Nucleares y crisis energética

Los reactores rara vez están preparados para un fallo eléctrico prolongado.

Pedro Prieto es vicepresidente de la Asociación para el Estudio de los Recursos Energéticos (AEREN) y coeditor de www.crisisenergetica.org. Revista El Ecologista nº 69

Entre los riesgos que se prevén para garantizar la seguridad de los reactores nucleares, rara vez se contempla la posibilidad de un corte prolongado en el suministro eléctrico, algo que es clave para su estabilidad, como estamos viendo en Fukushima. Pero esta situación resulta cada vez más probable ante el escenario de escasez energética fósil al que estamos abocados. Y ello, sin contar la posibilidad de atentados terroristas o acciones de guerra, circunstancias que por desgracia no son ni mucho menos impensables.

  • La guerra es un asunto demasiado importante
    para ser dejada a los generales.
    Georges Clemenceau (1841-1929)
  • La política es demasiado importante
    como para dejársela a los políticos
    Konrad Adenauer (1876-1967)
  • La energía nuclear es demasiado importante
    como para dejársela a los “expertos” nucleares
    Pedro Prieto (1950- )

El reciente accidente nuclear en Fukushima ha puesto al descubierto un gigantesco problema que los expertos nucleares siempre habían ocultado o negado que pudiera suceder. Las centrales nucleares convencionales exigen, incluso en los momentos de lo que llaman parada en frío, un suministro fiable y garantizado del tipo de energía que producen, esto es, un flujo eléctrico considerable, que sirve para mantener refrigerados los reactores y las piscinas en las que se almacenan las barras de combustible gastadas, pero que siguen emitiendo una gran cantidad de calor.

Con Fukushima, venimos a comprobar que la Comisión de Seguridad Nuclear de Japón (y se supone que de los demás países nucleares, porque siguen todos reglas aproximadas) no tenía, entre las 59 causas posibles o previsibles y calculadas, la de un accidente grave con un corte de electricidad prolongado.

En efecto, la Guía regulatoria para la revisión de la seguridad de diseño de las instalaciones con reactores nucleares con agua ligera [1], establecía, en la número 27 de ellas, que “se diseñarán de tal forma, que se pueda asegurar el cierre seguro y la refrigeración adecuada del reactor en caso de interrupción de corta duración del fluido eléctrico”.

Una nota de esta cláusula añade, para más INRI, que “no son necesarias consideraciones particulares contra cortes de fluido de larga duración, porque se puede esperar en tales casos la reparación de las líneas de transmisión o de los generadores de emergencia de corriente alterna”. Y se quedaron tan tranquilos.

Estos expertos que editaron y publicaron estas normas tan ridículas, de los que no se sabe se hayan hecho todavía el harakiri, es de los que no vamos a poder fiarnos nunca jamás.

Riesgo de quedar sin suministro eléctrico

Ellos sabían perfectamente, desde hace décadas, que aunque muchas instalaciones claves tienen los sistemas de seguridad triplicados, aún así a veces fallan. Por ejemplo, los equipos de telecomunicación y servidores sensibles de Internet, disponen de suministro eléctrico fiable, y están complementados por generadores de emergencia (como su nombre indica, pensados para trabajar pocas horas hasta que se restituya el fluido en la red) y si éstos caen, están las baterías estacionarias flotantes, para soporte de unas 6 u 8 horas de funcionamiento, pero efectivamente no para más. Esos sistemas existían en Fukushima y fallaron todos.

¿Cómo no van a poder intuir escenarios de seísmos de magnitud 9 si tienen el precedente de Krakatoa o de Lisboa, o tsunamis gigantescos, si hoy la microelectrónica que guía todos nuestros pasos, supervisa nuestros actos, maneja nuestra intendencia, coordina todas nuestras comunicaciones y vigila y alimenta las centrales nucleares es tan poderosa como frágil? ¿Cómo no van a poder calcular que una presa aguas arriba de una central nuclear se rompa por la causa que sea y arrolle como un tsunami la central que está más abajo?

Ascó I y II están refrigeradas por el Ebro, que 50 km más arriba tiene el embalse de Mequinenza, de 1.530 hm3, más conocido como el mar de Aragón. La central nuclear de Trillo capta el agua para refrigeración del río Tajo a unos 2 km de la planta, dependiendo de sistemas de bombeo que pueden evidentemente fallar o ser destruidos o saboteados de manera prolongada.

Las razones para la caída del suministro eléctrico de una red se encuentran normalmente en el fallo de alguno de los elementos que componen el sistema. Por ejemplo, un defecto de la subestación, daños en una línea, sean accidentales o intencionados, como en el caso de acciones guerrilleras, terroristas o guerras –por ejemplo, la antigua Yugoslavia quedó absolutamente sin fluido eléctrico de forma prolongada por los bombardeos de la OTAN con bombas de grafito sobre estaciones de transformación–, o en otra parte del sistema de distribución, un cortocircuito, una sobrecarga o, incluso, un error humano en la operación sobre elementos del sistema.

Lo que es peor: dado que la electricidad no se puede almacenar en grandes cantidades, un apagón también puede estar producido simplemente por excesos de consumo, o desequilibrios repentinos y no previstos entre la oferta y la demanda eléctrica nacional, que vayan más allá de las posibilidades de regulación del operador u operadores entrelazados en una red nacional, algo que se ve agravado si la red eléctrica no se encuentra totalmente desarrollada.

Es decir, que aunque se produzca la suficiente cantidad de energía para abastecer dicho consumo, si no existe una red capaz de distribuir y hacer llegar al usuario la energía en flujo acorde con la demanda, se producirá un apagón. Algo, que desafortunadamente, se da en bastantes países a los que nunca se ha cuestionado el derecho a tener centrales nucleares.

Guerras y apagones

Irak (donde Francia, el constructor, jamás objetó la viabilidad del reactor nuclear que ayudó a construir) lleva más de dos décadas con cortes radicales y prolongados de fluido eléctrico. Irán, donde Occidente, desde Alemania a Francia pasando por EE UU, jamás cuestionaron la instalación de hasta 20 reactores nucleares en la época del Sha, aunque ahora no sólo las cuestionen, sino que hasta amenacen con bombardear la que los rusos han construido, sin pensar, éstos ahora tampoco, en sus riesgos posibles.

¿Cómo es que en las normas sobre centrales nucleares no se prevé el efecto de una guerra, si no hay país que lleve 50 o, como mucho, 100 años sin guerra? ¿Cómo no van a poder imaginar el escenario de un bombardeo de una central nuclear, sea con bombas convencionales o atómicas, si los israelíes y los norteamericanos llevan varios años amenazando hacerlo con Irán y los israelíes ya destruyeron una central nuclear en 1981 en Irak, afortunadamente sin carga nuclear todavía?

O los apagones en grandes regiones de Argentina, a causa de la coincidencia de crisis económicas y golpes de calor, sumados a robos de cobre incluso en líneas de alta tensión, por ejemplo. Robos que con las crisis se empiezan a dar también en España, hasta ahora en líneas de baja y media tensión.

O países nucleares como India, Rumania, Ucrania o Sudáfrica, cuya estabilidad social y de distribución eléctrica es tan frágil y cambiante como sus respectivos sistemas económicos, que pueden pasar de ser estables en una década a ser altamente inestables o insuficientes. Ucrania, por ejemplo, ha pasado de ser república socialista soviética a estar los dos o tres últimos inviernos con amenazas de cortes generalizados de suministro de gas a nivel nacional desde Rusia, por impagos.

Pakistán e India llevan décadas amenazándose con conflictos de gran escala, que pueden afectar a sus grandes, pero también muy frágiles y poco desarrolladas redes eléctricas nacionales. Y el efecto de dos países nucleares arrojando algún arma nuclear sobre algún reactor nuclear enemigo, se puede ver en el artículo Liberaciones catastróficas de radiactividad [2].

Indonesia sufrió en 2005 un apagón que afectó a las islas de Java y Bali y a 100 millones de personas. Brasil sufrió dos grandes apagones en 1999 y en 2009, el último de los cuales afectó también a Paraguay en 1999, y a 75 millones de personas durante dos días.

Pero es que países que se suponen de grandes recursos y considerable tecnología, resultan también ser vulnerables a los grandes apagones. Estos fueron los casos de Italia, cuyo apagón en septiembre de 2003 afectó prácticamente a toda su población.

Estados Unidos también recuerda los apagones en noviembre de 1965, en el noroeste del país que afectaron a Canadá, y el último, en agosto de 2003, que dejó sin suministro a 30 millones de personas cerca de dos días. Paradójicamente, al igual que en el caso de Japón, EE UU no tienen un nivel de integración federal de red, sino subsistemas heterogéneos estatales, muchas veces pobremente interconectados, que dificultan las ayudas de emergencia interestatales en caso de necesidad.

Quien se considere libre de un colapso o al menos una considerable degradación económica, social y energética, estos días en que la crisis económica arroja países incluso de la Unión Europea a la basura casi a diario, que tire la primera piedra.

Ahora vemos, por ejemplo, el dramático caso de Japón, donde se pone de ejemplo a los ciudadanos nipones por su disciplina a la hora de autoregularse en el consumo eléctrico, al saber por sus portavoces gubernamentales que su fragmentada red eléctrica (una parte de ella a 50 Hz y otra a 60 Hz con muy pocas interconexiones interregionales, en número y potencia de trasvase) podía colapsar por haber perdido uno de esos grandes sectores alrededor de un 20% de la potencia de suministro por el terremoto y el tsunami.

Curiosamente, los expertos han huido como alma que lleva el diablo de cualquier crítica o, aún menos, autocrítica o análisis que les obligue a meditar por qué el país más avanzado del mundo en tecnología, tiembla por temor a una caída generalizada de la red eléctrica, al perder apenas el 20% de su potencia. El temor seguía latente y sus ciudadanos manteniendo sus disciplinadas vigilias energéticas, casi un mes después del accidente, sin saber cuánto tiempo puede durar o cómo podrá afectar al aumento del consumo una ola de calor el próximo verano.

Si alguna central nuclear más tuviese que cerrar por algún otro terremoto o simplemente porque las zonas de exclusión por exceso de radiación llegasen a alcanzar la ubicación de otros reactores nucleares, y la red llegase a caer por completo, el problema de la refrigeración de las plantas y consiguiente riesgo de fusión del núcleo y de las barras de combustible gastadas de las piscinas de refrigeración podría pasar de ser de los 4 reactores actuales a 6 u 8. El cierre de estas plantas llevaría a un racionamiento más severo de la producción eléctrica con mayor riesgo de colapso de la red nacional y con el peligro de afectación de los 54 reactores nucleares que tiene el país, por imposibilidad física de mantener de forma permanente refrigerados los reactores y las piscinas de combustible gastado.

La interdependencia energética y sus asimetrías

Finalmente, hay otro peligro en ciernes, también muy grave, aunque también muy previsible, por más que los expertos nucleares, tan amigos de un mundo feliz en el que hay una arrogante seguridad en que todo irá siempre bien que no creen que haya que considerar casos de fallos concatenados, a los que asignan tan bajas estadísticas de probabilidad o de ocurrencia, que parece, a la vista de la corta y ya trágica historia nuclear, que estaban fabricados con intencionalidad política y posiblemente ya veremos si no con responsabilidad criminal.

O los tremendos y frágiles entrelazamientos energéticos, que se nos han vendido como “ventajas del mix energético”, cuando por otra parte se pueden convertir en fallos en cascada o trágicas caídas encadenadas con consecuencias catastróficas a nivel nacional e incluso internacional. Analizaremos esto con algún detalle.

Estas realimentaciones hacen que todo fluya pacíficamente y que las sociedades modernas funcionen como un gigantesco reloj suizo… mientras los flujos primarios no fallen o fallen elementos claves –que se descubren como tales sólo cuando dejan de funcionar– y que pueden afectar a partes mucho más vitales que las de sus propios cometidos.

Por ejemplo, el gas natural generó en 2007 el 24% de la electricidad nacional. Si por una casualidad Argelia, Libia y Egipto, en un hipotético caso de conflicto generalizado en el norte de África (¿parece ahora posible?) cerrasen sus suministros a largo plazo a España, éste país podría dejar de ingresar casi el 50% del gas y eso sería una caída de la producción eléctrica cercana al 20%. Pero el gas se utiliza también como el principal complemento de la intermitente producción eólica y solar, que representan hoy un 18% más del consumo eléctrico. Una crisis de suministro de gas a largo plazo, con una combinación de varios días sin generación eólica y solar, y no se podría descartar un apagón nacional generalizado.

El petróleo, del que importamos virtualmente el 100%, representa más del 95% del transporte nacional. Su interrupción total o parcial más tiempo del que duran nuestras reservas estratégicas (unos 90 días reales de consumo habitual) podría poner al país en una situación calamitosa y provocar una paralización social completa, red eléctrica incluida.

Esto podría pasar, por ejemplo, si el petróleo dejase de fluir por el cierre del Estrecho de Ormuz, por dónde pasa la cuarta parte del consumo español, que a su vez es casi el 50% de toda la energía primaria que consume el país, entre los suministros que se podrían ver gravemente alterados podría estar el carbón importado y el nacional.

El carbón que genera electricidad, representaba en España el 36% de toda la electricidad consumida. De este carbón se importan los dos tercios, con grandes buques desde grandes distancias. El otro tercio, de peor calidad, se produce en el país, pero también con maquinaria pesada y con sistemas de transporte generalmente basados en derivados del petróleo.

En sentido inverso, la cosa también es compleja y está muy interrelacionada. Si la red eléctrica llega a caer de forma prolongada, por cualquiera de las causas antes mencionadas, muchos otros servicios dejarían de funcionar provocando efectos en forma de cascada o de bola de nieve en el resto de suministros primarios de energía.

La conclusión es clara para el que suscribe: hay que programar en modo de emergencia el cierre de los 437 reactores nucleares actuales en muy poco tiempo y empezar a pensar seriamente en la disposición de los residuos para antes de que no haya petróleo suficiente para sostener el sistema y mucho menos para gastar la mucha energía necesaria para los desmantelamientos.