El 22 de septiembre se celebra, como es de rigor, el Día sin Coches. Se trata de una convocatoria de ámbito internacional en la que el año pasado participaron alrededor de 1.500 ciudades de unos 40 países de todo el mundo. Pero donde más repercusión y participación tiene esta convocatoria es en la Unión Europea, ya que desde el año 2000 goza del apoyo institucional de la Comisión. Este mismo organismo, también, impulsa desde 2002 la llamada Semana Europea de la Movilidad, previa al Día sin Coches.

A pesar de sus cercanos comienzos, ambas iniciativas ya han perdido empuje y contenido en manos de unos gobiernos municipales que, en su gran mayoría, continúan desarrollando cada día una política de movilidad destinada a favorecer la circulación de coches como principal modo de transporte urbano. Es cierto que todos hablan de movilidad sostenible, pero no es menos verdad que por cada euro que se invierte en movilidad alternativa muchos más se gastan en favorecer el uso del automóvil. El resultado: cada día utilizamos más veces el coche y menos el transporte público o los desplazamientos a pie o en bicicleta.

También es verdad que muchos municipios españoles se apuntan al Día sin Coches y la Semana de la Movilidad -hasta el punto de que desde hace varios años el Estado español está a la cabeza en número de ciudades participantes-. Pero no es menos cierto que lo que se plantea por estos Ayuntamientos son actividades improvisadas, que luego no se traducen en la adopción de medidas permanentes, sin apenas cortes de tráfico (verdadero núcleo de la campaña), sin dar prioridad al transporte público ni a peatones y ciclistas, con escasa o nula implicación de las organizaciones ciudadanas, a las que no se da la oportunidad de participar, e inexistencia de campañas de información a la ciudadanía.

Por cierto que ésta última es, también, una grave carencia achacable no sólo a los Ayuntamientos, sino también a los organismos coordinadores del Día sin Coches en España: el Ministerio de Medio Ambiente y el IDAE. No es de recibo que la mayor parte de los automovilistas se entere del Día sin Coches ése mismo día oyendo la radio dentro de un atasco.

En definitiva, con gran rapidez la iniciativa está perdiendo su sentido, que no era otro que el de informar, concienciar y dar participación a la ciudadanía en la tarea de mejorar la calidad de vida de las ciudades, reduciendo el número de automóviles en circulación y demostrando en la práctica los beneficios que reporta el que buena parte de los automovilistas dejen el coche en casa.

Pero los ecologistas no debemos dejar pasar en balde esta oportunidad, por otra parte tan rara, de que al menos por un día tenga algún eco nuestra crítica al coche, el tótem de nuestra sociedad de consumo. Hemos de aprovechar la convocatoria para exigir a los Ayuntamientos que consideren la gravedad de los problemas ambientales que la expansión del automóvil provoca: emisiones de CO2, degradación y ocupación del territorio, contaminación atmosférica y acústica, siniestralidad y destrucción de la vida urbana…

Y recordarles que el éxito o el fracaso del Día sin Coches es el resultado de las políticas de movilidad llevadas a cabo todos los días del año. Hace ya tiempo que llegó la hora de los planes de movilidad sostenible, de democratizar la calle, dándole prioridad a sus principales usuarios, los peatones, y reduciendo el abusivo espacio ocupado por el automóvil, para permitir la expansión de otros modos de transporte más racionales, eficaces, seguros y sostenibles. Hasta el momento, parece que nuestros administradores no se han enterado.