Hacia una nueva crisis alimentaria

La especulación con los alimentos está detrás de su fuerte incremento de precio.

Vicent Boix, escritor, autor del libro “El parque de las hamacas” www.elparquedelashamacas.org. Revista El Ecologista nº 68

Los beneficios del puñado de empresas que controlan en buena medida el mercado alimentario se incrementan sin cesar. Al mismo tiempo aumenta la especulación con productos agrícolas y se implantan los agrocombustibles. No es de extrañar, pues, que el acceso a los alimentos se haga más complicado para una gran parte de la población mundial.

El pasado septiembre, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés), anunciaba en un comunicado de prensa que 925 millones de personas en el mundo sufrían hambre. Aunque se ha logrado descender de los 1.023 millones contabilizados en 2009, la actual cifra sigue siendo “inaceptablemente alta”, según la propia organización. Entre los factores que influyeron para este significante descenso, la FAO destaca el crecimiento económico en algunos países y la reducción en los precios de los alimentos [1].

Aún así y a pesar de las buenas noticias, nada está siendo como antes de la crisis alimentaria de 2008. La propia FAO advertía en diciembre de 2009 que los alimentos mantenían precios elevados. Según una escala que confecciona esta institución, en noviembre de 2009 el índice de precios de los alimentos mantuvo una media de 168 puntos. Este nivel fue un 20% inferior al máximo histórico de junio de 2008, cuando la crisis mundial en los precios estaba en pleno apogeo. Sin embargo, antes de 2007, este valor nunca superó los 120 puntos y durante la mayor parte del tiempo se mantenía por debajo de los 100.

Especulando que es gerundio

Como muchas organizaciones y muchos expertos han indicado, principalmente son dos los detonantes que ha empujado a la humanidad a una etapa de alimentos caros: la inversión especulativa en los recursos agrícolas y los agrocombustibles. La organización GRAIN cita que el dinero especulativo en alimentos creció de los 5.000 millones de dólares en 2000 a los 175.000 en 2007. Numerosas fuentes bibliográficas informan que inversores y empresas han especulado en la compra de tierras y cosechas ya que dicha actividad genera espectaculares dividendos [2].

La FAO es consciente de este fenómeno. En junio de 2010 reconocía la influencia de la especulación en alimentos en la crisis de 2008, pero a la vez indicaba que “limitar o prohibir los mercados especulativos puede traer más inconvenientes que ventajas” [3]. En los meses de agosto y septiembre, en la bolsa de futuros de Chicago (el principal nido de especuladores) el trigo sufría un incremento del precio de un 60-80% respecto al mes de julio. Al parecer, algunos brokers vieron una oportunidad de oro en la prohibición de las exportaciones de trigo en Rusia y la escasez en otros países como Ucrania y Canadá. Por eso realizaron contratos de futuros y acapararon toneladas de trigo. Los precios lógicamente subieron y los países de África exigieron a la FAO soluciones en la volatilidad de los mismos [4]. El maíz también se incrementó un 40%, el arroz un 7% y esta tendencia alcista, de seguir, podría arrastrar a otros alimentos básicos y materias primas como los piensos. Esta volatilidad obligará a los 77 países más pobres del mundo a gastarse un 8% más de dinero en comprar alimentos [5].

A pesar de todo, diversos expertos de países miembros de la FAO, reunidos también a finales de septiembre, reconocieron que “las malas cosechas inesperadas en algunos de los principales países exportadores, seguidas de medidas políticas a nivel nacional y las maniobras especulativas, han sido los principales factores detrás de la escalada reciente de los precios mundiales y de la elevada volatilidad presente, más que las leyes del mercado global.” Los expertos, que se comprometieron a “explorar enfoques alternativos para mitigar la volatilidad”, miraron de reojo al todopoderoso Dios Mercado, pero ni le tosieron y es más, lo excusaron [5].

En octubre de 2010, la ya grave situación de los precios provocó, por fin, un ligero cambio de planteamientos. El Comité de Seguridad Alimentaria de la FAO demandó “actuar de forma urgente en cuestiones clave relacionadas con la seguridad alimentaria y la nutrición como la tenencia de la tierra y las inversiones internacionales en agricultura, la volatilidad de los precios de los alimentos y pidió examinar “las causas y consecuencias de la volatilidad de los precios alimentarios, incluyendo las prácticas que distorsionan el mercado y los vínculos con los mercados financieros [6].

Desde la FAO y otros estamentos como la Comisión Europea, alegan que una crisis como la de 2008 queda lejos. Afirman que hay disponibilidad y que hay reservas suficientes [5]. Pero aún así y a pesar del optimismo, los precios de los alimentos están ascendiendo por más valeriana que inyecten desde Bruselas y Roma. A finales de 2010, en el Estado español, alguna marca de pasta ya comunicó aumentos del 15% para inicios de 2011. Los supermercados y distribuidores, dueños y señores de la cadena alimentaria, también vaticinaron incrementos en los precios de ciertos productos [7]. Las primeras noticias de 2011 indican que en España los cereales se están cotizando entre un 35% y un 76% más caros que hace un año. La FAO, que predecía un aumento de las cosechas a mediados de 2010, reconoció en noviembre en su informe Perspectivas alimentarias, que la producción de cereales disminuiría un 2% lo que afectaría también a los precios. En Mozambique hubo revueltas en 2010 por el incremento del valor en alimentos básicos y 2011 se inició con sucesos similares en Argelia [8].

El control de los recursos agrícolas

El suculento negocio de los agrocombustibles fue señalado como otra de las causas principales del alza de precios en la comida en el año 2008. Jean Ziegler, el ex relator especial de la ONU para el derecho a la alimentación, llegó a afirmar que “Es un crimen de lesa humanidad quemar alimentos para generar agrocombustibles” [9].

La cuestión principal es que millones de hectáreas en el mundo –especialmente en los países del Sur– ya no satisfacen las necesidades alimentarias de sus pueblos, sino que se han transformado en factorías para cultivar productos destinados a los países económicamente ricos. Los agrocombustibles han supuesto la más reciente vuelta de tuerca, pero no hay que olvidar que existen otros productos como la soja que acaba de forraje para el ganado, el algodón, el café, el azúcar, flores y decenas más de productos agrícolas que se producen en países pobres, bien porque sólo pueden brotar en ciertos climas o bien porque es más rentable producirlos en dichos lugares.

El tinglado hoy en día se mantiene. Con la crisis de los precios millones de personas soportaron hambre, mientras unas pocas transnacionales de granos, productos agroquímicos, semillas, agroexportadoras, así como grandes cadenas de supermercados y especuladores, lograron en 2007 y siguen generando ahora extraordinarios beneficios gracias a que conforman oligopolios y controlan toda la cadena productiva [2].

Según un informe de GRAIN fechado en abril de 2009, “las ganancias de Nestlé de 2008 subieron un impresionante 59%, y el incremento de Unilever se acercó al 38% […] Los beneficios del cuarto trimestre de 2008 para el gigante minorista más grande del mundo, Wal-Mart, disminuyeron ligeramente, lo cual no sorprende dada la profunda recesión que afecta a EE UU. Aún así rastrilló 3.800 millones de dólares durante ese período”.

Beneficios para algunas de las compañías de semillas/pesticidas más grandes del mundo

Compañía Beneficios 2008 (millones de US$) Aumento respecto a 2007 (%)
Monsanto 2.926 120
Syngenta 1.692 19
Bayer 1.374 40
Dow 761 63
BASF 894 37

Fuente: GRAIN [10]

Estos beneficios se explican en parte por el control casi monopólico que ejercen. Según el grupo ETC en su informe ¿De quién es la naturaleza? (noviembre 2008), el 67% del comercio mundial de semillas era manejado en 2007 por 10 grandes multinacionales (DuPont, Syngenta, Limagrain Bayer, etc.). Sólo Monsanto detentaba casi el 25%.

De acuerdo con la misma fuente, 10 empresas controlan el 89% del comercio de agroquímicos (Bayer, Syngenta, Dow, Monsanto, etc.). De ellas, las seis más poderosas también participan del negocio de las semillas. Además el 26% del mercado mundial de comestibles empaquetados también es colmado por 10 transnacionales (Nestlé, Pepsico, Kraft, Coca-cola, Unilever, Danone, etc.) [11].

La agricultura tradicional y el intermediario feroz

Se han ofrecido datos de la influencia de la especulación en los precios de los alimentos. También sobre el control que ejercen algunas transnacionales en algunos recursos agrícolas (eslabones de la cadena alimentaria) y los beneficios que acarrea dicho oligopolio. Y en este punto nos centraremos un poco más en este aspecto del comercio de los alimentos.

Aquellos campesinos y agricultores que no cultivan para subsistir o no venden en mercados locales, tienen que luchar por su porción de pastel dentro del supermercado global. Eso conlleva acatar las condiciones de aquellos que especularán con sus cultivos y/o que comprarán sus productos (intermediarios, transnacionales agroexportadoras, ciertos minoristas, centros comerciales, supermercados, etc.).

El principal problema que enfrenta el campesino es que estos intermediarios, transnacionales, etc. ejercen un control sobre el comercio de los alimentos y son los que imponen los precios y las características de los cultivos. Estamos pues ante otro eslabón de la cadena alimentaria, dominado una vez más por un oligopolio que establece los parámetros sin medir las consecuencias.

Estos productos que son literalmente robados al agricultor, luego multiplican su valor en las estanterías de comercios y supermercados. En España, la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) y las organizaciones de consumidores, UCE y CEACCU, elaboran periódicamente el Índice de Precios en Origen y Destino de los Alimentos. En el último estudio correspondiente a noviembre de 2010, se denunciaba que del precio de origen en el campo a lo que paga el consumidor en el supermercado, el valor aumentaba un 390% en las manzanas, un 657% en las naranjas, un 168% en las uvas, un 245% en los tomates, un 705% en los limones y un 576% en las cebollas.

Esporádica y contrariamente, los supermercados emplean la táctica de la venta a pérdidas, que consiste en disponer de un producto muy barato (incluso por debajo del precio de coste) para que sirva de reclamo publicitario. Como se observa en uno y otro caso, son los intermediarios o supermercados quienes especulan con la renta del agricultor y con los precios de los alimentos atendiendo a sus réditos y a sus tácticas comerciales para captar a potenciales clientes.

Y se ha llegado a este extremo porque la distribución ha quedado en manos de un puñado de intereses que imponen sus condiciones. En España, en el año 2005, el 90% de la venta de alimentos estaba controlada por la distribución moderna y es más, el 75% del total lo manejaban cinco supermercados y dos centrales de compra. Esta concentración de la oferta creció en la medida que cerraban sus puertas más de 70.000 tiendas tradicionales en la última década [12].

Este fenómeno del intermediario es bien conocido a nivel mundial. En julio de 2004 pude asistir al IV Foro Mesoamericano por la Diversidad Biológica y Cultural, celebrado en el municipio salvadoreño de Carolina. Durante varios días entrevisté a agricultores y expertos de Panamá, Costa Rica, Nicaragua, México, Honduras, El Salvador, etc. Todos ellos reconocieron el problema del intermediario (conocido también como el coyote) y la inexistencia de financiación para sus cultivos, junto a una tercera causa: la entrada de los excedentes de los países del Norte, que al estar subsidiados compiten y desplazan la producción local (dumping).

Las importaciones excedentarias subsidiadas favorecidas por la rebaja en los aranceles, resultan catastróficas porque exterminan a millones de agricultores que no pueden competir, aunque sería injusto circunscribirlas en una sola dirección Norte - Sur.

Más que nada porque muchos terratenientes, distribuidores e inversionistas han acaparado tierras en los países del Sur y han deslocalizado ciertos cultivos ya que pueden obtenerlos más baratos. Hacendados y aristócratas de naciones pobres también han entrado en esta dinámica y venden a intermediarios del Norte grandes cantidades de cultivos producidos industrialmente que generan impactos ambientales y poco trabajo. De esta forma, estos alimentos cultivados en el Sur por grandes intereses, viajan hacia las estanterías de las naciones del Norte (consumiendo mucho petróleo en el transporte) y como son más competitivos desplazan a sus agricultores hasta llevarlos a la ruina. Campesino del Norte, jaque mate.

Los pequeños agricultores de los países del Sur antes generaban sus alimentos pero fueron abatidos por las importaciones subsidiadas entre otros motivos. Ahora las tierras de estos países cultivan para exportar. Estas naciones, una vez aniquilados sus agricultores, dependen de las importaciones de alimentos. Campesino del Sur, jaque mate.

Por eso millones de agricultores abandonan la tierra cada año y ésta acaba concentrándose cada vez en menos manos. España, con cifras del último censo agrario disponible (año 1999), había perdido en una década más del 21% de las explotaciones agrarias, mientras las superficies utilizada y labrada ascendían [13]. En la Unión Europea desaparecieron cerca de 500.000 explotaciones agrarias entre 2005 y 2007 [14].

Entre 1994-1996, la agricultura acogía al 47% de la población económicamente activa a nivel mundial, cifra que en 2006 descendió a un 42% según la FAO. En el mismo intervalo de tiempo, la población rural disminuyó del 55% del total al 51%. Según datos de la misma organización y también en dicho periodo, el comercio internacional agrícola se incrementó considerablemente en todo el planeta. Las importaciones pasaron de 449.000 millones de dólares a 746.000 [15].

Estos números indican claramente que comercio internacional y desarrollo no van precisamente cogidos de la mano, porque se repite y se profundiza en un modelo que acapara y monopoliza los recursos agrícolas. Afortunadamente, frente a este sistema solidaria y ecológicamente devastador, son cada vez más los agricultores que apuestan por la soberanía alimentaria y la agroecología, como un modelo más altruista y sostenible. Las revoluciones del siglo XXI se están llevando a cabo en los campos de cultivo.




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