Alternativas de consumo ¿sólo para minorías?

El placer de ser coherentes.

Gala Arias, Luis Azorín, I. Jiménez, L. Lagartera, C. Morales, Ch. Morán y A. Vela. Área de Consumo de Ecologistas en Acción. Revista Ecologista nº 92.

Cuando se trata de cambiar de cultura de consumo, cuesta pensar en mayorías. Pareciera como si las iniciativas de consumo crítico y transformador estuvieran condenadas a transitar entre pequeños círculos de personas muy concienciadas, formadas y con suficiente capacidad adquisitiva. No obstante, nadie ha dicho que esto tenga que ser así. Es más, si queremos socavar los cimientos de este modelo de consumo generador de residuos humanos y materiales es necesario que aprendamos nuevos modos de trascender la escala para sumar a más personas.

Las claves de este proceso de pasar de lo micro a lo macro no están claras, pero una aproximación muy resumida podría ser: obtener placer, dar facilidades, hacer pedagogía, y, por último, crear proyectos verdaderamente sostenibles.

Es posible que para llegar a más gente haya que prescindir del discurso de la renuncia y la contención del que tanto ha abusado el movimiento ecologista y optar por ofrecer los cambios como una manera de disfrutar de una vida mejor. Está claro que el ser humano no se mueve solamente por motivaciones morales y que la búsqueda del placer y la felicidad son unas de las constantes que han marcado la historia de la humanidad. Si podemos subrayar el placer que se obtiene de cambiar de cultura de consumo (el placer de compartir, aprender, liberarse de una dependencia económica esclavizante) y contrastarlo con el caramelo envenenado de la felicidad consumista, seremos capaces de llegar a mucha más gente.

Entre las muchas ventajas de liberarnos del consumismo está la de ganar tiempo, tanto en cantidad como en calidad. Hay que recordar que la sociedad capitalista actual engulle tiempos y que una de las experiencias más placenteras para el ser humano es disponer de tiempo libre de calidad. Hay mucho que ganar al reducir el consumo o al optar por opciones de consumo más justas y sostenibles, tan sencillas como recuperar el comercio de barrio. Por otro lado, si consumimos menos y más racionalmente, nos sentiremos menos dependientes del empleo y podremos recuperar los tiempos para la vida que tan necesarios son para nuestro bienestar.

También es interesante resaltar el placer que da la coherencia. Actuar en sintonía con lo que pensamos nos da una sensación de control sobre nuestra propia vida que es muy grata.

Tampoco hay que olvidar el placer de aprender a través de lo que estamos haciendo, el placer de crear en entornos que se pueden modificar y que permiten que incidamos en mayor medida en qué queremos consumir y cómo hacerlo.

De hecho, todos los proyectos de economía social y solidaria que han prosperado y que tienen un largo recorrido lo han hecho gracias al placer. Los grupos de consumo o los huertos urbanos son ejemplos sencillos porque todo aquello asociado a la alimentación está muy relacionado con el placer. Si al gustazo de comernos un tomate en su justo punto de maduración sumamos el placer de formar parte de un proceso colectivo, la satisfacción de relacionarse con personas con inquietudes similares a la nuestra y de saber que lo que haces tiene efectos positivos en el entorno, estamos satisfaciendo un montón de necesidades a la vez (compartir, comer, dar y recibir afecto…) y entrando en lo que el experto en economía social Álvaro Porro denomina los “círculos virtuosos” [1].

Por otra parte, los huertos urbanos cooperativos nos acercan a lo que se puede llamar “placer extensivo”; disfrutar de sembrar, cuidar, regar, recolectar y finalmente comerte aquello que has visto crecer es toda una experiencia de observación y lentitud que merece la pena conocer.

Dar facilidades

Para llegar a un público más amplio también hay que dar facilidades. Que todo sea difícil es otra de las cosas que parecen gustarnos a aquellas personas con unas fuertes convicciones ideológicas. Da la impresión de que así nos sentimos más puros, más firmes en nuestras creencias. Sin embargo, aquellos que se acercan a las alternativas de consumo por motivaciones más allá de las puramente ideológicas (salud, economía, cercanía, amistad), necesitan que las alternativas les resulten fáciles. Para ello podemos poner en marcha una de nuestras armas más efectivas: la imaginación y su retoño más fértil, la innovación. Ese es, por ejemplo, el espíritu que animó el desarrollo del software libre Karakolas para la gestión de pedidos de los grupos de consumo agroecológicos. Este software ha sido fundamental para el desarrollo y el crecimiento de La eComarca, red de distribución de productos ecológicos que sirve a 17 grupos en Madrid capital y a cinco más en la Comunidad de Madrid y ha favorecido notablemente la aparición de nuevos grupos.

Intercambiando boniatos, moneda del Mercado social de Madrid. Foto: Isidro Jiménez.

Por otro lado, también la tecnología nos ayuda a facilitar los canales de participación, a limitar el número de asambleas, ciertos modelos híbridos, mezcla de presenciales y digitales [2], pueden resultar más amables y no comprometer excesivamente la disponibilidad de tiempo. En esta línea funciona, por ejemplo, Som Energía, cooperativa de energía verde que cuenta actualmente con 30.000 socios y que entre sus valores, además del ecológico, está el buen funcionamiento y que no sea más cara que un proveedor de servicios eléctricos tradicional [3].

Para que esto se produzca, los proyectos tienen que permitir que existan distintos niveles de participación entre sus miembros para que no haya un desgaste excesivo, hay que aprender, asimismo, a confiar y delegar en una organización asamblearia dado que participar activamente en todo resulta imposible.

Hacer pedagogía

Para crecer hay que enseñar. La pedagogía nos resulta una aliada imprescindible en este proceso. Los impactos positivos de un cambio de cultura del consumo están invisibilizados en nuestra sociedad. Hay que visibilizarlos y vincularlos con las preocupaciones mayoritarias de la población. Esto es, con el paro, la corrupción y la clase política.

Es más fácil que las personas de a pie conecten con que ciertos modelos de consumo generan paro y favorecen la corrupción política y empresarial y el empobrecimiento de la población, que con la lucha contra desigualdades en países lejanos o contra impactos medioambientales que no se perciben de manera inmediata.

Para ello es muy interesante sacar a relucir datos como los que nos hablan de que por cada 100 puestos de trabajo creados por un centro comercial se destruyen 140 en el pequeño comercio de la zona. Además, sólo un 5 % de los beneficios de estas grandes superficies repercuten en la economía local, mientras que la pequeña y mediana empresa deja hasta el 50 % de sus beneficios en su área de influencia. Las redes productivas locales crean más empleo y de mejor calidad.

Muchos de nosotros somos nativos consumistas, lo vemos todo como consumidores y es necesario también hacer pedagogía para cambiar esa conciencia consumista por una conciencia ciudadana. Es también necesario llegar a más movimientos sociales, a más personas concienciadas pero que no relacionan ciertos modelos de consumo con las injusticias del día a día.

Así, muchos proyectos de la economía social y solidaria contribuyen añadiendo la formación a su agenda de tareas, como por ejemplo Coop57 y Fiare, que ofrecen formación financiera a sus socios y socias.

Crear proyectos sostenibles

Nada más lejos de nuestra intención que medir los criterios de viabilidad tal y como los mide el capitalismo. La viabilidad real, esa que incorpora los valores sociales y ambientales de los proyectos en el cómputo total, no encaja con los parámetros capitalistas. No obstante, hay unos mínimos que los proyectos alternativos de consumo deben cubrir para que puedan perdurar en el tiempo. Dentro de esos mínimos se encuentra el de que sean proyectos suficientemente rentables como para que sus promotores puedan sobrevivir en condiciones dignas, pero no se reducen a eso. Hay muchas otras variables que definen a un proyecto como verdaderamente sostenible, entre las que se encontraría, por ejemplo, que los proyectos puedan escalarse sin desatender la estructura de cuidados y sin dejar a las mujeres por el camino.

Otra condición imprescindible de los proyectos de economía social y solidaria para que sean verdaderamente sostenibles es que trabajen en redes densas, basándose en la intercooperación. Y esto es así porque cuando se trabaja en red, nunca caes al suelo. Para perpetuarse resulta imprescindible crear alianzas y sinergias y huir del sectarismo; los mercados sociales son un buen ejemplo de ello.

Es decir, la viabilidad económica es necesaria para poder albergar la viabilidad social, que es imprescindible. Un ejemplo de esto es la cooperativa Som Energia, que sigue ofreciendo el mismo precio por kilovatio hora a pesar de las recientes subidas del precio de la energía que adquieren en el mercado. Han ido guardando sus beneficios en un depósito para recuperarlos cuando sea necesario y eso les ha permitido enfrentarse a los vaivenes del mercado sin tener que subir las tarifas a sus socias y socios. Esta es una de las grandes diferencias entre ser cliente de una empresa que reparte beneficios entre sus accionistas y asociarse a una cooperativa sin ánimo de lucro.

Por último, para crecer, hay que trabajar en desterrar mitos. Los proyectos de economía social y solidaria no sólo generan más empleo que los de la economía ‘sucia’ y son más resilientes, además pueden ser más rentables para sus integrantes. Es interesante recordar que, actualmente, las cooperativas financieras Coop57 y Fiare están dando más rentabilidad a las personas ahorrado- ras que la banca tradicional y con morosidad cero.




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