Una de las señas de identidad de las ciudades durante las últimas décadas, y sobre todo en los últimos treinta años en nuestro país, ha sido el aumento incesante del tráfico motorizado – mucho mayor que el aumento natural demográfico- paralelo al crecimiento económico y a la expansión de las propias ciudades y los modos de producción y consumo.

Al mismo tiempo se han ido multiplicando los problemas asociados al tráfico: ruido, contaminación atmosférica, miedo de los ciudadanos más débiles como ancianos o padres con niños pequeños que no pueden moverse con la misma libertad que una generación antes, y sobre todo una ocupación masiva y generalizada de casi todos los espacios urbanos que provoca al mismo tiempo una mayor dificultad de la movilidad no sólo de los peatones sino de los propios vehículos que compiten por el espacio para circular o para estacionar.

Y frente a esta problemática cada vez más compleja, la mayoría de las voces clamaban por dotar de más infraestructuras que facilitasen los desplazamientos motorizados (vías más amplías, aparcamientos subterráneos o en altura, carreteras de circunvalación cada vez más lejos del centro, etc) provocando, paradójicamente, un aumento de los problemas que se pretendía resolver.

Frente a esta actitud, los grupos ecologistas defendíamos desde los años ochenta, y en Albacete desde principios de los noventa, medidas que se encaminasen a limitar el uso del vehículo particular, potenciando otras formas de movilidad como el trasporte colectivo o los trayectos peatonales y en bicicleta, además de medidas para “calmar el tráfico”. Las críticas y el rechazo a las mismas de colectivos tan diversos como comerciantes, asociaciones vecinales o de los sindicatos y partidos políticos mayoritarios hicieron que se haya tardado más de quince años en llevar a cabo muchas de aquellas medidas, que afortunadamente ahora parece que empiezan a ponerse en marcha.

Las numerosas obras que el ayuntamiento de Albacete ha desarrollado en esta última legislatura han provocado un cambio importante en la forma en que los vecinos y visitantes empiezan a ver la ciudad y, frente a las críticas de algunos de los más acérrimos defensores de no poner ninguna limitación a los vehículos particulares, son cada vez más los que optan por subirse al autobús, o ir andando o en bicicleta al trabajo. Pero, sobre todo, sabemos que no hay otra forma de afrontar el futuro, frente a problemas globales como el cambio climático o el agotamiento del petróleo, que optando por un modelo de movilidad en el que la necesidad de desplazarse no dependa de la pérdida de calidad de vida en las ciudades, como ha sido la producida en la segunda mitad del siglo veinte.

Si ese modelo ha puesto en crisis, en menos de cien años la vida en nuestro planeta, tenemos que ser conscientes de que en los próximos años tenemos que cambiar nuestra forma de vivir y desplazarnos por nuestras ciudades. Países de reciente desarrollo como China, están empezando a sufrir los mismos problemas y deben servirnos para no avanzar por ese camino insostenible.

José Julio del Olmo – Ecologistas en Acción de Albacete