Se está hablando mucho de que si alrededor del 15-M hay actos de violencia o no. Están hablando mucho de esto el gobierno y los medios de comunicación oficialistas, claro, y no es por casualidad. Cuanto más se hable de este asunto de la “posible” violencia del 15-M, menos se hablará de los contenidos de las protestas, de las reivindicaciones concretas del movimiento 15-M. Los gobernantes y poderosos se limitan a no escuchar, a escuchar pero no hacer caso o, directamente, a amenazar con la “firmeza policial si hubiera actos de violencia”. Además, la TVE ya no tiene vergüenza en decir que la policía se está infiltrando en las manifestaciones para “garantizar el orden”…

El gobierno no solo no toma nota de lo que la gente está diciendo en la calle, sino que la gente de la calle recibimos, una vez y otra, amenazas directas o amenazas veladas por parte del gobierno y del partido de la oposición. Es la técnica, ancestral, del miedo: si creamos un clima de inseguridad, actos de violencia, etc., la gente dejará de apoyar al 15-M. Pero, oh sorpresa, la gente tiene plena conciencia de la debilidad de esta vieja estrategia gubernamental y acaba de salir a la calle, por centenares de miles, sin el más mínimo incidente. Frente al único argumento del gobierno (la cachiporra), un civismo absoluto. ¿Y ahora qué?.

Pues ahora queda de manifiesto que la violencia no surge del pueblo que exige democracia y dignidad, sino de un sistema que ha creado graves situaciones de injusticia, es decir, de violencia social. La violencia social, la violencia social grave, viene de arriba, planificada y fríamente.

En mi opinión, desde los tres ámbitos de la espiritualidad, la ética y la conciencia política, pienso que toda la sociedad está ahora en su derecho de desobedecer las leyes injustas que generan, de forma tan clara, tanta opresión y violencia social. Son los de arriba los que están quebrando el sistema, dictando leyes antisociales y creyendo, encima, que los de abajo nos limitaremos a padecer y callar.

«Ni cara A, ni cara B, queremos cambiar de disco». El 15-M no es sólo una protesta, un simple desahogo de unos cuantos jóvenes sin trabajo; el 15-M es una exigencia profunda de cambios sociales inmediatos y estructurales. La clase política hace mal, muy mal, en no querer entender el alcance de este movimiento… porque esto es lo primero que ha hecho el 15-M: poner en entredicho la complicidad de la clase política con la violencia estructural de “los mercados”.

Por Cristóbal Orellana
(http://noviolencia62.blogspot.com)