Las aves de los espacios abiertos

Las aves que habitan las campiñas, las dehesas abiertas y los ralos espartales y tomillares, estepas naturales, son las conocidas como aves esteparias. Se trata de un heterogéneo grupo ecológico que presenta una enorme diversidad de origen con representación de, al menos, 14 familias. En los últimos años, los cambios en los usos agrícolas están poniendo en dificultades a muchas de estas aves.

Juan Manuel Delgado Marzo, Doctor en Biología. El Ecologista nº 57

Existe toda una gradación de tipos de aves en función de su grado de especialización a la vida en los medios esteparios: desde las indudables avutarda y sisón, que apenas se conocen lejos de las zonas esteparias, hasta otras como la canastera o el buitrón que se encuentran al límite de lo que se debe entender dentro de este tipo ecológico. Por supuesto, se pueden encontrar todo tipo de formas intermedias hasta completar un grupo de entre 20, 30, 35, o más especies, en función de lo estricto que se quiera aplicar el criterio. Pero en este grupo siempre estarán el alcaraván, la ganga ibérica, el aguilucho cenizo, el cernícalo primilla, la perdiz roja, la codorniz, la carraca, el camachuelo trompetero, la calandria, las terreras común y marismeña, las collalbas rubia, gris y negra, las cogujadas común y montesina o el triguero.

Aunque no sean esteparias estrictas, es un hecho que los espacios abiertos son lugar de encuentro frecuente de otras aves como tarabillas, jilgueros, pardillos, gorriones morunos, estorninos, grajillas, alcaudones reales, cernícalos vulgares o elanios. Además, el invierno hace esteparias temporales a muchas aves que tampoco tienen por qué tener tal consideración. Es el caso de las grullas, avefrías, chorlitos dorados, bisbitas comunes, aguiluchos pálidos o esmerejones, contribuyendo a enriquecer unos espacios con mucha más vida de lo que muchas veces se piensa.

También existe una enorme diversidad en los tipos de hábitats que acogen aves esteparias. Desde el punto de vista ecológico, nada tiene que ver un campo de cereal del Valle del Guadalquivir con un atochar de Los Monegros, o con el pastizal pobremente arbolado de La Serena. Y desde el punto de vista de la gestión, tampoco existen muchos puntos en común. Tal es así, que puede incluso resultar que lo que es propicio para las aves que habitan uno de estos tipos de estepa, llegue a ser contraproducente para otras.

Algunas especies son prácticamente exclusivas de alguno de estos tipos de hábitat, como la alondra de Dupont o ricotí (Chersophillus duponti), pero un buen número de ellas se encuentra indistintamente en cualquiera de estos medios.

Descenso en las poblaciones

En Europa se ha detectando un acusado descenso en las poblaciones de estas aves. Aunque España se mantiene entre los países con menor grado de declive, no debemos olvidar que la Península Ibérica es un lugar privilegiado en el contexto europeo, al contar tanto con el mayor número de especies esteparias, como con las mejores poblaciones de muchas de ellas. Son ejemplos nítidos los de la mencionada alondra ricotí, las gangas ortega e ibérica, la collalba negra, la cogujada montesina o del camachuelo trompetero, cuyos efectivos europeos son casi exclusivamente ibéricos, con más de un 95% de la población en suelo español (100% en algunos casos) o la nada despreciable presencia de cernícalo primilla, perdiz roja, sisón, collalba rubia, avutarda común, canastera común, terrera común, bisbita campestre y curruca tomillera; todas con un mínimo del 50% con respecto al total de Europa.

Y ello, sin tener en cuenta la parte africana de España, las Islas Canarias, donde se incorporan especies como el bisbita caminero o la avutarda hubara.

Aún así, la conservación de las zonas esteparias se encuentra actualmente en una situación difícil. Los cambios en la política agraria y en el entramado social del mundo rural están ocasionando cambios de cultivos y la desaparición de muchos usos y prácticas tradicionales, lo que supone un cambio importante en la gestión de estos ecosistemas, llevando a la desaparición a ciertos paisajes o a la modificación de sus características ecológicas. Al tiempo, la imagen social de las estepas naturales como terrenos baldíos, en proceso de desertización, es el origen de actuaciones que son incompatibles con la conservación de sus valores ecológicos, como la implantación de cultivos arbóreos o plantaciones forestales.

De todas estas aves, quizás, las que menos atención han recabado por parte de los estudiosos y conservacionistas son los paseriformes. Sin embargo, este grupo de pequeñas aves es uno de los que ha experimentado un mayor declive poblacional, bien datado desde las décadas de los 60-70 en Europa central y Gran Bretaña, donde la intensificación de la agricultura ha hecho raras especies muy abundantes antaño, como la alondra común o el triguero.

Quizás por la falta de estudios específicos, o bien a causa de lo nutrido de sus poblaciones, es un hecho poco patente en suelo ibérico. Pero hay pistas de que el proceso está en marcha. En el Libro Rojo de las Aves de España, ya se indica que las dos terreras y la alondra ricotí han experimentado una gran disminución en los últimos años y, quizás, el resto les siga en breve.

Aunque sean mucho más aparentes los problemas que se detectan en los sisones, ortegas, aguiluchos y avutardas, no conviene olvidarse de sus vecinos menores que, en algunos casos, son tan escasos o más que estas vistosas aves que, intuitivamante, parecen más importantes, cuando es sabido que la mayoría de las especies suele tener un valor similar en los ecosistemas.

Cambios de usos agrícolas

Pero ¿qué está pasando? ¿Por qué desaparecen estas aves? Como corresponde a la variedad de los hábitats considerados esteparios, la respuesta no es única. En lo que respecta a las prácticas agrícolas destacan por su efecto negativo la implantación de regadíos, el masivo empleo de biocidas, la destrucción de linderos, disminución de la superficie en barbecho y pérdida de la alternancia de cultivos. En localidades concretas también tiene una gran repercusión la implantación de cultivos forzados bajo plástico. Igualmente drástica es la transformación de los secanos a cultivos arbóreos, hecho de gran importancia en Andalucía.

El cernícalo primilla ha perdido muchas colonias debido a las obras de restauración de edificios históricos, pero también a causa de la demolición de construcciones aisladas en la campiña, lo que, por ejemplo, también afecta a la carraca.

En las estepas naturales, el principal problema radica, simplemente, en su destrucción, que se puede concretar a través de actuaciones de reforestación (aunque sean enclaves que, por causas naturales, no son un bosque desde hace milenios) o por la puesta en cultivo de los terrenos más llanos y propicios para ello (ejemplo de cómo lo que es necesario para conservar una estepa –la campiña– es muy perjudicial en este caso).

Ante esta situación se plantea la lógica interrogación, ¿cómo frenar este declive? De nuevo, la solución no es única. Pero tampoco parece imposible. A continuación se relacionan una serie de ideas al respecto, que no por reiterativas con otros textos dejan de ser importantes:

  • Evitar cambios drásticos en el uso de estos hábitats (urbanización, cultivo bajo plástico, regadíos, reforestación...).
  • No roturar las estepas naturales.
  • Establecer barbechos de uno a tres años.
  • Respetar las lindes.
  • Introducir leguminosas de grano y forrajeras en la rotación.
  • Retrasar la fecha de cosecha.
  • Mantener el rastrojo hasta la siembra siguiente.
  • Elegir entre las variedades de cereal las de ciclo más largo.
  • Cosechar sólo con luz solar.
  • Usar semillas blindadas sólo con productos de baja toxicidad.
  • Emplear productos de baja toxicidad (AAA o AAB) y en las dosis recomendadas (mejor aún, aplicar los principios de la agricultura ecológica).
  • Ofrecer alternativas para la nidificación de las especies trogloditas (primilla, carraca...).
  • Promover el uso ganadero de estos territorios, pero evitar la presencia de ganado en los meses de abril y mayo.
  • Promover la presencia de puntos de agua en las zonas más secas.

Muchas de estas medidas pueden sonar a utopía para las personas que viven de explotaciones agrícolas y ganaderas, pero es responsabilidad de las Administraciones públicas poner en marcha los programas de ayudas, subvenciones, compensaciones, o los incentivos que se quieran arbitrar, para fomentar tales actividades. Y no es una petición que se realiza a título individual. Las directrices para el Desarrollo Rural que marca la Unión Europea deben de interpretarse en esta línea. Destacan en este sentido las inversiones no productivas, particularmente indicadas para la conservación de la biodiversidad.

Por otro lado, la puesta en marcha de la red Natura 2000, en lo que afecta a estos espacios, requiere de un respaldo económico muy importante para compensar los costes o pérdidas de renta resultantes de la aplicación de la Directiva de Aves y la Directiva de Hábitats.

A modo de epílogo, conviene poner de manifiesto un hecho: al contrario de lo que ocurre en las aves más montaraces o forestales, el futuro de las esteparias está íntimamente ligado al de las personas que habitan estas tierras, ya que es nuestra especie el más característico representante los mamíferos esteparios ibéricos. Y si las aves que habitan nuestro hábitat tienen problemas, no debemos descartar que en un futuro próximo también los tengamos nosotros.




Visitantes conectados: 395