El Ecologista nº 45

  Sumario  

 Editorial

¿Son realmente imprevisibles e irremediables?
Los incendios forestales

Un año más, tras el fin del verano estamos obligados a hablar de incendios forestales. Parece que se haya convertido en una rutina más inherente al periodo estival y, dicen, al clima mediterráneo de este país. De nuevo oímos hablar de desastres naturales, de pirómanos, de intencionalidad, de negligencias, de daños ocasionados al medio ambiente, de pérdidas económicas y de víctimas mortales. Cada verano es como si se perdiera la memoria de todo lo que ha sucedido en años anteriores. De nada sirve todo lo calcinado durante los veranos anteriores, es como si cada verano la administración y los políticos se enfrentasen a algo que nunca hubiera sucedido.

Es posible que 2005, marque un antes y un después en la política de prevención y lucha contra los incendios forestales. Pero ¿quién no pensó esto mismo tras el verano de 2003 mientras Extremadura y Portugal (además de Grecia, el suroeste de EE UU y Australia) ardían por los cuatro costados? Resulta evidente que las trágicas consecuencias humanas del incendio de Guadalajara, que terminó con la vida de 11 personas, miembros de los retenes forestales de Castilla-La Mancha, han obligado a abrir un debate. Pero, realmente ¿servirá para que en España se tome en serio el problema de los incendios forestales?

Cuando se analizan objetivamente los datos de los últimos años encontramos que la realidad poco tiene que ver con la imagen generalizada que la sociedad tiene de los incendios forestales. Efectivamente, 2005 está siendo un año complicado en cuanto a incendios forestales: hasta el 11 de septiembre, en España han ardido 153.286 hectáreas, de ellas 66.054 arboladas. En las mismas fechas, en 2003, ardieron 128.644 hectáreas, de las cuales 49.998 fueron arboladas.

Si nos remontamos a la década de los noventa, encontramos que en 1994 desaparecieron, pasto de las llamas, 437.635 hectáreas, 250.433 arboladas. Una cifra superada en la década de los ochenta, en 1985, cuando ardieron 484.476 hectáreas, con 176.266 arboladas y muy similar a 1989, con 426.693 hectáreas quemadas y 182.448 de ellas arboladas. Por tanto, es evidente que en este aspecto, ya deberíamos haber aprendido algo de la experiencia acumulada. En España el fuego, no es una novedad.

Un tema muy delicado y siempre difícil de tratar es el de las víctimas mortales, 18 muertes, según el Ministerio del Interior, en lo que va de año. Sin embargo, todos los años nos enfrentamos a esta situación, el año pasado se produjeron 5 víctimas mortales y 9 en 2003. Pero si volvemos a remontarnos a la década de los noventa y ochenta, encontramos que en 1994 hubo 33 víctimas mortales, 23 de ellas pertenecientes al personal de extinción. En 1992 se produjeron 15 muertes y 11 en 1989. Por tanto, tampoco 2005, ha sido la primera vez en la que mueren personas en el intento de sofocar los incendios forestales. ¿Por qué no habíamos aprendido de la experiencia de los años pasados?

Tal vez, uno se pregunte por las causas que han originado los incendios este año. ¿Es que han sido diferentes a las de otros años?, ¿realmente son imprevisibles los incendios forestales?, ¿anda tanto pirómano suelto como parece, cada vez que se escuchan las informaciones en los medios de comunicación y las declaraciones de los responsables políticos? A falta de datos completos y definitivos, las estadísticas provisionales ofrecidas por el Ministerio del Interior no se diferencian de las de años anteriores. El mayor número de incendios se debe a las quemas agrícolas, seguido de los fumadores, pirómanos, venganzas y conflictos cinegéticos. No parece que éstas sean causas imprevisibles ni inexorablemente unidas a los periodos de sequía y altas temperaturas del clima mediterráneo. A este respecto hay que señalar un aspecto muy importante que pasa generalmente desapercibido: España no arde por su mitad sur o este, sino por su mitad norte u oeste donde el clima es más húmedo y menos caluroso. Orense, en Galicia y León y Zamora en Castilla y León son las provincias más castigadas por el fuego durante la última década. Las causas, son archiconocidas, las quemas agrícolas, especialmente en Galicia y la obtención de pastos en Castilla y León. Este año no es diferente, entonces ¿qué está pasando?

A la luz de los datos, parece que hay muchos más responsables que los pirómanos, ¿no son responsables los políticos y administraciones que no mueven un dedo sabiendo que iba a arder su provincia este verano, como ardió el año anterior y el anterior y el anterior...? ¿Por qué no hicieron nada? ¿No es responsable el que autoriza y permite actividades de alto riesgo de incendios en el monte y luego se escuda en la imprevisible piromanía?

La solución a los incendios forestales no es sencilla, no existe una receta mágica, pero sí se podrían hacer muchas cosas que disminuyeran el riesgo de incendios y, sobre todo, eliminaran la sensación de impunidad que rodea al incendio y al incendiario forestal. Por supuesto, se requiere un cambio en la planificación, ordenación y gestión del monte español. Esto requiere presupuestos y mano de obra. También se necesita fijar población joven en las zonas rurales y conseguir poner en valor el monte. Pero lo que más y más rápido se necesita son políticos y administraciones que se tomen en serio el problema. Administraciones que no firmen autorizaciones, caiga lo que caiga; políticos que olviden su miedo a ser impopulares al prohibir actividades de alto riesgo en zonas forestales; ayuntamientos que no miren hacia otro lado mientras siguen ardiendo los vertederos municipales sin control alguno o mientras se construyen urbanizaciones en zonas forestales incumpliendo las normas más básicas de seguridad. Tal vez, el día en que un alcalde, un Director General o un Consejero pisen la cárcel, por acción u omisión, tras un incendio forestal, las cosas empezarán a cambiar, incluida la política forestal y la lucha contra los incendios forestales.


 Sumario

Los parques eólicos marítimos.
Un potencial desaprovechado por la poca decisión de las Administraciones, por Daniel López Marijuán

Anti-ambientalismo en España.
Un análisis de los discursos y actitudes eco-contrarios, por Pascual Riesco Chueca

Un paso adelante, dos atrás.
Reflexiones sobre las tendencias en movilidad urbana, por Alfonso Sanz Alduán

Mecanismos de Desarrollo Limpio.
Luces y sombras de una de las herramientas de Kioto para luchar contra el cambio climático, por Soraya G. Guerrero

Los ciudadanos ante el cambio climático.
Obstáculos al conocimiento y a la acción responsable, por Francisco Heras Hernández

La energía solar fotovoltaica en la encrucijada.
La escasez de silicio está frenando su desarrollo, por Félix García Rosillo

Abejas y medio ambiente.
La polinización es, con mucho, el servicio más importante que nos prestan estos insectos, por Jesús Pérez Gómez

El ecologismo de los pobres.
Resistencia popular e indígena contra el expolio de las transnacionales, por Joan Martínez Alier

Ecología Profunda.
La Naturaleza como absoluto, por Carmen Velayos Castelo

La propuesta REACH.
La industria química trata de desvirtuar esta norma para el control de productos químicos, por Vicente Moreno

El olvido de la capa de ozono.
El ‘agujero’ de ozono sigue apareciendo cada año con enormes dimensiones, por Juan Carlos Rodríguez Murillo

Agricultura industrial y cambio global.
Esta actividad está alterando los ciclos globales del agua, carbono y nitrógeno, por Luis Lassaletta y José V. Rovira

La tortuga mora.
La pérdida y fragmentación de su hábitat es la principal amenaza para este reptil, por J. D. Anadón y otros

La Selva de Irati, por Roberto C. Oliveros

Tóxicos en el hogar (II), por Franz Leisdon




Visitantes conectados: 208