precios del cacao, del café y de otras exportaciones tradicionales del Tercer Mundo habían sufrido tremendos recortes, a partir de 1994 el precio de alimentos básicos para la humanidad como el maíz, el trigo y el arroz se ha desplomado. En EE UU los precios agrícolas han bajado en más del 40% desde 1996, marcando una tendencia mundial secundada por la UE y que ha tenido consecuencias desastrosas [2].

Porque no son los consumidores, ni la población necesitada de alimentos, quienes se benefician de esta bajada de los precios mundiales. Por el contrario, la reducción de precios favorece casi exclusivamente a las explotaciones más grandes e intensivas, –las más dañinas para el medio ambiente– y a una industria agroalimentaria que en los últimos años ha experimentado un vertiginoso proceso de crecimiento, de concentración y de fusión con los grandes grupos agroquímicos y de distribución. El nuevo modelo de producción de alimentos globalizado se caracteriza por el creciente control de toda la cadena alimentaria por la industria, que intenta relegar a quien labra la tierra a un papel dependiente, marginal, invisible, o sencillamente a la categoría de desaparecido.

Liberalización, pero no por casa

Las críticas al proteccionismo de EE UU y la UE, el eje del debate en las negociaciones de Cancún, ocultaban un problema de fondo más grave. Es indudable que en la carrera por rebajar precios EE UU y la UE han hecho siempre trampa, destinando presupuestos multimillonarios [3] a subvencionar indirectamente la agricultura y exportando a precios muy por debajo de los costes de producción. Indudable también, y bochornoso, que el bloque EE UU-UE ha tenido siempre el cinismo de exigir la eliminación de barreras proteccionistas en las negociaciones, mientras inventaba todo tipo de triquiñuelas (caja verde, caja azul...) para seguir protegiendo a determinados sectores agrícolas de sus propios países. Pero el problema de fondo, simple y llanamente, es que la agricultura no puede someterse a la reconversión liberalizadora que pretende la OMC, sin acabar con el modelo de producción que ha suministrado alimentos a la población mundial durante milenios y que, además, en muchos casos ha sabido adaptarse y mantener admirablemente recursos naturales y ecosistemas.

El desmantelamiento de las protecciones y la bajada de precios impuesta por la globalización y la lógica del libre mercado están llevando a la desaparición de la agricultura campesina y de las explotaciones familiares en todo el mundo. En EE UU, a pesar de los más de 20.000 millones de dólares anuales de subvenciones directas a la renta, en los últimos años han desaparecido más de 33.000 agricultores de una población agraria ya marginal [4], mientras que en la UE el abultado presupuesto de la PAC no ha evitado (más bien ha potenciado) la ruina de miles de pequeñas explotaciones. Y si en los países industrializados el colchón de las subvenciones no ha evitado la desaparición de miles de agricultores, ¿qué será de esa más de la mitad de la población del llamado Mundo en Desarrollo que depende de la agricultura como fuente única de subsistencia?

La liberalización agrícola que se pretendía en Cancún amenaza la subsistencia de más 2.500 millones de personas que viven de la agricultura en todo el mundo, así como la seguridad de los alimentos y la conservación de los suelos y de las aguas y de una biodiversidad que es la base del equilibrio ecológico del planeta. El 96% de los agricultores y las agricultoras del mundo viven en regiones “en vías de desarrollo” [5] y una considerable proporción practica una agricultura de subsistencia: es decir, produce para alimentar a sus familias y, si el año viene bueno, para vender pequeños excedentes con los que cubrir sus necesidades. Y más de la mitad de la comida del mundo, un dato importante, la producen las mujeres, propietarias tan solo del 2% de las tierras de cultivo mundiales y que carecen de recursos monetarios para comprar semillas mejoradas (mucho menos aún variedades transgénicas más caras) ni agroquímicos, maquinaria... [6]

Hasta no hace mucho la FAO defendía que “lo que importa [...] más que la necesidad de producir en el mundo más alimentos para más personas, es el hecho de que la población dependiente de la agricultura para su sustento continúe creciendo” [7]. Hoy, cuando el éxodo de millones de campesinos está disparando de forma alarmante el crecimiento de los suburbios de las megaciudades en los que vive ya –en condiciones infrahumanas– un 43% de la población urbana del mundo empobrecido, y un 6% de la población de los países ricos [8], esta preocupación debiera ser más urgente que nunca.

La imagen de un mercado mundial en el que media docena escasa de transnacionales abastece de alimentos a la humanidad es un espejismo insostenible. La seguridad alimentaria del mundo depende del mantenimiento de una agricultura campesina y diversa, respetuosa con el medio, que resulta incompatible con el libre mercado y la producción industrializada de alimentos que promueve la OMC. Por ello, en Cancún era preciso sacar a la agricultura de la OMC, evitando el desmantelamiento de las protecciones locales y regionales a la producción agraria y promoviendo la soberanía alimentaria de todos los pueblos del mundo.

La OMC asesina campesinos

Cancún, 10 de septiembre. Encaramado a la barricada que protegía el recinto oficial, Lee Kyung Hae, un campesino coreano de 57 años de edad, hasta entonces un manifestante sonriente y vivaz, conmovió al mundo suicidándose, en medio del despliegue multitudinario de protesta contra la OMC, clavándose una navaja en el corazón. En su espalda portaba una pancarta en la que se podía leer: “La OMC ASESINA CAMPESINOS”. Su acto, acallado y distorsionado por algunos medios de comunicación, pretendía denunciar la desesperanza y la muerte que las políticas liberalizadoras de la OMC suponen para millones de campesinos y de campesinas en el mundo entero.

Extracto de la carta de Lee Kyung Hae a la OMC, publicada en AgroFood Korea en abril 2003:

Tengo 56 años. Soy un campesino de Corea del Sur, que ha luchado para resolver nuestros problemas con una gran esperanza en las uniones campesinas. Sin embargo, por lo general he fracasado, como han fracasado la mayoría de dirigentes campesinos en todas partes (...) Después de la Ronda de Uruguay, nosotros, los campesinos coreanos y yo, nos dimos cuenta que nuestros destinos no estaban ya en nuestras manos.

¿Para quién están negociando ahora, para los pueblos o para ustedes mismos? Dejen de hacer sus negociaciones en la OMC, llenas de lógica falsa y de palabras que son meros gestos diplomáticos.


Saquen la agricultura de la OMC.

(...) En ocasiones se han registrado caídas en los precios cuatro veces superiores a la tendencia normal (...) Una parte de los campesinos abandonaron sus explotaciones y migraron a los barrios urbanos. Los demás enfrentaron la bancarrota con deudas acumuladas. Algunas personas afortunadas han podido seguir adelante; sin embargo, sospecho que no todos podrán hacerlo. Yo no he visto nada más que casas vacías y maltratadas. Lo único que pude hacer fue cuidar de las casas y esperar a que regresaran. Una vez corrí a una casa donde un campesino se quitó la vida tomando un producto químico tóxico debido a sus deudas impagadas. No pude hacer nada, sino escuchar los aullidos de su mujer.

(...) Creo que la situación de los campesinos de muchos países en vías de desarrollo es parecida, aunque los problemas internos son diferentes.

(...) Mi mensaje va a todos los ciudadanos para decirles que los seres humanos están en una situación de peligro debido a la falta de control sobre las corporaciones multinacionales y al pequeño número de miembros de la OMC que nos llevan a una globalización inhumana, antiambiental, asesina y no democrática. Debe pararse de inmediato, porque si no la lógica falsa del neoliberalismo matará la diversidad global en la agricultura, y eso sería un desastre para todos los seres humanos.

La alimentación: un negocio multimillonario globalizado

La alimentación se ha convertido en nuestros días en un negocio multimillonario en el que, curiosamente, los agricultores apenas participan, y en el que consumidores y productores son extraños, separados por multitud de eslabones de un poderoso conglomerado industrial. Los agricultores dependen de mercados cada vez más lejanos y el transporte, almacenaje, procesado y comercialización de los alimentos cobran peso en detrimento de la producción.

Según RAFI, en un sistema globalizado de comercio agrícola los agricultores quedarán relegados, aportando sólo el 7% del valor de los productos para el consumo, mientras que los procesadores de alimentos y de agroquímicos y los distribuidores controlarán el 84% del valor agregado y las ganancias [9].

En EE UU, donde la implantación de este modelo está más avanzada, de cada dólar gastado por una familia en alimentos, sólo 17 centavos terminan en el bolsillo del agricultor, yendo el resto a parar a las grandes cadenas de alimentación. Y de esos 17 centavos más de la mitad acabarán también en los bolsillos de la industria del ramo... ya que a partir de los años 50 los gastos de las explotaciones agrícolas (en semillas, pesticidas, piensos, maquinaria...) se han disparado, y en EE UU suponen ya más del 80% de los ingresos brutos de los agricultores [10].

Mientras tanto Cargill, compañía que controla el 45% del mercado mundial de cereales y se ha asociado recientemente al gigante de la agroquímica y biotecnología Monsanto, a la vez que mantiene acuerdos estratégicos con algunas de las grandes cadenas de supermercados, es propietaria de explotaciones intensivas de más de 40.000 cabezas de vacuno de carne (no por casualidad cerca de la frontera mejicana), sacando un enorme partido de la crisis de precios agrícolas (que le benefician a la hora de adquirir materia prima para el pienso a precio de saldo) y del abandono de pequeñas y medianas explotaciones en todo el mundo [11].

Ni que decir tiene que el impacto ambiental de este modelo, que destruye los paisajes rurales y los ecosistemas, derrocha cantidades considerables de energía y de agua y genera montañas de residuos orgánicos contaminados por antibióticos, hormonas y otros productos químicos utilizados en la producción, es tremendo.

Las importaciones baratas de alimentos hunden a los productores del Tercer Mundo

La importación de maíz procedente de EE UU a precios hasta un 30% por debajo de los costes de producción ha provocado una caída del 50% del precio de este alimento básico en México. Esta situación ha arruinado a millones de productores locales y provocando el éxodo rural y la expansión de este cultivo a laderas con suelos muy erosionables, en un desesperado intento de los que han quedado por producir más, que no mejor. Curiosamente, al mismo tiempo los precios de las tortillas de maíz en México D.F. se duplicaban.

Ejemplos similares del hundimiento de la producción local por la importación de alimentos a precios hasta un 50% por debajo de los costes de producción se dan en todo el mundo:

- Por esta razón, Indonesia pasó de la autosuficiencia en 1984 a convertirse en uno de los mayores importadores de arroz en el mundo; lo mismo ha ocurrido en Haití.

- En Ghana, donde los costes de producción de pollo rondan los 1,29 dólares por kilo, las importaciones de EE UU a 0,65-1dólar el kilo están inundando los mercados y hundiendo a los productores locales.

- A pesar de contar con mano de obra barata, la industria azucarera de Vietnam, que produce a 278 dólares la tonelada, no puede competir con unos precios mundiales que rondan los 210 dólares por tonelada.

- En 2001, EE UU vendió sus excedentes de trigo a un precio 44% inferior a los costes de producción, el arroz a un precio 22% inferior y el algodón a un precio 57% por debajo de los costes, hundiendo los mercados de estos productos en África central y occidental.

- Y las exportaciones de leche de la UE a precios subvencionados han hundido a multitud de pequeños productores locales en la India que aprovechaban los residuos de la agricultura para una producción láctea que podría decirse ecológica [12].




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