Un hogar sin productos tóxicos

La frecuente incorporación de sustancias tóxicas –o potencialmente tóxicas– a los productos domésticos y el incremento de consumo de los mismos están provocando un alarmante incremento de la generación de residuos tóxicos y peligrosos. Éstos no sólo perjudican al medio ambiente sino que también conllevan un peligro para nuestra salud.

La contaminación comienza ya en el proceso de fabricación de los productos, y representa un alto riesgo sanitario para los trabajadores que los manipulan. Del mismo modo, causa grandes problemas a la biosfera, debido a la extracción de materias primas para su producción, y a la creación de sustancias nuevas ajenas a la naturaleza, que ocasionan graves impactos al ser liberadas en el entorno. Hablamos de más de cuatro millones de compuestos químicos diferentes.

Distribución de productos domésticos tóxicos y peligrosos en los residuos sólidos urbanos

Producto% sobre los residuos peligrosos
Limpieza del hogar 30-35
Barnices, pinturas, disolventes 14-19
Pilas y acumuladores 10-15
Aerosoles y productos para aseo personal 8-12
Derivados del petróleo 2-4
Insecticidas y fitosanitarios 4-7
Otros productos químicos 12-21
Otros 5-8

La lista de todos estos productos parece interminable: desinfectantes, quita-mohos, limpia-alfombras, ambientadores, aguarrás, antipolillas, colas y adhesivos, insecticidas y repelentes, pilas, etc.

¿Cómo empezar a desintoxicar el hogar?

En primer lugar hay que hacer un inventario de los productos que almacenamos en nuestra casa y que pueden ser considerados como tóxicos. Esta tarea debe ser sistemática y representa un proceso a largo plazo, porque requiere conocimientos sobre las diferentes sustancias, además de la búsqueda de un sustituto adecuado (eficaz y ecológico), a la vez que un cambio en nuestros hábitos.

A continuación (y en futuras entregas de esta sección), se proporcionan algunos de los muchos consejos posibles para esta tarea.

La cocina

Los principales productos son aquellos que se emplean en la limpieza, tales como detergentes, limpiahornos, desatasca-tuberías, limpiadores a base de amoniaco, etc. En principio, lo razonable es acabar de usar lo que queda en los recipientes, aunque reduciendo la dosis que se emplea habitualmente.

Una vez gastados, es mejor comprar productos que tengan la menor cantidad posible de símbolos que indican riesgo para las personas o el medio ambiente –corrosivo, inflamable, tóxico, etc.–. Pero mejor es plantearse alternativas que sustituyan los productos problemáticos por otros más naturales. A menudo también es posible sustituir la química por otros procedimientos. Por ejemplo, para acabar con los atascos de los desagües, muchas veces basta con un desatascador de goma bien manejado; una olla quemada se limpia hirviendo en ella agua con sal, fregándola una vez se enfríe...

El baño

Los desinfectantes y productos de limpieza a menudo contienen cloro y amoniaco; algunos champús tienen formaldehído como conservante; muchos desodorantes y antitranspirantes contienen clorhidrato de aluminio, que es un irritante cutáneo… Los medicamentos caducados se devuelven a las farmacias y nunca se tiran a la basura. Los azulejos y el inodoro se limpian con vinagre (sin diluir), ya que el vinagre es un buen desinfectante, y las manchas amarillas en la bañera se limpian con zumo de limón. Más información: El Ecologista nº 40.

El cuarto de los niños

Muchos juguetes están fabricados con PVC blando. Este plástico incorpora en su composición plastificantes como los ftalatos, empleados para darle una textura flexible. Estos peligrosos compuestos, algunos con propiedades cancerígenas en animales, actúan como disruptores hormonales. A veces pueden representar entre un 10 y un 40% del peso del juguete y se pueden liberar con facilidad cuando el niño chupa, toca o muerde el juguete.

Los pañales pueden estar blanqueados con cloro, y el plástico que contienen puede ser PVC. En cuanto a los muebles, los fabricados con tableros de aglomerado contienen resinas que suelen llevar formaldehído, que va desprendiéndose sucesivamente al ambiente y es altamente tóxico. Es preferible usar madera maciza sin barnices. Para protegerla se emplea aceite de linaza o simplemente una mezcla de zumo de limón y aceite.

Ecologistas en Acción. El Ecologista nº 44




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