Una de las conclusiones claras que se pueden sacar de este informe en el décimo aniversario del Prestige es que el cambio de modelo energético es algo no solo necesario (por las consecuencias ambientales que provoca) e inaplazable (por los propios límites de la base de este modelo, los combustibles fósiles) sino también deseable (por las graves injusticias globales que provoca). Por tanto, es imprescindible generar alternativas reales a este modelo que busquen la sostenibilidad y la justicia social.

La cultura dominante nos invita a pensar continuamente que la energía es ilimitada. Pero sabemos que la realidad es que aunque la energía del sol (fuente y origen de toda la energía, también de que se formen los combustibles fósiles) sea ilimitada, no lo es la disponibilidad de las fuentes: no renovables, por supuesto, e incluso tampoco renovables, limitadas en último término por los sistemas de captación.

En este sentido, cualquier modelo alternativo tendrá que basarse en primer lugar en una reducción drástica del consumo, comenzando por los combustibles fósiles, primero los más contaminantes, el petroleo y el carbón, y más adelante también el gas, para ser sustituidos por fuentes renovables, ahorro y eficiencia.

La energía nuclear, también recurrente por el pensamiento dominante cuando se trata de buscar alternativas, no es una opción. No sólo por el riesgo inherente que comporta y por los residuos de alta actividad que se generan, que seguirán siendo radiactivos durante muchos miles de años. Sino porque la extracción, enriquecimiento y transporte de uranio, así como la construcción y el desmantelamiento de las centrales nucleares, requieren grandes cantidades de energía, que actualmente se realizan fundamentalmente a partir del petróleo, y cuya sustitución no es fácil. Sin olvidar que el propio uranio también es un recurso, como todos, limitado que duraría muy poco si se utilizara como sustitutivo de los combustibles fósiles para producir electricidad.

Por otro lado, tanto la urgencia de la necesaria transición energética, como las limitaciones técnicas, económicas y en algunos casos de los propios ecosistemas, hacen imposible un simple cambio de las fuentes energéticas hacia fuentes renovables sin cambiar el modelo de consumo, al menos en los países industrializados. En la mayoría de estos países consumimos mucha más energía de la que necesitamos para satisfacer nuestras necesidades y para alcanzar una calidad de vida adecuada, o como lo define la ONU, un Indice de Desarrollo Humano alto o muy alto.

Lo que mal llamamos mundo desarrollado, ha llegado hasta aquí gracias a la disponibilidad barata de cantidades ingentes de petróleo. Pero la era de la energía barata se está acabando y el derroche debe terminar, o el desplome de la civilización que conocemos traerá consigo graves consecuencias sociales y ambientales. Es necesario plantearse que la energía es un recurso valioso que debemos aprovechar para cubrir nuestras verdaderas necesidades sin impedir que las generaciones futuras puedan disfrutar de una vida digna, en un espacio en el que merezca la pena vivir.

Pero también debemos darnos cuenta de que la energía es, como tantos otros, necesaria para satisfacer esas necesidades, por lo que su acceso debería ser universal. Las grandes desigualdades y las grandes guerras generadas por el petróleo, por su desigual distribución alrededor del mundo, también pueden y deben ser compensadas gracias a este cambio de modelo. Un modelo en el que, al mismo tiempo que el consumo de energía se reduzca enormemente en los países del norte global, por el contrario debe crecer en aquellos países cuyas poblaciones no alcanzan unas condiciones de vida dignas entre otras cosas por carencia de recursos energéticos, o porque estos son tan caros que no los pueden comprar. Un modelo en el que las energías renovables, tan ampliamente distribuidas alrededor del mundo, puedan jugar un papel democratizador y de distribución justa de los recursos.

El cambio no es una alternativa, es una necesidad que se materializará antes o después, pues los combustibles fósiles y nucleares se agotan. De la importancia y la urgencia que le demos dependerá que las generaciones futuras disfruten de un planeta en condiciones aún aceptables o que lo hagan en condiciones dramáticas.

Para conocer más en concreto algunas de las alternativas planteadas por Ecologistas en Acción puedes consultar los siguientes documentos:

Rodrigo Irurzun, Coordinador del Área de Energía de Ecologistas en Acción