Crisis de sentido y ecosocialismo

Es indispensable una comprensión de nuestra época planetaria.

Jorge Riechmann [1]. Revista El Ecologista nº 83.

Hemos de construir una comunidad humana y justa. Para ello, son necesarias tres grandes tareas: una ética de la compasión y el respeto por el otro, una política plenamente democrática, y construir una sociedad que de verdad sea sustentable en lo ecológico.

En el mundo “desencantado” de la Modernidad, la crisis de sentido resulta indudable, y no dejó de ahondarse durante los dos últimos siglos. Un poeta como José García Nieto (1914-2001) podía escribir versos como “qué sosiego da pensar/ que Dios vigila en las cosas”, pero ¿realmente esa clase de sosiego está al alcance del hombre y la mujer modernos que se quieren lúcidos, libres de autoengaño?

Si nos desprendemos de Absolutos con mayúscula, si dejamos de agarrarnos a una idea de Dios –hay que decir que un poco idólatra– como sólida percha metafísica de la que colgarnos, si aceptamos de veras la finitud humana en un mundo donde, en caso de que reconozcamos trascendencia, hemos de pensarla como “trascendencia inmanente”, ¿quiere ello decir que estamos condenados al nihilismo?

Aproximarse al dolor, y por ahí conectar con lo sagrado

Una posible respuesta se hallaría en lo que alguna vez llamó Edgar Morin el evangelio del extravío. “Debemos resituarnos en el cosmos, del que sabemos que va hacia la dispersión y la muerte, y que nos indica nuestro pequeño lugar marginal y periférico. Nuestros conocimientos en este dominio refuerzan la idea de que nuestro hábitat es la Tierra. Esa es para mí la justificación de lo que he denominado el ‘evangelio de la perdición’: estamos sobre esta tierra, perdidos en el cosmos, así que ayudémonos mutuamente en vez de hacernos la guerra. Es exactamente lo contrario del Evangelio que nos dice que nos salvaremos si somos ‘amables’ con los otros. ¡Debemos ser ‘amables’ porque estamos ‘perdidos’! Es indispensable una comprensión de nuestra época planetaria” [2].

El poeta cubano Roberto Fernández Retamar decía que no debería escamotearse al ser humano el carácter sagrado de la realidad –en un sentido no teológico de la palabra “sagrado”–. Sin embargo, al explicitar su posición vemos que en realidad no queda tan lejos de la teología y la teleología: Retamar apunta que en el presunto caos del universo hay un orden secreto, un cosmos, y lo apuntala con intuiciones de su maestro José Martí: “el mundo/ de minotauro yendo a mariposa…” O los otros versos martianos que dicen: “Todo es hermoso y constante,/ todo es música y razón./ Y todo, como el diamante,/ antes que luz fue carbón.” [3]. Uno diría que se trata de ficciones consoladoras, pero ficciones al fin y al cabo. Hace ya siglos que Baruch de Spinoza (o Espinosa) nos enseñó que “la naturaleza no tiene fin alguno prefijado y que todas las causas finales son, sencillamente, ficciones humanas” [4].

Conviene liberarnos, desde luego, de las tres grandes supersticiones laicas (más o menos laicas) que han marcado la Modernidad: la teleología (hay una suerte de propósito cósmico que conduce el mundo hacia su destino), el antropocentrismo (Homo sapiens está en el centro de todo lo que ocurre: desde allí observa el mundo y desentraña su funcionamiento para dominarlo mejor) y el progreso (hay una línea continua de avance en la historia que nos lleva a estadios cada vez mejores, no solo en la acumulación de medios técnicos) [5]. No es que no exista algún progreso ético-político, pero no cabe dar nada por sentado, ni pensar en conquistas irreversibles… [6]

Quizá un sentido no teológico de “sagrado” despunte más bien en el verso de Blanca Varela “el dolor es una maravillosa cerradura” –una cerradura junto con su llave, entiéndase–. Es sagrado el dolor de los seres que pueden sufrir, los seres sensibles abocados a la muerte; y es trágica la condición del ser vivo consciente del carácter universal del dolor y de la irrebasabilidad de la muerte. Piedad para los seres que van a morir, dice un verso mío que escribí hace tiempo. No hay un sentido secreto del mundo, no hay un Creador escondido que pudiera redimirnos del dolor y de la muerte, el fondo del universo es caos y no cosmos; y sin embargo, desde la fragilidad e invalidez humana, podemos dar sentido a la aventura de nuestra existencia y podemos hacer brillar la luz de la comunidad [7].

Federico García Lorca decía que un poeta está más cerca del dolor que de la inteligencia. Pero la inteligencia humana debe aproximarse al dolor, tiene que resistir la tentación de denegar el dolor, ha de tomar como punto de partida la finitud, la dependencia –interdependencia y ecodependencia–, el sinsentido y la muerte –solo como punto de partida, cierto, pero sabiendo que ese lugar de arranque nunca se deja atrás–.

Diez caminos

Ana María, una niña colombiana de nueve años, pregunta a su madre –a quien ve a menudo enredada entre libros, encerrada con libros–: “Pero ¿por qué estudian ustedes tanto si todos nos vamos a morir?”

¡Es una pregunta importantísima! ¿Qué hacemos frente a la muerte y el sinsentido, frente al abismo de la condición humana? Pierre Bourdieu, por ejemplo, diría: luchamos contra la muerte simbólica. El gran sociólogo francés parte del sinsentido originario que caracteriza la condición humana. Las sociedades humanas intentan “desprenderse del sentimiento de la insignificancia de una existencia sin necesidad” [8]: la producción social de sentido se realizaría a través de los juegos de distinción entre las personas y los grupos, en la búsqueda de reconocimiento por parte de los demás. Bourdieu, cercano a Pascal, analiza esta búsqueda de reconocimiento como una “ficción social” que sitúa artificialmente en su centro el “ser percibido”: aquí no estaríamos tampoco lejos de denuncia de la Mentira Social por parte del poeta anarquista Kenneth Rexroth.

Yo diría que esencialmente tenemos diez vías, diez posibles respuestas (algunas de las cuales se sitúan, claro está, bajo la noción de “mentira social” de Bourdieu y Rexroth).

  1. Engañarnos y cerrar los ojos (por ejemplo, fingiendo que hay un todopoderoso Dios providente y una vida ultraterrena).
  2. Volcarse en el cuidado de la generación siguiente y los seres cercanos, como han hecho, sobre todo, tantas mujeres bajo el patriarcado.
  3. Reforzar el ego y huir hacia delante, por la senda de la dominación sobre otros y la acumulación de goces.
  4. Engolfarnos en distracciones, aficiones y adicciones que pueden hasta cuajar en “mundos B” (desde los opiáceos a la Second Life virtual) más soportables que el mundo real.
  5. Ilusionarnos con la “inmortalidad” que resulta de las grandes hazañas (bélicas, políticas, literarias, artísticas, etc.; esto resulta más viable para los varones en sociedades aristocráticas).
  6. Identificarnos con colectividades como el Imperio romano o la Nación francesa; o aún, hegelianamente, con el supuesto sentido de la Historia; o incluso con la totalidad de la vida en el planeta Tierra, como haría un deep ecologist.
  7. Tomar distancia de todo lo mundano para tratar de deificarnos y hacernos inasequibles a la contingencia. Es la vía del sabio estoico (voluntarista) o espinosiano (racionalista), probablemente no tan alejados entre sí.
  8. Destruir metódicamente el ego. Esto ya se atisba en 6), pero es sobre todo asunto del budismo en Oriente. Tanto 6) como 7) pueden intensificarse en vías místicas.
  9. Reconstruirnos, asumiendo la parte inconsciente de nuestra vida psíquica y haciendo retroceder a Tánatos en beneficio de Eros. Es el camino del psicoanálisis.
  10. Tratar de construir una comunidad humana. Para avanzar en esta vía político-moral hace falta, de todas formas, un trabajo profundo sobre el ego: es decir, mirar también a 6), 7), 8) y 9).

Tener un ego competitivo, acorazado y autoidealizado es una gran desgracia. Aunque la cultura dominante nos incita precisamente a esa clase de cultivo del ego, todo lo que podamos hacer por debilitar al monstruo será poco.

“El yo, no puedo con él”, dice María Zambrano en un texto de 1987. “Yo no soy nadie, yo no soy ninguno: y ¿cómo, si no soy ninguno, puedo tener una autobiografía? Pero se me ha descubierto, y desde muy niña, que en este ‘yo’ se deposita también eso que se llama responsabilidad moral. Y yo a esa responsabilidad no puedo renunciar”. Unas líneas más abajo la filósofa de la “razón poética” sigue afirmando que su autobiografía sería “todo aquello que he dado y también todo lo que he querido dar y no he podido” [9]. Uno piensa en la hermosa copla que canta: “Tengo las manos vacías/ de tanto dar sin tener:/ pero las manos son mías…” Mías, es decir: de ese yo que no es ninguno, de uno entre los demás, del común de los mortales.

Con Nietzsche, fidelidad a la Tierra; contra Nietzsche, renuncia al superhombre

Nuestros dos grandes noes: no a los engaños de la trascendencia [10] y no a la voluntad de dominación. Deberíamos renunciar a trasmundos y ultramundos (en eso tenía razón Nietzsche), pero sin apresurarnos a llenar el vacío posmetafísico con la nuda persecución del dominio (en ello nos separamos radicalmente del bigotudo de Sils-Maria). Sin trasmundos y sin dominación –los dos grandes noes que son un sí a la condición humana, y a nuestras auténticas posibilidades de liberación–. Morin de nuevo: “el humanismo ya no podrá ser portador de la orgullosa voluntad de dominar el universo. Pasa a ser esencialmente el de la solidaridad entre humanos, la cual implica una relación umbilical con la naturaleza y el cosmos” [11].

David Sacristán de Lama –quizá todavía con un exceso de energía prometeica– apunta que podemos encontrar una nueva imagen del mundo, una cosmovisión de recambio precisamente a partir del proyecto científico e ilustrado. Señala hacia el placer del conocimiento y al orgullo de sentirnos dueños de nuestro destino: actores que escriben su propio drama. Apela al atractivo de la aventura humana, alimentada de incertidumbre, y evoca la consistencia de la visión de Teilhard de Chardin, con la anticipación –como nuevo mito– de aquel “Punto Omega” hacia el que tendería la evolución del universo [12]. El descubrimiento del mundo, nos dice, genera no solo fascinación sino amor por lo existente: y ese sentimiento debería bastar para fundar una nueva ética, o completar las anteriores.

Amor por lo existente, sentimiento de conexión con todos los seres (sentimiento que probablemente se encuentra en la base de lo mejor de la espiritualidad humana), responsabilidad hacia un mundo con dimensiones de fragilidad que solo hemos ido descubriendo en el curso del terrible choque de las sociedades industriales contra los límites biofísicos de la Tierra… Son buenas sugerencias. Quiero apelar también a otra, especialmente presente en las tradiciones socialistas y comunistas: la aspiración a una comunidad justa.

Humanizarnos de verdad

Lo que destruye al socialismo (y por ende al ecosocialismo) es la ilusión de una Ciencia –hegeliana– de la Historia, con mayúsculas, capaz de aprehender leyes universales y supuestamente necesarias en procesos que de hecho son contingentes. Lo que lo salva es la anticipación y el deseo de una comunidad humana justa –la mejor respuesta posible, desde la piedad, al desamparo radical de esa ambivalente criatura que somos, una vez se ha asimilado la soledad metafísica donde nos dejó la “muerte de Dios”–.

Esa meta mucha gente, desde la tradición de pensamiento y praxis del socialismo/ comunismo, la ha pensado como humanizarnos de verdad. “El ser humano es el porvenir del ser humano”: más allá del proceso biológico e histórico de hominización, una verdadera humanización en sentido normativo.

Aceptar que hemos de morir, y no desear matar. Asumir nuestra finitud y situarnos fuera de las cadenas de dominación –esas que atan a millones de personas, ordenadas en series jerarquizadas, con quienes las tiranizan, “sirviéndose de este hilo como Júpiter que, según Homero, se jactaba de arrastrar hacia sí a todos los dioses si tiraba de una cadena” (Etienne de la Boëtie en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria)–. Tal es el reto fundamental para que se realice lo que podríamos llamar –en sentido normativo– humanidad. Podría, debería concretarse en tres grandes “tareas históricas” pendientes:

  1. ética de la compasión y el respeto por el otro, legado del “despertar” que se dio en diferentes culturas en la que Karl Jaspers llamó la “época axial” (años 900 a 200 antes de nuestra era, aproximadamente) [13];
  2. política democrática, legado de la Atenas de Pericles, y de 1789, y de los movimientos obreros y feministas de los siglos XIX y XX (pues la democracia liberal llegó hasta donde llegaron estos movimientos);
  3. sustentabilidad ecológica, construcción de sociedades que de verdad “hagan las paces con la Naturaleza” según rezaba el título del libro del gran Barry Commoner; legado de los movimientos ecologistas que se desarrollaron desde los años sesenta del siglo XX.

Por ahí deberíamos buscar, creo, el contenido normativo del proyecto ecosocialista [14].




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