Explotación forestal y biodiversidad

En este artículo se exponen unas ideas sencillas para mejorar la biodiversidad de los bosques explotados. Conscientemente sólo se habla de la madera, aunque no debe olvidarse que los montes españoles son multifuncionales y ofrecen una amplia variedad de productos.

Pedro Antonio Tíscar Oliver, Centro de Capacitación y Experimentación Forestal, Cazorla (Jaén). Revista El Ecologista nº 40. Verano 2004.

La madera es un material de propiedades únicas, difícilmente sustituible por otros alternativos. Así por ejemplo, se trata de un recurso natural renovable (los metales y los plásticos no lo son) que se puede producir con un coste ambiental bajo, siempre y cuando se eviten los impactos ambientales negativos derivados de la explotación forestal. A este respecto, se habla de la gestión forestal sostenible como del medio para lograr que los bosques resulten económicamente rentables y socialmente útiles, a la vez que conservan sus valores ambientales o, más explícitamente, su biodiversidad.

La gestión forestal sostenible es una concepción humana, pues las aspiraciones socio-económicas sólo atañen a las personas. Sin embargo, la biodiversidad es la expresión misma de la vida tras millones de años de evolución y, en consecuencia, frente a los objetivos económicos y sociales, la necesidad de mantener la biodiversidad en los bosques explotados resulta trascendental.

Los árboles constituyen el armazón del bosque e intervienen de forma definitiva en la creación del hábitat forestal. Uno de los principales inconvenientes de la explotación maderera es que, al cortar los árboles, modificamos ese hábitat, pudiéndose iniciar procesos de extinción como los sufridos por el pito negro y el mochuelo boreal en los Pirineos.

La forma más simple de evitar estos problemas consistiría en no realizar aprovechamiento alguno. Desgraciadamente, esta opción es poco factible en general –puesto que la utilidad económica y social de los productos forestales es enorme– y nada recomendable para muchos bosques de la región mediterránea en particular. Debe recordarse que los bosques mediterráneos explotados conforme a prácticas tradicionales presentan una biodiversidad extraordinaria, que tiende a disminuir cuando cesa la explotación (insisto en que según los usos tradicionales). Por otro lado, muchos bosques proceden de repoblaciones recientes y están en un proceso de reconstrucción que implica, entre otras medidas, la realización de cortas selectivas para aumentar la complejidad estructural y el grado de naturalidad.

Reservas forestales

Pese a todo, la creación de reservas forestales o de santuarios en donde no se realizan aprovechamientos forestales constituye una estrategia de conservación adecuada para todos los bosques del mundo, incluidos los mediterráneos.

Las reservas forestales existen en la práctica, pues en todos los montes hay lugares de baja productividad o de difícil acceso que nunca se explotan. No obstante, estas áreas de reserva deberían extenderse a las zonas más productivas para, conforme predice la teoría ecológica, conservar los lugares en donde la biodiversidad alcanza valores mayores. Las reservas son también especialmente recomendables para la protección de montes maduros, es decir, de los menos alterados por la acción humana.

Las zonas excluidas de la explotación forestal no tienen porqué ser muy extensas, pero su establecimiento implica una reducción de la producción difícil de aceptar por los propietarios privados. Por ello, la iniciativa de crear una red de reservas debería asumirse por las Administraciones, declarándolas en los montes públicos y comprando fincas o derechos de explotación en los montes privados.

Alguien podría argumentar que una menor producción significa un cierto riesgo de desabastecimiento. Hablar de desabastecimiento en un mundo de mercados globalizados parece ingenuo, pero nos da pie a la exposición de tres ideas generales.

En primer lugar, es necesario mencionar que España importa grandes cantidades de madera a bajo precio. La presencia en nuestro mercado de esta madera importada más barata que la nacional puede limitar muchas iniciativas encaminadas a mejorar la productividad y el estado de conservación de los bosques españoles, por lo que se ha de estar alerta. Así por ejemplo, la necesidad de ofertar madera a precios competitivos ha originado una tendencia a la sobreexplotación de algunos montes españoles.

La circunstancia anterior surge porque una forma de mantener en positivo el balance económico de los aprovechamientos consiste en aumentar los beneficios mientras que los costes se mantienen aproximadamente iguales y esto se consigue cortando algo más de madera por unidad de superficie. De forma parecida, las podas excesivas degradaron buena parte de los encinares adehesados, una vez que el precio de la leña se situó por debajo de cierto umbral.

En segundo lugar, debe recordarse que la demanda de los bienes de mercado está en manos de los consumidores, es decir, todos nosotros podemos contribuir a reducir, reutilizar y reciclar los productos de la madera y sus derivados (las famosas 3R). Ésta es una actitud personal irrenunciable para todos los conservacionistas y una herramienta adecuada para disminuir la presión maderera sobre los bosques.

Finalmente, los problemas de desabastecimiento también se superan aumentando la oferta. En nuestro caso, se trataría de seguir incrementando la superficie arbolada mediante las correspondientes obras de restauración forestal.

Especies diferentes y madera muerta

Fuera de las reservas forestales, y por tanto dentro de las zonas explotadas, se pueden adoptar medidas sencillas que favorecen el mantenimiento de la biodiversidad. Hay, sin ir más lejos, dos aspectos esenciales para la conservación que se pueden aplicar a cualquier tipo de bosque, independientemente de sus características naturales o método de gestión. Se trata del respeto a las especies diferentes de la principal y del mantenimiento de una cierta cantidad de madera muerta.

Los gestores forestales denominan especie principal a ésa de la que procede la mayor parte del beneficio económico que proporciona el monte. Tradicionalmente, las especies principales se han favorecido en detrimento del resto de árboles sin aprovechamiento comercial. Fue el caso de los arces, serbales y tejos en las sierras de Cazorla-Segura o del rebollo, todavía hoy día, en diferentes pinares del Sistema Ibérico. Allí en donde las coníferas y frondosas pueden coexistir, la biodiversidad se ve muy favorecida en las masas mixtas, no sólo por la variedad de árboles en sí, sino por la gran cantidad de insectos asociados a cada especie arbórea en particular. En consecuencia, la promoción de las masas mixtas resulta muy conveniente.

Desde el punto de vista del aprovechamiento económico, normalmente centrado en las coníferas, las frondosas no siempre constituyen un impedimento, pues, por ejemplo, las semillas de conífera encuentran una mejor cama para su arraigo en las porciones de suelo mejorado por el humus de frondosa. Debe recordarse que todo lo relacionado con la regeneración de la especie principal constituye a menudo una obsesión para el gestor de montes.

Además, debido a su escasez, varias especies de frondosas están protegidas por la ley en diferentes Comunidades Autónomas. Las especies escasas han resultado siempre muy atractivas para la realización de campañas de educación ambiental. En este sentido, la plantación de frondosas autóctonas para la diversificación botánica de las repoblaciones de pino, de las que siempre hay alguna cerca, constituye una actividad interesante para su programación desde las organizaciones ecologistas.

Por su parte, la madera muerta suele ser mal vista en el interior de los montes gestionados porque se le achaca un incremento del riesgo de incendios y de enfermedades y plagas forestales. Sin embargo, este punto de vista es claramente contraproducente para la biodiversidad del bosque, ya que, por ejemplo, son miríada los artrópodos e incluso los vertebrados que encuentran alimento o refugio en este hábitat tan especial.

Los riesgos que se achacan a la madera muerta son ciertos, pero deben ser cuidadosamente valorados y matizados para cada monte en particular. El problema no es tan grave en relación con los incendios forestales, pues debe recordarse que los tratamientos selvícolas preventivos se realizan de forma puntual en localizaciones estratégicamente elegidas. Nadie conocedor de la ecología forestal realizaría tratamientos preventivos sobre toda la superficie del monte, porque, entonces, el bosque dejaría de ser tal para convertirse en una suerte de parque urbano (recuerdo ahora la correlación que el presidente Bush hizo entre la abundancia de árboles y la ocurrencia de incendios forestales en Estados Unidos).

Gran parte de los organismos que bajo determinadas condiciones favorables dan lugar a explosiones graves de plaga o enfermedad viven de los árboles moribundos o recién muertos. La eliminación de este material se ha realizado siempre en los bosques explotados como una medida de profilaxis, pero el riesgo real depende mucho del estado de conservación del ecosistema forestal. Todos los ecosistemas forestales templados soportan naturalmente una presencia importante de árboles muertos, sin que ello constituya una disfunción del ecosistema. Por ello, siempre debería evaluarse si una explosión de plaga o enfermedad se debe nada más que a la presencia de un cierto número de árboles moribundos o es, más bien, la consecuencia de una mala gestión global del bosque.

El inconveniente de la eliminación sistemática de la madera muerta radica en que muchas especies que no son plaga o enfermedad también se eliminan. En ocasiones, estas especies están protegidas por la ley y su maltrato constituye un delito.

La madera muerta de grandes dimensiones es la que menos abunda en el bosque, simplemente porque también escasean los árboles vivos de gran tamaño. Sin embargo, la importancia de esta madera es tanta que en muchos manuales de conservación se explica la forma de matar a los árboles y que estos permanezcan en pie, tal y como si hubieran muerto de forma natural.

Árboles grandes

Los bosques explotados no contienen árboles de gran tamaño porque los árboles se apean en una etapa de madurez joven. Es decir, se cortan a una edad relativamente temprana, que supone nada más que una pequeña fracción de su longevidad potencial. Esto se hace para aprovechar la mayor tasa de crecimiento de los árboles jóvenes y, de ese modo, obtener más madera en el menor tiempo posible. Desgraciadamente, esta práctica razonable desde el punto de vista económico es perjudicial para la biodiversidad, pues impide la formación de bosques maduros. De hecho, muchas especies propias de los bosques maduros desaparecen en los montes permanentemente rejuvenecidos mediante las prácticas de aprovechamiento forestal más habituales.

La ciencia forestal tradicional es capaz de acomodar fácilmente una cierta cantidad de árboles gruesos en los planes de gestión forestal (masas con reserva o masas irregulares), demostrándose que, con frecuencia, los problemas ambientales son más de voluntad que de falta de medios. Abundando en esta idea, podemos recordar que las poblaciones de buitre negro y de águila imperial se han incrementado claramente durante los últimos veinte años en los montes de Valsaín (Segovia), realizando medidas de gestión muy sencillas que no han interferido significativamente con el aprovechamiento forestal de dichos montes.

Los ecologistas pueden contribuir a la conservación de los árboles de gran tamaño promoviendo su protección, en base a la singularidad que representan. Por su parte, la Asociación Española para la Gestión Forestal Próxima a la Naturaleza (www.prosilva.org.es) ofrece una alternativa a la acción de cortar los árboles una vez que han alcanzado una edad predeterminada. Su propuesta consiste en cortar los árboles que ya no cumplen con ninguna de tres funciones principales: de producción, de ayuda a la producción o de conservación del ecosistema, cualquiera que sea su edad.

La ciencia forestal tradicional pone algunos reparos a la alternativa anterior. Por ejemplo, al cortar los árboles a una misma edad es más fácil obtener estructuras poblacionales equilibradas como objetivo a largo plazo. Estas estructuras equilibradas se interpretan como una señal de vigor y persistencia del bosque, pero se ha de mostrar cautela. Las perturbaciones naturales que destruyen los árboles adultos y permiten el arraigo y crecimiento de los jóvenes presentan una importante componente aleatoria tanto en el tiempo como en el espacio y, aunque finalmente crean estructuras equilibradas, éstas deben identificarse a la escala del paisaje y no de la unidad de gestión o de una propiedad forestal. La planificación de la gestión a escala de paisaje es necesaria para la correcta conservación de la biodiversidad, y puede realizarse en el marco de los Planes de Ordenación de los Recursos Forestales establecidos por la nueva Ley de Montes.

En relación con las leyes de conservación, debe recordarse que los bosques no sólo producen madera y otros productos con precio de mercado (corcho, caza, etc.), sino que también proporcionan beneficios clave para la sociedad, tales como la cosecha de agua o la disminución del riesgo de avenidas. Pese a su importancia, estos beneficios económicos no repercuten actualmente sobre el propietario del bosque y, en consecuencia, sobre el bosque en sí. Por ello, parecería de justicia que el país pudiera devolver al bosque lo que recibe de él mediante una adecuada política de exenciones fiscales y de subvenciones, que aumente el interés de los propietarios por sus propias fincas y que, en general, promueva el premio a los buenos propietarios antes que el castigo a los malos.

A título personal, se puede contribuir en el sentido anterior adquiriendo madera certificada. Los ecologistas apoyan el sistema de certificación FSC, del que actualmente existen unos estándares españoles. Vale la pena consultarlos (www.wwf.es), porque muestran de una forma aplicada cómo todo lo dicho anteriormente se plasma en un modelo de gestión forestal con repercusión sobre el mercado de la madera.




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