Biodiversidad agraria

La pérdida de variedad genética pone en grave peligro nuestra alimentación.

Antonio C. Perdomo Molina, Profesor Asociado de la Universidad de La Laguna y miembro de la Red Canaria de Semillas. Revista El Ecologista nº 70.

La conservación de la biodiversidad presente en el planeta es una cuestión básica de la cual depende la supervivencia de la humanidad. La sensibilidad por la desaparición de animales como el oso panda o del tigre de Bengala ha crecido enormemente. Sin embargo no somos tan conscientes de otra situación de la que depende directamente nuestra alimentación: la pérdida de variedades agrícolas.

Más allá de la sensibilidad hacia la extinción de especies emblemáticas, hoy en día se está produciendo una grave pérdida de biodiversidad sin que se vea una reacción por parte de la sociedad. La desaparición de la biodiversidad agraria, a la cual nos estamos refiriendo, es el resultado de la intervención en el mercado de grandes compañías, que en defensa de sus intereses condenan a la extinción, con el apoyo de una legislación ad hoc, a las razas y variedades locales. Ciertamente, hoy por hoy, la humanidad no es consciente que en esto de la pérdida de biodiversidad nos estamos también jugando la comida. Como suele decir José Esquinas, secretario técnico de la FAO en la elaboración del Tratado de Recursos Fitogenéticos: “un oso panda es mucho más ‘sexy’ que un tomate”.

Aunque en este artículo nos centraremos en la biodiversidad cultivada, la pérdida de razas ganaderas, la desaparición de los llamados recursos zoogenéticos, también merecen el interés de quienes están preocupados por la grave erosión genética que se está produciendo en el mundo.

Una galopante erosión genética

Por erosión genética se entiende la pérdida de biodiversidad. Una pérdida que resulta total, irreversible y para toda la eternidad. Ya sabemos que la erosión genética en las especies silvestres tiene sus causas en procesos como la deforestación, la contaminación de hábitats naturales, o la sobreexplotación de recursos. Sin embargo, ¿cuáles son las causas de la desaparición de las variedades tradicionales y con ellas de la rica biodiversidad genética acumulada a lo largo de 10.000 años de agricultura?

Quizás podamos entenderlo mejor si observamos las causas que han motivado que los organismos internacionales, algo tardíamente [1], comiencen a plantearse el problema y a crear en distintos lugares del globo bancos de conservación de recursos fitogenéticos. La creación de los primeros bancos de conservación no respondió, de ninguna manera, al deseo de conservar y poner a disposición de las generaciones futuras el material genético seleccionado por las comunidades campesinas. La triste realidad es que respondió inicialmente a la preocupación, digamos que interesada, que manifestaban los fitomejoradores ante la cada vez más preocupante falta de genes para poder realizar su trabajo (recordemos que hasta la fecha no ha sido posible crear genes, solo recombinarlos). Con la desaparición de las especies y cultivares locales, desaparecía también el material genético que necesitaban para su trabajo diario [2]. La cuestión no deja de ser paradójica puesto que la masiva adopción de los cultivares mejorados por la agricultura mundial es la causa fundamental de la desaparición de la biodiversidad genética cultivada en el mundo [3].

En España la situación es similar: en cereales, leguminosas de grano y otros cultivos extensivos, prácticamente el 100% de las variedades cultivadas son variedades mejoradas; las hortícolas con destino al comercio han sido sustituidas en gran parte por variedades mejoradas procedentes de empresas extranjeras multinacionales. Entre las variedades mejoradas de los cultivos importantes predominan las suministradas por empresas extranjeras, y frecuentemente no figuran cultivares autóctonos en su genealogía.

Antes de empezar a hablar de semillas, es necesario que recordemos que estas semillas han sido la base de la agricultura en sus 10.000 años de existencia. Hoy en día, la mayoría de los agricultores/as han perdido la costumbre, y con ella el poder, de producir sus propias semillas, dejando esta labor en manos de las casas comerciales. A raíz de la Revolución Verde, la industria ha ido desplazando al agricultor en la labor de producir el recurso básico en la producción agraria: la semilla. Además, en los últimos años la concentración y desaparición de las pequeñas casas de semillas locales ha sido especialmente intensa. En 2008 diez compañías controlaban el 67% del mercado mundial de semillas y el 82% del mercado de semillas se corresponde con semillas patentadas [4].

En los últimos sesenta años, este poder, que siempre estuvo en manos de quienes se dedicaban a la agricultura, ha sido dejado en manos de las empresas productoras de semillas y, los propios agricultores lo han terminado asumiendo como una actividad que no tiene que ver con los campos y los cultivos, sino con los centros de investigación y las batas blancas.

Sin embargo, si reflexionamos sobre el hecho de producir semillas, nos damos cuenta que se trata de un proceso natural, puesto que no es más que la manera, o una de las maneras, que las plantas tienen para reproducirse. Por lo tanto no se trataría nada más, y nada menos, que de dejar que los cultivos lleven a término su vida, final que generalmente se traduce en la producción de semillas. Recuperar este poder es tarea de la comunidad, especialmente del sector productivo, pero también de las autoridades administrativas y de los consumidores.

Aunque la mejora genética utiliza el término variedad no se nos puede esconder que su producto, la semilla comercial patentada, está constituido por plantas genéticamente idénticas, por verdaderos clones, ya que el proceso de obtención de estos clones se ha basado, desde el siglo XIX, en reducir la variabilidad presente en las variedades tradicionales hasta lograr lo que se llamaba en la genética tradicional líneas puras, que serán la base, ya en el siglo XX, de las semillas híbridas.

La pérdida de diversidad supone un proceso irreversible que implica, por una parte una pérdida de estabilidad y un incremento de la vulnerabilidad de los agroecosistemas. Para la agroecología las variedades locales, el uso de la diversidad agrícola, combinado con la diversidad cultural se sitúan en la base de la producción agraria. Y es que, si preocupante es la disminución en el uso de la primera, igualmente es imprescindible recuperar y conservar la gran riqueza y profundidad del conocimiento agrícola tradicional, puesto que ambos son dependientes, ya que la pérdida de uno de ellos imposibilita la supervivencia del otro. Es más, es en los sistemas campesinos tradicionales donde se esconden las claves para conseguir en la actualidad sistemas agrícolas productivos que sean sustentables en el tiempo.

Por último, señalar que la agricultura es uno de los sectores más sensibles al cambio climático. Las conclusiones del panel de expertos señalan que los problemas se dejarán sentir con mayor fuerza en los países del sur de Europa, puesto que la sequía será cada vez más frecuente en la Europa meridional, es decir, la agricultura española será una de las más afectadas. Nos encaminamos por lo tanto hacia un escenario de aumento de los fenómenos meteorológicos extremos (tormentas, inundaciones, sequías...); y es este un marco donde la biodiversidad en general, y la biodiversidad cultivada en especial, tienen un papel crucial. En la genética de las variedades locales es donde podemos encontrar los recursos para la adaptación de los cultivos a las nuevas condiciones meteorológicas; y en los conocimientos campesinos y los agrosistemas tradicionales, claves productivas adaptadas a estas condiciones más exigentes, y sobre todo, más variables.

La homogeneización del consumo y el papel de los consumidores

Ciertamente, el consumidor tiene mucho que decir respecto a la conservación de las variedades locales. Está claro que las compañías distribuidoras y manipuladoras de los alimentos prefieren los alimentos estandarizados, lejos de la impresionante riqueza de formas, colores, tamaños y sabores que representan las variedades locales; la búsqueda de economías de escala implica necesariamente la homogeneización del producto. La uniformización de la producción lleva al consumo estandarizado, los mismos productos y los mismos sabores donde quiera que vayas y en cualquier momento del año, una pesadilla de la que ni siquiera somos conscientes. El consumo ciego, el consumo irresponsable, el de las grandes superficies y los sabores sin contrastes, provoca la desaparición del producto especial, de lo peculiar, de lo local; o lo que es peor, reduce los sabores específicos a la producción destinada a una elite que puede permitirse pagar cantidades elevadas por un producto que ha dejado de ser popular.

Como nos dicen Bové y Dufour [5], “Siempre habrá agricultura, cualquiera sea la evolución política. El gran peligro sería que la desaparición progresiva de los campesinos hiciera bascular la agricultura hacia la otra vertiente, quedando totalmente en manos del sistema agroquímico y agroindustrial, que acabará e impondrá en todos lados esa uniformidad que los ciudadanos no quieren”.

Trabajar por el mantenimiento en cultivo de las variedades locales, como hacen múltiples grupos locales y las Redes de Semillas, pasa sin lugar a dudas por aumentar la demanda de las mismas.




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