Montañas y cambio climático

Todos los estudios coinciden en que los efectos del cambio climático serán especialmente críticos sobre la fauna, flora, suelos y recursos hídricos y forestales de las montañas. Urgen, por tanto, estrategias decididas de protección y conservación de las montañas, anticipándose a las situaciones por venir. Pero hasta ahora los planes oficiales sólo se limitan a la valoración de los problemas que está causando y causará el cambio climático a los espacios de montaña.

Rosa Fernández-Arroyo, presidenta Asociación RedMontañas. El Ecologista nº 54

En julio de 2003, varias avalanchas de roca y nieve barrieron diversas vertientes del emblemático Cervino, en Suiza. Como resultado, más de setenta escaladores tuvieron que ser rescatados en helicóptero: la mayor evacuación en masa de la historia del montañismo. Un año antes, en el Cáucaso ruso, alrededor de ciento cincuenta personas murieron cuando un enorme desprendimiento procedente del glaciar de Maili impactó sobre la aldea de Karmadon.

Por todas partes, los seculares procesos de erosión y fragmentación de las formas del relieve de las montañas parecen estar acelerándose y cobrando impulso. Las rocas y masas de hielo se desprenden y los glaciares se funden. Comparemos la realidad actual de nuestros familiares glaciares del Vignemale, el Aneto o el Monte Perdido con esos panoramas para el recuerdo de hace sólo unas décadas. Una transformación que ha sucedido dentro del rango temporal de la experiencia de sus testigos, los visitantes humanos.

Se funde el cemento de las montañas

Los científicos avisan que las montañas se encuentran entre las áreas que experimentarán con más fuerza el fenómeno del cambio climático, y los acontecimientos hace tiempo que les dan la razón. En los macizos de los Alpes como en muchas otras montañas del mundo, la costra de suelo congelado que es el permafrost, y que mantiene soldados entre sí los inmensos bloques, caras y pilares de roca de las montañas –y al que también están ancladas las pilonas y estaciones de los teleféricos y otras infraestructuras de las montañas– se está descongelando, provocando inestabilidad de las masas glaciares y desprendimientos que ya han provocado diversos accidentes.

Y en el futuro todos estos procesos irán en aumento, resumió recientemente en Zurich la International Permafrost Association, que cada cuatro años congrega a los más relevantes climatólogos, ingenieros civiles y geólogos para intercambiar información y datos acerca de las capas de hielo que cubren el suelo de las regiones más frías del mundo.

Efectos de largo alcance

Un estudio presentado este mismo año 2007 por científicos del CSIC dirigidos por el geógrafo David Nogués, analiza los cambios que previsiblemente tendrán lugar en las montañas de todo el mundo como efecto del cambio climático, en función de diversos escenarios posibles de emisiones de gases de efecto invernadero. Las montañas, refuerza este estudio, se cuentan entre los ecosistemas más frágiles del planeta. Son áreas de alta importancia para la biodiversidad, reuniendo múltiples endemismos, especies y ecosistemas, pero además tienen un papel vital como almacenes de agua y proveen múltiples servicios, tangibles e intangibles, no sólo a sus habitantes –aproximadamente un 26% de la población mundial habita en las montañas– sino que su influencia excede ampliamente la de sus límites geográficos, hasta el punto de que más de la mitad de la humanidad depende de un modo u otro de los recursos y servicios de las montañas.

El calentamiento del clima afectará fundamentalmente a la distribución de las especies alpinas y a la propia supervivencia de muchas de ellas, así como a la retirada de los glaciares y a la alteración de los ciclos hidrológicos. El estudio del CSIC predice para las montañas una tasa de calentamiento que como mínimo duplicará la del pasado siglo. Esto se traducirá en un ascenso de las isotermas de entre 380 y 550 metros en las montañas de latitudes medias de Europa y Norteamérica, dependiendo del escenario de emisiones.

Se prevén, por tanto, consecuencias importantes sobre la dinámica de los recursos hídricos, ya que habrá menos acumulación invernal de hielo y nieve y por tanto el caudal de los ríos en primavera se verá reducido y por la misma razón se verán alterados los mecanismos de recarga de los acuíferos. El estudio señala que en los países áridos los recursos hídricos dependientes de las montañas suponen hasta más del 90% del total, lo que da una idea de la seriedad de los probables efectos sobre el bienestar y la economía aguas abajo de las montañas. También afectará al potencial hidroeléctrico de los ríos de montaña, refiriendo los expertos una reducción de hasta un 25% de dicho potencial en los países del sur y sureste europeos. La gravedad de los efectos del cambio climático para las poblaciones humanas será más crítica en los países más pobres, debido a su inferior capacidad de adaptación.

El estudio del CSIC coincide con muchos otros autores y previsiones económicas (como el reciente informe de la OCDE para las estaciones alpinas europeas) en que el negocio del esquí dejará de ser viable en muchos lugares, especialmente por debajo de los 2.000 metros de altitud. Esto, indica el propio David Nogués, “supone una advertencia muy seria para una industria turística que mueve setenta millones de turistas en los Alpes en un solo año. Y esta situación es perfectamente extrapolable a la industria del esquí en España”. Una conclusión importante de todo esto es que los beneficios económicos ya no podrán servir de argumento para justificar el elevado impacto ambiental impuesto por la construcción o ampliación de las instalaciones dedicadas al esquí alpino.

Estudios y planes en España

El Ministerio de Medio Ambiente puso en marcha el llamado proyecto ECCE, Efectos del Cambio Climático en España, bajo el que se realizó un concienzudo estudio sobre dichos efectos [1]. Como era de esperar, a través de los distintos apartados de este estudio se reitera que los efectos del cambio climático serán especialmente críticos sobre la fauna, flora, suelos y recursos hídricos y forestales de las montañas.

Tomando como base, entre otros, los resultados de este estudio, salió a la luz en 2006 el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático (PNA) aprobado por la Comisión de Coordinación de Políticas de Cambio Climático y el Consejo Nacional del Clima [2]. Se asume que muchos sectores y sistemas ecológicos, económicos y sociales en España son vulnerables en mayor o menor medida al cambio climático, de tal modo que el PNA ha de ser el marco general de referencia para las actividades de evaluación de impactos, vulnerabilidad y adaptación al cambio climático.

Con valorar no basta

Para las zonas de montaña (sin duda es significativo su reconocimiento como un sector clave) el PNA señala un horizonte temporal “subjetivo” de actuación de 10 a 100 años (cuando entiende que, por ejemplo, el horizonte para “Salud humana” es de 1 a 20 años). Después de reconocer que “todas las evaluaciones de impacto realizadas hasta el momento reconocen a las zonas de montaña entre las áreas más vulnerables al cambio climático”, el PNA se limita a señalar como prioritarias las dos líneas de actuación siguientes: “cartografía de impactos al cambio climático en los principales sistemas montañosos españoles” y “desarrollo de una red de seguimiento del cambio climático en la alta montaña española”.

Por su parte, el Primer Programa de Trabajo de Adaptación al Cambio Climático, actualmente en curso, ha seleccionado para entrar en materia tres áreas transversales fundamentales: recursos hídricos, biodiversidad y zonas costeras. Para el caso de la biodiversidad, el objetivo del programa es “identificar los hábitat y los taxones españoles más vulnerables al cambio climático en España, y estimar su capacidad de adaptación al mismo durante el siglo XXI.”

En opinión de la Asociación RedMontañas, ni los objetivos del PNA para el caso de las áreas de montaña ni los del Primer Programa en lo que se refiere al ámbito de la biodiversidad española son lo suficientemente anticipativos al limitarse en exceso al aspecto valorativo de los problemas que está causando y causará el cambio climático a los espacios de montaña. Falta la integración de las numerosísimas recomendaciones y medidas para las distintas políticas que, según los resultados del ECCE, habrían de empezar a aplicarse cuanto antes en las áreas de montaña si lo que se desea es prevenir males mayores para su biodiversidad y sus ecosistemas, y por tanto para los recursos y servicios ambientales que de las zonas de montaña se derivan.

Según el estudio del ECCE, sería muy conveniente la catalogación o creación de “zonas o áreas especialmente sensibles al cambio climático” para aquellas áreas con ecosistemas originales únicos o especies amenazadas o endémicas que no tengan opción para desplazar su hábitat y puedan sufrir extinción. Los territorios de alta montaña, señala el estudio, ejemplifican perfectamente estas zonas.

En resumen, se echa de menos por parte de nuestras autoridades ambientales una percepción clara del papel de las áreas de montaña dentro del contexto de la conservación, de la economía y de las expectativas y requerimientos sociales. Quizás por eso no existe, o se pospone, la voluntad clara de anticiparse en lo posible a la degradación de estos sistemas naturales por causa del cambio climático. No es posible –y menos con la calma con que se están acometiendo las medidas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero– conseguir que bajen las temperaturas, que nieve más o que la nieve se mantenga en las cumbres por más tiempo. Pero sí existen conocimientos, recursos y herramientas normativas para empezar ya a trabajar para mejorar la salud y la capacidad de adaptación de los ecosistemas de montaña, impidiendo al mismo tiempo los usos que las afecten negativamente y contribuyan a su degradación irreversible.

Si pensamos que en Reino Unido funciona desde hace casi una década un Programa Nacional para los Impactos del Clima, o que la propia Angela Merkel ya dijo en Davos que, de proseguir el cambio climático, “nuestros hijos ya no verán las nieves en las montañas alemanas y no sabemos si seguirán creciendo los robles en España”, conviene preguntarse si en este país no deberíamos estar, ya hace mucho tiempo, poniéndonos las pilas.

Glaciares que se encogen, plantas que ascienden

  • El Kilimanjaro ha perdido el 82% de su casquete helado desde 1912. Tanto los Alpes europeos como las montañas del Cáucaso han perdido la mitad de su masa helada a lo largo del siglo pasado. Los glaciares de Nueva Zelanda han encogido un 26% desde 1890, y en los miles de glaciares de la cordillera de Tien Shan, fronteriza entre China y Rusia, un 22% del volumen de hielo ha desaparecido a lo largo de los últimos 40 años.
  • El glaciar Qori Kalis, en Perú, se retiró una media anual de cuatro metros entre 1963 y 1978. Pero en 1995 dicha media era de 30 m/año. En las montañas andinas, como en el reino de Bhután o en los valles del Himalaya, el intenso ritmo de fusión de los glaciares multiplicará, a corto plazo, la frecuencia de las avenidas de agua y el desbordamiento de los ríos, provocando tragedias humanas e impidiendo el adecuado control y aprovechamiento de los recursos hídricos e hidroeléctricos.
  • En treinta cumbres de los Alpes Europeos, el número de especies de plantas ha aumentado en las últimas décadas, debido al movimiento ascendente de las mismas como consecuencia de la elevación de las temperaturas. El ritmo de ascenso para las ocho especies más comunes es de cuatro metros por década. Esto mismo se está constatando, por ejemplo, en nuestras montañas del Sistema Central, en donde el piorno y los rodales de enebro ganan altitud, a costa de la superficie de los pastizales de cumbres. En Australia, ecosistemas alpinos completos podrían desaparecer en 70 años: más de 250 especies alpinas de sus cumbres no tienen ya, literalmente, a dónde ir.
Medidas recomendadas en el informe ECCE para la conservación de las montañas

  • Adopción de un marco supraautonómico para las estrategias de conservación.
  • Compromiso colectivo para la financiación de los bienes y servicios de los ecosistemas.
  • Revisión de la política de conservación y espacios protegidos, incorporándose cuanto antes los corredores ecológicos que, como se cumple en el caso de todas las áreas de montaña, aportan un amplio espectro microclimático e importantes gradientes altitudinales y latitudinales.
  • Integración de los criterios de minimización de la fragmentación y degradación de los hábitats en las políticas de ordenación del territorio.
  • Evaluación ambiental estratégica como marco más idóneo para la valoración de los impactos ambientales en áreas de alto valor ambiental.
  • Consideración de las interacciones entre los efectos ambientales de los proyectos y los impactos derivados del cambio climático.
  • Gestión forestal adaptativa, y en general prácticas agrosilvopastorales en la que la conservación de los suelos y la biodiversidad, y la regeneración después de incendios, cobren primacía frente a los criterios productivistas.
  • Control de usos del suelo en las zonas de recarga de los acuíferos y control de los usos de las aguas superficiales y subterráneas. El estudio señala en concreto la incompatibilidad del aprovechamiento intensivo del esquí con la conservación de las áreas de montaña, desaconsejándose explícitamente el uso de aguas subterráneas para la fabricación de nieve artificial.

Notas y referencias:
- MCCARTHY, J.J., et al. (eds.) 2001: Climate Change 2001: Impacts, Adaptation, and Vulnerability: Contribution of Working Group II to the Third Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change, Cambridge University Press.
- NOGUÉS-BRAVO, D., et al., Exposure of global mountain systems to climate warming during the 21st Century. Global Environmental Change (2007), doi:10.1016/j.gloenvcha.2006.11.007




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