En búsqueda de un proyecto sindical alternativo.

ESK, Ezker Sindikalaren Konbergentzia. Revista El Ecologista nº 80.

Para el sindicato vasco ESK, las organizaciones sindicales no podemos permanecer ajenos a la necesidad de modificar drásticamente la percepción y la relación de los seres humanos entre sí y con la naturaleza. Es preciso aprender a utilizar otros indicadores que den cuenta de los flujos reales de energía y materiales; conocer la historia y evolución del territorio y los ecosistemas; comprender la organización cíclica que permite la regeneración y el mantenimiento de la vida; aprender a vivir con una reducción significativa de la energía utilizada; asumir la interdependencia entre las personas y el papel fundamental de las relaciones humanas en las sociedades. Y el movimiento sindical debe ayudar en este necesario cambio de valores.

El pasado 8 de noviembre ESK realizamos la IV Asamblea General (así llamamos a nuestros congresos que venimos haciendo últimamente cada cinco años). En ella, aprobamos una ponencia novedosa, muy distinta de las que están acostumbradas a debatir el resto de sindicatos en sus procesos congresuales y, también, de las ponencias que hemos venido elaborando ESK en pasadas Asambleas Generales.

En este artículo pretendemos presentar algunas de las reflexiones contenidas en la ponencia de nuestra IV Asamblea General. Sin embargo, para que puedan entenderse mejor, y dando por hecho que a la mayoría de lectores y lectoras de Ecologista ESK os resultará un sindicato poco conocido o totalmente desconocido, pasamos a hacer unos breves comentarios sobre nuestro origen y nuestra actual realidad.

Presentando a ESK

ESK es un sindicato de ámbito exclusivamente vasco (estamos implantados en Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y Nafarroa), cuyo origen se encuentra en la confluencia de: a) sindicalistas expulsados/as de CC.OO. a finales de los años setenta del pasado siglo, a los que se fueron sumando otros y otras que progresivamente abandonaban esta organización ante el giro conservador en que se embarcó desde los Pactos de la Moncloa (octubre 1977); b) sindicalistas provenientes de dos pequeños sindicatos rojos promovidos como escisiones de CC.OO. por organizaciones de la extrema izquierda de aquella época (el Sindicato Unitario, creado por la ORT –Organización Revolucionaria de Trabajadores– y la Confederación Sindical Unitaria de Trabajadores, impulsada por el PTE –Partido de los Trabajadores de Euskadi–); c) sindicalistas que no militaban en organizaciones sindicales y que venían desarrollando su actividad sindical en candidaturas unitarias existentes en abundantes centros de trabajo.

La integración completa de esas tres procedencias sindicales se produjo en 1984, año en el que se acuñó como nombre de la organización el de ESK-CUIS (Candidaturas Unitarias de Izquierda Sindical). En 1998 se produjo la integración de la corriente IS CC.OO. (Izquierda Sindical de Comisiones Obreras de Euskadi) con ESK, dando lugar a la organización ESK que ha venido existiendo en estos últimos 15 años y que en la actualidad cuenta con 5.000 personas afiliadas, repartidas en partes más o menos iguales entre hombres y mujeres, así como también a mitades ubicadas en el sector servicios y en la industria.

El tipo de sindicalismo con el que se ha identificado ESK desde su origen, y que ha intentado practicar en su actividad sindical y social cotidiana, se asienta en las siguientes ideas: a) combatividad frente a la patronal y las instituciones (contra los pactos sociales); b) enraizamiento en la problemática vasca (somos un sindicato vasco, aunque no nacionalista, que lucha a favor de la soberanía nacional y defiende el marco vasco de relaciones laborales y sociales); c) defensa radical de la igualdad de las mujeres en todos los ámbitos de la vida; d) crítica sistemática del sistema capitalista en todas sus vertientes y lucha a favor de otro sistema económico y social que ponga en el centro a los seres humanos y a la naturaleza; e) la importancia de incluir la solidaridad y la defensa de los colectivos más frágiles del mundo laboral y del conjunto de la ciudadanía en el diseño de nuestra acción sindical y social; f) las buenas relaciones y la colaboración con los movimientos sociales, de los que hemos aprendido mucho y a los que hemos aportado regularmente recursos; g) un pensamiento crítico capaz de poner en cuestión ideas que han cimentado desde sus orígenes al movimiento sindical (por ejemplo, nuestra reflexión crítica sobre la centralidad del trabajo asalariado en nuestras sociedades, nos llevó a finales de los años 1980 a defender la idea de la Renta Básica de Ciudadanía); h) el valor de la participación y el combate contra el burocratismo de las organizaciones, que nos ha permitido defender y practicar el asamblearismo fuera y dentro de nuestro sindicato.

Un profundo cambio cultural para transformar nuestra organización

Con este bagaje de ideas es con el que nos hemos lanzado a proponer el profundo cambio cultural que queremos abordar dentro de ESK a partir de nuestra IV Asamblea General y que, si termina dando los frutos que esperamos, cosa que nos llevará años, habrá transformado nuestra organización para mejor, quizás para ayudar a mostrar un camino posible de recorrer a otras organizaciones sindicales combativas.

Pero, ¿por qué nos hemos metido ESK en este huerto? Al sindicato no nos iba mal seguir moviéndonos, para entendernos, en los parámetros clásicos de la lucha de clases. Durante todos estos años de crisis hemos resistido como sindicato combativo, tanto como hemos podido. Y lo hemos hecho guiándonos por las señas de identidad que hemos expuesto anteriormente. Sin embargo, este comportamiento no nos satisfacía. La reflexión crítica que se venía sedimentando en la mayoría de la dirección del sindicato era que ESK no estábamos jugando un papel transformador, impulsor del cambio de modelo económico y social que predicábamos en nuestros documentos. Sinceramente creemos que la crisis ha actuado de catalizador de un malestar más profundo que nos venía empapando a organizaciones sociales, que justo en una coyuntura como la que la crisis nos ha puesto delante, en lugar de estar a la altura que las circunstancias exigían, nos hemos quedado muy por debajo de lo necesario. ESK (suponemos que otras organizaciones también están haciendo lo mismo) hemos mirado en nuestro interior y hemos comprendido que necesitábamos llevar adelante un cambio bastante radical en las ideas, un cambio cultural, que deberá enlazar con una transformación igual de radical en nuestras actitudes y acción sindical y social.

La clase obrera ya no es aquel sujeto revolucionario perfectamente localizable y encuadrado en un espacio laboral muy definido y fácilmente identificable. Esa es la cuna del sindicalismo y fueron los cimientos sobre los que se edificó nuestro proyecto sindical. Hoy la clase obrera ha abierto profundamente su colocación ante el mundo en el que vive y sus intereses no siempre son coincidentes o las prioridades no siempre son compartidas por el conjunto. Quizás antes tampoco lo fue pero nos lo creíamos.

Somos pues dependientes de una tradición sindical que debemos remover. Sin renuncias ni reproches a una historia plagada de aciertos, generosidad, entereza, honestidad y también con algunas sombras. Esa clase obrera de la que nos sentimos parte y a la que queremos aportar nuestras ideas transformadoras ha de imaginar una sociedad en la que la vida, en su más amplia acepción, esté en el centro de cualquier proyecto social. La vida y los derechos y necesidades de las personas, la vida y los derechos y necesidades de los animales, la vida y los derechos y necesidades del planeta en el que habitamos. No podemos fundamentar nuestro bienestar sobre malestares ajenos.

Dentro del capitalismo no hay futuro. Necesitamos un proyecto alternativo

Arrebatar al enemigo el poder político y económico puede resultar un hecho factible. Costoso y difícil pero posible. La clase obrera de diferentes puntos del planeta ha demostrado su viabilidad, en el transcurso del pasado siglo. Pero también ha demostrado que la ausencia de un proyecto social diferente al que se combate, nos conduce a copiar el que queríamos destruir, con la vana ilusión de hacerlo bueno en la nueva situación. Si no queremos repetir el fracaso, habremos de idear un mundo diferente desde hoy y dar pasos, por pequeños que sean, en esa dirección.

El capitalismo no admite reformas sociales en profundidad. Las modificaciones que el sistema es capaz de digerir son un mal negocio para la clase obrera. Más pronto que tarde nos damos de bruces con la realidad de un régimen político, económico y social, que no puede asimilar un Estado de Bienestar en el que las personas sean el centro conductor de cualquier actividad humana. Dentro del capitalismo no tenemos futuro: tiene declarada una guerra permanente a la vida, a la paz, a la felicidad, a la libre voluntad de las personas. Su existencia está ligada, de manera irreversible, a la explotación de cuanto hay sobre la tierra y a la tierra misma.

La crisis que estamos atravesando es un excelente ejemplo de cómo, tras un periodo de bonanza en el que amplios sectores sociales creyeron alcanzar cotas de bienestar aceptables y por las que se podía seguir avanzando, el sistema nos ha dicho “hasta aquí habéis llegado y desde aquí solo podéis avanzar hacia atrás”. Y en esas estamos, tratando de esquivar, con muy poco éxito, los palos que nos dan un día sí y otro también.

Empleo y cuidados

Nos consideramos anticapitalistas, pero eso, dicho así, significa poco si no imaginamos otro modo de vivir, si no vamos dando pasos, desde hoy, en el camino de arrebatar al capitalismo espacios que le son sustanciales para su supervivencia. Producir solo lo necesario nos conducirá a una deducción lógica: se puede hacer con menos tiempo de trabajo y con un reparto del empleo asalariado, de manera que todas las personas puedan tener acceso a él, pero sin convertirlo en el objeto alrededor del cual gira nuestra existencia. Tenemos que invertir los términos para que el trabajo asalariado no sea el motivo por el que estamos en la tierra, no siga ocupando el centro de nuestras vidas. Poner en el centro las necesidades humanas, nos lleva, inevitablemente, a producir solo lo necesario y con la mirada puesta en el sostenimiento de la vida que nos rodea.

Claro que se precisa promover puestos de trabajo, pero no cualquier trabajo; ni por sus condiciones, ni por el tipo de producción. Producimos cosas absolutamente innecesarias o abiertamente perjudiciales para la vida. La lucha por la creación de empleo no puede pasar por alto esta realidad y la necesidad de modificarla. Existen necesidades que se inmolan en el altar de los beneficios, condenando a las personas a sufrir carencias importantes para la vida. El campo de la atención y de los cuidados es inmensamente amplio y ofrece unas grandes posibilidades de creación de empleo, justo lo contrario a lo que se dedican ahora los gobiernos: destruir y privatizar el empleo social.

La sociedad para su supervivencia necesita de otros trabajos de los que se beneficia, pero que no los reconoce. Los trabajos domésticos, los de cuidados y atención a las personas, son trabajos imprescindibles para el sostenimiento de la vida y que, colocados en la esfera de lo privado, al capital le salen gratis.

Y en esa esfera de lo privado, esos trabajos son realizados, casi exclusivamente, por las mujeres. La institución familiar está concebida como la pieza fundamental de reparto y transmisión de los roles sociales y en ese reparto las mujeres se llevan la peor parte. Necesitamos repartir el empleo existente y necesitamos, igualmente, repartir los trabajos domésticos y de cuidados, para que todas las personas, en igualdad de condiciones, podamos dedicar nuestro tiempo al ocio, a la participación social, al trabajo.

La mirada feminista

Cualquier proyecto de sociedad democrática habrá de tener una mirada feminista o será un fraude social. Una sociedad que no esté basada en la igualdad, en igualdad de derechos, en igualdad de obligaciones, en igualdad de oportunidades, será una sociedad que no merecerá la pena y, desde luego, un proyecto social a combatir. Poner en el centro el bienestar de todas y cada una de las personas, es irrenunciable.

En demasiadas ocasiones, cuando hablamos de la crisis del capitalismo, olvidamos el patriarcado. Cuando decimos no a los recortes, olvidamos a quienes les afectan más. Al analizar la crisis ecológica y social no nos acordamos de que los trabajos más innecesarios e insostenibles llevan corbata y los trabajos necesarios y sostenibles se realizan con delantal. Estamos olvidando a la mitad de la población. Si no revertimos los privilegios de los hombres en todos los espacios, para convertirlos en derechos de las mujeres, aunque lográsemos acabar con el capitalismo, el cambio sería un fraude.

El reto del sindicalismo: un cambio de valores

Los sindicatos no podemos permanecer ajenos a la necesidad de modificar drásticamente la percepción y la relación de los seres humanos entre sí y con la naturaleza. Es preciso aprender a utilizar otros indicadores que superen la limitada contabilidad monetaria y que den cuenta de los flujos reales de energía y materiales; conocer la historia y evolución del territorio y los ecosistemas; comprender la organización cíclica que permite la regeneración y el mantenimiento de la vida; aprender a vivir con una reducción significativa de la energía utilizada; asumir la interdependencia entre las personas y el papel fundamental de las relaciones humanas en las sociedades.

El reto es el cambio de valores y de imaginario y la transformación de las prácticas humanas. El movimiento sindical juega un importante papel en este proceso de cambio. Puede ser parte del problema o parte de las soluciones. Un sindicalismo que contribuya a perpetuar el modelo de producción, distribución y consumo establecido, a consolidar la reproducción de un mundo inviable, que no luche por acabar con las desigualdades, se convierte en parte del problema. Un sindicalismo que quiera formar parte de las soluciones, deberá afrontar los retos que supone replantear las necesidades, producciones y sectores, asumiendo el profundo calado de los cambios culturales y sociales que se deben impulsar, así como la urgencia de virar el rumbo.

ESK queremos ser parte de las soluciones y, avanzando hacia ellas, nos atrevemos a exponer ideas y propuestas que contribuyan al necesario debate social sobre cómo nos enfrentamos a la salida de la crisis. Con las medidas del capital solo obtenemos más explotación, menos libertades, menos derechos, más injusticia. Los poderes económicos y políticos nos empujan en una dirección realmente imposible. Más producción y más consumo nos aleja de las ideas que hemos expuesto y, además, es insostenible. El planeta no aguanta el actual modelo de desarrollo y vivimos en él y de él obtenemos lo necesario para que la vida continúe; no lo podemos destruir.