Accidente de Chernóbil (Ucrania 1986)

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  Sumario  

 El accidente

Aquel lunes 28 de abril de 1986 todos los duendes parecían estar reunidos en la central nuclear sueca de Forsmark. Los sucesos inexplicables se repetían sin cesar. Todo comenzó cuando a la entrada del turno de mañana uno de los trabajadores apoyó, como hacía todos los días, los pies en el detector de radiactividad de la central e hizo saltar la alarma.

Se pensó en un primer momento en que el operario había estado trabajando negligentemente en alguna zona contaminada, pero después se descartó ya que su jornada comenzaba justo entonces. Cuando, como medida cautelar, se hicieron medidas de radiactividad de la ropa de los trabajadores se vio con sorpresa que todos contenían niveles radiactivos entre 5 y 15 veces superiores a los normales. Mientras tanto en la sala de control de la central todos los parámetros de funcionamiento se mantenían normales y no había ninguna indicación de que algo funcionara mal. Pese a ello el inspector de seguridad mandó detener la central temiendo que estuviera produciendo alguna fuga radiactiva sin registrar y notificó el suceso a la Agencia Sueca de Seguridad Nuclear (SKI). La respuesta de este organismo les llenó aún de más perplejidad. Todas las centrales suecas y finlandesas estaban registrando valores anormalmente altos de radiactividad desde la noche anterior.

La primera hipótesis que se apuntó fue que los soviéticos habían realizado en secreto la explosión de algún arma nuclear acabando con la moratoria unilateral decretada sobre este tipo de ensayos. Pero hubo que descartarlo. Los sismógrafos no habían detectado ningún movimiento anormal y el análisis del aire anunciaba la presencia de isotopos de cobalto, yodo y cesio que no se encuentran en las armas y sí en las centrales nucleares: se había producido un accidente en alguna central nuclear.

Cuando se realizó un análisis meteorológico retrospectivo para ver de donde podía provenir la nube radiactiva se vio que casi con total seguridad venía de alguna de las centrales soviéticas instaladas en Ucrania. ¡La radiactividad había volado casi 2.000 km antes de ser detectada!

A primera hora de la tarde las principales agencias de noticias se hacían eco del sorprendente suceso. El Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) español mostró su escepticismo ante estas noticias: no podían creer que se detectaran niveles muy altos de radiactividad en Suecia como consecuencia de un accidente nuclear ocurrido en la URSS. Era bien conocido y comprobado que la nube radiactiva de un accidente nuclear se extinguiría en 100 o a lo sumo 200 km. Esperaban una rectificación.

Evidentemente la rectificación no llegó. Antes al contrario en el programa de noticias soviético Uremya (El tiempo) el presentador leía, a las 21:02 h., esta lacónica comunicación oficial: “Ha ocurrido un accidente en la planta de energía de Chernóbil y uno de los reactores resultó dañado. Están tomándose medidas para eliminar las consecuencias del accidente. Se está asistiendo a las personas afectadas. Se ha designado una comisión del gobierno”.

El origen del suceso que conmocionó al mundo entero hay que buscarlo en la noche del 25 al 26 de abril de 1986. Aprovechando una parada ordinaria para mantenimiento, los técnicos pretendieron realizar una experiencia, en el cuarto grupo de la central nuclear, que tenía como objeto comprobar cuanto tiempo podía generar electricidad una turbina a la que se hubiese cortado la afluencia de vapor. Para ello los técnicos bajaron la potencia del reactor. Dicha bajada de potencia conlleva la posibilidad de que los sistemas automáticos de protección del reactor entraran en funcionamiento y detuvieran la experiencia por lo que los operarios de la planta desconectaron sistemas vitales de seguridad. En medio de la experiencia se produjo una súbita elevación de potencia que provocó la fragmentación del combustible, una generación masiva de vapor y la reacción del agua de refrigeración con el zirconio de las vainas de combustible produciendo gas hidrógeno, muy inflamable. Los gases formados rompieron por presión las estructuras tanto interiores como exteriores del reactor y propiciaron la fuga de hidrógeno que dos o tres segundos después provocó una tremenda explosión al reaccionar con el oxígeno. Los sistemas de contención y el techo del reactor, que pesaba unas 1000 toneladas, saltaron en pedazos, encontrándose fuera del edificio bloques y fragmentos de grafito y de combustible. El accidente de Chernóbil se distingue de todos los demás en que una buena parte del núcleo se expulsó al medio ambiente. A consecuencia de la explosión murieron dos trabajadores que se encontraban próximos al lugar de los hechos. Para colmo de males, las pilas de grafito empezaron a arder (se calcula que llegó a hacerlo el 10 %) amenazando con propagar a los restantes reactores nucleares de la planta, derritiendo parte del núcleo y dispersando las partículas radiactivas existentes en él.

Un minuto después de iniciarse el incendio la alarma sonó en el cuartel de bomberos que estaban de retén en la unidad número dos, que se dirigió a la central. El espectáculo que presenciaron resultó dantesco. La instalación estaba envuelta en llamas gigantescas. Se inició así una lucha heroica que había de prolongarse durante tres o cuatro días para apagar el incendio y evitar que el fuego se propagara hasta la unidad tres de la central nuclear. Según comentó después Pravda “La lucha contra el infierno resultó titánica. Los bomberos se hundieron con las botas en el asfalto de la central, que se había vuelto una masa movediza. Algunos permanecieron durante horas sobre el techo de la central intentando detener el fuego que ya había llegado al techo del reactor número tres. Sometidos al calor, al humo asfixiante y a las altas dosis radiactivas aguantaron más allá del heroísmo e impidieron que la tragedia adquiera proporciones mucho mayores. Su valor va a costarles la vida a los aguerridos bomberos”. No hay nada de exagerado en este relato. Como todo el mundo ha reconocido después, el arrojo de los bomberos y algunos técnicos de la central nuclear en los primeros días que siguieron al accidente impidió que la tragedia fuera aún mucho mayor. En aquellas operaciones más de 300 personas sufrieron efectos agudos de la radiactividad: 32 murieron antes de finalizar 1.986. El mundo entero tiene con ellos una deuda de gratitud. Estos trabajadores precedieron en su heroísmo a los de Fukushima, que también se jugaron la vida luchando por controlar el escape radiactivo.

Las tareas más urgentes que tuvieron que afrontar las autoridades responsables de la crisis eran tres: atajar el incendio que dispersaba más y más materiales radiactivos y amenazaba con llegar a otros reactores, evitar que el núcleo fundido entrara en contacto con aguas subterráneas y multiplicara por diez la dimensión de la tragedia y atajar en lo posible la contaminación de las aguas de bebida.

Para apagar el incendio no era posible repetir la experiencia del grafito de Windscale (Gran Bretaña) en 1957. No podía disponerse de las ingentes cantidades de agua que entonces se usaron. Una cantidad menor de ella sólo hubiera contribuido a empeorar la situación al reaccionar el grafito al rojo y producir más hidrógeno que podía provocar nuevas explosiones. Así que se recurrió a una solución imaginativa.

Se preparó para ello una mezcla de 40 toneladas de Carburo de Boro, 800 de Dolomita, 1800 de arena y arcilla y 2400 de Plomo. La función del Carburo de Boro era absorber neutrones y detener la reacción nuclear en cadena; la Dolomita permitía una adecuada disipación del calor y generaba Dióxido de Carbono en caso de descomponerse que ayudaba a apagar el fuego; la arena y la arcilla retenían los aerosoles y contribuían a la detención del incendio; finalmente el Plomo fundiría absorbiendo el calor y una vez fundido taponaría fisuras para evitar la emisión de sustancias radiactivas y reducía la radiación directa. Estas sustancias se arrojaban desde helicópteros que, desafiando al fuego, a la falta de visibilidad provocada por el humo y la radiactividad, sobrevolaban la planta. Esta tarea se desarrolló entre los días 27 de abril y 10 de mayo siendo más intensa en los primeros cinco días.
Para evitar que el núcleo fundido rompiera la losa sobre la que estaba y contaminara las aguas subterráneas, fue preciso eliminar el agua de la piscina que había debajo del reactor y cavar un túnel de 135 m de largo a 5,4 m de profundidad. Este túnel una vez llenado de cemento encerraría todo el reactor evitando que la radiactividad usara esa vía de escape.

En un principio los técnicos dispusieron equipos refrigerantes para aliviar el calor del núcleo. Esta urgente obra se realizó por primera vez en la historia con 400 trabajadores en turnos de tres horas para evitar sufrir daños irreparables.

En la tarea de atajar la contaminación ayudó mucho la suerte. No llovió hasta el 20 de mayo. Para esa fecha se habían construido 7.5 kilómetros de diques en las riberas del río Pripiat con la ayuda de excavadoras y se cubrieron de polietileno. Con ello se evitó que las aguas del Pripiat que desemboca en el Nieper, que abastece la ciudad de Kiev, con más de 4.000.000 de habitantes, se contaminaran gravísimamente. Aún así el río sufrió cierto nivel de contaminación.

Otro de los grandes problemas a que tuvieron que enfrentarse las autoridades soviéticas fue la evacuación de las poblaciones directamente afectadas por el accidente. El mismo día 26 fueron evacuadas las personas que vivían en la residencia para operarios a 1,6 km de la central. Unas mil familias fueron evacuadas usando medios locales de transporte a través de un pontón tendido sobre el río Pripiat para huir de la zona más contaminada sin atravesar la pluma radiactiva. Al mismo tiempo en Kiev y los alrededores se requisaron 1.100 autobuses conducidos en parte por voluntarios. Esto permitió que 36 horas después del accidente fueran evacuadas cincuenta mil personas que vivían en un área de 30 kilómetros en torno a la central. Este área sigue siendo hoy inhabitable. El núcleo principal era la ciudad satélite de Pripiat con unos veinticinco mil habitantes, que se evacuó en tres horas. Muchos de ellos fueron desalojados de sus casas en contra de su voluntad y el ejército hubo de emplearse con contundencia. Los animales domésticos y de labranza fueron sacrificados. Se formaron caravanas de más de 30 km de longitud.

Finalmente fue desalojada la ciudad de Chernóbil, con algo más de 40.000 habitantes, que se encontraba en el límite de los 30 km. Este desalojo se produjo seis días después del accidente y llevó más de tres días. La tardanza en dar la alarma por el accidente y comunicarlo internacionalmente y la demora en evacuar Chernóbil son las principales críticas que se le hacen al Gobierno soviético en la gestión del accidente.




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