Nuestra salud y el cambio climático

Nuestra salud es el enfoque cercano de la salud de lo que nos rodea. Existen nexos inextricables entre humanos y el ambiente biofísico, social y económico, que se reflejan en la salud de cada persona concreta [1]. Por ello, de los factores que influyen en los procesos salud-enfermedad, el que más peso tiene es, sin duda, el ambiente. Sus efectos sobre la mortalidad son mayores, pero también los beneficios sobre la salud son claros cuando intervenimos positivamente sobre él, por ejemplo, repartiendo equitativamente los recursos, reduciendo las desigualdades sociales por motivo de clase, género o etnia, o promoviendo entornos saludables, en los que la actividad humana se integre en el medio potenciando la diversidad y sostenibilidad de los ecosistemas.

Edith Pérez, médico, Ecologistas en Acción. El Ecologista nº 54

Desde este enfoque podemos entender cómo el cambio climático tiene y tendrá unos efectos importantísimos sobre la salud humana, que inciden además de una forma desigual sobre las poblaciones, afectando en mayor medida a aquellas más desfavorecidas socialmente y que tienen una responsabilidad menor en la emisión de gases con efecto invernadero. Estos impactos no pueden menos que ir paralelos a los que sufre nuestro planeta y los diversos ecosistemas, constituyéndose en el reflejo en las poblaciones humanas de un déficit de salud global.

El cambio climático implica problemas de salud, por una parte, por los efectos directos del cambio de temperatura y del tiempo, y por otra, por su impacto indirecto en todos aquellos elementos imprescindibles para el mantenimiento de la vida (humana y no humana): agua, aire, alimentación, tierra, biodiversidad. A lo largo del presente texto se exponen de forma consecutiva algunos de ellos, partiendo del reconocimiento de que nuestra salud está directamente ligada a nuestra facultad de controlar, desarrollar y usar nuestro medio ambiente.

Más calor y eventos climáticos extremos

Existe un efecto directo del aumento de temperatura y los cambios de tiempo en la salud. La exposición a temperaturas extremas produce variaciones en las tasas de enfermedad y fallecimientos relacionados con el calor o el frío. En el Estado español, durante la ola de calor de 2003 se produjeron un exceso de unas 6.500 muertes –muchos investigadores piensan que la cifra real es muy superior– sobre todo de mayores de 75 años. Este aumento de la mortalidad se observó también en otros países europeos como Francia –11.400 muertes–, estimándose entre 22.000 y 35.000 las muertes en toda Europa.

Las altas temperaturas pueden provocar deshidratación, golpes de calor, calambres, lipotimias, arritmias y agravamiento de enfermedades circulatorias y respiratorias. Estas últimas supusieron la principal causa de muerte. Resulta más vulnerable al calor la población anciana (tiene menor capacidad para regular la temperatura y dilatar vasos periféricos que permiten al cuerpo perder calor) y las personas con obesidad, enfermedades renales o consumo de drogas o alcohol. También incrementa el riesgo el pertenecer a una clase social baja o el hecho de tener una menor adaptación a las altas temperaturas por el tipo de clima local.

El aumento en frecuencia y/o intensidad de los eventos extremos (huracanes, inundaciones, sequías…) implica fallecimientos, desapariciones, lesiones diversas, desplazamientos de población, pérdida de la diversidad cultural y de soberanía alimentaria –como consecuencia de la desaparición de comunidades así como de superficies de cultivo–, incremento de enfermedades infecciosas, respiratorias y de la piel, y problemas de acceso al agua potable.

Los acontecimientos de este tipo llevan asociada, además, una gran cantidad de dolor y sufrimiento humano. Se trata de hechos inesperados, dañinos y especialmente traumáticos, cuyas repercusiones sobre la esfera psicológica y social son importantes, pudiendo producir sintomatología postraumática en un 15-20% de la población, y aumentando el riesgo de sufrir problemas de salud mental en los años siguientes. Las poblaciones en situación de pobreza son más vulnerables a estos fenómenos por varios motivos: por su ubicación en zonas más proclives climatológica y topográficamente, o por la menor calidad de sus viviendas e infraestructuras, la menor capacidad de respuesta y un sistema sanitario y de servicios sociales deficiente o inexistente que, a su vez, puede verse dañado.

El aumento de temperaturas potencia también los efectos nocivos de la contaminación atmosférica. Por ejemplo, la producción de ozono (al interaccionar el NO2 con la luz solar) incrementa la mortalidad y el índice de ingresos hospitalarios, y es mayor cuando las temperaturas son más altas. Éstas también favorecen una mayor generación de partículas polínicas y esporas, con el consecuente aumento de alergias, asma y descompensación de enfermedades. Las nubes de polvo y partículas, que pueden trasladarse a grandes distancias desde lugares con sequías persistentes y desiertos, producen efectos similares. Según la Organización Mundial de la Salud, un 1,4% de la mortalidad por todas las causas a escala mundial es atribuible a la contaminación atmosférica, así como un incremento de enfermedades cardiovasculares, infecciones respiratorias y cáncer.

Alteración de recursos de los que depende nuestra vida

La alteración de los ecosistemas que inciden sobre los medios básicos de sustento de la vida, como hemos comentado antes, es también clave. Uno de los principales sería la reducción de la productividad alimentaria debida al cambio del clima [2], a los que se suma un menor abastecimiento y peor calidad del agua, o nuevas plagas asociadas y enfermedades. Como consecuencia cabe esperar un aumento de la malnutrición y el hambre en sectores pobres, especialmente en la población infantil. Las alteraciones en la ecología local de los agentes infecciosos de agua y alimentos pueden llevar a un cambio de incidencia en diarreas y enfermedades infecciosas, que harán además más vulnerables a estas poblaciones.

La amenaza sobre el agua, esencial para la vida, es especialmente dramática, ya que se reducirá mucho el número de personas con acceso a este recurso. De hecho algunas estimaciones apuntan a que dos de cada tres personas en el año 2025 no tendrán acceso a agua potable. La escasez por las sequías, la contaminación por agentes químicos e infecciosos tras inundaciones, la reducción y deterioro de la superficie cultivable y la salinización de parte de los recursos hídricos producirán desplazamientos de población y conflictos por un recurso vital cada vez más escaso. La subida del nivel del mar también implicará migraciones y desarraigo de las poblaciones desplazadas, además de la pérdida de infraestructuras y recursos.

Infecciones que se extienden

Existen también impactos sobre la actividad y extensión de los parásitos y portadores infecciosos, que tienen como consecuencia la extensión geográfica y el aumento de la incidencia de ciertas infecciones. Un ejemplo sería la malaria, que actualmente produce 2 millones de muertes al año, y se transmite a través de la picadura de un mosquito que necesita de climas húmedos y cálidos (la temperatura mínima invernal no debe ser inferior a 16º C). Los inviernos más cálidos permitirán la transmisión a latitudes mayores y a regiones de mayor altitud, donde la población es más vulnerable por no estar inmunizada. Además, a mayor temperatura, menor es el tiempo de incubación del mosquito.

Esto explica en parte que las mayores incidencias se den después de altas temperaturas y precipitaciones intensas. Tras el paso del huracán Mitch, que causó la muerte a más de 11.000 personas en Centroamérica en 1998, Honduras informó de 30.000 casos de malaria y cólera, y 1.000 casos de dengue.

Si para el año 2100 la temperatura se hubiera incrementado 3ºC, el aumento previsto de casos de malaria sería de 50 a 80 millones de casos al año. Lo mismo ocurre con el dengue: a 30ºC el virus necesita 12 días para su incubación en el mosquito Aedes aegypti; pero a 32ºC sólo necesita 7 días y su potencial para transmitir la enfermedad aumenta por tres. Otras enfermedades infecciosas como la esquistosomiasis, la leishmaniasis, la enfermedad de Chagas, las encefalitis víricas o el cólera aumentarán en frecuencia y se extenderán geográficamente de forma previsible.

No son pocos los colectivos y personas que han aprendido a ver su salud como reflejo de la salud de aquello que les rodea, habiéndose desarrollado a lo largo de los últimos años movimientos locales y globales “por la salud de los pueblos” [3]. En el año 2005 tuvo lugar la II Asamblea Mundial por la Salud de los Pueblos en Ecuador bajo el lema “¡Las voces de la tierra nos convocan!: Construyamos un mundo saludable”.

Y, desde luego, no hay duda de que luchar contra el cambio climático es contribuir, también, a una mejor salud y bienestar de todas las personas.




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