Los ciudadanos ante el cambio climático

Obstáculos al conocimiento y a la acción responsable.

Francisco Heras Hernández. Revista El Ecologista nº 45.

Es claro que no estamos actuando con la rapidez y decisión que un problema como el cambio climático requiere. En el artículo se repasan algunas de las circunstancias que, en el ámbito de la percepción social y de los comportamientos individuales, están dificultando los cambios necesarios.

El cambio climático es ya considerado por numerosas organizaciones científicas y sociales como el mayor reto ambiental que tendrá que abordar la Humanidad en el siglo XXI. Parece claro que cualquier respuesta racional al fenómeno pasa por reducir de forma sustancial nuestras emisiones de gases de efecto invernadero, causa última del problema.

Para lograr los anhelados recortes de emisiones contamos, desde hace años, con un amplio conjunto de propuestas en el campo del ahorro energético, las energías renovables o los estilos de vida y consumo. Muchas de estas ideas ya han sido probadas y han demostrado su viabilidad y eficacia, pero no se aplican de forma generalizada.

Resulta evidente que la respuesta de las sociedades humanas ante el reto del cambio climático no se corresponde con la gravedad del problema. El tránsito hacia una sociedad libre de combustibles fósiles afecta a intereses corporativos muy importantes y las reacciones contrarias al cambio son intensas en ese sector. Pero ¿cómo interpretar las amplias dudas suscitadas en la opinión pública y la tímida respuesta ciudadana? En este artículo queremos poner de manifiesto cómo, aparte de los retos de carácter económico y tecnológico, ante el cambio climático se plantean otras barreras que dificultan la evolución de las percepciones sociales sobre el problema y la correspondiente acción responsable.

Un fenómeno que choca con nuestras percepciones personales

Existen evidencias de un escaso conocimiento e ideas erróneas en torno al cambio climático, incluso en países en los que se ha realizado un apreciable esfuerzo divulgador [1]. Sin embargo, el desconocimiento y las ideas erróneas no deben atribuirse únicamente a la complejidad propia del fenómeno. Es preciso reconocer que el cambio climático, tal y como es descrito por la ciencia, choca abiertamente con algunas ideas basadas en las percepciones personales de la gente. G. Marshal [2] cita algunas de ellas:

  • La inmensidad de la atmósfera: la atmósfera, tal y como la percibimos, parece inmensa si la comparamos con la escala humana. La gente puede entender que el aire esté contaminado en un área industrial o en una gran ciudad, pero no parece concebir con facilidad que el conjunto de las emisiones de origen humano esté cambiando la atmósfera globalmente.
  • Unas “pequeñas” variaciones de temperatura que no se ven peligrosas: entre un mediodía caluroso y una noche fría, los españoles podemos experimentar fácilmente variaciones de temperaturas de 20º C o incluso más. Frente a estas oscilaciones, la idea de que la temperatura media de la tierra se vaya a incrementar entre 1,4 y 5,8ºC no parece muy alarmante.
  • Cambios que se conciben como graduales: Si los cambios del clima se miden con la escala de la percepción humana, se tiene la sensación de que los cambios serán muy graduales, lo que facilitará la adaptación al clima tanto de los humanos como de la naturaleza.

Acciones y emisiones: unas relaciones difíciles de establecer

Los ciudadanos tienen serias dificultades para obtener información significativa sobre sus consumos energéticos y su traducción a emisiones de gases efecto invernadero. Entre los factores que hacen difícil establecer relaciones entre acciones y emisiones podemos citar:

  • Diversidad de unidades de medida: las gasolinas se compran en litros; el gas en metros cúbicos; la electricidad en kWh. La mayoría de los consumidores no son capaces de establecer comparaciones entre productos energéticos expresados en distintas unidades de medida.
  • La difícil traducción a gases emitidos: La mayoría de la gente desconoce la relación entre energía consumida y gases emitidos. Establecer estas relaciones se hace especialmente difícil para el caso de la energía eléctrica, ya que las emisiones se generan fundamentalmente en el proceso de producción y no en el consumo final. Esto lleva a muchos consumidores a percibir la electricidad como una energía limpia.
  • La ausencia de información suficientemente desagregada sobre consumo energético: las actuales facturas de energía han sido comparadas con recibir una única factura mensual para todos los comestibles adquiridos, sin que se desglose el precio de cada producto. ¿Cómo ahorrar en la factura del super sin saber si es más eficaz renunciar a los espaguetis o al lomo ibérico?
  • La falta de datos para la mayoría de los productos y servicios energéticos: probablemente no sea realista pretender que los ciudadanos conozcamos las implicaciones energéticas de todas y cada una de nuestras opciones de consumo. Pero sí parece posible y deseable contar con información adecuada sobre los elementos más significativos.

Pretender que la gente realice esfuerzos para ahorrar energía sin contar con información adecuada sobre los consumos asociados a los productos o actividades más relevantes podría compararse con un corredor que emprende un plan de entrenamiento en atletismo sin contar con un cronómetro. El ciudadano interesado carecerá de referencias básicas para orientar sus iniciativas y además carecerá de un feed back útil para valorar el resultado de los esfuerzos realizados.

Barreras a la acción responsable

Conocer un problema ambiental, ser consciente de su importancia, incluso reconocer la necesidad de actuar para mitigarlo o resolverlo, no supone que se vaya a actuar de forma responsable en relación al problema. Igual que se plantean barreras al conocimiento, también hay barreras específicas que obstaculizan la acción responsable frente al cambio climático. He aquí algunas de ellas:

Los costes percibidos de la acción responsable: comodidad... y estatus

Entre las opciones personales más efectivas para reducir las emisiones, podríamos citar la limitación en el consumo de productos obtenidos con elevados consumos energéticos, la reducción del uso del vehículo privado o de la energía dedicada a regular la temperatura de nuestra vivienda. Se trata de iniciativas que afectan a aspectos percibidos como componentes significativos del bienestar. Por ello, son consideradas por muchos como sacrificios excesivos.

Además, algunas de las opciones de consumo con mayor incidencia en las emisiones de gases invernadero, como el modelo de coche adquirido, el tipo de casa en que se vive o los viajes que se realizan, se encuentran entre los medios más significativos empleados para establecer la identidad personal y la pertenencia a un grupo [3].

Si el hecho de renunciar a determinados comportamientos, sustituyéndolos por otros responsables, es percibido como muy costoso, es más improbable que la gente acceda a cambiarlos. De hecho, la falta de consistencia entre actitudes favorables al medio ambiente y comportamientos responsables es explicada por algunos autores precisamente en función del coste que requieren los comportamientos responsables. Las actitudes positivas en relación con el medio ambiente se expresarían en comportamientos de bajo coste, como reciclar, pero no en comportamientos de alto coste, como renunciar a realizar un viaje.

La insignificancia de la acción individual

En pocos casos la contribución personal a la resolución de un problema ambiental puede ser percibida como más insignificante que en el caso del cambio climático. ¿De qué sirve dejar el coche en casa o acometer reformas en nuestro hogar para mejorar su eficiencia energética si estas medidas no son seguidas por la mayoría? La percepción de la acción individual como insignificante resulta ciertamente paradójica, ya que las emisiones de gases invernadero están repartidas entre millones de fuentes y es la agregación de esa infinidad de fuentes la causa de los problemas. Y aunque, ciertamente, no podemos equiparar el escape de un automóvil privado a las chimeneas de una gran siderurgia, actuar sobre las causas del problema supondrá también cambiar esos millones de comportamientos personales que generan las emisiones.

Lo cierto es que la percepción de la insignificancia de la acción individual nos lleva a esperar a que otros actúen primero, antes de realizar sacrificios individuales considerados como importantes.

Las dudas sobre la importancia del problema

A pesar de la existencia de nuevos datos, más precisos, y la progresiva mejora de los modelos sobre el clima, el sistema climático es extraordinariamente complejo y el conocimiento humano sobre su evolución está sujeto a incertidumbres que, en mayor o menor medida, seguirán existiendo en el futuro. Por otra parte, algunas organizaciones que defienden el actual status quo energético amparan y difunden activamente las visiones de científicos escépticos, contribuyendo a alimentar las dudas, incluso sobre aspectos sobre los que existe un amplio consenso científico [4].

En estas circunstancias, son muchos los que dudan sobre la auténtica gravedad del problema y rechazan la necesidad de actuar de forma decisiva “cuando aún no se conocen todos los datos”.

Diversos estudios apuntan, de hecho, que la existencia de incertidumbres en torno a los problemas ambientales desincentiva o desmoviliza a la hora de poner en marcha respuestas eficaces [5].

La dilución de las responsabilidades propias

El fenómeno del cambio climático se debe a unas emisiones que resultan ser la suma agregada de numerosas contribuciones personales e institucionales, lo que contribuye a diluir el sentimiento de responsabilidad personal sobre el problema. La atmósfera es una gran bolsa común a la que van a parar todas las aportaciones y resulta muy difícil relacionar los impactos del cambio climático con emisores específicos de gases invernadero.

Otro factor que contribuye a diluir responsabilidades es la distancia espacial y temporal que puede separar a emisores y víctimas del cambio climático.

Contextos difíciles

Frecuentemente la organización de lo colectivo (la configuración del espacio urbano, el conjunto de productos y servicios disponible...) hace muy difícil tomar opciones personales de baja energía ante la inexistencia de alternativas adecuadas.

El estatus del automóvil en muchas zonas rurales y periurbanas de nuestro país puede servirnos para ilustrar esta situación. Una larga tradición de apoyo a esta modalidad de transporte, junto a una pérdida de calidad (o simple inexistencia) de alternativas de transporte público, ha hecho que la movilidad basada en el automóvil privado deje de ser una opción para convertirse en fórmula cuasi-única, con unas alternativas cada vez más difíciles. Se generan así auténticos círculos viciosos que hacen cada vez más complicado romper con las fórmulas de alta energía y que cierran el paso a otras opciones.

Reorientar la comunicación sobre el cambio climático

Tras este breve repaso a algunos de los escollos que dificultan el conocimiento ciudadano y la acción responsable frente al cambio climático parece obligado considerar como un serio reto lograr avances en estos campos. Hay que tener en cuenta, además, que la relación de dificultades presentada es parcial e incompleta; si descendemos a escenarios concretos, seguramente podemos identificar nuevas barreras, relacionadas con la cultura local o con las percepciones e intereses específicos de determinados actores sociales. Las motivaciones para optar por alternativas limpias o ahorradoras de energía, así como las barreras que dificultan la capacitación o la acción ahorradora pueden variar sustancialmente dependiendo de los contextos y de los sectores analizados.

El pedagogo brasileño Pablo Freire escribió que “la cuestión está en como transformar las dificultades en posibilidades”, una apreciación sin duda aplicable al caso que nos ocupa. ¿Qué tipo de iniciativas o estrategias nos pueden ayudar a impulsar el conocimiento, la sensibilidad social, la acción ciudadana responsable frente al cambio climático en el momento actual? A continuación se presentan algunas ideas en este sentido.

La divulgación sobre cambio climático debería tener en cuenta de forma muy especial las ideas previas de la gente y utilizar estrategias efectivas para ponerlas en entredicho. Por ejemplo, diversos autores han propuesto el empleo de comparaciones y analogías para facilitar la comprensión de algunos de los aspectos que chocan de forma abierta con nuestras percepciones. El grosor de la atmósfera terrestre, por ejemplo, ha sido comparado con la piel de una manzana, representando ésta a nuestro planeta [6].

Las predicciones del IPCC, según las cuales la temperatura media global se incrementará entre 1,4 y 5,8ºC en el presente siglo, serán valoradas con mayor atención si se hace notar que desde la última glaciación, época en la que el hielo cubría la mayor parte de Europa, la temperatura media global tan sólo ha ascendido entre 3 y 5ºC. Pequeñas variaciones de temperaturas medias pueden traducirse en grandes cambios y en la naturaleza existen abundantes ejemplos de ello que pueden incorporarse a los mensajes divulgativos.

Por otra parte, resulta imprescindible reforzar las iniciativas orientadas a facilitar la comprensión de las relaciones causa-efecto entre consumo, gasto energético y emisiones generadas. Entre ellas destacaremos el etiquetado de productos y servicios clave, el rediseño de las facturas de productos y servicios energéticos o la difusión de los programas de cálculo de emisiones.

Tratar de forma clara y abierta la cuestión de la incertidumbre, su naturaleza, las áreas en que se localiza, seguramente sea el mejor modo de que comprendamos mejor los posibles futuros en relación con el cambio climático. El empleo de modelos y escenarios, constituye una buena fórmula para atisbar futuros posibles y limitar el rango de incertidumbre en el que nos movemos. Un excelente ejemplo, en este sentido, es el análisis realizado por el IPCC sobre la evolución del cambio climático a lo largo del siglo XXI, basado en la definición de diversos escenarios, en función de las emisiones que tengan lugar.

Valorar los motivos para un cambio

Diversos estudios sobre las razones que animan a la gente a actuar de forma responsable en relación con el uso de la energía indican que la conservación del medio ambiente y la mitigación del cambio climático no son las motivaciones principales de los comportamientos ahorradores. Por ejemplo, en el ámbito doméstico, a la hora de emprender acciones de ahorro y eficiencia, pesan a menudo aspectos relacionados con el confort doméstico (existencia de corrientes de aire, habitaciones frías...).

Por eso, parece lógico aprovechar las motivaciones iniciales, que pueden estar principalmente vinculadas a intereses más personales (en el caso de las reformas domésticas, por ejemplo, búsqueda de confort), y tratar de satisfacerlas al tiempo que se difunden y plantean también las ventajas ambientales de esas iniciativas. Esta fórmula es más inteligente que la de crear atmósferas en las que se apela sólo a motivaciones elevadas, relacionadas con el bien colectivo y la protección ambiental.

De hecho, muchas de las opciones orientadas a la reducción de emisiones de gases invernadero poseen beneficios añadidos, tangibles y a corto plazo, que deben ser considerados y resaltados: por ejemplo, las energías renovables generan más puestos de trabajo y disminuyen nuestra dependencia energética; la reducción de emisiones tiene efectos beneficiosos sobre la salud, al mejorar la calidad del aire, etc.

El valor de las iniciativas colectivas

Contamos con diferentes evidencias que indican que, con la información y sensibilización adecuadas, las personas pueden emprender algunas iniciativas individuales de bajo coste tales como colocar lámparas de bajo consumo o elegir modelos de electrodomésticos energéticamente eficientes. Sin embargo, parece más difícil que desde la iniciativa personal se logre la generalización de comportamientos tales como reducir de forma importante las emisiones derivadas de nuestras pautas de movilidad o de nuestras pautas de consumo. Y son precisamente estos aspectos los que tienen mayor peso en las emisiones.

Ya hemos citado algunas barreras a la acción: el coste percibido de la acción responsable, la insignificancia otorgada a la acción individual, la dilución de responsabilidades o el peso de unos contextos pensados para unas formas de vida de alta energía.

Ciertamente estas barreras pueden contribuir a explicar por qué incluso la gente sensibilizada, informada y capacitada no es proclive a realizar sacrificios ahorradores por propia iniciativa. Pero la naturaleza de estas barreras también podría sugerir que las iniciativas de carácter colectivo podrían facilitar los necesarios cambios.

¿Por qué la gente podría estar dispuesta a aceptar desde la “imposición” de las decisiones públicas lo que no está dispuesta a hacer desde las elecciones personales? Hay, por lo menos, tres argumentos que podrían apoyar esta idea:

  1. La barrera de la percepción de la insignificancia de la acción individual queda superada cuando lo que se plantean son acciones colectivas.
  2. El coste percibido de las acciones ahorradoras también se puede atenuar, al menos por dos motivos:
    - los humanos valoramos nuestra calidad de vida utilizando a los otros como punto de referencia; si todos resultamos afectados el esfuerzo nos resulta más aceptable.
    - las iniciativas colectivas pueden incidir sobre el coste percibido de los comportamientos, utilizando incentivos al cambio o penalizando las conductas indeseables.
  3. Sólo desde la iniciativa pública parece posible actuar sobre los contextos que obstaculizan los comportamientos que conllevan emisiones reducidas o superar situaciones de bloqueo como la descrita para el caso del automóvil.

En todo caso, es evidente que no podemos dejar de otorgar valor a la sensibilización y el cambio personal, ya que sin un apoyo ciudadano convencido será muy difícil poner en marcha iniciativas colectivas adecuadas para un cambio de cultura energética.

Un ejemplo: los ciudadanos más concienciados con los problemas ambientales tendrán dificultades para reducir de forma sustancial su uso del automóvil particular, pero aceptarán de mejor grado que los no informados o sensibilizados el que se tomen una serie de medidas que desincentiven el uso del automóvil y abran paso a fórmulas de transporte menos contaminantes (peatonalización de calles, inversiones en la mejora del transporte público o, incluso, subidas en el precio de la gasolina).

La traducción de estas reflexiones, sin duda parciales e incompletas, al trabajo práctico frente al cambio climático no es, en todo caso, una tarea fácil; en el campo de la intervención social, parece prioritario reorientar las iniciativas de comunicación y educación frente al cambio climático, integrándolas además, cuando sea posible, con otras herramientas de la gestión pública orientadas a promover respuestas adecuadas y responsables frente al problema [7]. Por otra parte, es necesario generar procesos de participación social orientados a la búsqueda de soluciones en el marco colectivo. Resulta impensable abordar unos cambios de la magnitud de los requeridos sin un amplio consenso social y un esfuerzo compartido. Y los procesos participativos constituyen la mejor vía para lograrlos.


septiembre de 2017 :

agosto de 2017 | octubre de 2017



Visitantes conectados: 417