Ultima ratio regis: la proliferación nuclear

Desde Hiroshima hasta hoy, de media se han provocado 3 explosiones nucleares al mes.

Francisco Castejón, Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 50.

Las pruebas nucleares realizadas por Corea del Norte en octubre de 2006 han vuelto a poner tristemente de actualidad el tema de la proliferación nuclear y de las armas nucleares. Han vuelto a recordar a la opinión pública que la amenaza nuclear persiste y que la existencia de estas armas hace más inseguro al mundo.

En el siglo XVI, muchos cañones llevaban grabada la frase en latín: “ultima ratio regis”, es decir, “la última razón de los reyes”. Se daba a entender así que en una discusión sobre temas de interés para los Reinos, Estados o Gobiernos, la última razón que el rey podía poner sobre la mesa era la de los cañones. Las armas nucleares deberían llevar las mismas palabras grabadas. En cualquier conflicto sobre geoestrategia o dominación de una zona del territorio, en cualquier caso de confrontación entre Estados, estas armas son el último argumento al que pueden apelar los reyes. Dependiendo de los países a que nos refiramos, en lugar de reyes léase aparatos estatales, dictadores en algunos casos, complejos militares en otros, en fin, las estructuras de poder de los diferentes Estados, se configuren como se configuren. En una escalada bélica, el Estado que posea armas nucleares podría oponer su poderío nuclear en última instancia, evitando la derrota y disuadiendo a su oponente de emprender ciertas aventuras.

Me interesa, porque lo considero de suma importancia para la discusión que sigue, separar nítidamente los intereses de esos poderes estatales, de los reyes, de los intereses de las poblaciones de dichos Estados. También hay que considerar que la opinión de los ciudadanos no se tiene en cuenta a la hora de definir qué medios usar en la resolución de conflictos o hasta dónde llegar por la defensa de los intereses geoestratégicos. De forma muy destacada, es imprescindible considerar cuál es la filosofía de las armas nucleares (así como de las armas de destrucción masiva, en general). Se trata de amenazar a un Estado con la matanza masiva de su población y con la destrucción sistemática de sus ciudades. Se trata de amenazar con la muerte de miles de personas civiles, inocentes del desarrollo del conflicto.

Tecnología nuclear militar o de doble uso

Existen dos tipos fundamentales de bombas nucleares: las de fisión y las de fusión o termonucleares. Éstas últimas se basan en las reacciones de fusión nuclear y tienen la propiedad de que son mucho más potentes que las de fisión. Además, han de contar con una bomba de fisión para iniciarse.

La fisión es la reacción nuclear que consiste en romper núcleos pesados con desprendimiento de energía. Se trata de bombardear un núcleo de uranio 235 o de plutonio 239 mediante un neutrón. Al romperse, se obtienen unos núcleos muy radiactivos más ligeros (conocidos como productos de la fisión) y la emisión de neutrones que rompen nuevos núcleos, produciéndose así una reacción en cadena. Todo el proceso conlleva el desprendimiento de una gran cantidad de energía.

Por el contrario, las reacciones de fusión consisten en unir núcleos ligeros para dar núcleos más pesados, también con desprendimiento de energía. La cantidad de energía por unidad de materia que se desprende en la fusión es aproximadamente 4 veces mayor que en la fisión. Esto implica que es necesario transportar bombas de menos peso para contar con el mismo poder explosivo. Teniendo en cuenta que las armas nucleares vuelan en cohetes o aviones, lo que dificulta el transporte de grandes pesos, la fusión termonuclear posibilita lanzar bombas mucho más potentes.

La potencia de las bombas de fusión puede superar los megatones [1], y las de fisión alcanzan típicamente las decenas de kilotones. A su vez, las bombas de fisión pueden ser de uranio o de plutonio, dependiendo de cual sea el material fisible. Las bombas arrojadas por EE UU sobre Hiroshima y Nagasaki el 6 de agosto de 1945 eran de uranio y de plutonio respectivamente y tenían 15 kilotones de potencia cada una.

El plutonio es un elemento que no se encuentra en la naturaleza y, por tanto, ha de ser fabricado en reactores nucleares. Se extrae del combustible nuclear gastado de cierto tipo de centrales nucleares, mediante un método conocido como reproceso que resulta ser muy contaminante. No todas las centrales nucleares son aptas para producir plutonio militar, pero también aquéllas que lo son están integradas con normalidad en los parques de generación de electricidad de los países que las poseen. Por ejemplo, en el caso español, la central de Vandellós I (Tarragona), que sufrió un accidente en 1989, era la única central nuclear que producía plutonio de grado militar.

Las bombas de uranio, por el contrario, se construyen mediante un proceso conocido como enriquecimiento, que consiste en aumentar la fracción de uranio fisible. El uranio natural está formado por dos isótopos, el uranio 238 y el uranio 235, que es el que se puede fisionar [2]. Éste último está en una proporción del 0,7%, que debe aumentar hasta el 95% para fabricar la bomba, mediante un proceso conocido como enriquecimiento. Es de señalar aquí que el proceso de enriquecimiento sirve también para fabricar el combustible nuclear de las centrales nucleares ordinarias, sólo que en este caso el grado de enriquecimiento alcanza el 4%. La tecnología de enriquecimiento es la misma en ambos casos, el centrifugado del uranio en forma de hexafluoruros, que están en estado gaseoso. Uno de los residuos que se producen en el enriquecimiento es el uranio empobrecido, que es débilmente radiactivo y se ha usado para el contrapeso de aviones y helicópteros, para blindaje de carros de combate y para la fabricación de armas penetrantes. Este uranio empobrecido ha contaminado radiactivamente el suelo iraquí en las dos guerras del Golfo y el suelo Bosnio en la guerra de los Balcanes. En EE UU, según el Departamento de Energía, existen más de 560.000 toneladas de uranio empobrecido.

Las tecnologías nucleares necesarias para fabricar bombas atómicas son, pues, de doble uso, militar y civil, aunque no todas las tecnologías nucleares lo son. Así es posible encontrar países como España que sólo usan las reacciones nucleares para producir energía. Es el Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA), dependiente de la ONU, el que se encarga de controlar las actividades nucleares de los Estados y de velar para que éstas se dediquen a la producción de energía [3].

Los defensores de la energía nuclear, que apuestan por una extensión de este tipo de centrales, deberían ser conscientes del peligro que supone esta apuesta. Las tecnologías nucleares de doble uso podrían extenderse y convertir el mundo en más peligroso. El caso de Irán, del que se hablará más adelante, es un ejemplo de lo que supondría una extensión nuclear donde un gran número de países reclamaran su derecho a fabricar su propio combustible nuclear.

2.056 pruebas nucleares

Existen dos tipos de bombas atómicas según su tamaño y poder explosivo: las estratégicas, de gran potencia que asolarían grandes zonas del territorio (por ejemplo, una cabeza nuclear de 120 megatones arrojada sobre la base de Torrejón afectaría a buena parte de la Península Ibérica); y las tácticas, de menor capacidad. Entre éstas últimas existen un tipo de bombas que son las de muy pequeña potencia que harían posible, por tanto, que se produjera un conflicto nuclear limitado. Son las llamadas armas de teatro.

El desarrollo de las bombas y el conocimiento de sus efectos han obligado a los países dotados de tales armas a la realización de pruebas nucleares. La primera fue realizada por EE UU el 16 de julio de 1945 y durante años se llevaron a cabo al aire libre, con el gravísimo efecto sobre el medio ambiente y las personas que estaban cerca de las explosiones, en primera instancia, y sobre el resto en segunda. La primera prueba al aire libre de la URSS se produjo el 29 de agosto de 1949. Desde estas primeras pruebas se han llevado a cabo en todo el mundo nada menos que 2.056 detonaciones nucleares, entre las producidas en superficie y en profundidad. Es decir, casi 3 explosiones por mes desde Hiroshima. Las han realizado China, Francia, India, Pakistán, Rusia, Reino Unido, EE UU, y recientemente, Corea del Norte. Cada una de ellas ha contaminado el entorno, amenazado la paz y estimulado la carrera armamentista nuclear.

Las pruebas en superficie dispersan radiactividad directamente al medio ambiente y las que se realizan en profundidad contaminan el subsuelo con el riesgo de que en un futuro se libere la radiactividad. Se calcula que cientos de miles de personas de todo el mundo han sido afectadas por la radiactividad liberada en las pruebas al aire libre. Un estudio encargado por el Congreso norteamericano en 1998 muestra el precio humano que los propios americanos han tenido que pagar por las pruebas nucleares. Se trata de 33.000 casos de cáncer, 11.000 de ellos mortales, que, según el Center for Disease Control and Prevention (CDC), se produjeron en EE UU como consecuencia de 11 años de pruebas nucleares, entre 1951 y 1962. 19 de las pruebas nucleares americanas lanzaron cada una de ellas a la atmósfera niveles de radiación de una escala comparable al accidente registrado en 1986 en la central nuclear ucraniana de Chernóbil [4].

Rusia realizó abundantes pruebas atmosféricas en Kazajstán en los años 50. China realizó pruebas atmosféricas en Lob Nohr (provincia de Xinjiang) desde 1964 hasta 1980. Francia las realizó entre 1963 y 1974. Este país se volvió a poner de actualidad en verano de 1995 con las pruebas en profundidad en el atolón de Mururoa, lo que suscitó gran oposición en toda Europa. Estas pruebas fueron seguidas poco después por la India, que en 1998 escandaliza al mundo con sus explosiones subterráneas.

Las pruebas, como se ha dicho anteriormente, sirven para perfeccionar las armas. En particular, el mayor deseo de las potencies nucleares es desarrollar las armas de teatro que permitirían usar potencia nuclear en un conflicto convencional sin que se produjera una escalada nuclear. Lógicamente este tipo de investigaciones son gravísimas puesto que abrirían la puerta a conflictos nucleares localizados anulando el efecto de disuasión que pueda tener la posesión multilateral de las armas.

El fin de las pruebas nucleares vendrá consagrado por el Tratado General de Prohibición de Pruebas (sus siglas inglesas son CTBT) que no ha sido ratificado por unos pocos Estados, algunos de ellos con capacidades nucleares: Corea del Norte, China, India, Israel, Pakistán y EE UU.

Hoy en día, los países más avanzados tecnológicamente no necesitan hacer más pruebas puesto que éstas se pueden sustituir por experimentos con rayos láser potentísimos y por simulaciones de ordenador. Sólo la prevención ante la posible necesidad de pruebas futuras o la incapacidad para acceder a dichas técnicas de simulación avanzada hacen que algunos países no ratifiquen el CTBT.

Tratado de No Proliferación Nuclear

El Tratado que regula las relaciones de los Estados con las armas nucleares es el llamado Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Este tratado se abre a la firma en 1968, entra en vigor en 1970, y otorga el derecho de poseer armas atómicas a un selecto club de cinco países denominados Garantes que son EE UU, Rusia, China, Inglaterra y Francia. Es decir, los vencedores de la Segunda Guerra Mundial más China. El resto de los países firmantes del TNP se comprometen a no desarrollar tecnologías nucleares para usos bélicos y los países Garantes se comprometen, a cambio, a proteger a los países firmantes con sus armas nucleares y a desarmarse progresivamente. Es decir, cada año que pasa sin que disminuyan los arsenales atómicos de las cinco potencias citadas, o cada paso que éstas dan hacia la perfección de sus armas nucleares, están incumpliendo el TNP y dando argumentos a los países que se están armando.

Corea del Norte, que ha mostrado ostensiblemente su capacidad nuclear, es uno de los países que están fuera del TNP. Tan ostensiblemente que esta falta de discreción hace pensar que su poderío nuclear es más bien escaso. La Comunidad Internacional ha reaccionado mediante sanciones ante este régimen autoritario y autocrático que no tiene problema en que su población esté desnutrida. Israel es otro de los países fuera del TNP. De forma mucho más discreta, seguramente para que EE UU y la comunidad internacional no tuvieran que tomar medidas coercitivas, Israel construyó la central nuclear de Dimona, apta para producir plutonio, y fabricó sus propios ingenios nucleares. La denuncia del programa atómico israelí le valió a Mordejái Vanunu, un técnico nuclear, el secuestro en Roma a manos del Mosad en 1986 y su posterior encarcelamiento hasta 2004. Mordejái Vanunu era uno de los técnicos del centro nuclear de Negev, al sur de Dimona, donde se construyen armas nucleares.

Otros estados fuera del TNP son India y Pakistán. Ambos armados con bombas nucleares y sumidos en un conflicto de larga duración por la posesión de Cachemira. Como se ve, la posesión de armas atómicas por estos dos países no ha acabado con el conflicto ni ha aportado más seguridad a la zona. Al contrario, cualquier escalada bélica podría más bien conducir al uso de tales armas. Ni Pakistán ni India pueden presumir del alto nivel de vida de sus poblaciones, a pesar de lo cual, ambos estados han priorizado la construcción de tales ingenios frente a la mejora de las condiciones de vida de sus habitantes.

Finalmente, es Irán quien está desafiando a las potencias Garantes del TNP con su proceso de enriquecimiento del uranio mediante centrifugado. El presidente de Irán y los responsables del programa nuclear iraní claman que sólo están fabricando combustible para las futuras centrales nucleares del país. Sin embargo existen dudas más que fundadas de que ésta sea la única pretensión del programa nuclear. Si bien es verdad que el uranio enriquecido puede servir como combustible nuclear, cabe preguntarse para que iba a necesitar Irán la generación de electricidad de origen nuclear cuando es un país que posee grandes reservas de petróleos pesados y gas natural que pueden ser usadas para tales fines en el presente. En todo caso, el desarrollo de estas tecnologías ha servido para desafiar a la comunidad internacional y para exacerbar los sentimientos nacionalistas en el interior, laminando así los deseos de reformas democratizadoras de una parte de la población.

Para terminar esta penosa lista, el propio Lula manifestaba en 2004 que Brasil reclamaba el derecho al conocimiento de cómo fabricar la bomba atómica. De entrada es de preguntarse si la población brasileña, especialmente aquélla que vive en las favelas de las grandes ciudades, reclamaba tal derecho. Y en segundo lugar, no se trata de conocimiento abstracto sino de desarrollar unas técnicas caras, impactantes contra el medio ambiente y con la finalidad de amenazar a personas inocentes de otros países, algo que alguien progresista difícilmente puede defender.

Epílogo

Es verdad que el TNP es injusto e hipócrita. Favorece a algunas potencias y tiende a mantener el status quo internacional, permitiendo injusticias y dificultando la profundización en el Derecho Internacional que podría servir para que los Estados dirimieran sus problemas de forma distinta a las guerras. Si bien es cierto que el TNP no ha sido suficiente para limitar la proliferación nuclear, también lo es que la vía para conseguir este objetivo no es que más países del mundo se armen, sino la contraria: presionar para que todos los países se desarmen. La imposición de sanciones diplomáticas y el embargo tecnológico son dos instrumentos de primer orden para limitar la proliferación. El desarme de los países Garantes es imprescindible para restar argumentos y capacidad a quienes desean entrar en el club atómico. Entre tanto, una extensión de las centrales nucleares en el mundo permitiría la proliferación de tecnologías de doble uso con el acceso de más países al club nuclear.

Pero, mientras siga la proliferación nuclear será más difícil avanzar hacia el desarme de las cinco potencias Garantes del TNP. Los Gobiernos de esos países tienen así más excusas para no desarmarse. Por otra parte, es obvio que la proliferación de armas nucleares hace más probable que éstas lleguen a usarse, convirtiendo así el mundo en un lugar más inseguro donde vivir. La probabilidad de que algún desalmado tenga acceso al poder de usar las bombas atómicas aumenta.

El desarrollo y perfeccionamiento del arma nuclear tiene en sí mismo consecuencias negativas, tanto para el medio ambiente como para las poblaciones de los países involucrados en tales experimentos. Como se ha dicho, estas actividades técnicas tienen graves impactos ambientales porque suponen manipular sustancias radiactivas, con el consiguiente peligro de accidente, e implican una grave contaminación. Además, el desarrollo de las armas nucleares implica la dedicación de una gran cantidad de recursos, tanto materiales como humanos y técnicos, que podrían dedicarse a mejorar la calidad de vida de la población.

Hay quienes miran con simpatía el hecho de que algunos países accedan a la bomba atómica tan sólo porque amenazan a EE UU o a Israel. Pero ni todos los enemigos de mis enemigos son necesariamente mis amigos, ni todos los medios de luchar contra la opresión son lícitos. En particular, las armas nucleares son, probablemente, el medio más desacertado. Tanto desde el punto de vista puramente ético como ecologista.




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