Directiva de Calidad de los Combustibles

La primera víctima ambiental de los acuerdos comerciales con Norteamérica.

Mariano González, coordinador de Transporte de Ecologistas en Acción.
Revista El Ecologista nº 83.

Las grandes compañías petroleras a ambos lados del Atlántico presionan para descafeinar los tímidos acuerdos de la Directiva de Calidad de los Combustibles. Se quiere eliminar toda traba a la importación de los petróleos más sucios: aquellos que provienen de arenas bituminosas o los extraídos mediante fracturación hidráulica. Y todo ello, con la palanca de los acuerdos comerciales CETA (UE con Canadá) y TTIP (con EE UU).

En 2007 la Unión Europea (UE) aprobó reducir en 2020 las emisiones de GEI en un 20% respecto a 1990. Entre las pocas medidas que se acordaron para reducir las emisiones en el transporte por carretera –uno de los más complicados de regular por su carácter difuso– fue la reforma de la Directiva de Calidad de los Combustibles (FQD en sus siglas en inglés). Se acordó establecer el objetivo de que en 2020 las emisiones asociadas a los combustibles consumidos en la UE para transporte por carretera, teniendo en cuenta el ciclo global, fueran un 6% inferiores a las de 2010.

Así que una vez aprobado el objetivo, solo quedaba pendiente aprobar la metodología para efectivamente comprobar que el objetivo se alcanzaba. Algo que parecía una simple cuestión de carácter normativo (respaldado en las conclusiones de los estudios científicos), se convirtió por el contrario en un conflicto político de primera magnitud dentro y fuera de la UE.

Canadá y las arenas bituminosas

Tras la debacle financiera de 2008, la UE decide intensificar los acuerdos de libre comercio –tal y como reclamaban sus multinacionales y grandes corporaciones– y Canadá era un socio perfecto. En 2009 se iniciaron las negociaciones comerciales para llegar a un acuerdo de libre comercio, conocido como CETA, por sus siglas en inglés.

Eso sí, era un socio con un gran interés en el petróleo de arenas bituminosas: al oeste de su territorio, en Alberta, se encuentran las mayores reservas probadas del planeta, que además y a diferencia de otros yacimientos similares habían empezado a explotarse a principios del año 2000.

Por eso no es de extrañar que el Gobierno canadiense mostrara siempre su rechazo a que la metodología pendiente para cumplir con el objetivo de la FQD, penalizara al petróleo de arenas bituminosas frente al procedente de otras fuentes. Una metodología basada en unos valores medios de emisión diferenciados por tipo de fuente, lo que parecía más razonable para que el mercado europeo tendiera hacia el uso de las fuentes menos sucias, era sin embargo una grave amenaza para los intereses depositados en las arenas bituminosas. Pero el informe encargado por la Comisión Europea (CE) [1] decía otra cosa: los petróleos no convencionales [2] requieren de un mayor consumo de energía para su obtención y transporte, lo que se traduce unas mayores emisiones de GEI respecto a los petróleos convencionales: un 23% más en el caso del procedente de las arenas bituminosas, y un 50% más en el caso de los procedentes de esquistos bituminosos

Este asunto tenía una importancia vital para las compañías petroleras internacionales, IOCs por sus siglas en inglés [3], y las refinadoras de petróleo que habían apostado por los petróleos pesados, entre las que se encuentra Repsol. En términos generales porque toda barrera comercial supone una amenaza de facto para sus intereses y un ejemplo replicable por otros países o regiones. Y más cuando las IOCs actualmente solo controlan en torno al 6% [4] de las reservas de petróleo mundiales; y en el que las arenas bituminosas de Canadá constituyen uno de los escasos grandes recursos petrolíferos a los que estas empresas tienen acceso sin trabas.

El asunto sin embargo se hizo vital cuando el mercado estadounidense –a causa de la reducción de la demanda interna y de los descubrimientos de petróleo de esquisto que inundaron su mercado (e hicieron bajar los precios del crudo)– dejó de ser el mercado de referencia en el que habían depositado las expectativas de importación. O se encontraba un mercado alternativo o el capital financiero que sostiene las inversiones acabaría huyendo de Alberta. Y según el informe realizado por Natural Resources Defense Council parece que el mercado más atractivo a día de hoy, por cuestiones de infraestructura necesaria y de índole política, es la UE.

Así que o la UE consume petróleo de arenas bituminosas o se pondrá en riesgo la explotación en Alberta, junto con todas las inversiones realizadas (112.000 millones de euros de 2001 a 2012) y previstas (145.000 millones de euros de 2013 a 2020) y con las expectativas depositadas en el resto de yacimientos similares que se encuentran todavía sin explotar; como por ejemplo el de la cuenca del Orinoco en Venezuela (las segundas mayores reservas mundiales, en las que Repsol tiene además importantes intereses).

Pero si no se frena la extracción de este petróleo los impactos ambientales causados en los lugares de extracción serán enormes. Conviene destacar que la extracción se realiza mediante minería a cielo abierto, y que las reservas de Alberta se encuentran en uno de los pocos bosques boreales intactos que quedan en el planeta. La deforestación causada, así como la contaminación de acuíferos y las balsas con productos tóxicos, está provocando una destrucción ambiental irreparable. La minería a cielo abierto ya realizada es de hecho visible desde el espacio exterior. Asimismo, al ser un petróleo ultrapesado, los daños ambientales en caso de vertido en tierra o mar durante su transporte serían también mucho más perjudiciales que si fuera crudo convencional.

En el informe mencionado, se estimaba a su vez cual sería la tendencia del consumo de este petróleo en la UE si se dejara al mercado actuar a su libre albedrío, y las conclusiones resultaban alarmantes: se podría pasar de los 4.000 barriles diarios que entran actualmente en la UE a unos 600.000 barriles en 2020, es decir 150 veces más que en la actualidad. Podría llegar a representar el 6,7% del consumo europeo de combustibles destinados al transporte por carretera, lo que aumentaría inevitablemente la intensidad de emisión de GEI en un 1,5% como mínimo. Lo que representa un cuarto del objetivo de reducción del 6% y es equivalente a la incorporación de unos seis millones de automóviles en las ciudades europeas para el año 2020.

EE UU y el TTIP

En un informe hecho público este verano [5] no solo se demuestra cómo el Gobierno canadiense ha utilizado las negociaciones comerciales con la UE para eliminar una metodología adversa al petróleo de arenas bituminosas, sino que el Gobierno estadounidense también ha presionado en la misma dirección en las negociaciones que mantiene con la UE para liberalizar el comercio en el marco del TTIP. En el informe, elaborado con documentos oficiales, se exponen los diferentes agentes empleados [6] y los mecanismos de presión utilizados por las compañías petroleras para torpedear esta Directiva [7].

El motivo de que el Gobierno de EE UU ha actuado también en defensa las IOCs, son los yacimientos de petróleo de esquisto (más contaminante aún que el de arenas bituminosas) que posee, y las expectativas ante una eventual retirada de la prohibición para exportar el petróleo estadounidense, tal y como reclaman las compañías petroleras.

Repsol y sus refinerías

Volviendo la vista a Europa, una conclusión muy reveladora del informe realizado por Natural Resources Defense Council es que de incrementarse la entrada de petróleos pesados, una de las compañías petroleras que más se beneficiaría sería Repsol. El motivo estriba en que Repsol posee tres de las cinco refinerías de la UE (Cartagena, Bilbao y Castellón), que representan el 79% de capacidad de toda la UE para refinar estos petróleos pesados. Por lo que gran parte de todo el petróleo en bruto que llegase para ser refinado a la UE pasaría por sus refinerías. No en vano, Repsol lleva tiempo invirtiendo importantes sumas de dinero para adaptarlas al refino de los petróleos pesados. De hecho la actividad de refino de Repsol parece que es una de las actividades que mejor resultado da a la compañía, en especial la centrada en el refino de petróleos pesados [8].

Última propuesta de la Comisión Europea

En todo este contexto, en el que parecía que la CE renunciaría incluso a proponer alguna metodología, finalmente hizo pública una propuesta el pasado octubre. El resultado no podía ser más decepcionante: se optaba por utilizar un valor medio de emisiones de GEI para todo tipo de petróleo, sin importar su procedencia, tal y como pedían las IOCs. Es decir, que no habrá penalización alguna al suministro de petróleos no convencionales, por lo que es predecible que el consumo de estos petróleos en la UE se verá paulatinamente incrementado en los años venideros. De hecho, el primer buque cargado en su totalidad con petróleo procedente de arenas bituminosas de Canadá, para ser refinado en la refinería de Muskiz (Vizcaya) y testar que las instalaciones estaban a punto, atracó en el puerto de Bilbao el 3 de junio.

Lo único rescatable de esta propuesta es que se implementará un sistema de trazabilidad, que aunque sin validez a la hora de computar las emisiones, permitirá conocer la procedencia del petróleo consumido en la UE. Un sistema al que también se oponen las IOCs, que podría hacer que ni esta propuesta saliera adelante si consiguieran que varios Estados miembros la bloquearan. Queda en entredicho cómo se logrará el objetivo del 6%, que solo podrá alcanzarse mediante el uso de electricidad y de agrocombustibles (también muy cuestionados), y mediante la implementación de sistemas tecnológicos en los pozos de extracción para reducir las fugas de gas, de las que no está del todo claro si podrá comprobarse correctamente su aplicación y eficacia.

Se puede concluir, por tanto, que la Directiva FQD, cuya continuación más allá de 2020 está en entredicho (la CE ha propuesto no ampliarla más allá de esa fecha), es por tanto la primera norma ambiental víctima de los intereses comerciales que impulsan las grandes multinacionales y corporaciones a ambos lados del Atlántico. Un simple ejemplo que nos advierte de lo que podría venir en el caso de que ambos acuerdos comerciales, CETA y TTIP, vieran finalmente la luz.

Lo peor de todo, es que aunque la normativa se maquille para no penalizar las emisiones de los petróleos no convencionales, las emisiones de GEI se incrementarán por el uso de estos petróleos sucios acelerando aún más el calentamiento global. Y lo realmente paradójico es que en el mejor de los casos solo servirá para perpetuar la globalización económica unos pocos años más, ya que las reservas probadas de los petróleos no convencionales son relativamente pequeñas.




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