La autora analiza los vínculos entre ecologismo y feminismo. Señala que nuestra sociedad olvida las bases que sostienen la vida, esenciales para entender el ecofeminismo.

Yolanda Fernández Vargas. Comisión de Ecofeminismo de Ecologistas en Acción. Revista Ecologista nº 98.

El ecofeminismo es una corriente de pensamiento y praxis política del siglo XX, que realiza una crítica radical al actual modelo económico y al discurso de la modernidad basado en el racionalismo científico. Se configura como un movimiento social, que colectivamente plantea la necesidad de transformar la sociedad, y al mismo tiempo se articula como una práctica individual, una forma diferente de ser y estar en el mundo, más justa, equitativa y solidaria.

Una de sus premisas cardinales es la conexión que establece entre el ecologismo y el feminismo. Una sinergia que da respuesta a una situación insostenible de crisis ecológica y crisis de los cuidados, que pone en peligro actualmente, no sólo nuestra propia supervivencia como especie, sino también la del planeta y los seres vivos que lo habitan.

La simbiosis perfecta entre feminismo y ecologismo nos permite visibilizar la posición de subordinación a la que han sido relegadas las mujeres por el sistema patriarcal y la explotación y dominio de la naturaleza y animales en nuestro modelo económico capitalista, que reduce la noción de valor al concepto de precio, obviando la importancia de preservar los ecosistemas.

Sostener la vida

La cultura occidental bajo estos axiomas olvida cuáles son las bases materiales que sostienen la vida humana y que son sustanciales para entender el ecofeminismo: la ecodependencia y la interdependencia. Necesitamos a la naturaleza para sobrevivir y precisamos del cuidado de otras personas en las primeras etapas de nuestra vida, en la enfermedad y en la vejez.

Ilustración: Emma Gascó, del libro La vida en el centro. Libros en Acción.

Desde ambas corrientes se cuestionan mitos que forman parte del pensamiento occidental construido bajo una mirada dual y jerárquica, en donde la ciencia, la razón, la producción y lo masculino se sitúan por encima de la naturaleza, la emoción, la reproducción y lo femenino. Esta cultura que sustenta ambas dominaciones no se ha ejercido de forma pacífica, sino a través de la práctica de una violencia generalizada, física y simbólica contra los cuerpos y los territorios.

El mito del crecimiento ilimitado, de la libre elección de las mujeres, la fantasía de la identidad individual y la división sexual del trabajo han instrumentalizado a las mujeres y los ecosistemas a lo largo de la historia, invisibilizando e infravalorando todo aquello que se aleja de esta mirada androcéntrica.

Y así se ha creado la ficción del homo oeconomicus, enaltecido como sujeto de derechos y modelo a imitar desde los púlpitos neoliberales. Frente a la abstracción de este individuo privilegiado y autónomo (varón, blanco, de clase media, cis, sin discapacidad y heterosexual) que busca únicamente su interés individual, el ecofeminismo nos compele a mirar hacia lo común, hacia una identidad relacional y una noción de sujeto mucho más amplia, que coloca la economía al servicio del mantenimiento y conservación de la vida y no de la explotación y acumulación de capital, como eje vertebrador de cualquier actividad humana.

Es necesario superar el dualismo hombre-naturaleza y, como dice Alicia Puleo, reinventar el mito de Ariadna y Teseo, cuestionar el androcentrismo y el sexismo, imaginar una nueva Ariadna que redime al minotauro y lo rescata, porque es el único que conoce el laberinto y, además, convencer a Teseo de la necesidad de abandonar su lógica de control y dominación sobre otros seres humanos y sobre la naturaleza.

Mujeres comprometidas

Frente a esta fábula tradicional, surgieron, como nuevas Ariadnas, un grupo de mujeres feministas y comprometidas con el activismo ecologista que crearon un grupo en Ecologistas en Acción al que llamaron Cuarto creciente. Ellas entendieron que era necesario el análisis de género dentro de la organización y denunciaron formas de comunicación y dinámicas de grupos en las que no se sentían cómodas. Querían fomentar la participación en todos los espacios de las mujeres en igualdad de condiciones que sus compañeros varones.

Ilustración: Emma Gascó, del libro La vida en el centro. Libros en Acción.

Años después otro grupo de mujeres evidenció la necesidad de tener más presente el feminismo dentro de Ecologistas en Acción. Se pusieron en marcha talleres como El laberinto del género, en donde ellas y ellos visibilizaron los mandatos de género, los roles y estereotipos a los que nos enfrentamos como consecuencia de la socialización diferenciada. Se propusieron cambios metodológicos en la manera de conducir las asambleas para que las mujeres tuvieran más facilidad en el uso de la palabra, y, al mismo tiempo, en muchos grupos locales surgía la necesidad de incrementar la presencia de debates, charlas y formaciones que incorporaran la mirada feminista.

Todo ese esfuerzo ha hecho posible que hoy exista el Área de Ecofeminismo en Ecologistas en Acción. Ha sido esencial la labor de muchas compañeras que han participado desde otras comisiones y grupos de otras comunidades autónomas en actos como la bicicletada, el patriarcalitest y las jornadas ecofeministas.

En todas estas acciones se ha evidenciado la urgencia de transitar hacia un nuevo modelo que vuelva a resituarnos como seres vivos conectados con la naturaleza sin jerarquías, sin explotación y dominación, desde la comprensión única y reveladora de que somos vulnerables y dependientes. Para conseguirlo es necesario universalizar los cuidados y que deje de ser una responsabilidad específica de las mujeres.

Retos a futuro

La desigualdad entre hombres y mujeres está presente en los movimientos sociales y también en el ecologismo. Aunque nuestra organización ha avanzado mucho, tanto en la diversificación de roles como en el cuidado hacia las personas, seguimos viviendo conflictos e interacciones donde las inercias patriarcales siguen presentes y algunos hombres siguen ocupando posiciones de privilegio, que generan malestares en las mujeres que comparten con ellos los mismos espacios.

El mito del crecimiento ilimitado, de la libre elección de las mujeres, la fantasía de la identidad individual y la división sexual del trabajo han instrumentalizado a las mujeres y los ecosistemas

Nuestra conciencia y sensibilidad sobre este tema nos ha mostrado que situaciones que hace muy poco concebíamos como ‘normales’, ahora sabemos que no lo son. La campaña confederal Ecologismo libre de heteropatriarcado pretende revisar estas dinámicas machistas que aún persisten.

Existen además, otros obstáculos y desafíos, entre ellos, la presencia intermitente en las comisiones de sus integrantes, que además participan en otros grupos y en otros territorios; conseguir que el ecofeminismo sea transversal y esté presente en la mirada de otras áreas y en todas las temáticas; ponernos como organización las ‘gafas moradas’; sacar a la luz las luchas ecofeministas y darles valor; tener mayor presencia y tejer alianzas con el movimiento feminista. Es preciso difundir este discurso, construido desde un lugar periférico y devaluado, que ha sido el espacio que nos han asignado a las mujeres, pero del que dependen las necesidades vitales, porque plantea un cambio en las prioridades que es posible.

Ilustración: Emma Gascó, del libro La vida en el centro. Libros en Acción.

Estamos convencidas de que el ecofeminismo, como movimiento de acción directa cuenta con una gran fuerza transformadora y de emancipación social, que aporta solidez y consistencia a los movimientos ecologistas y feministas, que de manera aislada quedarían cercenados en sus planteamientos. Es necesario denunciar la trascendencia que la actuación humana tiene sobre los ecosistemas y también analizar cómo nos afectan los distintos sistemas de opresión, no solo a las mujeres sino a la población más vulnerable.

Y no hablamos de una utopía, sino de vislumbrar posibles soluciones y transitar hacia otro modelo social y económico sostenible y reivindicar vivir una vida digna. No postulamos deseos sino necesidades reales sobre cómo desarrollar políticas de territorios y de tiempos, debatir sobre lo que es posible producir localmente y reorganizar el trabajo tanto productivo, como reproductivo. El ecofeminismo permite construir una nueva cultura de la igualdad y de la sostenibilidad que ofrece una alternativa justa y defendible frente a las políticas desarrollistas, que han tenido como resultado la situación de emergencia social y ambiental en la que estamos inmersos y que, si no actuamos, nos abocará al colapso.