Descargar artículo en PDFEn los últimos años han proliferado los proyectos de ganadería intensiva en Europa en general y en nuestro país muy en particular. Las granjas intensivas consisten en grandes instalaciones altamente tecnificadas donde se hacinan animales con el fin de conseguir la máxima producción de carne en el mínimo tiempo posible, sin ninguna atención sobre la calidad de la carne producida ni sobre los impactos ambientales, sociales o sanitarios de esta forma de producción. La alta tecnificación hace que este tipo de instalaciones, conocidas como macrogranjas, generen muy pocos puestos de empleo (del orden de un trabajador a jornada completa por cada 5000 cerdos). Por otro lado, el hacinamiento de tantos animales provoca severos impactos ambientales tales como la contaminación de las aguas por nitratos, la contaminación de suelos por la alta concentración de purines, la asfaltización y sellado de tierras fértiles, o el ingente gasto de agua. Además, las zonas rurales que sujetan este tipo de instalaciones tienden a un rápido despoblamiento ligado a los malos olores producidos por los purines y la proliferación de moscas que suponen la desaparición del turismo de naturaleza, cultural y la hostelería con las consiguientes pérdidas de empleo.

La proliferación de macrogranjas está siendo especialmente aguda en Cataluña, Huesca, Castilla-La Mancha y Castilla y León. Por dimensionar el problema, sólo en Castilla la Mancha se solicitaron 100 instalaciones de ganadería industrial en 2016 y otros 100 nuevos proyectos en 2017. La situación ha dado lugar a una fuerte movilización ciudadana en oposición a estas infraestructuras en las 4 comunidades autónomas. Algunas de estas movilizaciones, como las protagonizadas por las vecindades de Villafáfila (Zamora), Yecla (Murcia) o Gamonal (Toledo), han conseguido la retirada de los proyectos a la par que están promoviendo un modelo agroalimentario más sostenible, pero los mismos promotores vuelven a la carga presentando sus proyectos en nuevas ubicaciones donde esperan encontrar menos fuerza vecinal. En busca de alianzas que impidan el acoso a las poblaciones más pequeñas y que fomenten modelos de producción que propicien un mundo rural vivo, en septiembre de 2017 nació en Loporzano (Huesca) una plataforma estatal contra las macrogranjas que aunará los esfuerzos de diversas ONG ecologistas de nuestro país y de las diversas plataformas vecinales en oposición a la industrialización de la ganadería.

La ganadería industrial nos ofrece carne de baja calidad

Las razas seleccionadas para la producción intensiva de carne son aquellas que crecen más rápidamente en detrimento de su capacidad de adaptación a las condiciones climáticas y ambientales de los lugares donde se crían. Esto, unido a las condiciones de hacinamiento y encierro de los animales, supone graves riesgos por la proliferación epidémica de enfermedades. La forma de prevenirlo es la medicación sistemática preventiva de los animales dentro de las instalaciones a través de los llamados piensos medicamentosos, alimentos que llevan incorporados antibióticos de amplio espectro y antiparasitarios.

Estas prácticas explican por qué actualmente en la UE el 80 % de los antibióticos que se compran los consume el ganado (FDA, 2012 1). España está a la cabeza de Europa en el consumo de antibióticos veterinarios críticos para la salud humana con, por ejemplo, un consumo de casi tres veces más antibióticos para tratamiento animal que Alemania, el mayor productor de carne de la eurozona. Uno de los problemas más alarmantes derivado del abuso de antibióticos es el desarrollo de bacterias resistentes a estos fármacos de manera que ciertas infecciones hasta la fecha fáciles de abordar en seres humanos quedan sin tratamiento eficaz. Según la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria y el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades, en la UE fallecen unas 25.000 personas anuales por infecciones con bacterias resistentes a antibióticos. Además de la gravedad de la aparición de resistencias a antibióticos por su uso masivo en ganadería, cabe preguntarse por la calidad de la carne derivada de los animales criados de esta manera. Seleccionados genéticamente para un crecimiento exprés, alimentados con piensos basados en maíz y soja transgénicos, medicados de forma sistemática, hacinados, encerrados y, sin duda, estresados, estos animales dan lugar a carne de muy baja calidad.

¿Por qué proliferan las macrogranjas si tienen tan graves impactos?

Que, en un país como España, donde ya el 40 % de los acuíferos sufren problemas de contaminación por nitratos (Hernandez-Mora et al., 2007 2) poniendo en riesgo tanto los ecosistemas acuáticos como el suministro de agua de boca para la población local, proliferen las macrogranjas, en las que la gestión de purines con altísimas concentraciones de nitrógeno son el principal problema, es a todas luces irracional. La presión de un sistema de mercado que prioriza ciegamente los beneficios económicos sin responsabilizarse de los impactos ambientales, sociales y sanitarios de sus actividades, unida a la fuga de dinero público en forma de subvenciones hacia manos las grandes empresas que están fomentando la burbuja de la carne barata explica el proceso de creciente industrialización de la ganadería en Europa en general y en nuestro país en particular.

La llegada al mercado de grandes cantidades de carne de baja calidad y bajo precio, unido a canales de distribución de los alimentos que dejan la mayor parte del beneficio en manos de los intermediarios y muy poco en mano del ganadero/a, han empujado a las pequeñas producciones a la quiebra. La escasa rentabilidad de las explotaciones es una de las claves del problema, con unos costes que han aumentado en mucha mayor medida que los ingresos que se obtienen por la venta del producto. Los precios percibidos por los ganaderos de extensivo no se ajustan a la realidad del sector, sino al que marcan las reglas del mercado en relación al conjunto de las producciones intensivas. Según datos del INE, en nuestro país han desaparecido en la última década 420.000 producciones ganaderas familiares (entre porcino, avícola, ovino y bovino) y ha aumentado progresivamente el tamaño medio de las explotaciones existentes.

A las dinámicas del mercado que favorece a las grandes producciones, independientemente de la calidad del producto y sin internalizar los costes ecológicos y sociales de las explotaciones, se suma el hecho de que las administraciones públicas están actualmente apoyando las producciones intensivas.

Esto supone un inquietante flujo de dinero público hacia manos de grandes productores y en apoyo a instalaciones de gran impacto ambiental. En concreto la Consejería de Agricultura, Medio Ambiente y Desarrollo Rural está dando subvenciones para la puesta en marcha de macrogranjas de hasta 127.000 € por puesto de trabajo generado (que habitualmente es uno por instalación) y hasta el 65 % de la inversión (Resolución de 22/06/2016, de la Dirección General de Desarrollo Rural 3). Tal financiación pública está permitiendo alentar una burbuja que genera grandes beneficios para un puñado de empresas, a costa del medio ambiente, la salud de las personas y la vida en el medio rural.

La misma institución apenas ayuda, incluso dificulta la ganadería extensiva. Existe un desconocimiento de los problemas específicos de la actividad ganadera de extensivo por parte de las administraciones públicas, tanto a nivel autonómico como estatal y europeo. De hecho, en muchos aspectos que le afectan de forma importante (sanitarios, por ejemplo), la ganadería extensiva y trashumante no está considerada independientemente de la intensiva, lo que obliga a someterse a una normativa muy inadecuada al sector extensivo. Por ejemplo, en el caso de la ganadería extensiva deberían tenerse en cuenta la mayor calidad de los productos derivados, la sostenibilidad del modelo productivo, los beneficios del pastoreo en conservación del medio natural o la potencialidad de esta actividad en la consolidación de la población en áreas rurales, entre otras.

Ganadería extensiva y sostenibilidad ambiental

El consumo creciente de proteína animal generalmente se considera en desacuerdo con la capacidad de la Tierra para alimentar a su gente. Los 1.000 millones de toneladas de trigo, cebada, avena, centeno, maíz, sorgo y mijo consumidos anualmente en el mundo en alimentar al ganado podrían alimentar a unos 3.500 millones de personas. Si bien, tal razonamiento desestima los beneficios para la salud de comer cantidades modestas de carne de buena calidad, el hecho de que los animales pueden consumir alimentos que los humanos no podemos comer y el papel fundamental de la ganadería extensiva en la sostenibilidad de los ecosistemas agrarios y en la conservación de la biodiversidad. La ganadería extensiva es eficiente aprovechando superficies pastables, consumiendo recursos que no compiten con la alimentación humana. Esto permite a los rebaños ser prácticamente autosuficientes, no dependiendo su alimentación de piensos importados y de un elevado consumo de combustibles fósiles. En concreto, en España hasta el 60 % de la superficie es apropiada para uso ganadero, utilizable de forma directa a través de actividad pastoril basada en razas rústicas autóctonas.

La ganadería extensiva y la agricultura se complementan mutuamente y la sostenibilidad de ambas actividades es difícil de concebir de forma separada. La actividad pastoril configura el paisaje, facilita el desbroce de lindes, caminos y fincas sin la necesidad de utilizar para ello combustibles fósiles ni herbicidas químicos, ayuda a la limpieza de montes y al control de incendios, regula los ciclos del agua y la calidad de los suelos, ayuda a potenciar la biodiversidad, asegura la permanencia de la población en el medio rural y permite conservar el patrimonio cultural y la identidad territorial. Las culturas trashumantes tienen en España una historia de más de 6000 años, conservando algunas prácticas del manejo tradicional del ganado ‐como el empleo de perros pastores‐ casi desaparecidas en la ganadería intensiva. Todo ello constituye un legado que no debemos dejar desaparecer. Las culturas pastoriles conservan aún innumerables conocimientos acerca del medio natural, que se perderían con la desaparición de la actividad. El abandono de la actividad ganadera-pastoril conlleva el deterioro y la pérdida de hábitats de gran interés y singularidad ecológica. Los pastos seminaturales se distinguen por su riqueza florística y una rica fauna de invertebrados que a su vez supone un factor de atracción de la avifauna. Un correcto manejo extensivo del ganado mantiene la cubierta vegetal, ya que disemina las semillas y fertiliza el suelo, aumentando la materia orgánica. El suelo es el recurso más valioso y el más difícil de renovar del ecosistema, por eso exige una gestión muy cuidadosa. La explotación racional de los pastos, al dar permanencia a una cubierta vegetal, consigue efectos favorables sobre la defensa del suelo.

Por tanto, el escenario deseable para el futuro ha de incluir la reducción del consumo per cápita de carne a la par que dicha carne ha de provenir de sistemas ganaderos extensivos. Ambos componentes, reducción de la cantidad y aumento de la calidad, serán garantes de una mayor sostenibilidad ambiental, económica y social. Para ello, es esencial dotar a la ganadería extensiva de una consideración independiente de la intensiva, de manera que se piense en su contexto a la hora de diseñar las políticas y normativa destinadas a apoyar y controlar esta actividad. Además, es necesario apoyar la consolidación de canales de comercialización específicos para los productos derivados de la ganadería extensiva tanto para garantizar un margen de beneficio justo para las personas ganaderas por su trabajo como para posibilitar que las personas consumidoras podamos elegir apoyar un modelo productivo sostenible.

Mireia Llorente
Área de Agroecología y Soberanía Alimentaria de Ecologistas en Acción
Personal Investigador de la Universidad de Extremadura.

El presente artículo forma parte del informe “Comer bien para vivir mejor: Reduzcamos nuestro consumo de carne” coordinado y editado por la Oficina EQUO-Primavera Europea, Mayo 2018.

  1. FDA, 2012. Drug Use Review: Systemic Antibacterial Drug Products. Department of Health and Human Services. Food and Drugs Administration.
  2. Hernández-Mora, N., Martínez-Cortina, L., Custodio Gimena, E., Ramón Llamas, M., 2007. Groundwater issues in Southern EU Member States. Spain Country Report. European Academies Science Advisory Council.
  3. Resolución de 22/06/2016, de la Dirección General de Desarrollo Rural, por la que se convocan, para el año 2016, las ayudas a la creación de empresas por jóvenes agricultores, apoyo a las inversiones en explotaciones agrarias y a determinadas inversiones en materia de regadío en el marco del Programa de Desarrollo Rural de Castilla-La Mancha 2014-2020.