Bases para un nuevo contrato social

Defenderse del capitalismo y los capitalistas: un imperativo para la supervivencia.

Yayo Herrero, coordinadora de Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 83.

Solo se podrá salir de una forma digna de esta crisis planteándonos como sociedad algunas preguntas: cómo debemos habitar la tierra; qué mantiene vivas a las personas y, por tanto, qué debemos conservar; cuáles son las necesidades que hay que satisfacer para todas; cómo se distribuyen los bienes y el tiempo de trabajo; quiénes y cómo toman las decisiones en nuestras sociedades; en qué conviene utilizar los recursos escasos. Para poder aplicar las respuestas se deben sentar otras bases que reconstruyan las relaciones entre las personas y con la naturaleza.

El sistema económico capitalista, intensificado a partir de expansión hegemónica del neoliberalismo, se ha desarrollado en oposición a las bases materiales que sostienen la vida. Construida sobre cimientos patriarcales, antropocéntricos y depredadores, la organización de nuestras sociedades actuales amenaza con provocar un verdadero colapso ecológico y humano.

Sentar otras bases que permitan reconstruir los vínculos entre humanos y establecer otras relaciones con la naturaleza, es tarea insoslayable si queremos seguir viviendo con cierta seguridad en este planeta.

El riesgo del cambio global

El sistema económico, impulsado por la dinámica del crecimiento permanente de los beneficios de los capitalistas, ha ido requiriendo una cantidad más grande de energía y materiales y generando más residuos.

Existen nueve límites planetarios en los procesos biofísicos (cambio climático, el ritmo de extinción de la biodiversidad, los ciclos del nitrógeno y el fósforo, el agotamiento del ozono estratosférico, la acidificación de los océanos, la utilización de agua dulce, los cambios de uso de suelo, la contaminación atmosférica por aerosoles y la contaminación química) que son fundamentales para garantizar la reproducción de los procesos de la naturaleza. Estos nueve límites, interdependientes entre ellos, dibujan un techo ecológico bajo el cual la humanidad puede desenvolverse con cierta seguridad [1] .

Pero el bienestar de todos los seres humanos depende no solo de que la explotación de recursos se sitúe por debajo de esos umbrales críticos, sino que es preciso que cada persona acceda a lo necesario para llevar una vida digna y con posibilidades. Esta base de necesidades configura un suelo social por debajo del cual se llega a una privación humana inaceptable. Entre el suelo social de las necesidades y el techo ecológico definido por los límites físicos queda un espacio que es aquel en el que la humanidad puede moverse de forma segura [2].

Muchos límites del planeta ya se han sobrepasado. La extralimitación física nos sitúa en un entorno de incertidumbre: puede que nuestro sistema bio-geo-físico ya esté colapsando y que, de no actuar de forma radical y urgente, la vida para nuestra especie se haga mucho más complicada.

Por si fuese poco, la dinámica destructiva que nos aboca al colapso ecológico también tiene unas consecuencias indeseables en las organizaciones sociales y en la vida de las personas. Podría suponerse que la destrucción de la naturaleza ha tenido, al menos, una contrapartida positiva en la generación de riqueza y bienestar social. Sin embargo, si miramos en términos históricos lo que ha supuesto el despliegue de este modelo económico en la vida cotidiana, nos damos cuenta de que existe una correlación entre el deterioro global del planeta y la pérdida de la capacidad de las personas para desarrollar una vida buena.

El bienestar que se había creado en las sociedades enriquecidas se consiguió, en buena medida, con cargo a otros territorios. Hemos creado un sistema mundo en el que predomina el canibalismo: algunas sociedades –y dentro de ellas algunos sectores sociales, los enriquecidos– mantienen un estilo de vida y de consumo que solo puede sostenerse explotando a la clase obrera, incautándose de una cantidad ingente de trabajo que, mayoritariamente las mujeres, desarrollan en el espacio invisible de los hogares y metabolizando a un ritmo aceleradísimo suelo, ríos, bosques, minerales o energía.

El desmoronamiento del crecimiento especulativo de las últimas décadas, se ha llevado por delante la ficción de la creación de riqueza que se había asentado en nuestras sociedades. La explosión de la burbuja inmobiliaria fue el inicio de algo, que con el paso de los años, se ha ido perfilando como más profundo y estructural: junto al colapso ecológico estamos viviendo una situación de ruptura o fractura social, una quiebra del vínculo social.

Aumento de la fractura social

El último informe sobre desigualdades y exclusión publicado por la Fundación FOESSA [3], muestra cómo la situación de riesgo y vulnerabilidad de las personas ha aumentado de una forma muy preocupante en nuestro Estado:

  • El 40,6% de la población se va hundiendo en la precariedad y un 24,2% sufre ya alguna forma de exclusión.
  • Se ha producido un proceso de fragilización del derecho del trabajo. Según el informe, el 14,8% de las personas empleadas son trabajadoras pobres. Este fenómeno pone de manifiesto que el mercado laboral y las propias condiciones laborales hacen que crezca el número de pobres. El empleo ha perdido su capacidad de protección y no puede cumplir completamente su función económica (proteger de la pobreza) ni su función social (evitar la exclusión). El trabajo ya no es espacio de derechos sino de vulnerabilidad.
  • La pérdida masiva de empleo y su precarización, se ha visto acompañada de un progresivo desmantelamiento de los servicios públicos y sistemas de protección social. El Estado y lo público se desentienden del bienestar y la seguridad de las personas y se relega a las posibilidades de cada individuo el compromiso de bienestar. Se rompen los lazos que generan cohesión y bienestar en la sociedad. Se pervierten los ejes centrales del derecho a una vida digna que pasan a estar ligados a la validez y utilidad de cada individuo para generar crecimiento económico. Lo que define este nuevo modelo no es la persona como sujeto que merece derechos, sino que los derechos se otorgan cuando se tiene la actitud y la aptitud (desde el punto de vista mercantil) para merecerlos.
  • Despojados de derechos y protección social, a muchos seres humanos solo les queda el colchón familiar para tratar de eludir la exclusión, una exclusión que ya afecta a millones de personas. Son los hogares y las familias las que acaban actuando como amortiguador. Y dentro de los hogares, son las mujeres las que en mayor medida cargan con las tareas que se dejan de cubrir con los menguantes sistemas de solidaridad y reciprocidad pública. Hoy, son las pensiones de quienes trabajaron en el pasado las que en buena medida resuelven de forma precaria el riesgo de exclusión de muchas familias. Tener una persona pensionista en el núcleo familiar se ha convertido en el recurso básico de muchas familias.
  • A futuro, la pérdida de empleo y derechos laborales, provocará, si no se le da la vuelta a esta situación, una ruptura de los mecanismos básicos de proyección. Las generaciones precarias hoy difícilmente podrán estar mínimamente protegidas mañana.
  • Se comienza a competir por los recursos públicos apareciendo dinámicas de luchas entre pobres, de culpabilización del otro precario y de estigmatización de las personas más vulnerables entre las vulnerables. La precariedad y la aparición de la exclusión (más de tres millones de personas desposeídas de lo más básico) amenaza con provocar una convivencia conflictiva. También se profundiza el conflicto entre personas y naturaleza.
  • Se percibe la protección ambiental como un obstáculo a vencer cara a hacer crecer la economía. Una mirada miope sobre la realidad impide ver que lo que ha destruido millones de puestos de trabajo no ha sido precisamente las restricciones de corte ecológico sino la misma bulimia del sistema capitalista que se llevó por delante muchos territorios.

Estamos ante un modelo de relaciones deslegitimadas no solo por la pérdida de la capacidad de mantener el acceso a los mínimos básicos y necesarios que configuran el suelo social de necesidades y por la incapacidad de sostenerse debajo del techo ecológico que garantiza la posibilidad de seguir manteniendo las condiciones materiales de existencia, sino por la pérdida de la confianza en que en esta sociedad haya vías, caminos y posibilidades de mantener una vida buena.

El régimen político en el que vivimos apesta. Los continuos casos de corrupción y la pérdida de las relaciones morales más básicas que cada día afloran en el periódico deben hacernos reflexionar e interrogarnos como sociedad. ¿Cómo hemos podido llegar aquí? Esta pérdida de legitimidad ha provocado un ciclo de movilizaciones y cambio de percepción social que permite albergar cierto optimismo en cuanto a las posibilidades de forzar un cambio, pero a la vez, está haciendo nacer agresividad y violencia, pautas de convivencia insegura, que se suman a la violencia institucional y que constituyen un caldo de cultivo idóneo para el surgimiento de neofascismos.

Poniendo el bienestar y la sostenibilidad en el centro

Solo se podrá salir de una forma digna de esta crisis planteándonos como sociedad algunas preguntas: cómo debemos habitar la tierra; qué mantiene vivas a las personas y, por tanto, qué debemos conservar; cuáles son las necesidades que hay que satisfacer para todas; cómo se distribuyen los bienes y el tiempo de trabajo; quiénes y cómo toman las decisiones en nuestras sociedades; en qué conviene utilizar los recursos escasos.

Sin pretender agotar todas las posibilidades, presentamos a continuación algunos elementos, a nuestro juicio, insoslayables para recomponer el marco de una posible vida en común.

  • Afrontar los problemas que tenemos delante, en países con una elevada población, con sus límites físicos sobrepasados y con una fuerte dependencia material del exterior, significa necesariamente asumir el inevitable decrecimiento de la esfera material de la economía. No es una opción, es un dato de partida. Se decrecerá materialmente por las buenas (es decir, de forma planificada y justa) o por las malas (por la vía de que cada vez menos personas, las que tienen poder económico y/o militar, sigan sosteniendo su estilo de vida a costa de que cada vez más gente no pueda acceder a los mínimos materiales de existencia digna).
  • Es preciso establecer planes que permitan reducir el uso de recursos naturales y de emisión de residuos introduciendo políticas justas de gestión de la demanda y medidas de reducción y eficiencia en uso de agua, energía y materiales.
  • Sería preciso apostar por la socialización de sectores estratégicos; banca, empresas energéticas, transporte, grandes propiedades agrícolas que no tengan uso social y ámbitos de servicios públicos fundamentales, como la educación y la sanidad, teniendo en cuenta que socializar no es lo mismo que nacionalizar. Para que algo se pueda considerar socializado debe haber participación y control del conjunto de la ciudadanía, tanto en la gestión, como en la definición de objetivos y planes.
  • Hacerse cargo de la vulnerabilidad de la vida humana supone asumir que la sociedad en su conjunto se tiene que hacer responsable del bienestar y de la reproducción social. Ello obliga a cambiar la noción de trabajo y a reorganizar los tiempos de las personas: repartiendo el empleo remunerado y obligando a que los hombres y la sociedad, en su conjunto, se hagan cargo de la parte del cuidado que les toca.
  • La autolimitación es la cuestión ético-política por excelencia. En un mundo lleno y con recursos en declive la sostenibilidad ecológica, la paz y la cohesión social dependen de que realicemos una apuesta decidida por la suficiencia. Hay que interiorizar culturalmente la dimensión normativa de la autolimitación, asumirla y exigirla con convicción. El futuro del discurso de la autocontención pasa por entenderla como una oportunidad para frenar los efectos nocivos de la vida capitalista.
  • Hablar de límites sobrepasados y de obligación de decrecimiento material exige priorizar el reparto de la riqueza. Si tenemos un planeta con recursos limitados y decrecientes, la única posibilidad de justicia es la distribución de la riqueza. Luchar contra la pobreza es lo mismo que luchar contra el acaparamiento de riqueza. Será obligado, entonces, desacralizar la propiedad y cuestionar la legitimidad de la propiedad ligada a la acumulación, así como establecer un sistema fiscal justo y realmente progresivo, que recaude los recursos necesarios y persiga con todos los medios disponibles el fraude y la evasión fiscal.
  • La defensa de los servicios públicos universales que permitan que se garantice el mantenimiento del suelo social de necesidades para todas las personas es una línea política prioritaria. En nuestra opinión, es perfectamente compatible la existencia de unos servicios públicos centralizados para aquellos servicios imposibles de mantener con carácter local (medicina de urgencias, recursos de ámbito biorregional o internacional) con servicios e iniciativas autoorganizadas a nivel local para muchas tareas que tienen una esencia descentralizada.
  • La creación de servicios comunitarios de carácter local se inscribe en una política más amplia de fomento, conservación y gestión del procomún. Es importante no olvidar que los bienes comunes no se reducen solo a una realidad cercana sino que debe plantearse también la gestión común de recursos biorregionales, nacionales e internacionales, como los cursos fluviales, los ecosistemas, la atmósfera, ciertos recursos no renovables o la biodiversidad, siendo imprescindible la existencia de instituciones sometidas a un control democrático.
  • Existe, a nuestro juicio, un enorme desnivel entre la brutalidad de los ajustes que vivimos y la capacidad para hacerles frente. Hoy nos falta poder político construido desde abajo para forzar las transiciones. Una transición justa y sostenible necesita de la profunda democratización en todo el sistema político. Es preciso generalizar formas de participación y control ciudadano organizado de abajo-arriba. Nadie que llegue a las instituciones sin el apoyo de un fuerte contrapoder ciudadano, que desee los cambios que hay que hacer, será capaz de impulsarlos.
  • En este camino no existen atajos posibles. Solo vale la construcción colectiva, la escucha, el debate, la deliberación, la suma y la participación activa.
  • Este cambio profundo en la sociedad requiere disputar la hegemonía cultural. No basta con cambiar a gobernantes corruptos por gobernantes honestos y comprometidos. Es preciso trabajar desde todos los ámbitos la transformación de la vida cotidiana y de la consciencia de esta misma vida. El sujeto occidental ha interiorizado una noción de progreso que consiste en imaginar la emancipación de la naturaleza, la independencia de los otros y de su propio ser natural. Hacerse consciente de la ecodependencia, la interdependencia y los límites insoslayables que acompañan a lo vivo es condición necesaria para comprometerse con el cambio necesario.

¿Seremos capaces de forzar estas transiciones?

No tenemos casi ninguna certeza. Solo dos: la urgencia en el cambio y que tenemos la responsabilidad de intentarlo, cambiar el rumbo suicida de la historia y reinventar un mundo social y ecológicamente sostenible.




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