Repasamos el libro de la médica Carme Valls-Llobet ‘Medio ambiente y salud’. Esta endocrina aborda la contaminación y las enfermedades. Señala que muchas tienen un origen ambiental y afectan más a las mujeres porque nuestros cuerpos son bioacumuladores de toxinas.

Yolanda Fernández Vargas. Comisión de Ecofeminismo de Ecologistas en Acción. Revista Ecologista nº 96

El origen del ecofeminismo en el mundo anglosajón ha estado ligado a la salud. Fue, de hecho, Rachel Carson, pionera y visionaria en su época, quien en 1962 publicó el libro Primavera silenciosa, en donde denunciaba los efectos del uso de los pesticidas sobre la vida y su relación con el aumento del cáncer en los seres humanos. Su visión sistémica le llevó a deducir que estas sustancias compuestas alteran y destruyen el equilibrio dentro de la cadena trófica, pues su concentración y presencia, desde los campos de cultivo aumenta a medida que se asciende en dicha cadena a las especies superiores y a los seres humanos a través de la dieta. Asimismo evidenció que la suya era la primera generación de personas nacida en un medio ambiente repleto de contaminantes químicos, desde la cuna hasta la muerte. Ella misma padeció un cáncer de mama.

Han pasado muchos años desde entonces y parece que no hemos mejorado esta situación, porque la contaminación ambiental es hoy, en el siglo XXI, el mayor reto para la salud. Carme Valls-Llobet, médica endrocrinóloga, acaba de publicar este año en la colección Feminismos su libro Medio ambiente y salud, que nos muestra precisamente cómo preservar la salud y evitar los riesgos derivados de esta problemática, ligada todavía a un modelo de producción y de consumo incompatible con la conservación de la vida en el planeta.

Consecuencias para la vida

El crecimiento industrial intensivo tiene graves consecuencias y un alto precio para el ser humano y los ecosistemas. Y no es únicamente la imagen recurrente de la chimenea de las fábricas o el vertido de toneladas de fuel en los océanos la que nos tiene que preocupar cuando hablamos de contaminación ambiental; tenemos también que poner el foco de nuestra mirada en la comida que ingerimos, el aire que respiramos, el agua que bebemos, los aparatos electrónicos y los productos para la piel que usamos diariamente. Esta autora nos alerta de que actualmente hasta un 45 por 100 de los alimentos que consumimos tienen residuos tóxicos, en especial pesticidas, y lo que es más alarmante es que no se conoce la toxicidad del 85 por 100 de las 3.000 sustancias químicas que utilizamos en mayor cantidad en nuestra vida cotidiana.

El enemigo está en casa y campa a sus anchas en el interior de nuestras viviendas y edificios de oficinas, y lo peor de todo es que muchos de estos tóxicos ambientales son imperceptibles y su grado de incidencia en nuestros cuerpos dependerá de la dosis y de la repetición de la exposición que mantengamos. Los disruptores endocrinos, las radiaciones ionizantes y no ionizantes, los campos electromagnéticos y de baja frecuencia como teléfonos inalámbricos, ordenadores, wifi o microondas tienen una incidencia directa en nuestra salud, cuyos efectos pueden ser alteraciones del ciclo menstrual, riesgos para la reproducción y la fertilidad, síndrome premestrual y de ovario poliquístico, pubertad adelantada, malformaciones congénitas, obesidad, fibromialgia, síndrome de fatiga crónica, sensibilidad química múltiple y alteraciones de la función tiroidea.

Teléfonos inalámbricos, ordenadores, wifi o microondas tienen incidencia directa en la salud.

La estructura del libro es un acierto, es ameno, de fácil lectura y muy divulgativo. Habla de los tóxicos que existen, cómo penetran en nuestro cuerpo y qué consecuencias tienen para la salud, con recomendaciones al final de cada capítulo sobre cómo prevenirlos. Todo ello sin caer en el miedo, la preocupación obsesiva, la ortorexia o crear un sentimiento de impotencia y derrotismo.

Y sobre todo tiene esa mirada desde el género imprescindible y necesaria en cualquier disciplina, que le permite abarcar una realidad múltiple y poliédrica. La mirada androcéntrica en la ciencia ha provocado sesgos de género importantes en el estudio de la salud, al haber excluido e invisibilizado a las mujeres. Prueba de ello ha sido el patrón androcéntrico utilizado para medir el umbral humano no tóxico en los estudios médicos y farmacológicos: un hombre blanco y joven, sin tener en cuenta otros condicionantes en el modo de enfermar de mujeres y hombres.

En el cuerpo de las mujeres

La vulnerabilidad de los seres humanos ante los contaminantes depende del sexo y de la edad. Vulnerabilidad que es mayor en las mujeres, porque nuestro cuerpo funciona como un bioacumulador de toxinas debido a que tenemos un mayor porcentaje de células grasas que los hombres y este factor biológico nos sitúa en la primera línea de personas afectadas por el deterioro ambiental.

La mayoría de las enfermedades no pueden considerarse en abstracto,  sin relación con las condiciones de vida, la biología, sexo o clase social

Los problemas de salud también dependen de las diferencias biológicas, psicológicas y del soporte social que tienen las personas para desarrollar sus vidas. La mayoría de las enfermedades no pueden considerarse en abstracto, sin relación con las condiciones de vida y el ejercicio de determinadas profesiones, ni con la cultura, la edad, etnia o clase social.

La ética del cuidado

Este libro resalta la importancia de la ética del cuidado sobre nuestros propios cuerpos y nos alienta a tener conciencia individual, pero también nos recuerda que la solución necesariamente es colectiva y tiene que venir de las políticas públicas ambientales. Urge crear una nueva ciencia, con formación específica a profesionales en enfermedades ambientales, y contar con todos los grupos que investigan diversos aspectos de la contaminación en la salud humana, sindicatos, grupos ecologistas, feministas y partidos políticos.

Ilustración Andrés Espinosa.

Como dice la autora en sus páginas, “…necesitamos muchas miradas diferentes para entender la ciencia de otra forma y comprender que el rigor científico no es el rigor mortis, el rigor que estudia lo alejado de la vida, el rigor pretendidamente objetivo pero en el que subyacen mecanismos de poder y violencia ocultos; necesitamos otro rigor, que estudie la vida…”.

El derecho a la salud va unido a la dignidad de las personas e implica poder decidir en libertad. Para ello es necesario conocer, saber y manejar datos relevantes sobre nuestro bienestar, información de la que habitualmente no disponemos. De la misma manera que los gobiernos nos facilitan cifras económicas deberían preocuparse con mayor ahínco de informar a la población sobre los niveles de contaminación del aire, el agua y alimentos. Por esto este libro es indispensable y un aviso para navegantes.