En su libro La Materia Vibrante, el ecologismo radical de Jane Bennet, emparentado con la idea del materialismo vital enunciada por Spinoza, propone que nos paremos a considerar la posibilidad de si la materia, supuestamente inerte, tiene fuerza propia. Según Bennet, una forma útil y novedosa de entender fenómenos sociales, políticos o económicos es centrarse en la agencia de las cosas que están presentes en esos fenómenos y no en los factores humanos; es lo que Bennet llama la descripción material del acto político o económico.

El mercurio (Hg) y su presencia en la comarca de Almadén es un caso interesante en este sentido. A partir de 20 ºC, este metal, altamente volátil y tóxico, interactúa con el cuerpo humano (lo que Bennet llama “la cosa humana”) liberando un azufre gaseoso que, inhalado o absorbido por la piel, produce una condición llamada hidrargiria. Los síntomas se manifiestan entumeciendo la cabeza, provocando depresión, erosión del paladar y las encías, caída de la dentadura, afección severa al sistema renal y, sobre todo, debilitando el sistema nervioso de las extremidades: calambres, convulsiones involuntarias, alucinaciones, pérdida de memoria y, finalmente, de la razón.

Lo que propongo aquí es que si, en lugar de centramos en las estructuras político-económicas autoras de lo que los académicos llaman “el problema ambiental de Almadén”, prestamos atención a la dimensión material de ese proceso, podemos llegar a entender mejor la magnitud del problema. Un problema que amenaza con agravarse considerablemente con la inminente construcción de una planta de procesamiento de mercurio excedente, resultado de la prohibición general de su comercialización en Europa, de la cual Ecologistas en Acción ha cuestionado su legalidad por su alto grado de emisiones y por la incertidumbre sobre el destino último del producto final.

El mercurio o cinabrio ha sido una constante en la comarca de Almadén durante los dos últimos milenios. Tras su extracción para usos decorativos, cosméticos y medicinales, su demanda aumentó desmesuradamente en siglo XVI, al inventarse el sistema de amalgación. El contacto del metal liquido con el oro y la plata crea una amalgama que tras benificarse optimiza la calidad y cantidad extraída de esos metales. En ese momento, los Fúcares tenían el control sobre las minas de Almadén, que les habían sido cedidas por Carlos V en pago parcial de la financiación de sus campañas militares y de su elección como emperador contra Francisco I de Francia. El mercurio dió a los Fúcares no solo poder económico sino también político. A cambio de aumentar la cuota de mercurio asignada a la Corona, necesaria para extraer el oro y la plata de las colonias, los banqueros de Augsburgo exigieron a Felipe II una ley por la cual 80forzados, en su mayoría marginados de etnia gitana, moriscos, rufianes y pequeños ladrones, eran enviados a Almadén para mantener la demanda mundial de mercurio.

En 1593, Mateo Alemán, autor de la primera novela picaresca Guzmán de Alfarache, en su función de juez visitante, recogió el testimonio de 13 forzados en un informe secreto que fué  encargado por la Orden de Calatrava,  en un intento fallido de recuperar las minas para el uso directo de Felipe II: “El azogue entra por la boca, los ojos, las fosas nasales y las orejas y con el humo de dicho metal se pierde la razón y se acaba azogado (Miguel de Aldea, de Tarragona.  Condenado por no cumplir con ciertos reglamentos.  No puede firmar porque tiembla por estar mercurializado)”.

Así, de la misma forma en que el azogue atrapaba el oro o la plata en la pulpa acuosa de la amalgama, este inundaba los órganos y sistema nervioso de los presos cuando trabajaban en los pozos estrechos y profundos de la mina o en los hornos de altas temperaturas. “El mercurio es el culpable, el enemigo”, escribe el autor cubano Eduardo Zamacois, cuando visita la mina en 1931. Al final de la guerra civil española, la producción de las minas aumentó considerablemente con el trabajo forzado de los presos republicanos. El Informe de las instituciones penitenciarias de 1939-1940 señala: “Trabajar en Almadén es una solución justa y cristiana al gravísimo problema del crimen rojo”.

Los gerentes de la mina gestionaban el grado de exposición de los trabajadores al mercurio y aplicaban un protocolo de curas, como el baño de vapor o caja Kelloj. Al hidrargírico se le metía en una caja forrada internamente de espejos y bombillas de 40 w para que sudara por los poros el vapor nocivo.

Desde que la Corona consiguió hacerse con las minas en 1645, estas han permanecido bajo propiedad pública. Aunque, como exige la legislación de la UE, el actual propietario de las minas, Minas de Almadén y Arrayanes (MAYASA), se convirtió en una “empresa privada”, su único accionista es una empresa pública (SEPI).

Ya no se extrae mercurio en la comarca Almadén, pero esta sustancia esta dispersada en el medio ambiente circundante, donde representa, según varios informes científicos, un riesgo evidente para la salud biológica y humana de la zona. Hay casos como el de María, de Almadenejos, que vive al final de una de las calles que fué asfaltada con los estériles de los famosos hornos de Buitrón. María se queja de fatiga y desanimo crónico, y, cuando sube la cuesta de su casa en verano, se ahoga y se marea, lo que la ha llevado a veces al hospital.

El mercurio se volatiza y no permanece en el asfalto de la calle de María o en los vertederos donde se esparcieron durante años los restos sacados de la mina. El mercurio es un agente que genera constantemente corrientes vivas de fuerzas toxicas volátiles que se posan en el agua y el suelo y entran en los cuerpos humanos.  En ese sentido, no nos enfrentamos a una materia inerte o pasiva, sino más bien, a una fuerza descontrolada que ya es independiente de las actividades humanas que la desató. Esto es lo que quiere transmitir Bennet cuando habla de la fuerza vital propia de la materia.

En los años 80, 11.000 toneladas de residuos mercuriales procedentes de otros países acabaron en Almadén. Mari Carmen cuenta cómo, recién casada con José, le acompañaba en el camión a recoger escoria de la mina y diseminarlos en las carreteras de la comarca. Por la noche, José transportaba bidones de residuos en mal estado que llegaban en tren a Almadenejos y los depositaba donde le mandaban; en el campo, al lado del río, en la mina abandonada.  A Mari Carmen, que lavaba el mono de su marido todas las mañanas, se le empezaron a caer las uñas. Once meses después, José empezó a tener vómitos y diarreas, y un dolor en el brazo insoportable. Desde la muerte de su marido, Mari Carmen nunca ha dejado de sentir picores e hipersensibilidad en las manos.

El mercurio aún se resiste a abandonar la comarca de Almadén. Su llamada es demasiado fuerte. En la “planta de estabilización” que se está construyendo ahora, sulfuro de mercurio, procedente de excedentes de todo el mundo, se mezclará con áridos a 120 ºC. La cantidad de mercurio volatizado y emitido a la atmósfera sin filtrar será mil veces mayor que el límite autorizado en las grandes instalaciones de combustión y cien veces mayor que el autorizado en industrias que también emiten mercurio, como las del cemento. La nueva planta está a cuatro kilómetros de Almadenejos y a diez de Almadén.

Dada esta grave situación, nos debemos preguntar: ¿Son los habitantes de las poblaciones alrededor de la planta tan fácilmente prescindibles como los forzados que acabaron sus días en la mina de los Fúcares? ¿Es el mercurio, y sus persistentes gases emanando de los escombros, de las calles y de la planta de estabilización en Almadén, el culpable, el enemigo?

Artículo de Elena Solís, miembro de Ecologistas en Acción. Publicado en Contrainformacion.es