Un planeta de metrópolis

En el último siglo se ha producido un crecimiento inusitado de la población, de la urbanización y de la creación de grandes ciudades en todo el mundo. Esta dinámica ha sido factible por la disponibilidad de petróleo, pero el previsible declive de esta energía plantea serias dudas sobre la viabilidad de este modelo metropolitano.

Ramón Fernández Durán, Ecologistas en Acción [1]. El Ecologista nº 60

En el siglo XX se ha dado un intenso crecimiento demográfico, sin precedentes en la historia de la Humanidad. La población prácticamente se cuadriplicó en este periodo, pasando de 1.600 a 6.200 millones de habitantes. Esto es, los seres humanos tardaron más de 150.000 años en ser mil millones (en torno a 1830), y poco menos de doscientos años en añadir cinco mil millones más, concentrándose el grueso de ese crecimiento demográfico en el pasado siglo, en especial en su segunda mitad.

Este crecimiento no hubiera sido posible sin la explotación de los combustibles fósiles, y muy en concreto sin la utilización del petróleo, que es la energía que en mayor medida ha contribuido a incrementar la capacidad de carga sobre el territorio, garantizando el abastecimiento y el funcionamiento de un mundo en proceso acelerado de urbanización, a través sobre todo de la agricultura industrializada y el transporte motorizado.

Urbanización disparada

La urbanización del planeta se ha disparado en estos últimos 100 años, pasando la población urbana de un 15% en 1900, unos 250 millones de personas, a cerca del 50% en 2000, esto es, más de 3.000 millones de personas. Es decir, mientras que la población total se multiplicaba sólo por cuatro en cien años, la urbana aumentaba más de doce veces en el mismo periodo. Un ritmo tres veces superior. Y este ritmo se aceleró sensiblemente en los últimos cincuenta años del siglo, al tiempo que el oro negro se convertía en el régimen energético dominante a escala global. No en vano 3/4 partes del petróleo global se consume en las áreas urbanas, especialmente en las metrópolis de los espacios centrales (occidentales).

Pero si consideramos la población de las principales ciudades del mundo, o mejor dicho las metrópolis, el crecimiento fue aún mucho más intenso. En 1900 había unas diez metrópolis en el planeta que sobrepasaban el millón de habitantes, casi todas en los países centrales. En 2000 eran ya unas 400 metrópolis las que superaban el millón de habitantes, de las cuales cerca de 70 megaciudades, o regiones metropolitanas, por encima de los diez millones de habitantes. En la actualidad hay ya casi 500 metrópolis millonarias. De éstas, unas son ciudades globales centrales y otras megaciudades miseria periféricas, y otras más en los grandes Estados emergentes combinarían una mezcla de ambas extremos, como luego veremos. Finalmente, 5 de estas grandes conurbaciones se situaban por encima de los 20 millones de habitantes: México DF, Sao Paulo, Seúl, Tokio y Nueva York. Sólo México DF tiene un volumen de población (unos 24 millones) similar a toda la población urbana que existía en el mundo al inicio de la Revolución Industrial.

Así pues, la expansión del crecimiento metropolitano en el pasado siglo ha sido impresionante, multiplicándose el número de metrópolis millonarias por cuarenta, casi cuatro veces más rápido que el ritmo de urbanización, y diez veces más rápido que el crecimiento demográfico. Sin lugar a dudas podemos afirmar que el siglo XX ha visto cómo la forma metrópoli proliferaba y se extendía sin control por el mundo entero. Sin embargo, si consideramos el espacio tocado por el proceso urbano-metropolitano la cifra aún se dispararía muchísimo más. Y es que las dinámicas urbanizadoras han ido adoptando un carácter cada vez más disperso o en mancha de aceite, generando la llamada ciudad difusa, ciudad estallada, o urban sprawl, y provocando un impacto territorial sobre el planeta sin parangón en la historia. Y todo ello ha conllevado asimismo una expansión sin precedentes de la movilidad motorizada, por tierra, mar y aire, garantizada por los derivados del petróleo, lo que ha convertido al transporte en el núcleo duro de la crisis ecológica global.

En su expansión y propagación a lo largo del siglo XX, la forma metrópoli se manifestó en la primera mitad del siglo especialmente en los países centrales, y muy en concreto en Occidente. Las principales metrópolis en 1900 eran Londres y París, seguidas de cerca por Nueva York. La ciudad vertical por excelencia, que irrumpía con fuerza por aquel entonces, y que luego se iría extendiendo en menor medida por los espacios centrales, implicaba un intenso consumo energético eléctrico para garantizar la movilidad vertical de sus habitantes. La demanda de energía eléctrica se dispararía activada, además, por la generalización de la iluminación artificial urbana y la extensión de la segunda revolución industrial.

En la segunda mitad del siglo, en cambio, la forma metrópoli va a proliferar principalmente en el Sur y especialmente en los Estados periféricos emergentes del nuevo capitalismo global, y en particular en China e India, como resultado de diversos factores: industrialización, fuerte desarticulación del mundo rural y explosión demográfica. Pero este proceso está marcado en general por una urbanización de carácter dependiente de las dinámicas centrales. De entre todos los crecimientos urbano-metropolitanos cabe destacar el caso de China, donde desde hace algo más de dos décadas se está dando el mayor proceso de migración de masas y de urbanización que el mundo haya conocido jamás, con centenares de millones de personas migrando en pocos años desde el interior del gigante asiático hacia las metrópolis de su fachada del Pacífico.

Así, las principales megaciudades del mundo en términos demográficos se encuentran hoy en día, en general, fuera de los espacios occidentales. Las dos principales metrópolis de principios del s. XX, Londres y París, a pesar de su fuerte crecimiento durante el siglo, han sido desplazadas bruscamente al puesto 23 y 26 del ranking mundial, respectivamente. En la actualidad el grueso del crecimiento urbano-metropolitano desde el punto de vista demográfico tiene lugar en el Sur, y fundamentalmente en torno al Pacífico y al Índico, en el este y sureste de Asia. Sin embargo, aunque las principales metrópolis centrales no ocupen los primeros lugares del ranking en cuanto a población, sí se siguen manteniendo en cabeza (todavía) en cuanto a importancia económica y sobre todo financiera.

Además, no son en absoluto comparables las grandes metrópolis del Centro y las megaciudades periféricas, pues en estas últimas a menudo más de la mitad de su población vive hacinada en situaciones de absoluta miseria, en tejidos urbanos enormemente degradados y sin ningún tipo de servicios. Más de 1.000 millones de personas, de los más de 3.000 millones que habitan en áreas urbanas en el mundo, viven en esos gigantescos tejidos de infravivienda, habiendo sido expulsadas la gran mayoría de ellas hacia las megaciudades periféricas por la modernización forzada del mundo rural. En algunos casos, como en Colombia, manu militari. En definitiva, este mundo crecientemente urbanizado es a su vez, cada vez más, un planeta de ciudades miseria, como nos recuerda Mike Davis.

Pero también se dan otras importantes diferencias entre los territorios del Centro y de la Periferia del nuevo capitalismo global. En los espacios centrales en torno a las 4/5 partes de su población habita en áreas urbanas, teniendo una muy baja población empleada agraria (menos del 3% en EE UU, algo superior al 5% en la UE, y algo similar acontece en Japón). Además, la agricultura que se da en estos espacios centrales es casi en su totalidad una agricultura sin campesinos, muy industrializada y dependiente del petróleo, que utiliza una mano de obra inmigrante, en muchos casos clandestina o ilegal, en condiciones de hiperexplotación y semiesclavitud.

En los espacios periféricos, sin embargo, la situación es muy diversa. Así, tenemos desde Estados agroexportadores como Argentina o Brasil con porcentajes de población urbana parecidos a los espacios centrales –en torno a un 80% del total, con gran presencia del agrobusiness–, a grandes Estados como India y China que a pesar de su fortísimo crecimiento urbano todavía más de la mitad de su población habita en el mundo rural tradicional –si bien este mundo está siendo fuertemente desarticulado y se ve cada vez más afectado por la agricultura industrializada–. Y finalmente, existen aún espacios periféricos en Asia, África y en menor medida América Latina, donde una amplia mayoría habita en los mundos campesinos e indígenas que sobreviven.

Un futuro incierto

Este es el mapeo a brocha gorda de los procesos de urbanización en el mundo. Pero es conveniente resaltar que los procesos de urbanización no se producen de forma natural, sino que son impulsados desde las estructuras de poder, están activados por la lógica del mercado (mundial, regional y estatal) que los promueve, están condicionados por las dinámicas territoriales y poblacionales históricas previas sobre las que operan, y son tributarios de un enorme consumo de energía fósil, que los hace factibles.

De cualquier forma, el inicio del fin de la era de los combustibles fósiles –en el que todo indica que estamos a punto de entrar, debido a la llegada del llamado pico del petróleo–, pondrá fin a la expansión urbana a escala mundial, que ha sido especialmente intensa a lo largo de todo el siglo XX, y en especial en los últimos 30 años. Igualmente, el declive energético planetario impactará con especial fuerza en las metrópolis y sobre el transporte motorizado y la agricultura industrializada. Todo ello se verá agravado por las crisis globales financiera, económica y alimentaria en marcha, con fuertes interrelaciones asimismo con la crisis energética mundial, y sus efectos se manifestarán también con especial intensidad en las metrópolis, que pasarán de ser los puntos fuertes del territorio a convertirse en sus enclaves más frágiles e ingobernables.

En definitiva, es muy probable que veamos a medio y largo plazo una regresión hacia un mundo menos urbanizado, menos industrializado y menos globalizado, así como más ruralizado y más localizado, con una brusca contracción de la movilidad motorizada mundial.




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