Neorrurales: contra la corriente de despoblación rural

La despoblación del mundo rural es una realidad que aparentemente preocupa a políticos y planificadores. Aunque según datos oficiales la mitad de los municipios españoles está en riesgo de extinción, las administraciones pocas veces han apoyado las iniciativas de repoblación puestas en marcha en España desde los años 80.

Paco Muñoz de Bustillo. Redacción. Miembro de Ecologistas en Acción de Sabiñánigo y de la Asociación Artiborain. Revista Ecologista nº 93.

El abandono del mundo rural se produjo en el Estado español en los años 50 y 60, cuando empezó el proceso de industrialización. Entonces se debió a un cúmulo de circunstancias como la necesidad de mano de obra en las ciudades y los nuevos polos industriales. Pero también se produjo por el abandono secular del medio rural por parte de las administraciones, la expropiación de tierras y aldeas para la construcción de proyectos hidráulicos y forestales, y en los años más duros del Franquismo, como huida del control social impuesto por el nacionalcatolicismo, más acuciante en los pueblos, y en definitiva para buscar nuevas oportunidades tras lo más duro de la posguerra.

Rehabilitación del tejado de una casa en Aineto, Huesca. Foto Paco Muñoz de Bustillo.

Desde entonces, la tendencia se ha mantenido hasta llegar en la actualidad a una situación que preocupa a los planificadores del territorio. Por ello, en junio pasado la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) organizó el 2º Congreso Nacional sobre Despoblación en la ciudad de Huesca, capital de una de las provincias con menor densidad demográfica.

Allí se habló sobre una estrategia nacional contra la despoblación, discriminación positiva y política fiscal, el papel de las administraciones locales en la lucha contra la despoblación, incluso sobre la necesidad que el mundo urbano tiene de mantener el rural como perspectiva de descanso y ocio. Pero no se invitó a participar a representantes de ninguno de los proyectos de repoblación rural (marginales pero consolidados) que se han desarrollado en el Estado español desde los años 80.

La Transición y la “vuelta al campo”

Estos proyectos de “vuelta al campo” se iniciaron cuando la Transición ya había dado paso al “desencanto” y algunos colectivos fueron conscientes de que el fin de la dictadura no iba a suponer un cambio real de modelo. Para ello era precisa una transformación personal paralela al cambio de las estructuras políticas. Al final, la nueva libertad equivalía a la libertad de consumir más y votar cada cuatro años. Para ser europeos tendríamos que ser más competitivos y estar dispuestos a sacrificar la idiosincrasia regional por la integración europea.

Agustín Montero fue uno de los primeros repobladores de Aineto (Huesca), pueblo rehabilitado y autogestionado por sus habitantes al que llegó con 24 años. Tiene claras las razones del paso que cambió su vida en 1980: “La vuelta al campo simbolizaba para nosotros un acercamiento a lo natural, a la simplificación de la vida. Añorábamos lo colectivo frente al individualismo moderno”, dice este vecino del pueblo reconstruido de Aineto. ”Queríamos tomar las riendas de nuestra propia vida, asumir todas las tareas necesarias para sobrevivir en un medio nuevo”. Y continúa: “Buscábamos la autosuficiencia, lo espiritual frente al mundo material, el respeto por el medio ambiente frente a la explotación del mismo…”, manifiesta entusiasmado, casi como si fuera el primer día, Agustín.

Eran los tiempos de la lucha antinuclear y del inicio del ecologismo como movimiento social, más allá del conservacionismo. Lo pequeño era hermoso. En muchos casos, esos neorrurales tenían más claro lo que no querían que lo que querían. “Estuvimos buscando un lugar donde instalarnos por media España y si acabamos en el Prepirineo es porque nadie tenía interés en estos pueblos de la Guarguera –confiesa Agustín–. No sabíamos ni como plantar una lechuga”.

Esa ilusión se mantiene. “Nuestra biblia era ‘La vida en el campo´ de John Seymour. Visto en la distancia –continúa este vecino de Aineto– puede parecer duro llegar de la ciudad y meterse en una aldea medio en ruinas sin electricidad, agua corriente, ni teléfono y con una carretera con más baches que asfalto..., pero lo cierto es que fueron los años más ilusionantes de nuestras vidas”.

El Movimiento Alternativo Rural

Algunas de estas iniciativas aprovecharon cortijos o masías de algún miembro del colectivo, alquilaron casas en pueblos u ocuparon aldeas expropiadas en su día para la construcción de pantanos y la reforestación. Nació un movimiento bullente, aunque marginal, denominado Movimiento Alternativo Rural (MAR), hoy desaparecido, que sentó sus bases en el Encuentro sobre Pueblos Deshabitados celebrado en 1984 en Madrid [1]. Agustín fue ponente en aquel evento: “Estábamos gente de Aineto, insumisos de Lakabe (Navarra), un grupo de maestros de Abioncillo (Soria) y otra gente del Calabacino (Huelva), Escalera (Guadalajara), Mataveneros (León) y muchos otros lugares”. Explica que “desde entonces, y a lo largo de varios años, nos juntábamos periódicamente en alguno de estos lugares con escuelas itinerantes para los peques y talleres para intercambiar experiencias, además de editar un boletín”.

Ya entonces se percibían los efectos nocivos de una sociedad de la abundancia empeñada en matar a la gallina de los huevos de oro y el neoliberalismo estaba presto para dominar el mundo. Como afirma Agustín, “a pesar de las diferencias entre colectivos, a todos nos unía el anhelo por volver a la tierra, por experimentar un tipo de organización social en la que lo común tuviera mucho más peso. Creíamos en la ayuda mutua y compartíamos una visión más espiritual del sentido de la vida”.

Tras legalizar algunas ocupaciones en Aragón (en los pueblos de Artiborain, Caneto, Mipanas…) y en Navarra (Lakabe), las buenas intenciones de ese primer gobierno del PSOE hacia el mundo rural pronto se desvanecieron. A pesar de los estudios sobre despoblación, los congresos, las ayudas Leader y Proder de la Unión Europea y las prometedoras declaraciones en periodo electoral, las distintas administraciones pusieron trabas a las peticiones de cesión de aldeas propiedad del Estado.

La oposición más notoria se produjo también en Aragón (probablemente la Comunidad Autónoma con más cesiones legales), en 1997, cuando Sasé (en Sobrarbe, Huesca), ocupado por decenas de personas durante casi dos años, fue desalojado por la fuerza. El proceso tuvo gran repercusión mediática y fue percibido como un acto innecesario, puesto que aquellos jóvenes solo pretendían dar vida y poner en valor lo que nadie quería.

Las administraciones no saben, no contestan

Para Agustín Montero, presidente de la Asociación Artiborain, que gestiona cuatro pueblos cedidos por la Diputación de Aragón en el Prepirineo de Huesca y se encuentra actualmente negociando la renovación de dicha cesión, no sorprenden las reticencias de las administraciones a normalizar estas ocupaciones y utilizarlas para revitalizar el mundo rural: “El retorno al mundo rural tiene mucho que ver con el rechazo a los valores hegemónicos en la sociedad.

En la mayor parte de los casos, se trata de poner en práctica las lecciones que el ecologismo lleva años proponiendo”, mantiene Agustín. Y explica que esos valores de las personas que optan por volver al campo tienen que ver con “reducir, reutilizar, reciclar y recuperar los recursos, con la soberanía alimentaria, democracia participativa, comunizar y cooperar”, sostiene.

Estos principios parece que no gustan a nuestros mandatarios y “tal vez por eso nunca haya interesado mucho a los que dicen estar preocupados por la despoblación” Dice Agustín que esto no mueve grandes inversiones, sino que busca una vida digna, alternativa. “Yo creo que es un experimento social en un mar de uniformidad capitalista y pensamiento único”, defiende este vecino del pueblo recuperado de Aineto.

Entre los miles de despoblados del mundo rural [2], hay cientos de titularidad pública. Las experiencias de recuperación asentadas [3], con más de 30 años de experiencia, muestran un camino que invierte la tendencia de despoblamiento del mundo rural, y está en manos de las distintas administraciones facilitar el acceso a estos lugares a colectivos que presenten proyectos de recuperación basados en el mantenimiento de la propiedad pública y el usufructo de viviendas y recursos naturales de la zona, el respeto por el medio ambiente y la arquitectura tradicional.

Los grandes avances tecnológicos del mundo digital y la mejora general de los accesos y transportes abren nuevas posibilidades a lugares antaño remotos y deprimidos. La vida rural ya no tiene por qué identificarse exclusivamente con el sector primario, múltiples ocupaciones actuales pueden desarrollarse a distancia a través de Internet. Además, el mantenimiento de la masa forestal o la oferta de mejores servicios a la población rural ya asentada podrían generar empleos que a su vez mantendrían y aumentarían esa población en una retroalimentación constante. Como afirmó el escritor y defensor de los valores de la vida rural, Jaime Izquierdo, en el Congreso nacional sobre despoblación: “Los nuevos pobladores son los pioneros de un regreso [necesario e ineludible] a lo rural”.

El imparable proceso de urbanización del planeta
En 1900 había en el mundo 14 ciudades de más de un millón de habitantes; en 2005 eran 440, 26 de ellas de más de 5 millones. En 1959 solo el 30 % de la población mundial vivía en las ciudades, en 2000 ya era el 47 % y para 2030 se estima que alcanzará el 60 % (5.000 millones). Desde 2007 son ya más las personas que habitan áreas urbanas que las que lo hacen en el mundo rural [4].

En cuanto al Estado español, las cifras no son menos alarmantes. Entre 2015 y 2016 la pérdida de población se concentró en los municipios de menor tamaño. Como resultado, se ha agravado el desequilibrio territorial. En la actualidad, más del 12 % de la población española vive en menos del 2 % de los municipios: las 143 ciudades de más de 50.000 habitantes concentran casi 6 millones de empadronados. Sin embargo, entre los 4.955 municipios españoles de menos de 1.000 habitantes no llegan a sumar 1,5 millones de vecinos [5].




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