La energía nuclear después de Fukushima

El accidente de Japón es un fuerte revés para la credibilidad de la energía nuclear.

Marcel Coderch, doctor ingeniero por el MIT, miembro del Consell Assessor per al Desenvolupament Sostenible de la Generalitat de Catalunya [1]. Revista El Ecologista nº 69

Antes de Fukushima, la industria nuclear ya estaba en declive. Hay actualmente en el mundo siete reactores menos que hace una década y no se construyen tantos como los que se prevé que cierren en unos años. En 2008, por primera vez, no se inauguró ni un solo reactor. Además, la nuclear va perdiendo cuota en el mix energético: en 2010 la potencia instalada de la eólica, solar y biomasa sumadas, superaron la potencia instalada nuclear. Cincuenta años después de su lanzamiento, y más después de Fukushima, se constata que la energía nuclear ni es abundante ni barata y, además, el peligro radiactivo que representa no es asumible.

Casi dos meses después del comienzo de la crisis nuclear en la costa este de Japón, la situación en la planta nuclear de Fukushima-Daiichi está lejos de estar controlada, y la empresa propietaria de la central, TEPCO, estima que puede tardar todavía unos nueve meses en conseguir la parada en frío de los reactores averiados; un paso previo e imprescindible para detener las emisiones radiactivas al exterior. Cuando consigan enfriar del todo los reactores (sobre el plazo estimado tienen muchas dudas los expertos), no habrán hecho más que empezar un laborioso y peligroso proceso de extracción del combustible fundido en los núcleos de varios reactores, y de las enormes cantidades de combustible irradiado y parcialmente dañado que está almacenado en las piscinas adyacentes a los seis reactores de Fukushima. Todo ello como paso previo al desmantelamiento y descontaminación de las instalaciones que culminará un proceso que se extenderá durante décadas, que costará miles de millones de dólares, y que seguramente acabará por requerir la nacionalización de TEPCO.

El accidente ha sido declarado de Nivel 7 en la escala INES, a la par con el que ocurrió en Chernóbil hace veinticinco años, y aún cuando la industria nuclear sigue insistiendo en que se trata de dos accidentes no comparables, la realidad es que Fukushima tendrá con toda seguridad unas consecuencias económicas mucho más devastadoras de las que tuvo Chernóbil para el futuro de la industria nuclear. Según los analistas financieros de la Unión de Bancos Suizos (UBS), “el accidente de Fukushima es el más grave que ha ocurrido nunca para la credibilidad de la energía nuclear”, ya que “a diferencia de lo que ocurrió en Chernóbil, y que afectó a un único reactor en un estado totalitario sin cultura de seguridad”, en Fukushima hay “cuatro reactores que llevan semanas descontrolados, poniendo en duda que incluso una de las economías más avanzadas pueda garantizar la seguridad nuclear”. Nos encontramos pues en un punto de inflexión que va a determinar el futuro de la energía nuclear para muchas décadas, pero no podemos olvidar que incluso antes de Fukushima la industria nuclear estaba ya en declive.

El estado de la industria nuclear antes de Fukushima

Según el último informe Worldwatch sobre la Industria Nuclear Mundial 2010-2011 [2], a principios de abril de 2011 en el mundo se contabilizaban 437 reactores operativos, siete menos que el máximo histórico de 444 reactores alcanzado en 2002. En estos últimos años, se conectaron 25 nuevos reactores a la red y se desconectaron 32, incluyendo los seis reactores de Fukushima que ya no volverán a funcionar. Estas cifras probablemente acaben siendo incluso peores si como parece los siete reactores alemanes provisionalmente desactivados después de Fukushima acaban por ser definitivamente clausurados. La potencia nuclear nominal mundial es de unos 370 GWe y tradicionalmente había seguido una tendencia ligeramente al alza por las mejoras de potencia y por la sustitución de viejos reactores por otros más modernos y potentes, pero desde 2007 también se ha estabilizado.

La producción total de electricidad de origen nuclear, por otra parte, lleva tres años descendiendo, representando actualmente el 13% del total mundial, un 4% menos de lo que representaba en 2006. La mitad de los 30 países que utilizan energía nuclear se encuentran en la Unión Europea y representan casi la mitad de la producción mundial. Francia genera la mitad de la producción nuclear europea, y seis países: EE UU, Francia, Japón, Rusia, Corea del Sur y Alemania, suponen casi el 75% de la producción eléctrica nuclear mundial. El descenso de la producción eléctrica nuclear por tercer año consecutivo se debe a problemas técnicos en las flotas nucleares de los países más nuclearizados y se acentuará en años sucesivos por el cierre de reactores en Japón y probablemente en Alemania. Es posible que el pico de producción mundial nuclear se haya dado en el año 2006, como parece que lo fuera también de la producción de petróleo convencional.

En la actualidad se están construyendo nuevos reactores en catorce países, todos ellos con retrasos y sobrecostes notables. A día de hoy, la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA) contabiliza 64 reactores en construcción, doce de los cuales llevan más de veinte años en este estado y 35 no tienen fecha prevista de finalización. El 75% de los reactores en construcción pertenecen a cuatro países: China, India, Rusia y Corea del Sur. Al haberse reducido sustancialmente las nuevas construcciones, la edad de los reactores en operación sigue aumentando, alcanzando en este momento los 26 años, y ante las incertidumbres y dificultades económicas que presentan las nuevas construcciones, las empresas eléctricas abogan por prolongar la vida útil de sus centrales más allá de los 40 años inicialmente previstos.

Figura 1: Edad de los 437 reactores en funcionamiento.

Fuente: World Nuclear Industry Status Report 2010-2011 [2]

Como puede observarse en la figura 1, sólo 12 reactores han superado la barrera de los 40 años, pero como ilustra la pirámide de edad, este número crecerá significativamente en los próximos años, si se generaliza la política de prologar la vida de los reactores más allá de los 40 años. Sin embargo, atendiendo a que la experiencia de reactores funcionando más de 30 años es todavía limitada, y a que la edad media de los 130 reactores ya clausurados ha sido de 22 años, parece demasiado optimista suponer que la vida media del parque actual vaya a doblar o incluso triplicar esta cifra. Suponiendo una vida media de 40 años, para mantener el parque actual deberían entrar en producción 18 nuevos reactores antes de 2015, y 191 reactores en los siguientes diez años, a razón de un nuevo reactor cada veinte días.

Estas cifras permiten afirmar, con poco margen para el error, que el número de reactores en funcionamiento descenderá en los próximos años, a menos que se extiendan sistemáticamente las licencias más allá de los 40 años, algo que después de Fukushima va a resultar bastante más difícil. El desenlace del accidente japonés hará que se tomen medidas que impliquen nuevas inversiones en mejoras de seguridad y otras que incrementarán los costes de explotación y mantenimiento, lo cual, añadido a otros factores, puede desaconsejar la extensión de la vida útil de muchas centrales actuales.

Incluso suponiendo que todas las extensiones de vida ya concedidas llegan a cumplir los 60 años, que todas las construcciones iniciadas se terminan, y manteniendo una vida media de 40 años para el resto de reactores, antes de mediados de siglo el declive nuclear sería muy pronunciado, como puede verse en la figura 2.

Figura 2: Proyección del parque de reactores hasta mediados de siglo

Fuente: World Nuclear Industry Status Report 2010-2011 [2]

Fukushima frena el Renacimiento Nuclear

Aún cuando el tan cacareado renacimiento siempre fue poco más que una campaña mediática organizada por el lobby nuclear, la crisis nuclear de Fukushima ha representado un serio revés para las intenciones anunciadas por muchos países de reconsiderar su uso de la energía nuclear.

En el caso de China, el principal actor en este renacimiento, resulta difícil pensar en una reducción de los planes aprobados, aunque sí es probable que se pongan en cuestión cifras mucho más ambiciosas que últimamente se habían puesto en circulación y que ahora sufrirán una desaceleración. Los planes de China para 2020 han fluctuado entre los 40 y los 120 GWe, con 27 GWe actualmente en construcción. Después de Fukushima, el primer ministro Wen Jiabao ha anunciado que “suspendemos temporalmente la aprobación de nuevos proyectos, incluyendo aquellos que se encuentran en etapas preliminares de desarrollo. Primero debemos entender mejor la importancia y la urgencia de la seguridad nuclear y hacer de ella la principal prioridad”.

En India, se han desencadenado protestas públicas en casi todos los lugares en los que están previstas nuevas construcciones y algunos observadores creen que “después del desastre japonés le será muy difícil a cualquier partido vender a la población la energía nuclear”. En Indonesia, otro país también expuesto a terremotos y tsunamis, el ministro de Medio Ambiente ha manifestado que no están preparados para construir reactores nucleares y que en su lugar hay que promover las energías renovables y la generación descentralizada.

En el propio Japón, 14 de sus 54 reactores han dejado de funcionar como consecuencia del desastre de Fukushima y el Gobierno ha manifestado que una vez esté controlado el accidente habrá que revisar toda su política energética. TEPCO, en graves dificultades económicas, ha parado la construcción de una central nuclear y ha suspendido sus planes de construcción de otros tres reactores, con actuaciones similares por parte de otras eléctricas japonesas. En Malasia, Tailandia, Taiwán y Vietnam, los respectivos gobiernos están a la espera de cómo se desarrollan los acontecimientos japoneses para tomar decisiones en un sentido u otro.

En Europa, el Comisario de la Energía, el alemán Günther Oettinger, ha llegado a afirmar que “hemos de plantearnos si en Europa podemos cubrir nuestras necesidades energéticas futuras sin energía nuclear”, pero por el momento el Consejo Europeo se ha limitado a hacer un llamamiento a revisar todas las centrales nucleares europeas sobre la base de unas “pruebas de stress” derivadas de lo acontecido en Japón. Estas pruebas o análisis han de ser supervisados por las agencias estatales de seguridad nuclear y se espera que de ellas se deduzcan un conjunto de medidas para incrementar la seguridad. Los propietarios de las centrales tienen hasta el 15 de septiembre para presentar sus análisis y propuestas, y los resultados globales, con las medidas concretas a adoptar, que podrían incluir el cierre definitivo de las centrales que no puedan cumplir los nuevos requisitos, se harán públicos a finales de 2011.

En Francia, el presidente Sarkozy ha descartado que se pueda plantear la necesidad de prescindir de la energía nuclear, pero por primera vez el líder de uno de los principales partidos políticos franceses, la socialista Martine Aubry, se ha declarado personalmente a favor de abandonar progresivamente la energía nuclear, y el partido verde francés ha reclamado un referéndum nacional. Fukushima ha provocado una considerable incertidumbre financiera a la eléctrica nacional EDF, que se ha visto obligada a suspender la presentación de sus planes de futuro a la espera de lo que determine la Agencia de la Seguridad Nuclear francesa respecto a posibles exigencias de seguridad en su parque nuclear. Por otro lado, el desastre de Fukushima parece haber inclinado la balanza a favor de Areva en la lucha que mantiene con EDF por el control de la estrategia nuclear francesa en el campo internacional. Areva argumenta que su apuesta por reactores tipo EPR, más caros pero sobre el papel más seguros, ha demostrado ser la adecuada frente a las pretensiones de EDF de aliarse con China en la promoción de reactores más económicos de segunda generación para mercados emergentes.

En Alemania, la cancillera Merkel cambió abruptamente sus planes dejando en suspenso la prolongación de la vida útil de sus reactores y mandó cerrar durante tres meses siete reactores que funcionaban desde antes de 1980. Algunas voces en el Gobierno y en las eléctricas han afirmado que estos reactores no se reactivarán y otros han aventurado un cierre programado de todos los demás reactores en el plazo de 10 años. Los acontecimientos de Fukushima han marcado profundamente la situación política en Alemania hasta el punto de llevar a la cabeza del Gobierno al Partido Verde en uno de los land más ricos y poblados.

En Italia, el primer ministro Silvio Berlusconi había hecho bandera del relanzamiento nuclear anunciando la revocación del referéndum que llevó a su abandono después de Chernóbil, pero se ha visto obligado a cambiar sus planes legislativos y a posponer un referéndum previsto para el próximo mes de junio, al constatar que tres cuartas partes de la población es contraria a cambiar la política nuclear italiana. En Reino Unido, donde más avanzados estaban los planes para sustituir sus viejos reactores nucleares, el gobierno seguramente se vea obligado a modificar sus planes que pasaban por remodelar el régimen regulatorio británico para favorecer las construcciones nucleares, aún a costa de doblar los precios de la electricidad en 2020.

En EE UU, aún cuando hay un consenso entre demócratas y republicanos para favorecer el arranque de las nuevas construcciones, seis años después de aprobado un importante catálogo de ayudas, que incluye garantías estatales para el 80% de la inversión, ninguna empresa ha tomado la decisión de construir, y una de las que más cercana estaba a hacerlo ha anunciado que después de Fukushima abandona el proyecto porque su principal socio era la empresa japonesa Toshiba que ya no está interesada.

En suma, como ya hicieran Three Mile Island y Chernóbil en su momento, el recuerdo y la constatación de los peligros y las consecuencias que tiene un accidente nuclear grave pone de nuevo a la industria nuclear en un brete y demuestra que el pacto de Fausto que nos propone, energía barata y abundante a cambio de un riesgo radiactivo asumible, es una trampa. Cincuenta años después de su lanzamiento, la energía nuclear ni es abundante ni es barata y, además, el peligro radiactivo que representa no es asumible. Por todo ello, debemos hacerle caso al Comisario Europeo de la Energía y plantearnos un futuro sin nucleares, no ya sólo porque muchos así lo prefiramos sino porque no nos va a quedar otro remedio.