Crisis financiera: ¿el fin del capitalismo?

“Una determinada idea de globalización está tocando fondo con el final de un capitalismo financiero que impuso su lógica sobre toda la economía”
N. Sarkozy

“El Gobierno del Estado moderno no es más que el comité de administración de los negocios comunes de toda la clase burguesa”
K. Marx

Si tuviéramos que adjudicar dos claves que expliquen las turbulencias económicas en que nos encontramos sumidos, aparecen con nitidez el fundamentalismo financiero basado en la avaricia y el descontrol sin límites, y la adicción consumista en la que todos los países occidentales (y buena parte de los demás) han caído sin remisión. Y presidiendo todo el tinglado de la farsa, esa religión en la que el mercado y la ausencia de toda regulación se erigen en fetiches sin admitir réplica alguna. El resultado: el empobrecimiento de muchos millones de personas, el crac bursátil, el desplome de la confianza en la política y en los políticos, la incertidumbre laboral y, por lo que afecta a los ecologistas, el llamamiento a olvidarse de los requisitos de protección y cautela ambiental. Malos tiempos para la lírica. El axioma de que del egoísmo individual se obtiene siempre un progreso colectivo, se ha revelado mendaz.

La crisis está siendo utilizada por los gobernantes para olvidar compromisos ambientales, flexibilizar normativas y hacer que algo cambie para que todo siga igual. Se vuelve a políticas de incremento de oferta de agua, con un nuevo trasvase Tajo-Segura desde Cáceres a Murcia, olvidándose de alternativas de gestión de la demanda. En Andalucía, por ejemplo, la ofensiva antiecológica del actual gobierno andaluz no tiene parangón en otras legislaturas: El Algarrobico, el oleoducto por Huelva y Sevilla, la mina Las Cruces, la continuidad de los vertidos de Fertiberia, el apoyo a los campos de golf, la flexibilización urbanística, el empantanamiento en las políticas de residuos, la hibernación del Plan Andaluz contra el Cambio Climático, la política de infraestructuras de transporte... han llevado a Greenpeace a acusar a al Junta de Andalucía de “renunciar al medio ambiente”. “Agilizar el desarrollo de actividades económicas” está suponiendo la desprotección ambiental. La crisis, con su secuela de recesión y paro, es la excusa para dar otra vuelta de tuerca a la permisividad ante la degradación ambiental.

Capitalismo salvaje

La combinación en este capitalismo tóxico de economía de casino, o más bien de trileros, y la burbuja financiera ha resultado letal para los intereses de las personas. Todo ello adobado con la mitificación doctrinal del crecimiento y del desarrollo, el culto al productivismo y la monetarización de todas las actividades humanas, como revela J. Vidal-Beneyto. Que los mercados financieros y las grandes empresas transnacionales sean responsables de más de la cuarta parte del producto mundial bruto (S. George dixit), es una irresponsabilidad y un peligro. Que los activos financieros globales multipliquen por cuatro la renta planetaria anual, ha resultado ser una bomba de efecto retardado. La acumulación codiciosa del capitalismo financiero, recabando el dinero de los ahorradores, ha henchido una burbuja especulativa, tóxica y mentirosa que ha explotado.

El capitalismo neoliberal se ha despojado de todas las caretas y coartadas, debelándose como puro capitalismo salvaje. El neoconservadurismo que ha presidido la ideología capitalista de las últimas décadas (empezando con Reagan y Thatcher y culminando con Bush, Aznar y Berlusconi), ha acentuado el enriquecimiento de las minorías a expensas de una mayoría progresivamente pauperizada. Es la obsesión por get rich or die trying, enriquecerse o perecer en el intento. Además, las soluciones de capitalismo para los pobres y socialismo para los ricos, inyectando los Estados miles de millones de euros y dólares en las empresas y entidades financieras causantes del crac, son repudiables. Es la aplicación de la fórmula de “al que más tiene, más se le dará, y al que menos tiene, aún lo poco que tiene se le quitará”.

Alternativas complejas

¿Quiere esto decir que está en quiebra la base del sistema, la compulsiva necesidad de riqueza y acumulación, de generar beneficios, de ganar dinero? Seamos francos, en los tiempos que corren no hay alternativa emancipadora que pueda encabezar una rebelión social capaz de dar al traste con el sistema tardocapitalista. Los movimientos y las ideologías alterglobalizadoras son (somos) más propuestas de denuncia y movilización que alternativas de poder. Además contamos con otros dos handicaps, el de la desmovilización social y la anomia de grandes capas de la población, narcotizadas por el consumismo alienante, y el del fundamentalismo en sentido contrario que todavía arrastran muchos de los compañeros de viaje anticapitalista.

Con estos mimbres, queda mucho trabajo por hacer antes de cantar victoria. Citando de nuevo a Vidal-Beneyto: “Los que estamos frontalmente contra la explotación capitalista y defendemos la igualdad en y desde la libertad, sabemos que, hoy por hoy, no tenemos una propuesta cabal, ni siquiera una hipótesis válida que poner en su lugar”.

Por eso propugna una transformación total del orden capitalista actual, no una sustitución. Hay muchos que no nos creímos lo del fin de las ideologías, como tampoco lo del fin de la historia: todavía hay partido por jugar, utilizando la jerga futbolística.

Por mucho que nos hayan contado y cantado que el capitalismo es el único sistema posible, la combinación de dogma productivista, primado absoluto de la economía y reino de la desigualdad, amalgama un bolo del todo indigerible y repulsivo. Un sistema que empobrece y mata de hambre (ya casi 1.000 millones de personas hambrientas, según los datos de la FAO), que desencadena conflictos bélicos, que provoca la muerte de 5.500 niños al día debido a enfermedades asociadas a la contaminación de los alimentos, del aire y del agua, que es incapaz de dar respuestas contundentes al calentamiento global, que combina en definitiva la desigualdad social y la degradación ambiental, debe ser transformado de raíz. ¿Es sostenible que Estados Unidos gaste en publicidad más que todo el presupuesto de la enseñanza superior?

Además, asistimos a lo que M. Naím ha llamado “el lado oscuro de la globalización”, o sea, el comercio de todo tipo de actividades ilícitas: dinero negro, armas, drogas, arte, productos falsificados, hombres, mujeres y niños, órganos humanos, especies protegidas... Este agujero negro se completa con los 37 paraísos fiscales, donde la delincuencia financiera recibe acogida y aliento, con la complicidad de todos los gobiernos e instituciones económicas mundiales. Cálculos de la OCDE estiman que entre 5 y 7 billones de dólares, el 13% del PIB mundial, encuentran refugio y acomodo en estos lugares de latrocinio.

“Los mercados hacen algunas cosas bien (como asignar recursos escasos y asegurar selección mediante competitividad) y otras mal (igualdad social) o muy mal (valorar lo que no tiene precio asignado, como la conservación del planeta o el sentido de la vida)” (M. Castells).

¿Tiene razón Aznar cuando alerta de que el ecologismo es el nuevo comunismo? No evidentemente en la capacidad de subversión política, ni tampoco en el dogmatismo del marxismo-leninismo, pero el expresidente acierta al apreciar el alcance insurgente que posee el ecologismo social, tanto en los países desarrollados como sobre todo en los empobrecidos. Frente al adocenamiento, la subvención y la desactivación de tantos movimientos sociales, el ecologismo social, con todos los errores cometidos, no ha formado parte del sistema de poder. Es cierto que ha gozado de las migajas (gobiernos locales, autonómicos y en algún caso nacionales) y que el ecologismo de la ecoeficiencia y aceptación del mercado tiene su caché, pero no hemos sido asimilados por los intereses creados. Tampoco el doctrinarismo nos ha afectado a las meninges, por más que nuestros antagonistas nos consideren como un movimiento cuasi religioso. Un poco de ideología no sólo es malo sino necesario, pero el exceso empalaga. Los principios y las creencias son importantes, pero cuando los hechos las desmienten o las invalidan, lo mejor es no empecinarse y modificar el discurso, aceptando las evidencias. ¿Es esta una actitud oportunista? No. El reconocimiento de la realidad lo primero, las alternativas después.

Decrecimiento sostenible

Una de las telarañas más tupidas de la que nos tenemos que desembarazar es la del desarrollo, aunque venga acompañada de sostenible. La noción de sostenibilidad se funda en que la senda del progreso no apunte al crecimiento, que no es sostenible, sino al decrecimiento sostenible. Sabemos que en épocas aciagas de recesión y paro como la que se nos viene encima es difícil sostener un discurso en sentido contrario al pensamiento económico oficial: sin crecimiento ni mayor productividad no hay salida de la crisis.

Los economistas ecológicos están hartos de fundamentar que la sociedad no puede ir en contra del 2º principio de la termodinámica y que la biosfera finita no puede admitir crecimientos ilimitados. Si seguimos utilizando recursos útiles de baja entropía (combustibles fósiles y minerales concentrados), convirtiéndolos en residuos inútiles de alta entropía, vamos directos al colapso. Si queremos ajustarnos a la capacidad de acogida o de carga de la naturaleza, no podemos traspasar sus límites, estamos obligados a hacer un uso limitado de todos los recursos naturales, lo cual obliga a decrecer en los países más intensivos y voraces en la explotación de recursos y en la generación de desechos. O sea, a romper el fetiche del incremento del Producto Interior Bruto, a rebajar los niveles de producción y de consumo, y a compartir y alquilar más que poseer y comprar. Less is more, menos es más.

“Sólo modificando los patrones de consumo y de producción –con un nuevo modelo económico, en realidad– podremos hacer frente al problema prioritario de los recursos básicos” (J. E. Stiglitz).

Es decir, que alimentación, agua, energía, vivienda, sanidad, educación, empleo y derechos humanos sean bienes al alcance de todos y sin hipotecas para el futuro. Es estimulante que dos premios de prestigio como el Nobel de Literatura (J. M. G. Le Clézio) y el Príncipe de Asturias de las Letras (M. Atwood), hayan sido concedidos a personas que a su excelencia como escritores incorporan su activismo ecologista.

El que la economía mundial crezca todos los años (hasta ahora) un 5% anual, no da las necesarias señales de incompatibilidad con la preservación de la biosfera, ni el mercado proporciona incentivos para ahorrar recursos. No se trata de bajar la velocidad del crecimiento (desacelerar), sino de cambiar de rumbo; no es un crecimiento 0 ni un mero desacople de la generación de residuos con la fabricación de bienes lo que estamos reivindicando, sino de una modificación profunda en nuestro sistema de valores y de una transformación social: “Vivir de otra manera para vivir mejor”, en la reflexión de Ivan Illich. Frente al despilfarro del consumismo desatado se impone el intercambio, la reutilización y el regalo. Austeridad y racionalidad para alcanzar a todos los niveles un consumo responsable, como enfatiza la plataforma ciudadana Coalición Clima. Igual que hicimos objeción de conciencia al servicio militar, estamos obligados a ser objetores del crecimiento.

La ecoeficiencia, hacer más con menos, es otra impostura que debemos rechazar. Lo que nos diferencia de estos creyentes en las posibilidades del mercado y de la tecnología es la forma de abordar la expresión de la ecoeficiencia. Sabemos que se puede expresar por la siguiente igualdad:

EFICIENCIA = Unidades de producto conseguido / Recursos utilizados para conseguirlo

Pues bien, los propagandistas de la ecoeficiencia y del desarrollo sostenible nos animan a incrementar el numerador (la producción) reduciendo algo el denominador (la explotación de recursos). Para un ecologista convicto y confeso, esta fórmula es errónea: estamos obligados a disminuir el numerador y a disminuir más aún el denominador, si de verdad queremos garantizar la sostenibilidad ecológica, económica y social. Hacer más con menos no es la solución, “disociar el crecimiento económico del deterioro medioambiental”, tampoco, porque no van a la raíz del problema. Las “reducciones de escenarios tendenciales” que nos ofrecen los tecnócratas de la eficiencia como alternativa, son tan fútiles como irreales: en la práctica significan incrementos reales de los impactos ambientales.

No queremos ralentizaciones en los aumentos de las agresiones ecológicas, sino reducciones netas; aplicando la fórmula del Ministerio de Medio Ambiente, “el total es lo que importa”. La disminución del impacto y de la contaminación se encuentran sistemáticamente anuladas por la multiplicación del número de unidades vendidas y consumidas. De nada vale que los coches emitan menos CO2 por kilómetro si al final las toneladas globales de emisiones contaminantes del tráfico motorizado siguen creciendo. No sirve que las cementeras emitan menos CO2 por tonelada de clinker fabricado si al final las emisiones totales siguen aumentando.

Hay otra forma de alcanzar la eficiencia. Este discurso es subversivo y va contra la línea de flotación del sistema dominante. El PIB disminuiría al mismo tiempo que aumentarían el Indicador de Salud Social o Índice del Genuino Desarrollo Humano. Así asentaríamos una verdadera economía del bienestar, no como la actual, que en realidad es la del acaparar y tener mucho. Eso también permitiría superar la economía basada en el crecimiento incontrolable del crédito y del débito, una de las causas de la crisis financiera actual; la gente no se endeudaría tanto ni viviría por encima de sus posibilidades, mordiendo el anzuelo de préstamos, visas y demás dependencias de los usureros bancarios. La convulsión económica presente demuestra que lo que es bueno para el PIB no siempre es bueno para la gente.

“La dictadura del índice del crecimiento fuerza a las sociedades desarrolladas a vivir en régimen de ‘sobrecrecimiento’, es decir, a producir y a consumir fuera de toda necesidad ‘razonable’” (S. Latouche).

Urgen nuevas vías

El objetivo es romper la dualidad existente entre la minoría que disfruta de alimentos abundantes, movilidad casi ilimitada, acceso a tecnología de vanguardia y otras facilidades, y una mayoría con pocas oportunidades para superar las preocupaciones de la supervivencia diaria. El 15% de la población posee el 79% de la riqueza mundial, y el 85% el 21% restante.

La cuestión no es si se va a producir decrecimiento en la economía mundial, sino cuándo va a ocurrir y de qué forma: ¿de manera convulsa, incontrolada y nociva, u ordenada, planificada y equitativa? Por ejemplo, el decrecimiento del petróleo está a punto de ocurrir y el del gas natural le seguirá inapelablemente. Por ello, “las grandes inversiones en energías limpias deberían sustituir el consumo como motor de la economía global” (G. Soros).

Si el fundamentalismo de mercado nos ha conducido a este callejón sin salida, y si “todos los síntomas apuntan a un desplome económico feo, brutal y largo” (P. Krugman), la urgencia de buscar otras vías es imperiosa. Si se calcula que en el año 2050 el transporte privado se duplicará a nivel mundial –y paralelamente lo harán las emisiones totales anuales de CO2 por transporte–, no basta con cambiar de combustible, de tipo de coche o de tecnología: hay que optar por un cambio radical en el modo de transporte.

“Si no conseguimos rebajar el consumo de energía primaria, todo el discurso sobre sostenibilidad sobra, es mera palabrería huera” (J. Reichmann).

Aunque carezcamos de recambio para el sistema dominante, que crea agresión ambiental y exclusión social de forma simultánea, no debe ser excusa para denunciar todas sus miserias e ir edificando formas alternativas de relacionarnos entre nosotros mismos y con la naturaleza. Un sistema económico basado en la equidad, la sostenibilidad y la solidaridad es posible. Inyectar ingentes cantidades de dinero público sobre las entidades financieras causantes de la quiebra generalizada, no es la solución, es injusto y lanza un mensaje perverso para los especuladores: enriquécete, que el Estado vendrá a salvarte si te arruinas y arruinas la vida de los demás.

“El objetivo final debe ser la adopción de un modelo de desarrollo de bajo consumo, bajo crecimiento y alto nivel de igualdad que tenga como resultado una mejor calidad de vida para todos y un mayor control democrático de la producción”. (W. Bello).

Daniel López Marijuán, Ecologistas en Acción de Andalucía. Este artículo se ha publicado en Andalucía Ecológica, nov. 2008. El Ecologista nº 59




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