Mujeres y deterioro ecológico

En el texto se analiza si las mujeres han sido las impulsoras del nuevo modelo territorial, y por lo tanto, cómplices del deterioro ambiental actual, o si simplemente han sido meras víctimas del mismo.

Pilar Vega, Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 39. Primavera 2004.

Durante la 2ª Revolución Industrial aparecen la mayor parte de las pautas de comportamiento que hoy se consideran habituales. Se modifica el lugar de trabajo, se cambian los hábitos alimenticios e higiénicos, así como la relación con la vivienda y el territorio; por aquel entonces, el transporte, la naciente industria y los hogares concentraban los pequeños consumos energéticos.

La industrialización y la falsa salida del letargo femenino

Los avances en el transporte modifican las relaciones de comunicación e intercambio comercial, al potenciar el aumento de las importaciones desde otros continentes. Los alimentos se pueden almacenar durante un plazo superior de tiempo con ayuda de la industria conservera y las técnicas de refrigeración. Una gran mayoría de hogares prescinde de las tareas de autoproducción, el huerto doméstico deja de tener sentido, y se inicia la desvinculación de las personas respecto a la tierra. Las mujeres, que tenían la responsabilidad de controlar y trabajar el huerto, deben ahora efectuar las compras con dinero para abastecer los hogares de los principales bienes.

Las pequeñas concentraciones urbanas comienzan a dejar las huellas de su impacto; se hace necesario extraer cada vez más recursos de las colonias que proporcionen los productos necesarios para el funcionamiento del nuevo modelo productivo y territorial: cinc para los envasados, carbón para la industria, nitratos para incrementar la producción de los cultivos o petróleo para responder a las cada vez mayores demandas energéticas. Al tiempo, la utilización de estos nuevos productos, comienza a cargar nuestros cuerpos y nuestras vidas de contaminación a través de los alimentos, los residuos tóxicos o la polución atmosférica.

Estos cambios tecnológicos transformaron la estructura de la sociedad y los moldes de la vida diaria. Se trataba de una revolución en los métodos de alimentar, transportar y alojar a una población recientemente industrializada y urbanizada, que poco a poco se irá extendiendo a todo el planeta.

La separación entre hogar y trabajo fue una contribución al proceso de desarrollo del capitalismo industrial que acentuó las distinciones funcionales y biológicas entre mujeres y hombres. De esta forma, las mujeres se convierten en mano de obra barata, adecuada sólo para determinados trabajos. Esta interpretación de la historia del trabajo de las mujeres generó una opinión en el campo de la medicina, de la ciencia, de la política o de la moral que configuró el discurso de la domesticidad. A partir de ahora, la división de tareas se juzgará como el modo más eficiente, racional y productivo de organizar el trabajo, los negocios y la vida social.

Así, con la industrialización, el nuevo modelo productivo perfila una nueva domesticación de las mujeres que las convertirá en eficaces gestoras del hogar e imparables consumidoras.

Las mujeres en la suburbanización planetaria

El nuevo modelo de desarrollo productivo debía disponer de una organización territorial y social que permitiera su eficaz funcionamiento. El urbanismo racionalista propone una ciudad ordenada, limpia y segmentada física y socialmente, frente a la ciudad abigarrada y antihigiénica del XIX. Este modelo trataba de conseguir “una sola función y en un solo tiempo, para un solo espacio”. La Carta de Atenas (1933) recoge claramente una clasificación de las actividades de la ciudad en cuatro funciones básicas: habitar, trabajar, recrearse y circular.

A partir de entonces se constituye una separación estricta entre áreas residenciales, comerciales y productivas, y redes jerarquizadas de transporte. Este modelo pasará a definir la configuración territorial y urbana durante las primeras décadas del siglo XX en la mayor parte de las ciudades anglosajonas, y definirá la ordenación de las ciudades hasta nuestros días.

El modelo actual se consolida tras la 2ª Guerra Mundial, cuando el presidente de EE UU, Truman, define la necesidad de que los países alcancen el desarrollo entendido como la evolución de las sociedades humanas, como “proceso histórico, y como todo lo existente deberá recorrer el mismo camino, o debería aspirar a ello”. Detrás de esta evolución se encuentra el concepto de progreso, tras el cual se esconden jerarquías sociales, sexuales y culturales que generan desigualdad, discriminación y subordinación, y cuyo avance está destruyendo el planeta.

A la cabeza de este desarrollo se encontraría EE UU como el escenario del consumo de masas que debía ser generalizado a escala planetaria. Para tal fin era necesario disponer de las suficientes materias primas. Los nuevos hábitos requieren no sólo un nuevo modelo de colonización urbanística en cada uno de los Estados, sino también una intensificación de la conquista territorial y explotación de los recursos de otras partes del planeta; a ello responden las Instituciones de Bretón Woods, el Banco Mundial y el FMI, que se convierten en organismos prestatarios para los países subdesarrollados, para canalizar la explotación de los recursos naturales. Los impactos socioambientales y económicos (endeudamiento externo) de estos procesos extractivos, son evidentes.

Bajo la bandera del desarrollo se proclama el American way of life, con la producción a gran escala y las tecnologías de la comunicación (cine y televisión) que permiten la formación de valores comunes; es el momento en que más de la mitad de la población americana reside en zonas urbanas, debido en gran parte a la presencia del automóvil.

El modelo se extiende generando una homogenización de la vida cotidiana; la comida se envasa, la ropa ya no se confecciona en el hogar. Gracias a las facilidades dadas por la administración se produce la adquisición masiva de nuevos hogares; viviendas amplias, construidas de acuerdo a las normas de la comodidad moderna, y conectadas a las grandes redes de la distribución (agua corriente, cloacas, gas, electricidad, teléfono, televisión, etc.), que permiten el equipamiento de los hogares con electrodomésticos y la extensión de nuevos hábitos de alimentación y consumo.

Una vez finalizada la contienda internacional vuelven los héroes de la guerra, y se incorporan a sus puestos de trabajo, al tiempo que las mujeres regresan al hogar suburbial. Al idear este nuevo espacio se desarrolla el mayor modelo colonizador y especulativo de la historia a costa, cómo no, de las mujeres. La nueva liberación femenina en forma de consumo y la aplicación de la tecnología al hogar termina por encerrarlas en una complicada trampa.

La psicóloga americana Betty Friendan describe ilustrativos ejemplos sobre el retroceso del papel de las mujeres en esta época: en los años 1920, las mujeres estudiaban en la universidad y estaban completamente incorporadas en el mercado laboral; en los 50 el 60% de las universitarias deciden dejar de estudiar para casarse y ayudar a su marido. A partir de ahora, las mujeres comienzan a vivir la vida del otro, y a no tener vida propia.

Este nuevo modelo encuentra beneficios en la batalla contra bacterias y microbios en los hogares; con anterioridad al descubrimiento de los inventos tecnológicos, se daba menor relevancia a la limpieza. Ahora es un hecho central en las vidas de una buena parte de las mujeres que, ante la soledad del suburbio, ven como única salida dilatar las tareas domésticas a todo su tiempo disponible. Las mujeres reparten la jornada diaria en el uso de los nuevos electrodomésticos (lavadoras, aspiradoras, secadoras, teléfono, plancha, automóvil…) que supuestamente las liberan de las tareas domésticas.

Estas nuevas formas de vida son generadoras de importantes demandas energéticas y de sus consiguientes impactos ambientales. Se comienza a poner en duda la seguridad alimentaria de los productos precocinados, de envases y conservas; la limpieza del hogar introduce la contaminación en el ámbito doméstico a través de potentes detergentes y lejías; los nuevos productos para la higiene y la sanidad doméstica (celulosas, papel, aluminio, plásticos, etc.), además del cuestionamiento de su inofensiva blancura, obligan a la extensión de los productos de usar y tirar, y la lógica generación de basura.

Las facilidades proporcionadas por los adelantos tecnológicos en el hogar muestran muchas contradicciones. A la vez que permiten la liberación cotidiana de las mujeres, las hace al mismo tiempo cómplices y víctimas del grave deterioro ambiental con sus dramáticas consecuencias, tanto para la salud humana como para el planeta.

El consumo de masas ha provocado la superación de la capacidad de carga del entorno más cercano, y la necesidad de disponer de un territorio cada vez más extenso y alejado para el abastecimiento de recursos y energía para el funcionamiento de la ciudad suburbial. Al mismo tiempo, este modelo genera grandes volúmenes de residuos en forma de vertidos y basuras, cuya desaparición es imposible sin añadir nuevos problemas ambientales.

Los impactos de la Network City en la vida cotidiana de las mujeres

Las redes que surgieron en el siglo XIX con la llegada de los transportes motorizados, la energía eléctrica y el abastecimiento de agua y gas, alcanzan ahora todo su esplendor incentivadas por las nuevas tecnologías que las convierten en elementos imprescindibles de la sociedad global. Actualmente nadie podría pensar en el funcionamiento de un hogar sin luz, agua corriente, televisión, ordenadores personales conectados a Internet o gas. El modelo ha incrementado aún más su eficacia, que ahora ya no tiene porqué restringirse a paquetes estancos del territorio, sino que puede estar en cualquier lugar.

Mediante el teléfono, el acceso a Internet y el automóvil se configura un territorio inmaterial que da cohesión al espacio vivido cada vez más disperso; la red constituye claramente una geografía personal habitada, un nuevo urbanismo, en el que se extiende la ciudad al territorio infinito. Los ciudadanos que se trasladan de los centros tradicionales a decenas de kilómetros, no son conscientes de haber abandonado la ciudad central.

La red confiere un valor económico a la posibilidad de relación; se monetarizan las actividades cotidianas, los desplazamientos, el cuidado y la solidaridad, todo finalmente tiene un precio. Guarderías para ancianos, niños o animales de compañía prestan servicios a cambio de dinero. Desaparece el vecindario, la calle y los espacios públicos; en definitiva, desaparecen los lugares, y comienzan a implantarse los no lugares, que destruyen el concepto de ciudad, de relaciones ciudadanas, de multifuncionalidad y de densidad de información. Ahora todo es más pobre, solitario y aburrido; es menos diverso, más homogéneo.

Gran parte del éxito de este nuevo territorio urbano se debe a la inhabitabilidad de la ciudad tradicional; la población con cierto nivel económico elige vivir en espacios con una aparente mayor calidad ambiental; espacios alejados, sin los equipamientos necesarios, sin tejido consolidado, sin trama de ciudad, que obliga a recurrir a una accesibilidad motorizada, con consecuencias cada vez más graves asociadas a un excesivo consumo energético, contaminación, ruido o accidentes.

Este modelo va acompañado de otros elementos que impulsan la colonización territorial y el deterioro ambiental más importante de la historia: parques empresariales, temáticos, de ocio, urbanizaciones de alto standing, grandes superficies comerciales… encajan en los canales de las grandes autopistas, de los trenes de alta velocidad y de los aeropuertos.

El protagonismo que adquiere el hogar en el nuevo territorio coincide con la incorporación masiva de las mujeres al mundo laboral, lo que produce una secuencia diaria de vaciado en los espacios residenciales en determinadas horas del día, generando procesos de inseguridad.

Se produce un fuerte aumento de la demanda de transporte motorizado para satisfacer las relaciones cotidianas cada vez más alejadas con la consiguiente desaparición de los desplazamientos peatonales para hacer la compra, ir al colegio, a trabajar o a visitar al médico. El nuevo modelo obliga a una mayor tutela de las madres sobre los hijos y personas que dependen de ellas, pero ahora en un territorio más extenso, donde todo está más lejos, lo que genera, por tanto, una disminución del tiempo personal de las mujeres. Las nuevas tecnologías de la información han llevado a muchas mujeres a trabajar en el hogar, reforzando aún más la soledad del suburbio, sin casi hijos, sin familia extensa, y sin vecinos; de nuevo las mujeres se encuentran atrapadas.

A pesar de la importancia de la tecnología, el nuevo territorio no reduce los impactos ambientales; muy al contrario, se incrementan los consumos energéticos y los impactos sobre el paisaje. La comunicación a través de la red genera nuevas necesidades de accesibilidad y encuentro físico en un territorio cada vez más alejado, el acceso a las necesidades de la cotidianidad se desarrolla de forma motorizada. Este nuevo modelo territorial requiere, por lo tanto, un potente sistema de transporte basado en infraestructuras de gran capacidad y de elevada velocidad, que genera impactos ambientales irreversibles. Las formas residenciales que ahora se encuentran salpicadas en cualquier parte del territorio, requieren consumos de suelo, energía y agua cada vez más difíciles de poder controlar.

Los impactos socioambientales reafirman una tendencia irreversible en el futuro funcionamiento de las regiones metropolitanas. Sin embargo, es necesario pensar cómo se puede elaborar un proceso de reconciliación de las mujeres con su entorno más próximo; para ello es preciso el fomento de lo local y de lo cercano, consiguiendo la reducción de los consumos energéticos. Es preciso conciliar el modelo territorial con la vida doméstica y con la incorporación en igualdad de condiciones de las mujeres en el mundo del trabajo al tiempo que se potencie la diversidad cultural y de los ecosistemas.

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