Todo está bajo control (o no)

Serias dudas sobre la credibilidad e independencia de los ‘expertos’ nucleares.

Toño Hernández, Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 69

Repasando las declaraciones de un gran número de ‘expertos’ nucleares sobre la catástrofe de Fukushima, se observa un patrón de respuestas que se cumple a rajatabla en todo tipo de accidentes nucleares, sean graves o leves: primero, negar y ocultar que pase nada (si se puede); segundo, minimizar los daños y los riesgos; tercero, desviar la culpa hacia una mala praxis u otro elemento ajeno (catástrofe natural, etc.); cuarto, desinformar, reducir la información o volver a ocultar el asunto. Y sobre todo, afirmar que los niveles de seguridad están garantizados o lo serán gracias a los rigurosos análisis de los técnicos, que es en quienes hay confiar. Lo malo es que cuando se contrastan esas opiniones de los expertos con la realidad, el resultado no resulta nada tranquilizador.

La catástrofe nuclear de Fukushima, tras el terremoto y tsunami del 11 de marzo en Japón, ha desencadenado un sinfín de reacciones en los medios. Declaraciones e informes de expertos trataban de tranquilizar a la población y garantizar la seguridad de la tecnología nuclear. El Gobierno, así como sectores académicos insistían en que sólo los expertos podían explicar y valorar lo que estaba sucediendo.

Pero un repaso a las declaraciones de los primeros días puede permitir a cada cual hacerse una idea de la fiabilidad y confiabilidad que se pueden depositar en las personas que defienden la seguridad de nuestro parque nuclear.

Valoración de la gravedad del accidente, la seguridad y control de la situación

El día 12 de marzo María Teresa Domínguez, presidenta del Foro Nuclear Español afirmaba que “la situación estaba controlada” y que era “innecesario” calificar la situación de “alarma”(1). Los calificados por los medios como expertos, a la vez que acusaban a los sectores ecologistas de querer arrimar el ascua a su sardina alarmando a la ciudadanía, afirmaban que se trataba de un situación mucho menos grave que la de Three Mile Island.

El 13 de marzo, a la vez que el Gobierno japonés no excluía el riesgo de una explosión en el reactor número 3 de Fukushima(2), María Teresa Domínguez consideraba que las informaciones que le llegaban eran “tranquilizadoras”(3) y Xavier Díaz, Catedrático de Ingeniería Nuclear de la Universitat Politècnica de Catalunya afirmaba con rotundidad que “cada día que pasaba jugaba en favor de la seguridad”.(4)

Menos de una semana después, el 18 de marzo, Japón aumentaba el nivel de gravedad del accidente nuclear en Fukushima de 4 a 5, situándose con ello como el segundo peor accidente nuclear de la historia(5). El 29 de marzo un trabajador de Fukushima declaraba: “si esto sigue así, mucho me temo que podríamos ver algo peor que en Chernobil”(6)

El 12 de abril, Japón volvió a elevar el nivel de gravedad del accidente de 5 a 7, la misma calificación que se dio en su momento al accidente de Chernobil. Una fuente de Tokyo Electric Power (TEPCO) reconocía la incertidumbre de la situación y la posibilidad de que las emisiones radiactivas puedan superar en el futuro a las de la tragedia de Chernóbil.(7)

Desgraciadamente, la profecía con la que el Director de la Agencia Nuclear de la OCDE trataba de tranquilizar a la población el 15 de marzo al afirmar “en una semana estaremos mejor”(8) no se cumplió y la realidad es que un mes después TEPCO manifestaba su esperanza de enfriar en tres meses los reactores de Fukushima, si bien su estabilización completa llevará entre seis y nueve meses(9).

Reactores parados

El 12 de marzo María Teresa Domínguez decía que no había motivos para el pánico en lo relativo a los rectores parados(10). Sin embargo el 16 de marzo se informaba(11) de que cinco de los seis reactores de Fukushima presentaban nuevos problemas. Los reactores 4, 5 y 6 de la central no estaban operativos cuando el terremoto y el tsunami asolaron la central, por ello, Tokio siempre los dejó fuera de sus advertencias.

Domínguez también aseguraba la imposibilidad de que un seísmo como el de Japón hubiera afectado a un Almacén Temporal Centralizado (ATC) de residuos radiactivos. Dejó claro que el impacto sería nulo, porque un ATC “es como una central apagada; sólo tiene calor residual”(12). Tres días después la temperatura aumentaba en las piscinas de desechos nucleares de los reactores 5 y 6 de la central nuclear de Fukushima, amenazando con dejar expuestas las barras de combustible usado(13).

Fusión y riesgo de incendio de los reactores

El 12 de marzo las autoridades japonesas sospechaban que uno de los reactores de la planta nuclear de Fukushima podría estar experimentando un proceso de fusión tras el fuerte terremoto del viernes(14).

A la vez, los expertos dudan de que haya comenzado la fusión del núcleo del reactor de Fukushima y Juan José Gómez Cárdenas afirma: “es dudoso que haya una fusión del núcleo del reactor”(15). Ese mismo día el gobierno japonés anunciaba la posibilidad de que se estuviese dando un proceso de fusión en los reactores 1 y 3 de la central nuclear.

El 28 de marzo, TEPCO informaba de la presencia de agua altamente radioactiva en el reactor 2 lo que podía indicar que se hubiese producido la fusión del núcleo, uno de los peores escenarios posibles(16). La Agencia de Seguridad Nuclear de Japón posteriormente, el 19 de abril, confirma que las barras de combustible de los reactores 1 y 3 se han fundido parcialmente(17).

El 13 de marzo el académico ruso, Yerguei Velijov, declaraba contundentemente: “no hay nada que pueda arder”(18). Al día siguiente se escuchaba una explosión en el reactor 3 de la central nuclear de Fukushima y se localizaba una columna humo blanco(19). Unas horas después, el Primer Ministro japonés informa que se había producido un incendio en el reactor número 4(20) (uno de los que estaba parado cuando sucedió el terremoto).

Solidez de los recintos y riesgo de fuga

El 13 de marzo, César Molins, Doctor en Ingeniería Nuclear y exdirectivo de la American Nuclear Society afirmaba: “el edificio de contención debería soportará cualquier explosión”(21). Por su parte, Juan José Gómez Cárdenas declaraba: “cada día que pase disminuyen las probabilidades de fuga”. “Si se produjera la fusión del núcleo, el modelo esperable es que el hormigón lo contenga”.(22)

El 14 de marzo, el recinto de contención del reactor número 2 de la central nuclear de Fukushima parece dañado(23). El 23 de marzo se anuncia que la vasija del reactor 3, que contiene las barras de combustible, también podría estar dañada(24).

A pesar de ello María Teresa Domínguez el mismo 14 de marzo afirmaba en la COPE: “Ahora mismo no ha habido emisiones al exterior y por más que nos empeñemos eso es una hipótesis.”

El 26 de marzo, TEPCO informaba de que las barras de combustible de los reactores 1 y 2 están dañadas al 70 y 33 %, respectivamente. Decía también que eso ha podido provocar la fusión parcial del núcleo de los reactores (esa fusión que era dudosa). El edificio que albergaba el rector 1 ya había registrado una explosión y cuatro días después se producía otra en el reactor 2 que dejaba la vasija dañada.(25) Además, un portavoz del gobierno japonés admitía la posibilidad de que la vasija del reactor 3, del que también salía humo, estuviese dañada(26). El 3 de abril, TEPCO había descubierto una grieta de 20 centímetros en un foso de contención de hormigón en el reactor número 2 por donde se estaba fugando agua con alta radiactividad al mar(27).

Emisiones radiactivas y peligro para las personas

El 12 de marzo Agustín Alonso, catedrático en energía nuclear y exconsejero del Consejo de Seguridad Nuclear manifestaba en TVE a propósito de las fugas radiactivas: “no son fugas, sino emisiones controladas y de escasa radiactividad”. El experto Alonso aseguraba que en un área de 10 km era muy remoto el posible efecto que pudiera tener sobre las personas y el medio ambiente la nube de gases tóxica que haya liberado la central de Fukushima.(28) Ese mismo día la Agencia para la Seguridad Nuclear e Industrial descartó que el aumento de la radiactividad representara una “amenaza inmediata a la salud pública”.

Paralelamente, el día anterior, el primer ministro japonés, Naoto Kan, pedía la evacuación a 10 kilómetros a la redonda de la central de Fukushima, donde se ha registrado un nivel de radiación 1.000 veces superior a lo normal(29); el 12 de marzo se detectaba cesio radiactivo cerca de la central y las autoridades niponas evacuaban a 46.800 personas debido a que la subida inusual del nivel de radiación(30) y elevaban el radio de evacuación a 20 kilómetros(31).

El día 14 de marzo el gobierno japonés confirmaba que había daños en el reactor número 2 tras una nueva explosión y que había fuga radiactiva. En la zona afectada en torno a la central nuclear se evacuaban a 800.000 personas y las autoridades pedían “cierren las ventanas y no salgan a la calle”.(32)

Sin embargo, algunos expertos valoraban la situación de otra manera. Así, por ejemplo, Daniel García, ingeniero de telecomunicaciones de la agencia nuclear japonesa declaraba el 14 de marzo en Radio 5: “La situación no es gravísima (…) En ningún momento ha habido peligro. (…) No hay posibilidad realista de que pase algo malísimo.(...) Hay más o menos la misma situación que al principio (…) No hay posibilidad de que se libere radiactividad de forma masiva”(33). Malcolm Crick, miembro del Comité Científico de la ONU sobre los Efectos de la Radiación Atómica (Unscear) afirmaba en la misma línea: “la radiación liberada en Japón no supone peligro para salud.”(34)

Frívolamente optimistas, a nuestro juicio, eran también las afirmaciones de María Teresa Domínguez el 14 de marzo en Sevimedia. Domínguez sostenía que el comportamiento de las plantas atómicas de Japón tras el tsunami demostraban la “fortaleza” de la energía atómica. Para ella, el accidente en la central “no había tenido ningún impacto para las salud” y el impacto es nulo”.(35)

Al estilo Fraga-en-Palomares, no dudó en afirmar: “yo me hubiera quedado”(36), en alusión a los miles de japoneses que, después de soportar un terremoto y tsunami dramáticos, se veían obligados a abandonar masivamente sus casas situadas en las zonas próximas al reactor.

Al día siguiente de sus inoportunas declaraciones las autoridades japonesas ampliaban el radio de seguridad hasta los 30 kilómetros(37) y el 16 de marzo EE UU alertaba de radiaciones “extremadamente altas” en la central nuclear de Fukushima, recomendando a sus ciudadanos que no se acercasen a menos de 80 kilómetros (Francia recomendaba 240 km) de la central(38).

Ese mismo 16 de marzo, la radioactividad sobre la planta de Fukushima impedía a los helicópteros verter agua sobre el reactor 4 para enfriar el combustible que amenazaba con la fusión(39).

La actitud de restar importancia a lo que sucedía fue también señalada por los habitantes que huyeron del perímetro de seguridad alrededor de la central nuclear de Fukushima que se sintieron traicionados por la operadora TEPCO y sus expertos que siempre les aseguraron que no había peligro(40).

En atención a los aumentos de la radiación y para evitar tener que evacuar a más personas (no sabemos si apoyados en informes de expertos), el Gobierno de Japón elevó la dosis de radiación permitida para los niños en jardines de infancia, guarderías, escuelas primarias y secundarias de Fukushima(41).

Así es más fácil justificar las declaraciones en torno a la seguridad de las personas que trabajaban dentro de la central. La optimista María Teresa Domínguez, afirmaba el 14 de marzo en la COPE: “no hay peligro para los operarios que están trabajando”(42). Al día siguiente, los informativos, después de consultar con los expertos, exponían que las emisiones radioactivas que se han generado tras las explosiones en la central nuclear de Fukushima eran por el momento “leves” y no suponían “daño humano”, ya que los niveles de radiación son “similares” a los que produce una tomografía axial computarizada (TAC) de tórax o abdomen(43).

Luis Echávarri, director de la Agencia Nuclear de la OCDE, reconocía que la radiación emitida estaba por encima de los límites legales, pero no creía que hubiese tenido impacto directo sobre la salud de las personas(44).

De nuevo, lo que sucedía posteriormente desmentía la afirmación experta. El 27 de marzo el OIEA indicaba que dos trabajadores ingresados “sufrían una importante contaminación de la piel en las piernas” y que ambos operarios recibieron dosis que pueden resultar fatales.(45)

El 3 de abril se hallaba los cadáveres de dos trabajadores de la central de Fukushima que estaban desaparecidos desde el 17 de marzo. Se informaba de que 21 de las personas que trabajaban en la central sufrían alteraciones genéticas por la radiación.(46)

Eso no fue óbice para que TEPCO anunciase que aumentará el límite de radiación al que pueden exponerse los empleados de sus centrales debido a la necesidad de atajar la grave situación de la planta. Hasta ahora este límite estaba en 100 milisiverts y lo han incrementado hasta los 150 milisierverts(47).

El 6 de abril, Weiss, experto nuclear de la ONU consideraba de escaso el impacto sobre la salud humana que iba a tener el desastre de Fukushima(48) dado que la población que vivía en torno a la central (y que en las semanas anteriores muchos expertos consideraban que no corría riesgos) había sido evacuada.

El 8 de abril se informaba de que las partículas radiactivas desprendidas a causa del accidente nuclear de Fukushima se esparcieron por todo el hemisferio norte en apenas dos semanas(49) y el 16 de abril el profesor Chris Busby, del Comité Europeo de Riesgos de Radiación defendía que los casos de cáncer aumentarán en los próximos 50 años cerca de 400.000 casos en un radio de 200 kilómetros alrededor de la planta(50).

Impacto sobre el medio ambiente y la alimentación

El 13 de mayo Juan José Gómez Cárdenas, perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) declaraba: “lo mas probable es que las consecuencias incluso de una fusión total sean ligeras para el público, ya que los elementos que más fácilmente se liberan son gases, que a su vez se disipan rápidamente en la atmósfera y por tanto es muy improbable que haya efectos de largo alcance”(51). En la misma línea Enrique González, miembro del Ciemat aseguraba: “El riesgo es muy reducido, y lo normal es que el impacto en el medio ambiente o en las personas sea muy limitado.(...) El daño a la población y al medio ambiente será mínimo”(52).

El 14 de marzo, María Teresa Domínguez restaba gravedad a la situación al decir: “No ha habido emisión al exterior, no hay situación de emergencia radiológica” además le parecía una situación fácil de resolver por que “solo se necesita agua para trabajar tras la catástrofe”(53)

Lo que sucedía en los días siguientes tristemente desmentía de nuevo las previsiones tranquilizadoras de los expertos en cuyo conocimiento se apoyan las decisiones políticas. En un rápido vistazo de estos acontecimiento encontramos que:

El 19 de marzo se detectaban altos niveles de radiación en alimentos de Ibaraki y Fukushima. El jefe de Gabinete del Gobierno de Japón confirma en rueda de prensa que han detectado contaminación en leche y verduras.(54)

Cuatro horas más tarde, se informa que el gobierno japonés confirmaba que han detectado radioactividad en el agua corriente en Tokio y otras ciudades(55).

El 21 de marzo la Autoridad de la Seguridad Nuclear francesa (ASN) decía que las emisiones radiactivas de la central nuclear de Fukushima continúan y que Japón deberá tratar sus efectos durante “decenas y decenas de años”(56) y operarios de la planta de Fukushima aseguraban haber encontrado restos de radiación junto al mar(57).

El 23 de marzo el agua corriente de Tokio presentaba niveles de radiactividad que superan el límite aceptable para los bebés(58) y el 28 del mismo mes Japón pide a las plantas de agua de todo el país que no recojan el agua de lluvia para evitar una posible contaminación de vertidos radiactivos. Solicita a las depuradoras que tapen sus tanques y que dejen de extraer agua de los ríos después de la lluvia(59).

El 31 de marzo la Agencia de Seguridad Nuclear de Japón dice que la radiactividad en el agua del mar cerca de Fukushima supera en 4.385 veces el límite legal(60) y el 5 de abril el nivel de yodo radiactivo detectado en aguas marinas próximas a la central nuclear de Fukushima es cinco millones de veces superior al límite legal, mientas el cesio-137 lo excede en 1,1 millones de veces(61).

El 6 de abril se hallan cantidades de plutonio en el suelo de cuatro localidades próximas a Fukushima(62) y el día 10 del mismo mes, después de que más de 20.000 hectáreas de las fértiles tierras del noreste japonés, el sustento de pueblos enteros, han quedado inservibles tras el tsunami, ahora también se suma la prohibición de cultivar en suelos con alta radiación(63).

A la vez que el 20 de marzo, el organismo de control alimentaria de la ONU declaraba que la radiactividad en Japón no había llegado a los alimentos cultivados en otros países(64), Taiwan encuentra radiación en habas importadas de Japón(65), el nivel de radiación de un avión de mercancías chino se situaba en un nivel 22 veces por encima de lo normal(66) y en Singapur se aseguraba que las verduras importadas de Japón tenían niveles de radiación nueve veces superiores a los recomendados a nivel internacional(67).

Tranquilidad, forma de actuar y conocimiento (o desconocimiento)

Aunque según avanzaba la crisis, se ha criticado la gestión de la misma y la opacidad informativa, durante muchos días la profesionalidad y actuación de los técnicos japoneses ha sido bien valorada.

Domínguez afirmaba el 14 de marzo: “todo lo que está ocurriendo está dentro de lo previsto en estas situaciones”(68) y añadía el 17 del mismo mes: “Lo que se ha demostrado tras el suceso de Japón, es que no ha habido carencias tecnológicas ni fallos de operación humanos, sino que se debe a la catástrofe natural. La reacción del gobierno japones ante el incidente nuclear ha sido correcta(69). Remataba en la COPE: “Las centrales españolas son tan seguras como las japonesas”(70).

Desde el primer día, los expertos han tratado de tranquilizar al mundo, afirmando su conocimiento y capacidad de controlar la situación. Francesc Reventós, profesor de Física e Ingeniería Nuclear de la Universidad Politécnica de Catalunya, afirmaba en los primeros días: “los reactores de agua occidentales, que son la mayoría que existen en el mundo, son un hito de seguridad y de excelencia”.(71)

Por su parte, aunque el 16 de marzo el OIEA confirma que están dañados los núcleos de los reactores 1, 2 y 3, asegura que no se puede decir que la situación esté “fuera de control”(72). El mismo Organismo unos días más tarde tiene que reconocer que la fuga de radiactividad continúa en la central de Fukushima, pero se desconoce exactamente de dónde procede. (73)

Entre tranquilizador y sincero se mostraba Antoni Gurguí, miembro del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN): “Dije el primer día que era peor que Harrisburg y mejor que Chernóbil, que es otra forma de decir que es un nivel 6. Tampoco creo que el número sea tan importante. No se va a salvar nadie porque se le dé una clasificación u otra. Me interesa más por qué se acumuló hidrógeno en la contención secundaria. Porque eso sí que me sorprende. Y ahí está buena parte del problema. Mirando los planos de centrales similares no lo acabamos de comprender”.(74)

Y en el colmo de la tranquilidad Santiago San Antonio, director general de Foratom, ante el anuncio de someter a las centrales nucleares a nuevas pruebas, declaraba contundentemente: “Todas las centrales españolas podrán pasar esas pruebas de estrés”, tras reconocer que esos exámenes “aún están sin definir”.(75)

Todos estos expertos apelan continuamente a que confiemos en ellos, mientras los políticos con mando les ratifican esa confianza. José Miguel García, decano de la Facultad de Químicas de Burgos, pide que el análisis sobre el futuro de las centrales nucleares se realice desde el punto de vista científico y “no emocional”.(76)

El mismo día Miguel Sebastián, ministro de Industria defendió que en España el parque de las centrales nucleares “es joven y seguro”, mientras Rosa Aguilar, ministra de Medio Ambiente, decía el día siguiente que “no es el momento de debatir sobre las instalaciones españolas”.

Vista la poca fiabilidad de los más sonados expertos nucleares, resulta preocupante la noticia de Europa Press de que los grupos parlamentarios del PSOE, PP y CIU han coincidido en que el debate sobre el cierre de las nucleares españolas debe basarse en requisitos de seguridad y en los informes técnicos del Consejo de Seguridad Nuclear... El PP “siempre basará sus decisiones en los informes de seguridad de los técnicos”.(77)

No podemos confiar con tanta tranquilidad cuando encontramos casos como los ex-responsables de la nuclear Ascó, que el 21 de marzo se negaban a declarar en relación una dicha fuga radiactiva en 2007, de la que no informaron en su momento “ni cancelaron las visitas de grupos de estudiantes a la central” una vez conocida la fuga y dispersión de partículas.(78)

Repasando esta catástrofe, otros accidentes nucleares e incluso los “pequeños incidentes” ocurridos cotidianamente en las centrales nucleares, encontramos un patrón de actuación por parte de técnicos, industria y políticos: primero, negar y ocultar que pase nada; segundo, minimizar los daños y los riesgos; tercero, desviar la culpa hacia una mala praxis u otro elemento; cuarto, desinformar, reducir la información o volver a ocultar el asunto. Y en todo momento afirmar que los niveles de seguridad están garantizados o lo serán en base a rigurosos análisis de los técnicos, que es en quien hay confiar antes de tomar decisiones.

Sin considerar el interés personal (es su forma de ganarse la vida) de la mayoría de los expertos nucleares, ¿realmente están tan preparados?¿saben lo que puede llegar a ocurrir y cómo reaccionar ante situaciones no previstas?. A la vista de lo que está ocurriendo en Japón sólo un acto de fe o irresponsabilidad llevaría a contestar afirmativamente estas preguntas.

¿Independientes o pronucleares?
Los miembros del CSN son elegidos a dedo por los partidos políticos. Así, Carmen Martínez Ten, y el consejero Francisco Fernández, fueron elegidos a petición del PSOE. Otros dos miembros del pleno, Antonio Colino y Luís Gámir, lo fueron a propuesta del PP. El quinto, Antoni Gurguí, ingresó de la mano de CiU. Todos los miembros han tenido relación anteriormente con los sectores pro-nucleares.

Otro caso: en 1959 la OMS y el OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica) establecieron un acuerdo por el que los estudios de la OMS en materia nuclear deberían ser revisados por el OIEA antes de ser publicados. Dichos informes no deberían ser negativos para este organismo, ni deberían impedir la promoción de la energía nuclear. Esto explica que un informe de la OMS sobre Chernóbil de 2005, limitara los fallecidos por este accidente a 4.000 mientras que estudios más recientes de la Academia de Ciencias Rusa los eleven a más de 200.000.




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