Toda actuación que pretenda reorientar la movilidad hacia un enfoque sostenible pasa por dos objetivos distintos pero complementarios y necesariamente simultáneos: disminución del uso del automóvil privado y fomento de los transportes públicos y no motorizados.

La necesidad de disminuir el uso del coche radica en lo ineficiente que resulta su uso de forma masiva. El automóvil es, con diferencia, el medio de transporte que más energía y espacio consume por persona transportada, el que más contaminación emite, tanto acústica como atmosférica, así como el que más accidentes ocasiona. Impactos que se ven muy agravados por sus bajas tasas de ocupación [1].

Además, el automóvil es un medio imposible de democratizar: a medida que más y más gente lo utiliza más ineficiente se vuelve él y todo el sistema de transporte viario. La mejor prueba es lo contraproducente que ha resultado la aplicación continua de medidas encaminadas a dotarle de más espacio en nuestras ciudades.

Por tanto para mejorar la movilidad deben priorizarse los medios más respetuosos con el entorno y más sostenibles: el transporte público, cuyos impactos son mucho menores; y el transporte no motorizado, cuyos impactos son en muchos casos inexistentes.

Pero el abuso del automóvil es también responsable del mal funcionamiento de los transportes públicos y de la inhibición de los no motorizados. Por eso no se puede hablar sólo de fomento del transporte público o no motorizado sin hablar de reducción del número de coches. Por su parte, las medidas encaminadas al fomento de los medios públicos y no motorizados pasan también por mejorar el servicio, aumentando su competitividad con respecto al automóvil privado, y atrayendo de este modo a un mayor número de usuarios.

Habría, por último, un tercer tipo de actuación: aquella encaminada a reducir o limitar el impacto de los automóviles, pero sin forzar una disminución en la utilización de los mismos.

Muchas de estas medidas llevan tiempo implantadas en ciudades de todo el mundo que demuestran sus positivos resultados. Algunos ejemplos de estas medidas son:

  1. Entre las medidas encaminadas a disminuir los impactos debidos al automóvil están: la reducción de la velocidad en áreas urbanas y en las vías de acceso a las grandes urbes.
  2. Entre las medidas encaminadas a disminuir el uso del automóvil están: la implantación del coche multiusuario (car sharing), el fomento de los planes de movilidad de empresa, la organización de la carga y descarga, la construcción de los vecindarios sin coches, la reducción del viario para el coche, la pacificación del tráfico, los parquímetros y los peajes urbanos.
  3. Entre las medidas encaminadas a fomentar el transporte público y el no motorizado están: la construcción de carriles Bus/VAO, la puesta en marcha de las autoridades únicas de transporte, la construcción de tranvías urbanos, la peatonalización de calles y el fomento de la bicicleta –pacificación del tráfico, sistemas públicos de bicicletas, construcción de carriles bici, aparcamientos para bicis…–.

Los requisitos que deberían cumplir las actuaciones a plantear, para evitar el efecto insuficiente y a veces contraproducente de su aplicación aislada, son: integrarse en una estrategia urbanística y territorial sobre la que cimentar el cambio de rumbo a medio y largo plazo; no verse reducidas sólo a pequeños espacios –un barrio, el centro o unas pocas calles–; contemplar medidas simultáneas en los diferentes planos de la generación de los desplazamientos –aspectos infraestructurales, culturales, formativos…–; y desarrollarse en sintonía con otras medidas relativas a la movilidad para evitar que operen en sentido contrario.

Cuatro condiciones que muy pocas veces se cumplen. La mejor forma de integrar todas estas condiciones sería, sin duda, a través de la ejecución de planes movilidad sostenible que tengan prioridad sobre las normativas urbanísticas y de otro tipo.

Planes de movilidad urbana sostenible

La mejor forma de realizar actuaciones dirigidas hacia la movilidad sostenible sea a través de planes que integren todos los aspectos de la movilidad y accesibilidad (sociales, económicos y ambientales); intenten contar con la mayor participación social (vecinal, de comerciantes, ciclistas, empresarios, ecologistas…); estén coordinados con otros planes, que por su temática (planeamiento urbanístico) o por su escala (tipo regional o nacional) afecten a la movilidad; y establezcan las medidas necesarias, su programación y los mecanismos para su seguimiento y evaluación periódica. Estas características son las que debería integrar un Plan de Movilidad Urbana Sostenible (PMUS).

El objetivo y ámbito de actuación de estos planes es el de: “abarcar la totalidad de las áreas urbanas, intentando reducir el impacto negativo de los transportes, atendiendo a los crecientes volúmenes de tráfico y congestión, y coordinando los planes y estrategias nacionales y regionales; además, han de cubrir todos los modos de transporte y deben plantear como objetivo modificar la cuota de cada uno de ellos a favor de los más eficientes, tales como el transporte público, la bicicleta o la marcha a pie” [2].

Los PMUS surgen, pues, de la necesidad de planificar en un determinado municipio la mejora integral de la movilidad y la accesibilidad. Su eje central lo constituye la mejor gestión y el fomento de los medios de transporte más eficientes –transporte público y medios no motorizados– para conseguir mejoras sociales, ambientales, y también económicas.

Notas

[1] Para más información ver los cuadernos Los problemas del coche en la ciudad y Los medios de transporte en la ciudad. Un análisis comparativo, ambos de este mismo proyecto “Olvida el coche. Respira limpio”.

[2] Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía, IDAE, julio 2006: Guía práctica para la elaboración e implantación de Planes de Movilidad Urbana Sostenible