A propósito del aeropuerto de Ciudad Real

En la actualidad existe un debate en torno a los posibles compradores de esta polémica infraestructura. Casi nadie discute que tras las diferentes propuestas y actores se esconden turbios negocios especulativos y personajes bien conocidos. Sin embargo, la causa última del tortuoso camino de este proyecto parece haberse difuminado en el tiempo, tal vez, bajo el efecto perturbador de “la crisis” y la alternancia política en las diferentes administraciones.

Corrían los años noventa cuando empezó a hablarse de esta obra. Se retrasó la publicación del lugar elegido hasta que se ataron bien todos los cabos a fin de asegurarse las oportunidades; sin embargo, nadie prestó atención a los condicionantes medioambientales de una propuesta semejante. La propia Junta de Comunidades ignoraba que la zona elegida había sido declarada Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) por la Unión Europea, precisamente a propuesta de la Junta que ahora lo había olvidado.

Este es el tablero y de ahí vienen todos los problemas (al menos los de mayor envergadura administrativa) que han supuesto en la práctica el retraso sistemático y sintomático de esta empresa. Tenemos que recordar que fueron necesarias tres declaraciones de impacto ambiental, hasta que la última, durísima, estableció las condiciones por los cuales el proyecto hubiera podido seguir adelante.

Podemos asegurar que la Licencia de Vuelo, requisito imprescindible para iniciar las operaciones, se obtuvo de manera peor que irregular y que en sentido estricto nunca debió otorgarse.

Las condiciones de la tercera Declaración de Impacto Ambiental nunca se cumplieron; además, ahora ya está claro que nunca existió intención de cumplirlas, razón por la que más pronto que tarde el Reino de España se tendrá que enfrentar a una sanción más por parte de la UE.

Una de las ofertas de compra mejor posicionadas para conseguir el visto bueno de la administración concursal, la liderada por ECA Program Group, pretende convertir esta infraestructura en un campo de entrenamiento militar de pilotos de la OTAN.

Merece la pena señalar la tristeza que produce observar a una clase política cómplice y a una sociedad impasible, cuando hace sólo unas décadas fuimos capaces de enfrentarnos, por dos veces, a proyectos muy parecidos en Anchuras y Cabañeros.

En definitiva, el proyecto de un aeropuerto en pleno Campo de Calatrava es básicamente una aberración, incomprensiblemente aceptada por una ciudadanía confundida, rehén del dictado de políticos, empresarios, cúpulas sindicales y medios de comunicación que sólo entienden como estrategia la huida hacia delante, en pro del desarrollismo.

Es precisamente el giro moral que necesita la sociedad para eludir la corrupción, el que nos obliga a sancionar como se merecen estas conductas prepotentes, supuestamente fraudulentas, de la casta política y económica.




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