El autor, veterano activista de Huesca, cuenta cómo echó a andar el grupo de Sabiñánigo. El relato recupera los titulares de la prensa de entonces sobre los ecologistas, hace ya más de 20 años.

Alberto Bernués Jal. ADEPA-Ecologistas en Acción de Sabiñánigo. Revista Ecologista 98.

Cuando las cadenas se echan al monte (titular del periódico El Día, 20 de octubre de 1985). En el verano de 1985 un grupo de jóvenes de Sabiñánigo, Huesca, formamos la Asociación de Defensa del Pirineo Aragonés (ADEPA). Teníamos apenas cumplidos los 18 años y un entusiasmo por las nubes para defender la naturaleza y combatir las agresiones ambientales en nuestras montañas, ya numerosas en aquella época, sobre todo relacionadas con la política forestal.

Nuestra primera batalla la libramos contra los aterrazamientos de la Sierra de Aineto, actualmente dentro del Parque Natural de la Sierra y Cañones de Guara, tras un gran incendio que quemó más de 4.000 hectáreas en 1980. Hoy día es una práctica abandonada y probablemente desconocida para muchos lectores, pero por aquel entonces era común meter buldóceres en los montes incendiados para hacer terrazas con el argumento de prevenir la erosión y retener agua, facilitando así la repoblación forestal.

Intereses económicos

El propio Instituto de Conservación de la Naturaleza del Ministerio de Agricultura (ICONA), ya extinto reconocía que “el aterrazado con subsolado es el proceso de preparación del suelo más antinatural, el que produce mayor alteración del perfil del suelo, ya que convierte las laderas en graderíos perdurables e interrumpe de manera violenta la evolución edáfica natural, suponiendo voluminosos desplazamientos de tierra”. Sin embargo, en España se aterrazaban alrededor de 30.000 hectáreas al año, y había fundadas sospechas de intereses económicos ocultos que nunca llegaron a demostrarse.

En agosto de ese año, 1985, unos 40 jóvenes de ADEPA (luego Ecologistas en Acción de Sabiñánigo) y la Asociación Naturalista Oscense, ONSO, luego Ecologistas en Acción de Huesca, paralizaron estos aterrazamientos que duraban ya tres años y habían afectado a unas 3.000 hectáreas.

El Servicio de Agricultura, Ganadería y Montes de la Diputación General de Aragón declaró que “detrás de la protesta ecologista puede haber algo más que puro ecologismo”, acusación típica de esa época, y advirtió que “no fue avisada la Guardia Civil ni se impidió de forma alguna la protesta ecologista”, lanzando así un claro aviso a navegantes.

Comenzó entonces un toma y daca entre la Administración forestal aragonesa y nosotros, con comunicados de prensa, mesas redondas, reuniones, denuncias al Ministerio de Agricultura, al Defensor del Pueblo y hasta el presidente del Gobierno , búsqueda de apoyos científicos como el del Instituto Pirenaico de Ecología, o de grupos como Greenpeace, Adenex, Grupo Ornitológico Balear, etc. Incluso llegamos a redactar y presupuestar un proyecto de regeneración forestal alternativo.

Las maquinas no paraban

Pero las máquinas no paraban, y en octubre de ese mismo año, con la ayuda de compañeros del grupo Phoracanta, ligado a la Escuela de Montes de la Universidad Politécnica de Madrid, que venían de paralizar aterrazamientos en Palancares, Guadalajara, activistas de ONSO y ADEPA nos estuvimos encadenando a los buldóceres durante una semana entera.

Fueron días muy intensos, con gran despliegue de medios, sobre todo de personas, y de estrategia para sortear la vigilancia de la Guardia Civil, que incluso llegó a utilizar un helicóptero. Todos los días, los dos o tres activistas que conseguían encadenarse acababan detenidos y trasladados al Juzgado de Boltaña, donde tras tomarles declaración quedaban libres.

El 18 de octubre nos tocó a un compañero de Jaca y a mí encadenarnos a los buldóceres ante la mirada resignada de los maquinistas. Era viernes y el juez, supongo que harto de trabajar todas las tardes, nos mandó al calabozo, todavía por estrenar. Al día siguiente nos tomaron fotografías, registraron nuestras cicatrices y huellas dactilares, y nos abrieron ficha policial antes de dejarnos marchar. Nunca olvidaré aquel día y aquella larga noche en la que no pegué ojo.

Ecologistas en el Banquillo (titular del periódico El Día, 6 de abril de 1986). El 26 de mayo de 1986 se celebró juicio oral contra los ocho activistas que fuimos detenidos esa semana. El juez nos absolvió. Tras todos estos años, releo partes de la sentencia para recordar: “…manifestando los encadenados en aquel momento que no tenían intenciones violentas y que su actividad era en protesta de lo que consideraban un atentado ecológico, con el único objetivo de defender la naturaleza pues en su opinión había estudios más que suficientes como para solicitar el cese de los aterrazamientos, y que, dado que lo habían intentado, a través de la vía del diálogo, sin resultado alguno, no tenían otra opción ante los hechos consumados de las obras”.

El Ministerio Fiscal y la Diputación General de Aragón apelaron, pero el 22 de diciembre el juez desestimó el recurso de apelación. Los de Aineto fueron los últimos aterrazamientos que se produjeron en España. Un bonito regalo de Navidad.

Arrasar el Pirineo

Se está arrasando el Pirineo (titular del periódico Heraldo de Aragón, 14 de enero de 1986). Si bien el titular era algo exagerado, en aquellos años las talas indiscriminadas eran frecuentes en numerosos montes. Algunos bosques de gran valor ecológico estuvieron en la picota, como el Hayedo-Abetal de Oturia, uno de los más meridionales del Pirineo, en el término municipal de Yebra de Basa, Huesca.

Se autorizó la tala de 16.600 pinos y 6.700 hayas en 400 hectáreas por dos millones de pesetas (unos 12.000 euros),  la empresa maderista, una multinacional alemana, no respetó el contrato desde el principio, cortando abetos centenarios, tejos, acebos, etc. De nuevo, activistas de ADEPA lanzaron una campaña de denuncia en prensa y ante la Diputación General de Aragón. Algunos de ellos decidieron pasar a la acción directa y boicotear las máquinas. Fueron sorprendidos por operarios de la empresa y debieron pagar los desperfectos. Sin embargo, su acción no fue en balde, la Diputación cedió a la presión y retiró el permiso de tala. Conseguimos nuestra segunda victoria, ¡dos de dos! Fueron unos comienzos memorables.

A día de hoy, el Hayedo-Abetal de Oturia ha recuperado todo su esplendor y apenas son visibles algunas cicatrices de erosión y las antiguas trochas para sacar la madera.

Hayedo-Abetal de Oturia. Foto Alberto Bernués Jal

Desde entonces no hemos cejado en nuestra actividad. Muy a nuestro pesar hemos tenido que ampliar el campo de acción hacia un amplio abanico de temas (turismo de nieve, infraestructuras de transporte y energía, espacios naturales, etc.), nos hemos centrado más en aspectos de denuncia que de acción directa, y hemos cosechado algunas otras victorias y demasiadas derrotas.

Nuestra campaña más fatigosa también comenzó esos primeros años de andadura y a día de hoy en ella seguimos: la lucha contra la contaminación por residuos de la fabricación del pesticida lindano de la empresa Inquinosa, en Sabiñánigo, el peor caso de contaminación química de Europa occidental. Pero esa es una historia demasiado larga para ser contada aquí.