Calles para todas

Desplazarnos en nuestras ciudades es, en muchos casos, complicado. Las vías públicas se han diseñado desde un punto de vista patriarcal y capitalista. Analizamos cómo deberían ser nuestras calles.

Blanca Valdivia [1]. Revista Ecologista nº 93.

Las actividades que hacemos en nuestro día a día, si tenemos personas a nuestro cargo, cómo distribuimos nuestro tiempo o nuestro nivel de ingresos, condicionan nuestros desplazamientos urbanos y son cuestiones que están atravesadas por la variable género.

En este sentido, la geógrafa Carme Miralles-Guasch [2], integrante del departamento de Geografía de la Universidad Autónoma de Barcelona, considera necesario resaltar el carácter democratizador de la movilidad, en tanto permita a un mayor número de ciudadanas y ciudadanos hacer uso de su propio territorio, para actividades laborales, domésticas o lúdicas. Miralles-Guasch señala que posibilitar el acceso del uso a la ciudad al número máximo de personas significa adaptar todo aquello que facilita el movimiento a las diferentes situaciones personales y a las diversas esferas que tiene la ciudad. Según la geógrafa esto supone adaptar las políticas que organizan la movilidad a las características individuales más diversas como: niveles de renta, edad, género…y también a los desiguales ritmos temporales y espaciales de la ciudad: centro-periferia, día-noche, laborable-festivo.

Además, el género es una construcción social y cultural que asigna roles, comportamientos, identidades y responsabilidades y al mismo tiempo limitaciones a mujeres, hombres y personas trans.

Ilustración Ana Suárez.

Sin embargo, no todas las mujeres tienen los mismos privilegios o sufren las mismas opresiones dependiendo de su clase social, edad, orientación sexual, si son mujeres racializadas, etc., pero el género es un determinante crucial que atraviesa sus vidas.

El espacio en el que nos movemos se organiza según las necesidades e intereses masculinos, marcándolo de un carácter jerárquico y de poder [3]. La movilidad de nuestras ciudades y territorios también se ha pensado desde una lógica que ha priorizado determinadas actividades, estilos de vida y no es neutra. Favorece a un tipo de sujeto que es hombre, blanco, de clase media y con vehículo propio.

La lógica capitalista

El sistema actual de transporte articula los desplazamientos en la ciudad y supone una partida presupuestaria muy grande. Para Paola Jirón, experta en movilidad y género de la Universidad de Chile, la movilidad es una de las experiencias cotidianas con un mayor impacto en la calidad de vida urbana de las personas [4].

Los sistemas de transporte se han pensado para satisfacer las necesidades de la vida productiva, desde la lógica de una sociedad capitalista patriarcal, basada en la división sexual del trabajo y de los espacios y considerando que la necesidad básica de la movilidad eran los desplazamientos relacionados con el trabajo remunerado. Este diseño del transporte se enmarca en lógicas territoriales funcionalistas que sitúan los puestos de trabajo en determinadas zonas de la ciudad, apartadas del resto de áreas de la ciudad donde se lleva a cabo la vida cotidiana y teniendo que dedicar las personas una parte importante de su jornada cotidiana a los desplazamientos al puesto de trabajo.

Miralles-Guasch señala que “analizar el desplazamiento de las mujeres muestra unos modelos de movilidad que derivan de su papel en la sociedad patriarcal”. En esta misma línea, Inés Sánchez de Madariaga cree que a pesar de las diferencias entre barrios, ciudades y países “existen determinados patrones generales sobre la movilidad femenina como patrones de movilidad más complejos fruto de sus múltiples responsabilidades y un menor acceso al vehículo privado”. Sánchez de Madariaga explica en el artículo Infraestructuras para la vida cotidiana y calidad de vida que las mujeres realizan movimientos poligonales (a diferencia de los hombres que los hacen pendulares), son las principales usuarias del transporte público, encadenan más viajes, se mueven por mayor variedad de motivos, hacen recorridos más cortos y gran parte de los desplazamientos son en el entorno residencial y hacen muchos viajes acompañando a otras personas que carecen de autonomía personal [5].

Según Sánchez de Madariaga, aunque las mujeres se mueven más, su movilidad suele estar limitada por la dependencia de las necesidades de otras personas y de los horarios de los servicios públicos. Esta reducción de su movilidad afecta a su capacidad de acceso al empleo y a otros servicios como el ocio.

Integrar la perspectiva de género a la movilidad significa priorizar la movilidad peatonal. Para ello deben concebirse las calles como el elemento vertebrador de los desplazamientos de la vida cotidiana. Que las calles tengan las condiciones y el mobiliario adecuado para que todas las personas puedan moverse autónomamente sin que la configuración urbana sea un impedimento.

Condiciones y mobiliario de nuestras vías

Las calles deben ser accesibles para todos los tipos de necesidades: personas en silla de ruedas, ciegas, neurodivergentes que pueden tener dificultades para interpretar la señalética urbana, personas que llevan un carrito de bebé, van cargadas con bolsas…

Además, las calles tienen que ser seguras. Mujeres y hombres tenemos diferentes percepciones de seguridad por eso es fundamental dotar a nuestras calles de unas características urbanas que mejoren nuestra percepción de seguridad y que ninguna persona (mayoritariamente lo hacen mujeres) restrinja sus recorridos cotidianos a determinadas horas del día o la noche o evite pasar por determinados espacios por miedo.

Para eso nuestras calles deben ser visibles, con una iluminación homogénea, sin obstáculos que puedan dificultar la visión, bien señalizadas, en entornos comunitarios donde se promueve al apoyo mutuo. Estas son también las condiciones para tener calles más seguras.

Además, las vías por las que nos movemos deben estar suficientemente equipadas. Esto significa que tengan sombras, fuentes, papeleras y otros elementos que acompañen los recorridos. Un elemento imprescindible para la movilidad son los bancos. Para las personas mayores, mujeres embarazadas o personas que tienen enfermedades respiratorias, las calles con bancos en los diferentes recorridos es lo que les permite que puedan o no hacer un desplazamiento cotidiano, ya que los bancos les permiten hacer paradas.Y también las calles deben ser funcionalmente diversas, que tengan diferentes usos, tipos de comercios, equipamientos, viviendas, etc.

Pero no solo. La red de transporte público juega también un papel importante. Los diferentes medios de transporte tienen que estar conectados entre sí y con los recorridos peatonales. Garantizar no solo la llegada a los puestos de trabajo, que es lo que se ha priorizado normalmente en el diseño de las redes de movilidad, sino también la llegada a los equipamientos que dan apoyo y servicios a las personas: escuelas, hospitales, centros de salud, centros culturales, entre otros. Esta red de transporte público tiene que ser accesible física y económicamente, tener espacios de espera seguros y protegidos para las inclemencias del tiempo, información analógica y tener en cuenta la diversidad de cuerpos. Y se debe promover el uso de vehículos no motorizados como bicicletas y patinetes facilitando infraestructuras para su uso.

Por todo esto, la movilidad debe contar con una perspectiva feminista, una movilidad que tiene en cuenta la diversidad de experiencias, vivencias y necesidades que existen en la sociedad. Prioriza los recorridos peatonales pero ofrece variedad de opciones para los diferentes tipos de desplazamientos y horarios de las personas. No estandariza los cuerpos de las personas sino que incorpora la diversidad. Pone en el centro la sostenibilidad de la vida por lo que se piensan los horarios, los recorridos, los transportes pensando tanto en las personas cuidadoras como en las personas que necesitan cuidados. Considera las diferencias en la percepción de seguridad entre mujeres y hombres y diseña itinerarios donde todas las personas se sientan seguras.




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