[Informe] Resistencia a los antibióticos

Las superbacterias, como se llama de forma coloquial a las cepas bacterianas que se han vuelto resistentes a los antibióticos, suponen una de las mayores amenazas para la salud mundial del siglo XXI. Casi un millón de personas mueren anualmente en el mundo por infecciones resistentes a los antimicrobianos. Y se estima que esta cifra alcance los diez millones a mediados del siglo. Por eso la comunidad médica sitúa ya la resistencia antimicrobiana al mismo nivel que la crisis del VIH/SIDA y demanda a la comunidad internacional que se coordine para solucionar el problema.

Según un informe de la OCDE publicado en 2015, existe una relación estrecha entre la resistencia a los antibióticos y su consumo, tanto humano como animal. En consumo de antibióticos en el medio hospitalario, España se encuentra por encima de la media europea, con unas cifras estimadas del 46 %, lo que nos sitúa en quinta posición en cuanto al consumo de antibió ticos en Europa a nivel hospitalario. Sólo este dato puede darnos una idea de la tasa tan elevada de selección y diseminación de la resistencia a los antimicrobianos que existe en España. Ante este escenario, la comunidad internacional ha dado por primera vez una respuesta conjunta y ha reconocido los riesgos de la resistencia antimicrobiana a escala global. La Asamblea General de la ONU ha aprobado una declaración en la que los 193 países miembros se comprometen a llevar a cabo medidas que frenen esta amenaza. Según el informe de Review on Antimicrobial Resistance, 700.000 personas mueren al año en el mundo a causa de enfermedades que no se pueden curar con antibióticos (25.000 en la Unión Europea). Las proyecciones apuntan a que esta cifra alcance los 10 millones en 2050.

[Informe] Resistencia a los antibióticos

Ha costado años visibilizar esta cuestión en el plano internacional, pero por fin los políticos empiezan a oír las súplicas de los expertos de la comunidad médica. En la reunión del G20 celebrada en Hangzhou el pasado septiembre de 2016, los líderes mundiales reconocieron el grave peligro que supone para la salud pública y el crecimiento y la estabilidad económicas la resistencia antimicrobiana (RAM), un sentimiento compartido en una reunión especial de alto nivel celebrada en las Naciones Unidas sobre el tema a finales de ese mes. Sin embargo, a pesar de la intensificación de las llamadas de urgencia, las acciones concretas para contener la resistencia a los medicamentos siguen siendo lentas e incompletas, y muchos observadores conocedores de la problemática temen que las soluciones emprendidas sean insuficientes y lleguen demasiado tarde.

En este marco tan funesto, cada vez existen más evidencias de que las multinacionales farmacéuticas —cuyo propósito debería ser curar a las personas y poner los medios para que se desarrollasen nuevos medicamentos— contribuyen en realidad a extender la resistencia a los antibióticos con la contaminación que provocan sus centros de producción o los de sus proveedores. Existe toda una serie de informes recientes que señalan este aspecto como la tercera causa más importante de la resistencia antimicrobiana. Según estos informes, las condiciones insalubres en los procesos productivos y el inadecuado tratamiento de los vertidos generados por la fabricación de antibióticos en China e India (donde se fabrican la mayor parte de nuestros medicamentos) amplifican el ya de por sí fuerte impacto que tiene el consumo excesivo de antibióticos en la medicina humana y su incontrolado uso en la cría animal.

El presente informe aborda por primera vez la relación entre las fábricas farmacéuticas de la India y la incidencia de las bacterias resistentes, y describe la cadena de suministros por la que circulan los antibióticos desde su producción en las fábricas contaminantes hasta los pacientes de Europa y Estados Unidos. En una investigación realizada en el terreno por la agencia de investigación periodística Ecostorm en junio de 2016 bajo la supervisión de Mark Holmes, de la Universidad de Cambridge, el análisis de las muestras de agua recogidas dio como resultado unos altos niveles de bacterias resistentes a los medicamentos en tres ciudades indias: Hyderabad, Nueva Delhi y Chennai.

De un total de 34 lugares analizados, se encontraron 16 en los que existen bacterias resistentes a los antibióticos. En cuatro de estos lugares, se detectó que la resistencia se producía a los tres tipos de antibióticos más grandes que existen: cefalosporinas, carbapenemos y fluoroquinolonas. En ocho de ellos, se encontraron bacterias resistentes a las cefalosporinas y a las fluoroquinolonas. En otros cuatro se encontró resistencia o a las cefalosporinas o a las fluoroquinolonas. De las fábricas de antibióticos analizadas, tres que pertenecen respectivamente a Aurobindo Pharma, Orchid Chemicals, y Asiatic Drugs and Pharmaceuticals, y que suministran sus productos internacionalmente de manera directa o indirecta, resultaron ser focos de resistencia.

Un examen detallado de la información de acceso público sobre las cadenas de suministro y la que se obtuvo en virtud de las leyes de transparencia muestra que los antibióticos fabricados por estas empresas se exportan a Europa y Estados Unidos, llegando por ejemplo al Sistema Nacional de Salud del Reino Unido, a los hospitales franceses, empresas sanitarias alemanas y grandes farmacéuticas estadounidenses. Se encontraron además vínculos entre las fábricas contaminantes chinas y los mercados occidentales.

Aunque probablemente solo se trate de la punta del iceberg, esta investigación confirma lo que ya sabíamos sobre el impacto de la contaminación producida por las cadenas de suministro del sector farmacéutico y muestra que se necesita actuar con urgencia para atajar este problema. En la era de los viajes y el comercio internacional, las superbacterias, una vez creadas, pueden expandirse rápidamente por el mundo, lo que significa que la contaminación de las farmacéuticas indias y chinas no es solo un problema localizado para las personas que viven en estas regiones, sino que puede acelerar una de las mayores crisis globales a las que se enfrenta la humanidad en este milenio.

Una empresa en particular, Aurobindo, con sede en Hyderabad y también en España, aparece como una de las más peligrosas. Con una larga trayectoria de vertidos contaminantes en sus fábricas de la India, Aurobindo importa también las materias primas para la elaboración de los antibióticos desde fábricas contaminantes en China. Aurobindo está muy bien relacionada con los principales representantes de la industria farmacéutica, entre ellos las multinacionales estadounidenses McKesson y CVS Health, y cuenta con una red internacional de subsidiarias que le brindan acceso directo a los mercados de exportación occidentales. Aún así, ambiciona seguir expandiéndose en todo el mundo y aumentar su cuota de mercado. Pero, ¿con qué coste para la salud humana?

El mensaje de este informe es claro en lo que se refiere a la lucha contra la resistencia antimicrobiana: tenemos que centrarnos en todas y cada una de las tres causas que están en el origen del problema (humana, animal e industrial) si no queremos perder la batalla. En el plano mediático, hemos observado que visibilizar la responsabilidad del sector farmacéutico se convierte en una tarea difícil, y que tanto las campañas institucionales de prevención como el foco informativo se centran en el mal uso de los antibióticos por parte de médicos y pacientes y en el abuso de los antibióticos en la agricultura intensiva, Sin embargo, la OMS sí que deja entrever la contaminación como una de las causas del aumento de la Resistencia, concretamente en “los residuos antimicrobianos que penetran en el suelo, los cultivos y el agua”.

En un momento en el que cada vez se tiene más consciencia del peligro que representan los efluentes de las fábricas de antibióticos, los mayores compradores de antibióticos, tanto del sector público como del privado, deben utilizar su poder como consumidores para exigir que la industria farmacéutica se responsabilice de sus actos. Resulta inaceptable que los residuos no respondan a ningún tipo de control, supone una amenaza evidente para la salud pública y perjudica a la reputación de la industria en su conjunto. Por consiguiente, este problema debería preocupar a los clientes de las compañías farmacéuticas, a los inversores y a las autoridades sanitarias por igual. El equipo de investigación de este informe se puso además en contacto con 20 entidades relacionadas con la sanidad española para preguntar si conocían la problemática, y, en el caso afirmativo, desde qué perspectiva lo trabajaban. Sólo una de las organizaciones encuestadas había tratado el tema de la amenaza de las superbacterias y enfocaba el origen de este fenómeno en el mal uso de los antibióticos por parte de los pacientes, situando las malas prácticas por parte de la industria farmacéutica en los últimos puestos en la cadena de responsabilidades.

La cadena de suministros del sector farmacéutico sigue rodeada de misterio. Por eso, los compradores deberían pedir mucha más transparencia sobre el origen de nuestros antibióticos y exigir a las farmacéuticas un cambio parecido al que ha experimentado la industria textil después de los dramáticos y trágicos accidentes ocurridos en las fábricas textiles, como el del Rana Plaza en Bangladesh. Al final de este informe, se exponen una serie de pasos prácticos que la industria y los organismos reguladores deberían seguir a fin de establecer un modelo de buenas prácticas en un sector cuyo comportamiento medioambiental deja mucho que desear.




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