Los pastizales mediterráneos

Muchos de los pastizales la Cuenca Mediterránea tienen carácter ‘seminatural’, es decir, son producto de una cultura milenaria que ha encontrado aquí bienes y servicios esenciales durante toda su historia. Productores de alimento, materias primas diversas y constituyentes de un paisaje valiosísimo, muchos de estos pastizales son reservorios de agua y materia orgánica en el suelo, jugando un papel decisivo en el ciclo del carbono y dinámica del clima. Sin embargo, sabanas, estepas, praderas y pastizales son los grandes olvidados en los acuerdos internacionales sobre el cambio climático.

Belén Acosta y Francisco Díaz Pineda, Departamento de Ecología, Universidad Complutense de Madrid. El Ecologista nº 54

El interés por entender el balance global del carbono en la Tierra viene creciendo en las últimas décadas. Los compromisos adquiridos en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y la entrada en vigor del Protocolo de Kioto se relacionan con ello. El carbono juega un papel muy importante en el clima del planeta. Aparece en el aire como dióxido de carbono, CO2, y aunque sea muy poco abundante aquí, en comparación con otros gases atmosféricos como el nitrógeno y el oxígeno, tiene la peculiaridad de absorber el calor que emite la Tierra, una vez calentada por el Sol.

El carbono se mueve entre cuatro compartimentos globales: atmósfera, hidrosfera, biosfera y litosfera. Desde el primero se disuelve en océanos y aguas continentales. Mediante fotosíntesis es incorporado a la biosfera por la vegetación terrestre y por el plancton marino y lacustre. En los mares poco profundos sedimenta como carbonato cálcico y en esta forma aparece en las rocas calizas, constituyendo el mayor de los compartimentos de este elemento en el planeta.

En la biosfera el carbono orgánico almacena la energía que permite la vida en el planeta. La porción de ese carbono que los organismos no oxidan a CO2, liberando energía y cerrando el ciclo, termina almacenándose como carbón, petróleo o gas natural, sin función alguna para la vida en la Tierra. La quema de estos combustibles constituye, sin embargo, el motor de la economía de la noosfera, un quinto compartimento que existe en la Tierra desde que apareció en ella Homo sapiens.

La capacidad de razonamiento de esta especie (noos-) generó este nuevo compartimento como un conjunto de estructuras artificiales –poblamientos, carreteras, presas, fábricas, ferrocarriles, etc.–. Mantener el funcionamiento de estas estructuras requiere grandes aportes energéticos. La finalidad del gasto no es precisamente alimentaria. Apenas un 10% de la energía disipada por esta peculiar especie tiene una finalidad biológica. En este porcentaje existen además formidables diferencias entre unas sociedades humanas y otras. Las no desarrolladas necesitan poco más que la energía necesaria para comer: unas tres mil kilocalorías diarias por individuo. Las muy desarrolladas necesitan cien veces más.

En la biosfera existen también diferencias en la capacidad de captar energía y almacenarla. La asimilación fotosintética de CO2 condiciona la producción de biomasa vegetal. Para que aumente esta biomasa, la reducción de ese gas a carbohidrato debe superar la oxidación de éste por respiración de las propias plantas y de los herbívoros, así como la descomposición de la materia vegetal por bacterias y hongos. Las sabanas son muy capaces en la captación de CO2 y poco eficaces en su almacenamiento en la parte viva aérea –la hierba, consumida ávidamente por herbívoros–, pero almacenan gran cantidad de carbono orgánico en raíces y materia orgánica del suelo. Cuando las sabanas se explotan con cargas elevadas de herbívoros domésticos la producción vegetal se canaliza más activamente hacia la biomasa subterránea y el almacenaje de carbono en el suelo aumenta.

Por su parte, cuando los árboles ocupan un espacio vacío de vida, como el que aparece tras un incendio, el bosque que terminan generando con el paso del tiempo almacena carbono en la parte aérea y en el suelo, pero en la madurez la respiración de toda la masa viva acumulada anula la captación neta de CO2, devolviéndolo a la atmósfera. Los bosques son buenos depósitos de carbono pero no los sumideros que habitualmente se dice que son. Apenas producen oxígeno, pues lo emplean en respirar. Si la temperatura ambiente es alta y la humedad no falta la actividad microbiana es tan elevada que la producción neta de oxígeno –la incorporación neta de carbono– es nula. Esto es lo que ocurre en realidad en los bosques tropicales.

Los pastizales mediterráneos en la dinámica del clima

En el Departamento de Ecología de la Universidad Complutense de Madrid se estudian los pastizales desde hace décadas. Uno de sus primeros trabajos encontró, en 1981, que la dehesa hispana –el montado portugués– mantenía una diversidad vegetal tan alta como los bosques tropicales mejor conservados y una estructura espacial compleja que la simple observación del césped no permite apreciar. Los pastizales mantienen singulares equilibrios entre el consumo de su biomasa aérea por herbívoros vertebrados, la alta tasa de renovación de ésta y la diversidad vegetal mantenida.

La abundancia de plantas herbáceas de ciclo anual y escasa biomasa radical así como el estrés hídrico estival del ambiente mediterráneo les hace ser sumideros de carbono de baja capacidad, pero esta capacidad varía cuando decrece ese estrés y el césped se enriquece en plantas perennes, con alto desarrollo radical y elevada persistencia. En estas condiciones se registran 50 toneladas por hectárea de carbono almacenado en raíces, estructuras de resistencia y materia orgánica del suelo. No es raro encontrar valores puntuales superiores a 70 toneladas por hectárea en pastizales que mantienen una rentable carga ganadera, una diversidad vegetal considerable y una variedad notable de especies animales de todo tipo.

El papel de los microorganismos edáficos en estos ambientes es decisivo. Cuando, asociada a un menor estrés hídrico, la diversidad vegetal del pasto decrece, la riqueza en especies de hongos edáficos aumenta y con ella una llamativa capitalización de carbono en forma recalcitrante –difícilmente degradable y retornable a la atmósfera–.

El paisaje que ofrecen los pastos mediterráneos constituye, sólo por su apariencia, un paradigma de la conservación de la naturaleza. Si ocurre que, bajo esta apariencia, se producen artículos agrarios de calidad, se mantienen razas y variedades nativas de bellos animales, una diversidad biológica excepcional y, además, constituyen verdaderos sumideros de carbono, merecen mayor atención por la comunidad política oficialmente preocupada por el cambio climático.




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