Karen Silkwood

Karen Silkwood fue una activista y sindicalista que trabajaba en una planta de combustible nuclear de la empresa estadounidense Kerr-McGee. Karen se hizo conocida a mediados de los años 70 por denunciar graves irregularidades en temas de seguridad nuclear. Murió el 13 de noviembre de 1974 en un accidente en circunstancias sospechosas.

A comienzos de los años 70 Karen Gay Silkwood comenzó a trabajar en una planta de enriquecimiento de uranio cerca de Crescent, Oklahoma, y propiedad de la compañía Kerr-McGee, y se afilió al sindicato Atomic Workers Union. Tiempo después el sindicato le asignó la tarea de investigar cuestiones relacionadas con la seguridad de la planta y la salud de los empleados.

Descubrió numerosas violaciones de las normas de seguridad y de protección de la salud en la instalación nuclear, incluyendo la exposición de los trabajadores a sustancias radiactivas, el almacenaje incorrecto de residuos, etc.

Kerr-McGee fue demandada por contaminación al medio ambiente y falta de seguridad para sus empleados.

En el verano de 1974 Silkwood le entregó a la Comisión de la Energía Atómica de EE UU una lista detallada de violaciones de normas de seguridad. Declaró ante la Comisión que ella misma había estado expuesta a la radiación en una serie de incidentes que la compañía nunca había explicado.

Se comprobó que los guantes que había utilizado Silkwood estaban contaminados con plutonio. No obstante, aunque parezca extraño, la compañía no había registrados índices de pérdidas ni había dado ninguna explicación que respondiera a cómo habían sido contaminados estos elementos de trabajo. Además, se encontró plutonio en su propia casa, en la cocina, en el baño y en el dormitorio.

Entre las numerosas irregularidades denunciadas estaba también una deficiente capacitación de sus empleados, que con frecuencia realizaban tareas para las que no estaban preparados, o que la compañía no cumplía los estándares de calidad en la producción del combustible, o que incluso habían falsificado datos de las inspecciones, especialmente en deficiencias en las barras de combustible.

La compañía intentó desacreditar a Silkwood por todos los medios, y llegaron a decir que Silkwood se había contaminado a propósito con la intención de perjudicar a la empresa.

El 13 de noviembre de 1974 Karen Silkwood murió en un accidente de tráfico bajo circunstancias sospechosas, mientras acudía a una reunión con un reportero del New York Times y un dirigente sindical en Oklahoma City. Se creía que llevaba consigo documentos que probaban acusaciones por falsificaciones de controles de calidad de barras de combustible. Ella misma había declarado con antelación que tenía reunida numerosa documentación para apoyar las acusaciones en el juicio.

Algunas personas que la vieron antes de coger el coche para acudir a la reunión, testificaron que ella llevaba consigo una carpeta y un paquete con documentos. Sin embargo, nada de esto fue hallado después del accidente. Según la versión oficial, el accidente se debió a que simplemente se quedó dormida, y para esto se apoyaron en algunos medicamentos que tomaba y que podían producir somnolencia.

Para mucha gente Karen Silkwood fue asesinada para silenciar sus acusaciones contra la compañía. Investigadores independientes dicen que el coche fue golpeado por detrás haciéndole perder el control. También dicen que justo antes de chocar ella preparó su cuerpo para atenuar el impacto, lo que hubiera sido imposible si estuviera dormida.

Este caso impactó a la opinión pública norteamericana y sirvió para alertar sobre los peligros de la energía nuclear, así como plantear dudas sobre el comportamiento irresponsable y poco ético de las empresas de este sector.
En 1975 Kerr-McGee cerró definitivamente la planta.

Durante años, la familia de Karen Silkwood estuvo pleiteando para exigir responsabilidades a Kerr-McGee apoyándose sobre todo en que la autopsia de Silkwood revelaba que estaba contaminada con plutonio.

Finalmente, en 1986 las partes llegaron a un acuerdo, y la familia recibió una indemnización de 1,38 millones de dólares, pero a cambio la compañía no reconocía ninguna culpabilidad.




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