A vueltas con el proteccionismo

A pesar de que un verdadero libre mercado no ha existido nunca y de que los países más poderosos han ejercido siempre el proteccionismo en sus economías, las alusiones a la necesidad de este proteccionismo se consideran una herejía en el marco económico dominante. Sin embargo, resulta necesario programar y dirigir socialmente la evolución de la economía, tanto la mundial como en cada país, para evitar la injusta e insostenible situación actual.

Miren Etxezarreta, Catedrática de Economía Aplicada en la Universidad Autónoma de Barcelona. El Ecologista nº 62

La teoría económica dominante siempre ha favorecido la idea del libre comercio. Desde principios del siglo XIX, cuando David Ricardo expuso su teoría de la ventaja comparativa, se ha considerado que el libre comercio enriquecía a los países participantes en el mismo. A pesar de importantes detractores de esta doctrina (principalmente List –1789-1846– en Alemania) nunca se consiguió alterar la sustancia de la misma. Asimismo, parece establecido que las medidas proteccionistas que se tomaron cuando la gran crisis de 1929 no hicieron más que empeorar la crisis, lo que reforzó la doctrina de la libertad de comercio.

La idea del libre comercio se reforzó mucho más con la estrategia económica establecida después de la crisis de los setenta del siglo XX. La constitución de una economía mundial (lo que ha venido a denominarse globalización) con su énfasis en permitir que las grandes empresas globales operen sin ninguna traba en el mundo entero, no podía menos de favorecer una teoría y una estrategia económica que plantease enérgicamente las ventajas de un comercio mundial de mercancías, capitales y de personas (éstas con muchas menos facilidades) sin ninguna traba. El libre comercio de los preceptos de Ricardo, entronizado por la teoría económica y las directrices de las instituciones económicas internacionales (GATT primero y OMC después, apoyado por el FMI, el Banco Mundial y la OCDE) se convierte en uno de los más relevantes principios de la economía moderna, del Consenso de Washington del siglo XX y de la actualidad. Y aunque se han hecho bastantes esfuerzos por integrar en la teoría algunos aspectos más realistas, la esencia de la misma sigue siendo la de mediados del siglo XVIII –el libre comercio os hará libres y ricos– frente a la más amplia evidencia empírica de que no sucede así. De que los países pobres se han visto obligados a practicar el comercio libre, lo que les ha hecho más pobres todavía. Y la situación es más acusada en la política económica actual –la competitividad global es la norma– a pesar de las enormes diferencias entre las capacidades de los países para enfrentarla.

No es sorprendente, por tanto, que en las reuniones internacionales habidas para establecer una estrategia de solución a la crisis que estalla en 2007 una preocupación recurrente es “sobre todo no volver al proteccionismo” que es considerado como un remedio que no puede hacer más que empeorar los problemas. Hay que salvaguardar el libre comercio en medio de todas las medidas que se tomen para refundar el capitalismo.


Prácticas proteccionistas constantes

Pero todo esto responde a un mito. El libre comercio no ha existido nunca y los países dominantes han ejercido siempre el proteccionismo de sus economías: “Ninguno de los países actualmente industrializados adoptó un régimen de libre comercio en el siglo XIX, ni siquiera Inglaterra […] La ideología neoliberal impregna todo hasta tal punto que las instituciones y los países se ven cada vez más limitados en su capacidad de actuar […] muchos elementos que fueron fundamentales para el desarrollo de los países industrializados […] como el proteccionismo de las empresas nacionales, se han convertido efectivamente en inaplicables” [1]. El librecambismo es la doctrina establecida por los países dominantes para controlar y someter a su favor el comercio con los países más pobres.

Si se observa con atención la estrategia económica de los países ricos se percibe que su dominio de la industria y la tecnología moderna y la abundancia de capitales hacen muy favorable para ellos el libre comercio de sus bienes industriales (y ahora de sus servicios) y la conveniencia de sus inversiones en el exterior. Aquí reside desde siempre el interés en el libre comercio: aprovecharse de la ventaja que su avanzada estructura económica ofrece para su comercio exterior, particularmente para sus exportaciones. Pero, al contrario, cuando los países centrales se encuentran con competidores, sus estrategias económicas están atravesadas por el proteccionismo en múltiples formas, mientras predican e imponen a los países más pobres la apertura sin matices de sus fronteras. Ha-Joon Chang muestra claramente cómo se ha producido esto históricamente en la expansión de la revolución industrial en los hoy países centrales, pero, además, la experiencia de Japón y los ahora denominados países emergentes señala claramente que se han desarrollado sólo mediante un inteligente control y protección de su sector exterior.

No sólo en los procesos de desarrollo sino que en la cotidianeidad de las relaciones internacionales actuales se pueden percibir prácticas proteccionistas acentuadas. La política agraria, tanto la de Estados Unidos como la PAC, aunque de distinto carácter en ambos casos, constituyen ejemplos flagrantes de proteccionismo, y habría que mencionar el Acuerdo Multifibras que ha estado vigente desde los setenta hasta mediados los noventa para contingentar las importaciones del textil provenientes de los países empobrecidos a los países centrales. Son también amplias y variadas las instancias de proteccionismo mediante la imposición de requisitos cualitativos que los países más pobres tienen dificultades en cumplir: las normas técnicas y sanitarias que la UE impone para muchos productos agrarios de los países africanos impiden su exportación; incluso durante muchos años España no pudo exportar neveras a los demás países de la UE debido a ciertas exigencias técnicas menores para las mismas. Asimismo muchas normas de carácter social y ambiental que imponen los países centrales para sus importaciones suponen la imposibilidad de que los países periféricos puedan exportar sus productos. Por no mencionar las políticas migratorias. Y podríamos continuar con un largo etcétera.

Habría que mencionar también el proteccionismo ejercido por el sector privado, por las empresas que, de múltiples formas, intentan regular y controlar la competencia que les pueden hacer otras empresas. Y entre estas formas son prioritarias las políticas de patentes. Resulta curioso, por utilizar palabra suaves, que frente a los grandes esfuerzos de la OMC por lograr la liberalización del comercio, se presenta como una política totalmente legítima el refuerzo de la política de patentes para mantener la exclusiva de ciertos productos en manos de grandes empresas oligopolistas, que, además, en ocasiones responden a productos basados en la diversidad natural que estas empresas han obtenido de los países más pobres a los que ahora les exigen las patentes ¿dónde está aquí el libre comercio? Asimismo las empresas se sirven de su fuerza relativa para lograr protecciones especiales (ayudas a las empresas para que se instalen) y los gobiernos presionan sobre aquellos más débiles para lograr el libre mercado para sus exportaciones mientras ejercen todo tipo de formas de protección para sus actividades económicas.

Con la crisis actual, es una enorme paradoja que los líderes mundiales económicos y políticos están repetidamente previniendo del peligro que puede suponer el proteccionismo cuando resulta que lo están ejerciendo más que nunca. ¿De qué otra manera se pueden interpretar las medidas tomadas por cada país, más potentes cuanto más poderoso, para apoyar a sus instituciones financieras y a sus industrias? Las cantidades que los principales países ricos están dedicando a la salvaguarda de sus instituciones financieras y sus industrias (por ahora principalmente el automóvil pero otras están ya solicitando también apoyos) suponen potentes instrumentos de proteccionismo y alejamiento de la competitividad de mercado. Sin embargo, siguen insistiendo en los peligros del proteccionismo.


La falacia del libre mercado

Como tantas otras veces en teoría económica, la teoría del libre comercio constituye la racionalización de los intereses dominantes. A los países y las empresas más poderosas les interesa disponer de la libertad de irrumpir irrestrictamente en los países y empresas más débiles e impulsan la teoría que les conviene. Cuando Prebish, en su pionero y coherente análisis sobre la falta de desarrollo en América Latina [2], plantea la necesidad de un comercio regulado, estaba poniendo las bases de una estrategia que contribuyó fuertemente al desarrollo de América Latina; muchos autores marxistas (Emmanuel, Samir Amin) abundarán en destacar los problemas que causa el “intercambio desigual”; incluso surgen algunos economistas ortodoxos que matizarán esta teoría (el propio Krugman, último Premio Nobel de Economía, escribirá sobre el “comercio estratégico”). Pero la teoría conveniente para el capital, la adopción sin matices del modelo neoliberal impuesto por el capitalismo global y las instituciones internacionales, continuará impertérrita y dominante. Actualmente, en la teoría económica contemporánea, no existen, son impensables otro tipo de modelos, por ejemplo que integren un comercio regulado. En la práctica el proteccionismo se expande, pero la teoría y la justificación de la política sigue siendo la de la teoría del libre comercio internacional.

El libre mercado no ha operado nunca y no es una estrategia operativa. Los países para su desarrollo no necesitan integrarse competitivamente en la economía global. Ni es conveniente que lo hagan, ni pueden hacerlo. Porque no tienen capacidad competitiva o en los pocos ámbitos que la pueden tener, muy a menudo en pésimas condiciones para su población (exportación de alimentos lo que lleva al hambre interna, salarios miserables, horribles condiciones de trabajo), no hace más que perpetuar o ahondar en su miseria. El espejismo de que los países emergentes se han desarrollado con un modelo exportador ignora que éste estaba basado en una estrategia del sector exterior estrechamente regulada y controlada y que ha consistido en exportaciones industriales sobre la base de una durísima explotación de su mano de obra.

No puedo entender la insistencia de algunas instituciones humanitarias en impulsar el comercio libre para los países empobrecidos. Ciertas ONG (destaca entre ellas Oxfam-Intermon) insisten en que el proteccionismo que supone la PAC, por ejemplo, perjudica a los países pobres y el libre comercio les permitiría convertirse en exportadores de productos primarios y desarrollarse. A mi juicio es una estrategia totalmente errónea pues supone que se pretende perpetuar el papel de los países pobres como productores y exportadores de productos primarios, estrategia que nunca ha conducido al desarrollo de ningún país. No puedo entender el análisis en el que se basan para sus posicionamientos. Y me parecen extremadamente peligrosos.

La polémica libre comercio-proteccionismo me parece una polémica estéril y a la vez peligrosa. Sólo puede conducir a que se deteriore la situación de los países más pobres, y, también, a destruir sectores específicos en los países ricos (la agricultura familiar, el textil y otros). Si de verdad se pretende el desarrollo de los países más pobres, y unas sociedades justas y viables en el centro rico, hay que partir de las distintas situaciones de los países y de los sectores, son necesarias unas economías nacionales y unos mercados mundiales estrechamente regulados y socialmente planificados que potencien la capacidad real de producir riqueza y su distribución justa, el bienestar para la población desde un punto de vista social, económico y ecológico, mediante el aprovechamiento de los recursos humanos, naturales y productivos de dichos países.

Es necesario programar y dirigir socialmente la evolución de la economía de cada país y la economía mundial en lugar de legitimar políticas convenientes a los intereses de los países dominantes y que beneficien al capitalismo global mediante eslóganes falsos que sólo conducen al dominio de los más débiles. Objetivo imposible de lograr en el capitalismo.




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