Accidente de Palomares

El 17 de enero de 1966 un bombardero estratégico norteamericano B-52 colisionó con el avión nodriza de tipo KC-135 que lo abastecía de combustible, sobre el pueblo de Palomares, una pedanía de Cuevas del Almanzora (Almería). Esta maniobra era necesaria en el contexto de la guerra fría para mantener la capacidad de destrucción mutua asegurada (MAD, por sus siglas en inglés, que también significa loco). Estos aviones permanecían volando de forma ininterrumpida para poder responder a un hipotético ataque preventivo de la URSS con un bombardeo nuclear suficiente para destrozar el país. De esta manera se mantenía una capacidad disuasoria. Se puede decir por tanto que la contaminación de Palomares es un residuo de la Guerra Fría.

Durante la maniobra de repostaje ambos aviones chocaron y se incendiaron. Cuatro de los siete miembros de la tripulación del B-52 pudieron saltar en paracaídas y los otros tres murieron, al igual que los cuatro miembros de la tripulación del avión nodriza. El avión B-52 portaba cuatro bombas termonucleares de 1 megatón cada una (una potencia destructiva equivalente a unas 70 veces la de Hiroshima y Nagasaki). Estas bombas cayeron al suelo sin estar armadas, por lo que no se produjo una explosión nuclear, afortunadamente.

Una de las bombas cayó al mar, a unas cinco millas de la costa, otra vio su caída frenada por el paracaídas, pero las otras dos impactaron contra el suelo. Tras el impacto, explotó su explosivo convencional, desperdigando el plutonio que contenían por el suelo y en forma de aerosol, que acabó también por posarse en el suelo, incluso lejos de las zonas de impacto. El ejército de EE UU estaba más preocupado por recuperar las bombas íntegras que por la descontaminación. Las labores de búsqueda de la bomba caída en el mar involucraron a unos 12.000 hombres durante casi tres meses. Finalmente la encontraron con la ayuda de Francisco Simó, Paco el de la Bomba, que la había visto caer.

El baño de Fraga

Como nota folclórica hay que consignar el baño de Fraga y del embajador norteamericano, con sus famosos meybas. Ellos debían saber que lo peligroso no era bañarse en el mar, que entonces no estaba contaminado, sino revolcarse en la arena de Palomares. El franquismo se aprovechó de la nota folclórica de Fraga y de Paco el de la Bomba para envolver en una cortina de humo los problemas que para la población y el medio ambiente suponía el suceso: no se evacuó a la población ni se la avisó del peligro a pesar de la radiactividad, no se les indemnizó ni se les instruyó sobre cómo deberían comportarse en el futuro.

En las operaciones de descontaminación, los militares norteamericanos se llevaron 1.500 toneladas de tierra, que se embarcaron y se depositaron en Aiken, al Sur de California. La descontaminación no fue completa, ni mucho menos, y además aquellos hombres excavaron al menos dos trincheras, donde depositaron materiales a su vez contaminados que quedaron en Palomares. En la zona existe el rumor de que hay un tercer enterramiento en algún lugar cercano. Las autoridades norteamericanas expidieron documentos que hicieron firmar a los vecinos, según los cuales renunciaban a cualquier reclamación. La Junta de Energía Nuclear [1] colocó medidores de radiactividad y firmó un contrato con EE UU para realizar un seguimiento de la contaminación y sus efectos: era el conocido como Proyecto Indalo, que continuó hasta 2009 y cuyos resultados eran secretos.

Desde aquel momento hasta el año 2004, los sucesivos gobiernos españoles no hicieron nada para que se descontaminara la zona, más preocupados por no molestar al amigo americano que por la salud de los habitantes de Palomares y por su desarrollo [2]. De hecho, estos gobiernos dejaron pasar varias negociaciones bilaterales claves para la política exterior de EE UU, en los que la limpieza de Palomares podría haberse puesto en un platillo de la balanza. En estos acuerdos España aparecía siempre en una posición subordinada y a menudo contaban con la oposición de importantes sectores de la población: desde los acuerdos de construcción y uso de las bases americanas, pasando por su uso limitado tras el referéndum de la OTAN, o las dos guerras de Irak, hasta el acuerdo del escudo antimisiles o el uso de la base de Morón. Ni siquiera se propuso como compensación la descontaminación de Palomares en las diferentes negociaciones.

En concreto, en las discusiones sobre el escudo antimisiles de la base de Rota, Zapatero se negó a incluir Palomares en la negociación y en las conversaciones del despliegue en la de Morón, Morenés dijo: “bastantes problema tiene España como para plantear nuevos”. La excusa de mal pagador de que la limpieza de Palomares fuera un precedente para la limpieza de la contaminación de otros accidentes [3], podría haber sido vencida en uno de esos acuerdos. Pero siempre apareció la subordinación de nuestros gobiernos y el miedo a molestar.

Pasado el tiempo hemos podido saber que se realizaron en Palomares todas las actividades peligrosas para la salud que deberían haberse evitado: se cultivó y removió la tierra, se pastoreó e incluso hubo personas que vivieron en casas ubicadas en zona contaminada. Especial atención merecen los episodios de construcción de unas balsas, con gran movimiento de tierra y liberación de la contaminación en 1987, y de un intento de construir una urbanización, con el consiguiente movimiento de tierras y esparcimiento de la contaminación, a finales de la década de los noventa. Este último suceso fue clave en esta triste historia, puesto que volvió a encender las alarmas. Ambos episodios fueron registrados por los medidores instalados en la zona. El intento de construcción se produce en plena burbuja inmobiliaria y la contaminación impidió que la costa cercana a Palomares haya sufrido la misma suerte que el litoral de la zona y haya acabado sepultada por el ladrillo.

El tiempo empeora la situación, porque por un lado la contaminación se iba extendiendo y dispersando en la zona y, por otro, parte del plutonio se convierte en americio, que es más radiotóxico y peligroso. Por otra parte, el proyecto Indalo garantizaba que unos centenares de personas se analizaran cada año en las instalaciones de la JEN, luego Ciemat, para ver si estaban o no contaminadas. No es difícil imaginar la tensión que sufren esperando los resultados de los análisis y la desesperación que sentían aquellos a quienes el análisis daba positivo. Asimismo, la contaminación de Palomares ha supuesto siempre una rémora en el desarrollo de la zona y ha impedido vender sus productos agrícolas o ganaderos.




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