UE: del Tratado de Lisboa a la Estrategia 2020

Un proyecto a favor de los mercados, a costa de la insostenibilidad ambiental y del recorte de los derechos sociales.

Luis González Reyes, Edith Pérez Alonso, Luis Rico, Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 65

La UE es, más allá de la retórica, un proyecto económico surgido para crear un mercado a escala europea que permita ganar competitividad económica a su capital [1], lo que sólo puede llevarse a cabo a través de una autoridad unificada, dotada de poderes administrativos, legislativos y judiciales, así como policiales y militares. La trayectoria de la UE desde el Tratado de Lisboa hasta la actualidad, que repasamos a continuación, justifica esta afirmación.

El Tratado de Lisboa
(o cómo pasarse la democracia por el forro)

El año pasado se aprobó definitivamente el Tratado de Lisboa, hijo de la malograda Constitución Europea, que no logró aprobarse por la negativa, vía referéndum, de países como Francia u Holanda. Por ello, en esta ocasión se evitaron las consultas, no fuera ser que algun@s se equivocaran de nuevo al votar. En Irlanda, donde por razones legislativas el referéndum fue inevitable, se repitió la votación hasta que el resultado fue el deseado. Con todo, la UE consiguió por fin sacar adelante el Tratado de Lisboa, que perseguía los mismos objetivos que la Constitución:

1) Blindar una UE neoliberal. Marca el crecimiento económico, el libre mercado y la competitividad como sus grandes objetivos, y no así los derechos de las personas. El crecimiento es un objetivo explícito, y la competitividad implícito, ya que, aunque por motivos de maquillaje político se quitara de la redacción de los objetivos de la Constitución, sigue estando de manera recurrente a lo largo de todo el Tratado de Lisboa [2].

En la misma línea, la ampliación de competencias contemplada en el Tratado permite profundizar aún más el modelo neoliberal, reduciendo posibles trabas de los estados al mercado en temas tan cruciales como la energía o el transporte.

2) Una toma de decisiones más ágil. Los países más ricos (Alemania, Francia y Reino Unido) tendrán más peso en las decisiones mediante el nuevo sistema de votación. Se reducen las áreas donde existen posibilidades de veto. Se profundiza la UE a varias velocidades, donde los menos ricos tendrán cada vez menos capacidad de decisión.

3) Poder militar para respaldar el euro como moneda mundial. Se aumentan los gastos militares. Se crea una Agencia de Armamento. Se potencian los euroejércitos y la pertenencia a la OTAN.

Con estos tres aspectos se sitúa la maximización del beneficio capitalista en el centro de de la UE y no el bienestar de las personas o el respeto del entorno [3].

La Agenda de Lisboa y más
(o cómo querer ser el más fuerte a costa de lo que sea)

El Tratado de Lisboa era un paso más para cumplir el gran objetivo que perseguía la Agenda (o Estrategia) de Lisboa: convertir a la UE en la economía más competitiva del mundo en 2010. Para ello se siguió una política económica basada en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, una mayor presencia internacional y una apuesta por la economía financiera.

El Pacto de Estabilidad y Crecimiento persigue el control de la inflación, del déficit presupuestario y la deuda pública, lo que encorseta necesariamente los gastos sociales. A su vez, al no ser posible apelar a la devaluación de la moneda, el incremento de la explotación y la precariedad laboral, según la lógica dominante, se convierten en los principales elementos que deben dotar a la economía de mayor competitividad.

La presencia global de la UE se materializa en una agresiva política comercial que le permite obtener los recursos naturales que necesita en el extranjero y en la proyección de sus transnacionales por el globo. Por ello la UE se ha erigido en uno de los principales actores que fomentan la globalización económica, como queda reflejado en el Tratado de Lisboa [4] y en las estrategias de 2006 “Europa global: Competir en el mundo” y 2008 “Una Europa global: una Cooperación Reforzada para facilitar a los Exportadores Europeos el Acceso a los Mercados”. Políticas encaminadas a desmantelar las barreras comerciales en otros países y crear “nuevas oportunidades de exportación”, las cuales están teniendo éxito. A los Tratados de Libre Comercio (TLC), ya firmados con México o Chile, es probable que se sumen en breve los de Perú, Colombia, Centroamérica o los denominados países ACP (países empobrecidos de África, Centroamérica y Pacífico).

Respecto a la economía financiera, actualmente la UE posee una moneda que rivaliza con el dólar en los mercados especulativos, contiene paraísos fiscales claves [5] y está dotada de un sistema legislativo que da manga ancha a la especulación más descarnada. No en vano en su seno operan los segundos mercados financieros del planeta.

Con ello, el capital europeo ha conseguido comprar multitud de empresas en el extranjero, atraer el ahorro de las economías emergentes y mantener insostenibles niveles de consumo de su clase media. El captar ahorro (atraer capitales internacionales) permite equilibrar las balanzas comerciales negativas que tienen muchos países de la UE (como España, Italia o Reino Unido) y aumenta su capacidad de compra sin hacer nada más que ofrecer el soporte para ahorrar. Esto, junto con la especialización en productos tecnológicos, produce un intercambio desigual y deuda ecológica, ya que se importa materia y energía de los países empobrecidos (de bajo precio y alto impacto ambiental) y a cambio se ofrece entelequia financiera y tecnología de los sobredesarrollados (con alto precio y menor impacto ambiental), en lo que se ha denominado la regla del notario [6].

Así, la UE es corresponsable de un sistema económico mundial que mantiene una especialización en la producción forzada de materias primas por los países más empobrecidos a precios baratos, el yugo de la deuda externa y la necesidad de divisas internacionales en estas mismas regiones. Esto, junto con un sistema comercial cada vez más liberalizado (consecuencia de los TLC y de los acuerdos en la OMC), resulta en una explotación masiva de los recursos naturales del Sur para su exportación al Norte.

Pero, en nombre de la competitividad, estas estrategias promueven también una mayor desregulación laboral, social y medioambiental en la propia UE. Buenos ejemplos de ello son la flexiseguridad, que busca flexibilizar el mercado de trabajo; la Directiva de Servicios (Bolkenstein), que avanza en la liberalización de este suculento pastel; o una mayor tolerancia con los niveles de contaminación del aire admisibles en las ciudades [7]. El aumento de la precariedad, la destrucción de ecosistemas o la reducción del gasto público en sanidad o educación son su resultado, lo que perjudica sobre todo la realización de tareas de cuidados de la vida y a quienes las realizan (principalmente mujeres) [8], amén de poner en riesgo nuestra capacidad de supervivencia en el planeta.

La crisis
(o cómo “refundar el capitalismo” con más de lo mismo)

Al llegar la actual crisis económica el Pacto de Estabilidad y Crecimiento se ha flexibilizado, pero sólo para permitir a los estados tomar medidas “anticíclicas” (curioso eufemismo para denominar el bombeo de riqueza hacia las clases más pudientes, una especie de socialismo para ricos). Se ha producido lo que Díaz Ferrán (presidente de la CEOE) denomina “paréntesis en el mercado”. De esta forma se ha hecho la vista gorda al incremento del déficit de muchos países, fomentando ayudas de hasta 500.000 € por empresa (principalmente de sectores como el automovilístico y la construcción) y una cantidad mucho mayor a la banca.

Sin embargo, en diciembre de 2009, la Comisión Europea fijó de nuevo como fecha límite 2013 para conseguir cumplir de forma estricta el Pacto en la zona euro, lo que supone una nueva vuelta de tuerca neoliberal acentuada tras la debacle de Grecia. Así, la implementación de reformas estructurales y presupuestarias encaminadas a recortar del gasto público, al amparo del Fondo Monetario Internacional y del Banco Central Europeo, van tomando forma. Ejemplos de ello están en las duras medidas de ajuste impuestas a Grecia, acompañadas de fuertes movilizaciones en contra, o el incremento del IVA y toda la batería de medidas de recorte social anunciadas a mitad de mayo por el Presidente del Gobierno español. Y, por supuesto, la apertura del debate sobre una nueva reforma del mercado laboral.

Para controlar el capital financiero, la UE ha puesto en marcha las Autoridades de Supervisión Europeas y una Junta Europea de Riesgo Sistémico. Sin embargo, en contraposición con las medidas descritas en el párrafo anterior, éstas carecen de concreción y no suponen un control real que impida a la economía financiera seguir campando a sus anchas y con los pocos escrúpulos de siempre, como lo demuestran los ataques especulativos a la economía griega o española. Están más bien diseñadas para vigilar el surgimiento de nuevas burbujas especulativas que hagan tambalear el sistema de nuevo. Y, por si quedase alguna duda, el artículo 63 del Tratado de Lisboa dice: “quedan prohibidas todas las restricciones a los movimientos de capitales entre Estados miembros y entre Estados miembros y terceros países”.

Así, mientras que al iniciarse la crisis se habló de “refundar el capitalismo” y controlar la economía financiera, todo ha pasado a la necesidad de controlar el gasto público y reformar el mercado laboral.

La Estrategia 2020
(o cómo apañarlo todo con un poco de tecnología)

La Estrategia UE 2020 es la continuación de la Agenda de Lisboa. Está prevista su aprobación en el Consejo Europeo de junio, y una vez más, pese a la retórica de una nueva economía verde, sigue centrándose en mantener el crecimiento por encima de cualquier cosa. Todo ello sin poner en duda la internacionalización de la economía o el Pacto de Estabilidad, más bien al contrario. Sin aprender de la crisis económica, pero sobre todo social y ecológica, la UE quiere seguir creciendo, como si viviésemos en un planeta de recursos y sumideros infinitos.

Para conseguirlo se marca varios objetivos:

a) 75% de la población empleada. Este objetivo busca introducir más gente en el mercado laboral, basándose en la flexiseguridad, provocando aún mayor precarización y ahondamiento en la crisis de los cuidados [8].

b) 3% del PIB en I+D. Con ello se coloca a la tecnología como una de las bases del crecimiento continuado de la UE.

c) Objetivo 20/20/20: 20% de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, con el 20% de renovables y un 20% más de eficiencia energética.

La búsqueda del crecimiento continuo es inviable, porque se basa en una serie de mitos como la desmaterialización (crecimiento de la economía reduciendo el consumo material) o el desacoplamiento (crecimiento del PIB sin aumentar el gasto energético). Los datos de la UE demuestran que el crecimiento requiere cada vez de más materiales y energía [9] y que la eficiencia y las renovables han servido para sostener una demanda creciente, más que para reducir el consumo [10]. La apuesta por las renovables se enmarca en un contexto en el que la UE importa el 75% del petróleo y el 50% del gas que consume, porcentajes en aumento continuo. Además, como la propia Estrategia resalta, esto se produce en un marco de creciente competencia por estos recursos clave. Parece que la apuesta por la eficiencia energética y las renovables es más por necesidad que por virtud.

Pero, además, hay que señalar que esta especialización cada vez mayor en la tecnología se hace a costa de desviar una cantidad creciente de los impactos ambientales a los países del Sur (por la regla del notario ya citada). Por su parte, la propuesta de reducción de las emisiones un 20% es hipócrita, porque no contabiliza las emisiones de bienes producidos fuera de las fronteras de la UE, pero que son consumidos aquí, lo que incrementaría en un tercio las emisiones de la Unión [11].

Y por si fuera poco, se trata de una propuesta insuficiente, ya que el IPCC sitúa en un 40% (sin mecanismos de flexibilidad) el margen de seguridad para minimizar la probabilidad de que el cambio climático se dispare.

La estrategia es, a fin de cuentas, una suicida salida hacia adelante intentando resolver los graves problemas de esta crisis ambiental, social y económica sólo mediante la tecnología, pero no realizando los imprescindibles cambios de fondo hacia una economía social que gestione sociedades equitativas y solidarias que tengan en cuenta los límites del planeta.




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