La Cumbre de Montreal

Ladislao Martínez López, Ecologistas en Acción

Avances contra el cambio climático, aunque insuficientes para la magnitud del problema

La cumbre sobre el cambio climático celebrada en Montreal [1]. despertó mucha expectación. 2005 había sido un año en que se había hablado mucho sobre este fenómeno: la entrada en vigor (¡por fin!) del protocolo de Kioto tras su ratificación por Rusia, la secuela de huracanes que sacudieron el Caribe hasta agotar las letras del alfabeto, las consecuencias de uno de ellos (Katrina) sobre Nueva Orleáns, la sequía brutal que afectó a la Amazonia, los datos obtenidos sobre la regresión de los glaciares y el deshielo de las zonas polares, la sequía que afectó a buena parte de la Península Ibérica…

Había por otro lado una gran incertidumbre sobre los resultados de la cumbre. Existía el temor de que EE UU arrastrara a nuevos países –como China o India [2].– a sus posiciones obstruccionistas a pesar de que crece la oposición interna, tanto de sectores sociales como empresariales perjudicados por el cambio climático, a los delirios suicidas del Gobierno de Bush. Estos temores son quizá los que explican el desbordado optimismo que han manifestado ante los resultados de la cumbre los portavoces oficiales de los países de la UE, los medios de comunicación de masas, los responsables sindicales... y hasta el grueso de las ONG de defensa ambiental. Como se temía lo peor, lo conseguido sabe a gloria.

Resumida y desapasionadamente enunciados los resultados de la cumbre son tres: EE UU no consigue arrastrar a nuevos países a sus posiciones y queda momentáneamente aislada; se oficializa el compromiso de ir más allá de los objetivos de Kioto a partir de 2012; y se mantiene el espíritu de la responsabilidad diferencial en la génesis del cambio climático [3]. y por tanto en la necesidad de que los mayores esfuerzos recaigan sobre los países ricos. Al tiempo, no se ignora que el crecimiento de las emisiones de los grandes países pobres (India, China, Indonesia, Brasil…) está siendo muy importante y que, por tanto, también ellos deben hacer algún esfuerzo para limitar el aumento de sus emisiones.

Los logros de esta cumbre, sobre todo si se comparan con las cumbres que siguieron a la celebrada en Kioto, en las que se redujeron siempre los compromisos originales para atraer a los países dubitativos, son evidentemente mayores. Esto es lo que justifica el optimismo de quienes quieren usar gafas de ver vasos medio llenos: los Gobiernos y los medios de comunicación de la UE que así pueden cultivar la interesada imagen de una Europa comprometida con el medio ambiente frente a unos EE UU irresponsables [4]; de unas ONG a las que momentáneamente se les permite ocultar su incapacidad de cambiar las cosas; y a una ciudadanía cada vez mas consciente de que el problema va en serio y que se le permite revivir la ilusión de que podrá solventarse el problema sin renunciar a los privilegios que todo el mundo intenta hacer pasar por derechos.

Una visión bastante distinta se obtiene si se comparan los logros de la cumbre con lo que resultaría necesario hacer para prevenir el cambio climático de acuerdo con los mejores conocimientos científicos disponibles. Se ve entonces que se está perdiendo clamorosamente la carrera contra el tiempo para mitigar el cambio climático. Que cada vez estamos más cerca y nos acercamos más rápido a la concentración en la atmósfera de los gases de efecto invernadero que suponen una subida media de las temperaturas de 2º C, cifra a la que se cree que es muy probable que aparezcan las sorpresas climáticas que acelerarían y harían más irreversible el problema [5]. Y que en cumbres anteriores siempre ha sido más fácil ponerse de acuerdo en ideas de principio que en cifras concretas de limitación, por lo que no es en modo alguno imposible que nuevas cumbres pierdan el impulso que ahora se aprecia.

La respuesta a esta dificilísima situación sólo puede ser redoblar los esfuerzos para movilizar a la sociedad con el fin de conseguir una correlación de fuerzas que permita avanzar más rápido. Desde luego no es sencillo movilizar a los satisfechos contra sus intereses materiales, pero los golpes que previsiblemente asestará el cambio climático es posible que permitan romper amarras que hoy parecen muy firmes.

Este texto ha sido publicado en Corriente Alterna, nº 40, febrero 2006.




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