Ecologista nº 74

  Sumario  

 Editorial

Lo ambiental es vital

Aún persiste entre muchas personas la idea de que el medio ambiente es un lujo que no nos podemos permitir en periodos de crisis económica. Es un pensamiento que alimentan continuamente nuestros políticos cuando afirman que el medio ambiente no debe ser un freno al desarrollo económico.

Sin embargo, la situación es muy diferente. Dependemos del medio ambiente y este resulta vital para nosotros. Basta mirar, por ejemplo, lo ocurrido este verano con los incendios forestales: los fuertes recortes en extinción han tenido una correlación inmediata –junto con la sequía, las consecuencias del abandono rural y otros factores como la dispersión de urbanizaciones en zonas forestales, que dificultan las tareas de extinción– con un tremendo incremento en la superficie arrasada por el fuego. Un aparente ahorro de fondos públicos se ha tornado en una fortísima pérdida de biodiversidad, desaparición de lugares de esparcimiento, destrucción de suelos fértiles y pérdida recursos económicos, por citar solo algunos, sin olvidar el drama de la pérdida de vidas humanas.

Algo equivalente se puede decir con nuestro olvido del cambio climático, en el sentido de que no se están tomando en absoluto las medidas necesarias y adecuadas para paliarlo o reducirlo, como se acaba de hacer bien patente en la cumbre de Río+20. Entre otras consecuencias, una muy grave e inmediata será la tragedia alimentaria que está a punto de abatirse sobre la población más vulnerable del mundo. Una vez más, olvidarnos del medio ambiente no nos sale gratis: saturar los sumideros del planeta nos trae, a través del cambio climático, temperaturas medias más elevadas y fenómenos extremos más frecuentes, como las sequías que se están viviendo en Estados Unidos, Rusia e India, que influyen negativamente en la disponibilidad de alimentos básicos. Y eso, combinado con la obscena especulación financiera con estos alimentos provocará una fuerte subida de su precio, con dramáticas consecuencias para millones de personas.

Pero el Gobierno sigue haciendo caso omiso a todas estas evidencias y, lejos de atender a los problemas de la gente común y del medio ambiente, asiste a las principales entidades financieras que son, además, las principales responsables de esta crisis. E intenta seguir dando carnaza a la especulación y destrucción del territorio para alimentar un modelo económico que solo nos lleva, cada día que pasa es más claro, al desastre ecológico y a la injusticia social. Es en este marco en el que se plantea, por ejemplo, la reforma de la Ley de Costas.

La nueva Ley de Costas, que el Gobierno cínicamente quiere llamar Ley de Protección y Uso Sostenible del Litoral, de facto supondrá la privatización de muchas áreas de nuestras riberas marinas, puesto que las viviendas en el Dominio Público Marítimo Terrestre podrán seguir 75 años más, que se suman a los 30 o 60 años que ya les dio la actual ley, vigente desde 1988, además de permitir su compra-venta. Otras medidas previstas, como la reducción de la franja de protección en zonas como las rías, la exclusión de muchas zonas de dunas, las facilidades para los chiringuitos y la publicidad en la playa… indican que, nuevamente, se va a pasar por encima del interés general para satisfacer determinados intereses económicos. El mismo esquema del que venimos hablando: olvidarnos de lo ambiental para que se beneficien unos pocos y luego pagarlo todas y todos mucho más caro.




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