Ofertas y demandas

“Dos historias de vidas en el "sistema de la mercancía".

ConsumeHastaMorir, Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 72.

Qué difícil vivir
Qué difícil vivir dentro del sistema de la mercancía
Qué difícil vivir, conservando hebras de humanidad, dentro del sistema de la mercancía
Qué difícil vivir, conservando hebras de humanidad y una posibilidad de llegar a ser humanos, dentro del sistema de la mercancía
Qué difícil vivir, conservando hebras de humanidad y una posibilidad de llegar a ser humanos y una puerta abierta hacia el campo sin puertas, dentro del sistema de la mercancía
Qué difícil abrir la puerta sin puertas,
Qué difícil vivir

Jorge Riechmann

La primera fue noticia hace unos meses: en un supermercado de Wal-Mart en Louisiana (Estados Unidos), se vendían Barbies a un precio diferente según fuera el color de "su piel". Las blancas y rubias costaban 5,93 dólares; las negras y morenas, 3. Cuando unos periodistas se percataron de ello y preguntaron a los responsables de la mayor empresa transnacional del planeta por qué unas valían la mitad que las otras, un portavoz de la compañía respondió: "A pesar de que ambas muñecas tenían el mismo precio en un comienzo, una de ellas fue rebajada debido a que se estaban vendiendo menos y con la esperanza de que los clientes las adquirieran" [1].

La otra ocurrió unas semanas atrás: dos senadores estadounidenses presentaron una propuesta de ley para conceder un visado de tres años a los extranjeros que inviertan más de medio millón de dólares en propiedades inmobiliarias en el país. Los impulsores de esta medida pronostican que traerá grandes beneficios a coste cero: "La reforma generará más demanda sin que el gobierno federal se tenga que gastar ni un centavo", dijo el senador demócrata Charles Schumer [2].

En la sociedad de consumo, los hechos siempre responden a la ley natural del mercado: precio, competencia, coste, oferta y demanda. Así puede explicarse que unas muñecas se vendan al doble que otras y que unos trabajadores cobren un tercio que los de al lado. Siguiendo esa misma lógica, se entiende también por qué hay quien puede comprarse una casa e ir a establecerse sin problemas en el país más rico del mundo mientras, sólo unos kilómetros más para allá, se disponen muros, vallas, alambradas, armas y patrullas para impedirle por todos los medios la entrada a otros extranjeros.

Un trajecito para niño cuesta 50 dólares para alguien que lo compra en Estados Unidos, para la mujer que lo tejió en El Salvador el precio son 14 horas de trabajo diarias sin derechos laborales por un sueldo mísero. Un soldado israelí se intercambia por mil veintisiete presos palestinos. Construir carreteras y líneas de alta velocidad es una inversión; contratar profesores y abrir los quirófanos por la tarde, un gasto. Las vidas de Gadafi y Bin Laden valen menos que la bolsa de plástico que te regalan con tu compra en el supermercado.

Todo se compra y se vende, sí. Pero, como decía el poeta, hay que ser muy necio para no comprender la diferencia entre valor y precio.




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