¿(A) qué se juega en París?

La modificación del clima será un importante motor de la pérdida de biodiversidad en las próximas décadas.

Rodrigo Irurzun, coordinador del Área de Energía de Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 86.

El objetivo de la próxima cumbre de París es alcanzar un acuerdo global vinculante y ambicioso que permita acotar el alcance del cambio climático, enmendando los problemas que tuvo el Protocolo de Kioto. Pero el principal talón de Aquiles para conseguir este fin es que se sigue partiendo del paradigma del desarrollo económico y de la economía de libre mercado, un sistema económico que necesita crecer de forma continua, al tiempo que arrasa con los recursos naturales y la equidad social. ¿Es imaginable con este sistema que se apliquen las recomendaciones de muchos expertos, y que son la clave de la lucha contra el cambio climático: dejar la mayor parte de las reservas de combustibles fósiles bajo tierra?

Con toda probabilidad, las próximas décadas serán estudiadas en los libros de historia como aquellas en las que se tomaron las decisiones que afectarán a la vida futura, para mejor o para peor. El ser humano está traspasando los límites del planeta para albergar la vida tal y como la conocemos, y una de sus manifestaciones, aunque no la única [1], es el calentamiento global del planeta. De las decisiones que se tomen en este y otros ámbitos dependerá el mantenimiento de las condiciones adecuadas para una vida digna en el cada vez más abarrotado planeta Tierra.

Para estas decisiones existen al menos dos aspectos importantes a tener en cuenta: el primero es la limitación de los impactos de la humanidad en el planeta, con objetivos cuantificables, verificables, y con garantías de que los compromisos se cumplan. El segundo es la forma más o menos equitativa en que se realice dicha limitación. Del primer aspecto depende llegar a un punto en el que una vida digna sea posible en el planeta. Del segundo, que se alcance una justicia global y que se limiten los conflictos entre los diferentes países o regiones.

Enfrentar el calentamiento global

Ambos aspectos son materias importantes en las negociaciones que se llevan a cabo año tras año en el seno de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, y ambos son fuentes de conflictos a la hora de llegar a acuerdos. Qué se mide y cómo se mide no siempre es sencillo de definir o de llevar a la práctica. Cómo obligar a un país a hacer los deberes tampoco. Aclarar qué es justo o injusto, y sobre qué base se debe establecer la equidad en el reparto de responsabilidades o de obligaciones no es tarea fácil.

En estas claves se han dado los debates internacionales en los últimos años, especialmente entre China y EE UU, pero también entre los países industrializados y los no industrializados. La cuestión tiene como centro las emisiones históricas de GEI (gases de efecto invernadero), atribuidas a los países industrializados (EE UU, UE, Japón, Canadá...). El argumento de China y otros muchos países consiste en que, puesto que los países industrializados son los que han causado el problema, son estos quienes deben adquirir los mayores compromisos de reducción, mientras que el resto de países tienen derecho a seguir la senda que llevó a Occidente al desarrollo social y económico. La posición de los países industrializados, es que hoy China es el mayor emisor mundial y por tanto si el gigante asiático no toma medidas, al igual que otros países como India, Brasil, Indonesia o Rusia, que son también grandes emisores o están en vías de serlo, se fracasará en el objetivo de la sostenibilidad.

Sin embargo, estudios recientes apuntan a la dificultad de cuantificar las emisiones históricas, y a la dependencia de las hipótesis de partida, como por ejemplo, si se cuantifican otros gases además del CO2, las emisiones debidas a cambios en el uso del suelo y superficie forestal (LULUCF), o el efecto del desarrollo tecnológico. Teniendo en cuenta todos estos factores, los países desarrollados serían responsables según algunos estudios únicamente del 50% de las emisiones históricas, por lo que el esfuerzo debería ser compartido [2].

Demasiado tiempo haciendo mucho menos de lo necesario

De lo que no hay duda es que 2015 es un año importante. Desde hace ya demasiados años, todos los informes señalan la importancia de actuar a tiempo. Cuanto más se tarde en actuar, mayores esfuerzos habrá que hacer en el futuro si se quiere limitar el incremento de temperatura a un nivel aceptable. Han pasado demasiados años sin hacer gran cosa. El Protocolo de Kioto, firmado en 1997, entró en vigor solo cuando Rusia lo ratificó en 2005 (para que fuera válido, el acuerdo debía ser ratificado por un número de países del anexo I –países industrializados– que sumaran al menos el 55% de las emisiones de los países de dicho anexo [3]).

Fue un acuerdo necesario pero insuficiente. El compromiso era únicamente reducir un 5% las emisiones de los países del Anexo I respecto al año 1990 en el periodo 2008-2012. Algunos países hicieron sus deberes; otros, como el Estado español, no. La crisis económica vino para salvar las apariencias, y con la ayuda de los mecanismos de flexibilidad previstos en el protocolo, como la compra de derechos de emisión y los mecanismos de desarrollo limpio – MDL–, se salvó la cara frente a la comunidad internacional, aunque no frente al planeta. La gran ausencia del protocolo la protagonizó EE UU, el mayor emisor del mundo por aquel entonces.

El objetivo del Protocolo de Kioto fue insuficiente, pero además, el Protocolo mismo fue ineficaz. Dejar fuera a países considerados como en vías de desarrollo permitió que las emisiones globales se incrementaran mucho más de lo previsto. En 2005, China se convirtió en el mayor emisor mundial, aumentando sus emisiones desde 1990 hasta 2012 en un 231%. Otros países emergentes, como India o Indonesia, lo han hecho en un 138% y 93%, respectivamente, en el mismo periodo, de forma que a nivel global las emisiones se han incrementado en un 40%, alcanzando aproximadamente las 50.000 millones de toneladas de CO2 equivalente (figura 1). Directos al precipicio: con la actual tendencia, el planeta se encamina hacia un escenario de incremento de temperaturas de 4 a 5 ºC respecto a los niveles preindustriales.

Pero el análisis no es tan simple. EE UU, por ejemplo, tiene aún unas emisiones per cápita de 18,5 toneladas de CO2-eq al año, más del doble de las de China y casi el triple que la media mundial (datos de 2012). Además, las cuentas sobre las emisiones cambian totalmente si tenemos en cuenta la responsabilidad que tiene el consumo sobre ellas. Por ejemplo, siendo China y el sudeste asiático la fábrica del resto de países, que se nutren de sus productos de bajo precio pero alto coste social y medioambiental. Lo mismo sucede con el resto de países exportadoras de materias primas o alimentos [4].

Figura 1: Evolución de las emisiones de CO2 por países o regiones.

Fuente: Elaboración propia a partir de datos del World Resources Institute. Datos en Mt CO2-eq, incluyendo LUCF

Emisiones globales para limitar el calentamiento

En el último informe del IPCC se barajan varios escenarios en función del nivel global de emisiones y de su evolución, con incrementos probables de temperatura a final de siglo respecto a los niveles preindustriales de entre 2 y 5 ºC [5]. Se añade que existe un número limitado de estudios en los que se plantean escenarios de reducción de emisiones para limitar el incremento de temperatura a 1,5 ºC. Esos escenarios, que no se detallan en el informe, son sin embargo los deseables, y supondrían estabilizar la concentración de CO2 en 350 ppm a finales de siglo [6], limitando lo peor del calentamiento global: posibles efectos de retroalimentación que tendrían efectos no lineales e imprevisibles sobre el clima del planeta. En las discusiones internacionales (incluyendo el texto de negociación de París) se debate sobre cuál debe ser el objetivo, si 1,5 o 2 ºC, aunque el discurso dominante es el de los 2 ºC. El motivo no es otro que las reticencias de la mayoría de los países a afrontar la situación: el modelo de desarrollo social y económico imperante es el causante del desastre y hay que sustituirlo por otro que asegure la vida sostenible en el planeta.

Un factor importante a tener en cuenta es el marcarse objetivos de emisiones totales acumuladas, o presupuestos de carbono. Es decir, el calentamiento global no depende de que se alcance un determinado nivel de reducción de emisiones en un año concreto sino de las emisiones totales que se acumulan año tras año hasta llegar a ese punto [7]. Uno de los problemas que tuvo el Protocolo de Kioto fue marcar un objetivo de reducción en un margen estrecho de tiempo (2008-2012), de modo que por ejemplo el Estado español emitió mucho más de lo deseable a lo largo de la década anterior y sin embargo el cómputo de esos 5 años, por efecto de la crisis económica, le benefició a la hora de contabilizar las emisiones acordadas. En cualquier caso, y por simplicidad, podemos hablar de porcentajes en momentos concretos, si lo condicionamos a que la senda para llegar a ese punto sea un descenso paulatino más o menos lineal.

Según esto, para lograr el objetivo de los 2 ºC las emisiones tendrían que reducirse entre un 40 y un 70% para 2050, y tener un balance neutro en carbono para finales de siglo. Si el objetivo es limitar la temperatura a 1,5 ºC el nivel de reducción de emisiones para 2050 debería ser entre el 70 y el 95%, según el informe del IPCC [8]. Hay estudios que apuntan a que el mundo debería descarbonizarse (balance neutro de carbono) entre 2045 y 2060 [9] (tabla 1).

Tabla 1: Reducción de emisiones respecto a los niveles de 2010.

Escenario IPCCConcentración de GEIIncremento probable de temperaturaReducción de emisiones en 2050Reducción de emisiones en 2100
RPC2.6 450 (430-480) 2 ºC 41-72% 78-118%
No existe 350 1,5 ºC 70-95% 110-120%

Nota: Un valor superior al 100% significa conseguir escenarios en los que se absorbe más CO2 del que se emite.

Figura 2. Escenarios de emisiones del quinto informe del IPCC.

Fuente: IPCC Fifth Assessment Synthesis Report

La clave: dejar las reservas fósiles en el subsuelo

La clave de todo este asunto es dejar la mayor parte de las reservas fósiles conocidas en el subsuelo. Para lograr limitar el incremento de temperatura a 2 ºC, deben quedarse en el subsuelo entre las dos terceras partes [10] y las cuatro quintas partes [11]. Un estudio reciente señala que la proporción sería un tercio de las reservas de petróleo, la mitad de las de gas, y el 80% de las de carbón, las que deberían permanecer bajo tierra. Ni las reservas en aguas del Ártico, ni las arenas bituminosas de Canadá, ni el petróleo o el gas de fracking deberían explotarse [12].

El problema es que estas reservas suponen varios billones de dólares en las cuentas de las compañías energéticas, pero también en las balanzas comerciales de los países exportadores, que dependen de la venta de combustibles fósiles para desarrollarse. Una alternativa para los países exportadores sería algo parecido al proyecto Yasuní-ITT en Ecuador, en el que el país pedía dinero a cambio de dejar bajo tierra el petróleo en la región del Yasuní (se pedía aproximadamente el 20% de los fondos que se obtendrían con la explotación del crudo: 3.600 millones de dólares en 13 años). Sin embargo, el proyecto fracasó: los países industrializados no estaban dispuestos a pagar para no explotar un recurso que necesitan sus economías.

Un acuerdo global en París

El objetivo en París es alcanzar un acuerdo vinculante global y ambicioso, enmendando así los problemas que tuvo Kioto. Es un acuerdo que se ha ido fraguando a lo largo de varios años y muchas reuniones multilaterales, y que presenta la esperanza de los compromisos adquiridos, por vez primera, por los países que más emiten: China y EE UU. La dificultad que se plantea, sin embardo, es la baja ambición de los objetivos que se han marcado ambos países. China accede a reducir sus emisiones a partir de 2030, mientras que EE UU reducirá las suyas entre un 24% y un 26% respecto a los niveles de 2005. Es un acuerdo a largo plazo, aunque la cuantificación de objetivos, de momento, se ha limitado a 2025 o 2030, dependiendo del país (tabla 2).

Tabla 2. INDC de algunos de los países y regiones.

País/regiónCompromiso (INDC [13])
Andorra Reducción del 27% de las emisiones del escenario BAU* en 2030
Canadá Reducción del 30% de las emisiones en 2030 respecto de 2005
China Reducción de emisiones a partir de 2030. Reducción de las emisiones por unidad de PIB entre el 60% y el 65% respecto al nivel de 2005. Incorporación de fuentes energéticas no fósiles hasta el 20%. Reforestación.
Etiopía Limitar sus emisiones en un 64% respecto al escenario BAU*
UE-28, Islandia Reducción del 40% de las emisiones en 2030 respecto de los niveles de 1990
Gabón Reducción de al menos el 50% de las emisiones en 2030 respecto del escenario BAU*
Japón Reducción de emisiones del 26% en 2030 respecto de 2013 (25,4% respecto de 2005)
Rusia Reducción de emisiones del 25% al 30% en 2030 respecto a los niveles de 1990
EE UU Reducción de emisiones entre el 26% y el 28% en 2025 respecto a 2005.

Fuente: Elaboración propia a partir de datos del World Resources Institute
* BAU: Bussiness as Usual. Escenario en el que se continúan las políticas actuales

Lo que tenemos de momento es un texto de negociación para el acuerdo, y una serie de contribuciones de diferentes países. Hasta la fecha se han remitido contribuciones por parte de 48 países, que suman algo más de la mitad de las emisiones globales, pero no todas ellas son comparables, pues no tienen los mismos objetivos ni las mismas fechas, como tampoco cubren todos los gases o todos los sectores [13].

El texto de negociación, por otra parte, es un texto complejo y plagado de opciones para la discusión y debate, que reflejan la disparidad de criterios y tensiones existentes entre los diferentes países [14]. Parece claro que los mecanismos de mercado estarán presentes, dando la posibilidad de compra de derechos de emisión, lo que llevaría a la puesta en práctica de un marco de reducción de emisiones con reparto de esfuerzos, frente a un marco de reparto de recursos: en el primero, países altamente emisores podrían emitir más pagando por ello a otros que emiten menos, y repartiendo así el esfuerzo de mitigación y adaptación, mientras que en el segundo se consideraría la atmósfera como un recurso común a compartir por la humanidad, equilibrando las emisiones per cápita entre los distintos países [15].

Quizás, aunque este último sea el enfoque más “justo”, no sea necesariamente el más práctico, pues es imposible alcanzar rápidamente el nivel de emisiones per cápita necesario y en pocas décadas el objetivo debería ser el de emisiones nulas. Lo que resulta evidente es que los mercados de carbono puestos en marcha con el Protocolo de Kioto no fueron efectivos, y por lo tanto, si finalmente se incluyen en el acuerdo, deben ser revisados en profundidad, evitando la especulación, vigilando para que cumplan su objetivo y limitando fuertemente su ámbito para que sean efectivamente un complemento a la imprescindible y urgente reducción de emisiones a nivel interno en cada país.

Sin solución dentro del capitalismo globalizado

El principal talón de Aquiles del texto parte de considerar como sagrado el desarrollo económico, y por supuesto el desarrollo en una economía de libre mercado: un modelo económico que se ha demostrado incapaz de preservar la vida y la equidad social, y que además necesita crecer incesantemente para poder sobrevivir, lo cual, como sabemos, es imposible en el largo plazo. El acuerdo es la continuación lógica del protocolo de Kioto, y este a su vez, fruto de los mismos tomadores de decisiones que quienes inventaron en 1992, en Rio, aquello del desarrollo sostenible, que intentaba conjugar desarrollo económico con cuidado a la naturaleza. Tomadores de decisiones que están clara y a veces públicamente influenciados por y para los intereses de los poderes económicos de las grandes empresas del sector de la energía, productos químicos, construcción, etc.

Tanto en las cumbres internacionales como en los consejos consultivos nacionales o regionales la sociedad civil figura a menudo como mera espectadora. Parte de la sociedad civil organizada reclama ambición (una prueba de ello son las movilizaciones a nivel internacional que se vienen realizando en los últimos meses). Pero otra gran parte claramente está cegada por el sistema, y aunque no le guste el petróleo, reclama gasolina barata.

El gran reto de quienes pensamos que el sistema no nos vale es ese: conseguir que la sociedad en su conjunto se dé cuenta de que no se puede crecer indefinidamente, que hemos traspasado ya los límites del planeta, y de que la felicidad no reside en consumir todo lo que se desee. Lo que parece claro es que el cambio que necesitamos no va a venir de quienes nos han llevado al borde del abismo, sino que solo una sociedad informada, solidaria y organizada será capaz de exigir y poner en práctica los principios para una vida digna y sostenible.




Visitantes conectados: 502